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17 de junio de 2009

El sabor de las palabras (reportaje robado)


Mis días empiezan con un tour entre papeles y periódicos; así, transcurren entre la constatación de que no soy periodista y amo otro tipo de lecturas, inevitablemente más lentas. Por eso, no dejó de sorprenderme ver esta nota en el El Universal, más cercana a la crónica intelectual de un aspecto cotidiano en un escritor que, desde hace años, me acosa con sus sabias sombras, con su condición de lectura que me debo.


"Una mala comida no se recobra nunca"


Por Adriana Durán Ávila

Por goloso y glotón, Alfonso Reyes, todo un hombre de letras, escribió poemas, obras de teatro y textos alusivos a la gastronomía, un tema que lo marcó desde su nacimiento –el 17 de mayo de 1889–, ya que ese día se festeja a San Pascual Bailón, el patrono de los cocineros.

Desde niño, este regiomontano disfrutaba los platillos cocinados por su nana Emilia, Lili. Una de sus comidas favoritas eran los chiles rellenos de queso –nunca le gustaron los de carne–, así como los huevos rancheros y la carne estilo Monterrey.

A Reyes le fascinaban las toronjas, manzanas y mangos, tanto como las torrejas, las crepas, los huevos reales, las natillas y las cocadas. Tenía un gran amor por las tortillas de harina y el mole de guajolote.

"El sentido suntuario y colorista del mexicano tenía que dar con ese lujoso platillo bizantino, digno de los lienzos del Veronés o, mejor, de los frescos de Rivera; ese plato gigantesco por la intención, enorme por la trascendencia digestiva, que es abultado hasta por el nombre: mole de guajolote. ¡Grandes palabras que sugieren fieros banquetes! Es la pieza de resistencia en nuestra cocina, la piedra de toque del guisar y el comer, y negarse al mole casi puede considerarse como una traición a la Patria", dijo Reyes, quien prefería las cocinas española, francesa, argentina y brasileña.


Un andar entre restaurantes


Reyes era verdadera y orgullosamente gourmet. En uno de sus viajes a París hizo un registro de todos los restaurantes que visitó, con su respectiva crónica y crítica. En las tarjetas aparecen La Tour d’Argent y los patos a la criolla de Chez Beaugé, entre otros.

La nieta del escritor, Alicia Reyes, recuerda que su abuelo frecuentaba los restaurantes Prendes, Embajador y San Ángel Inn, en los que comía o cenaba en compañía de Manuel Sandoval Vallarta, José Gaos y Carlos Fuentes, uno de sus amigos más allegados.

Alicia comenta que a su abuelo también le gustaba ir al Sanborns de los Azulejos, para desayunar con sus amigos, o al Normandie en Paseo de la Reforma.

Y, para acompañar la comida, Reyes prefería el vino tinto de Santo Tomas. Siempre fue reconocido como un buen catador.

"Cuando se nos canse Dios de leyes, normas y sinos, hará de los vinos panes, hará de los panes vinos", escribió.

Reyes también lamentó en sus textos que las costumbres culinarias se alteraran por cuestiones de dietas, la cuenta de las calorías y los motivos estéticos.

"¿Quién no se ha detenido a considerar un instante, con tanto respecto como pavor, aquel régimen gigantesco y propiamente rebela sano de las abuelas? Medio lechoncillo por barba y una botella por cabeza, eran cosas que a nadie espantaba antes de la era del automóvil. Nadie resistiría hoy una tamalada mexicana en toda su tradicional opulencia", señaló el escritor.


Sabores que inspiran


Fundador del Ateneo de la Juventud, junto con los escritores Antonio Caso, José Vasconcelos y Pedro Henríquez Ureña, Reyes realizó notables trabajos como Cuestiones gongorinas (1927), Capítulos de literatura española (1939-1945) y Discurso por Virgilio (1931).

Su texto más conocido en el mundo culinario es Memorias de cocina y bodega, obra en la que se disfruta de un juego literario en torno a una cena.

Este literato, quien fue uno de los primeros en resucitar a Sor Juana Inés de la Cruz, formó un club gastronómico llamado La Cucaña. De acuerdo con la historiadora Ana Benítez Muro, a las reuniones asistían intelectuales, escritores, políticos y gastrónomos invitados en exclusiva.

Inspirado en estas reuniones, años después, el director de teatro Luis de Tavira montó la obra La conspiración de La Cucaña. Al final de la función, los actores ,vestidos de meseros, repartían bocadillos y copas de vino entre el público.

Reyes también inspiró el libro En defensa de la envidia, donde Sealtiel Alatriste relata la disputa entre Alfonso Reyes y Salvador Novo por la mejor cocinera, en una lucha ganada por Novo.

"Una buena comida da tanto placer como la más seductora de las lecturas", aseguraba Reyes –fallecido en diciembre de 1959–. Estaba convencido de que "una mala comida no se recobra nunca".

6 de junio de 2009

Viene la cuarta



No importa cuántas presentaciones haga de Antes del polvo: siempre resulta una experiencia completamente distinta. Y justo cuando creo que ya tengo dominado el discurso público, aparece una pregunta, una apreciación, una mirada que trastoca mi propia percepción del libro. Se contrae, se multiplica, se disgrega. Se va a habitar su propia vida, más luminosa, en otros ojos.

Por esto, Cosmoción y yo estamos contentos de invitarlos a una nueva presentación, el próximo 12 de junio, a las 17:00 horas, en el Museo de Numismática (ubicado en Miguel Hidalgo 506, a unos pasos de la Alameda). En esta ocasión, nos reuniremos con Heber Quijano, también egresado de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México y ganador, hace algunos años, del Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen. La idea es, como siempre, disfrutar con poesía en voz alta, vino de honor, bocadillos y conversaciones. Además, pueden llevarse su ejemplar autografiado y a un precio especial.

No dejen de acompañarnos: recuerden que su participación es esencial para mantener vivo el arte independiente. En estos momentos, Cosmoción ya prepara otros dos volúmenes de poesía, gracias a su participación y su constancia.

Blogs que leo


Anoche, tuve la oportunidad -¿o la obligación?- de asistir a Los sabores de Antonieta, la muestra gastronómica que publicamos aquí hace algunos días. Fue una experiencia extraña y absorbente, llena de disfrute y de historia, pero también de inquietud. Intrigada, investigué sobre Edmundo Escamilla y Yuri de Gortari, responsables de dicha actividad y fundadores de la Escuela de Gastronomía Mexicana. Di, de manera fortuita, con este blog, que me mantuvo entretenida durante horas y, sobre todo, me invitó a revalorar una de esas actividades que jamás practico: la cocina. Habrá que terminarlo de leer y, luego, habrá que ponerse a gozar con uno de los pocos placeres de este mundo salvaje.


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Desde hace meses, he leído con atención las desventuras de Yoani Sánchez, una de las pocas blogueras que realmente tiene algo por decir. Más allá de sus tribulaciones personales, de los conflictos que enfrenta en una Cuba desolada, esta filóloga y periodista se ha dedicado a disectar su realidad con un espíritu crítico que, en países como el nuestro, hace muchísima falta. Escrita en medio de la censura y las contradicciones, esta bitácora - en el sentido más fiel de la palabra- ha merecido diversos premios internacionales, aunque, en realidad, el único que cuenta en estos tiempos es la lectura acuciosa de sus seguidores.

2 de junio de 2009

En el río de las palabras: Jorge Luis Borges y Antoine de Saint-Exupéry


por Margarita Hernández Martínez

El 1 de junio de 1977 –nueve años antes de su fallecimiento, el 14 de junio de 1986–, Jorge Luis Borges ofreció la primera de una serie de conferencias que, años más tarde, verían la luz en un volumen denominado Siete noches. Dictadas en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, estas ponencias representan la condensación –profunda y espontánea– de los temas y los contrastes que animaron su trayectoria literaria: el Oriente y el Occidente; la realidad y la ficción; la vida y la muerte; el sueño y la pesadilla; la luz y la ceguera; la lectura y la escritura; el lenguaje y la poesía.

Por esta razón, Siete noches se desenvuelve entre fragmentos memorables, que resumen las ideas de este escritor argentino y aclaran, en cierta medida, las imágenes que rigen el vasto cuerpo de su obra. En el quinto capítulo, centrado en el lenguaje poético, un Borges conmovido, lúcido hasta la transparencia, afirma: “Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuando los llamamos; mientras no abrimos un libro, ese libro, literalmente, geométricamente, es un volumen, una cosa entre las cosas. Cuando lo abrimos, cuando el libro da con su lector, ocurre el hecho estético. Y aun para el mismo lector el mismo libro cambia, ya que somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, que cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito”.

Estas líneas revelan, en primera instancia, la actitud amorosa de un lector ante el hecho literario, que se despliega –inevitablemente único e irrepetible– frente a sus ojos. Un libro, desde la perspectiva de Borges, encarna un lenguaje por descubrir; al mismo tiempo, el lenguaje brota de una intención selectiva y misteriosa. De este modo, la fascinación por la lectura no depende de la voluntad humana: los libros contienen y configuran un destino. Paralelamente, en su condición de objetos, los libros existen en todas partes. Formados –más allá de las palabras– por signos de interpretación variable, requieren la concurrencia de nuestros sentidos y nuestra experiencia; de nuestra intuición y nuestros conocimientos previos; de –sobre todo– nuestro asombro y nuestra empatía.

Estas declaraciones resuenan en “La escritura del dios”, cuento recogido en El Aleph, otro volumen esencial para comprender la poética de Borges. Ahí, el narrador, ensimismado en la caligrafía secreta de sus divinidades, descubre la omnipotencia de la lectura en una materia inusual. “Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres [...]. Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente la negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas transversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra”. El otro, que encierra al mismo, trasluce el origen paradójico en que se asienta la persistencia de la literatura.

Ésta, en segundo término, se inscribe en la capacidad de adaptación y actualización del texto poético. Más allá de las épocas y las edades; más allá de las tendencias estéticas y las preferencias personales, las narraciones y los poemas que sobreviven al oleaje del tiempo poseen una flexibilidad natural. El lenguaje, abierto y sugerente, permite formular toda clase de interpretaciones, y éstas se transforman de acuerdo con el enriquecimiento personal del lector, tanto en el aspecto vital como en el literario. De este modo, cada libro se prolonga infinitamente y vuelve al caudal de la existencia con cada lectura; en consecuencia, depende por completo de la intervención –emocional, espiritual, psíquica e intelectual– de quien lee. No obstante, también desemboca en nuevos significados; su brillo se sujeta a cualidades distintas y se refleja en otras formas de pensamiento. Así, los tintes humorísticos de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha se han diluido para dar paso al testimonio de un siglo alegre y tempestuoso; las críticas de El laberinto de la soledad se han suavizado e, incluso, se han convertido en la justificación de algunos patrones de conducta.

También podemos pensar en El Principito, igualmente entrelazado con el primer mes del verano: su autor, Antoine de Saint-Exupéry, nació el 29 de junio de 1900. Considerada convencionalmente un libro infantil, esta fábula –aún– contemporánea reflexiona en torno al sentido de la vida, la amistad y el amor, en contraste con la frialdad característica del mundo adulto. Además, ahonda en la inexorable pérdida de la inocencia, que sobreviene con el contacto humano y el conocimiento del universo. Para ello, recurre a un lenguaje directo y preciso, cuya belleza reside, precisamente, en su capacidad para desarrollarse en cualquier tiempo y espacio. Esta indeterminación desvela las posibilidades interpretativas; asimismo, contribuye a modificar sus significados: de la Segunda Guerra Mundial a la época posmoderna; de la infancia a la madurez, evoca algunas situaciones y valoraciones en metamorfosis permanente y, de manera sorprendentemente espontánea, mantiene un final abierto.

En último término, más allá de la individualidad, Borges y Saint-Exupéry aseguran que en cualquier hombre habita, incandescente, el resto de la humanidad. De este modo, desde nuestra naturaleza humana, nada humano no es ajeno. En consecuencia –y regresando a Siete noches–, “el hecho estético es algo tan evidente, tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía como la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una bahía”. Por tanto, la belleza, afirma el autor de El libro de arena, “es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo. No es el resultado de un juicio, no llegamos a ella por medio de reglas”. La apuesta, entonces, radica en despejar nuestra mente, abrir nuestro espíritu y sumergirnos, despojados de miedo, defensas y prejuicios, en el río del arte y la literatura: en el océano de signos y palabras.



* Texto originalmente aparecido en la Agenda Cultural AcéRcaTE de junio, publicación oficial del Instituto Mexiquense de Cultura que puede conseguirse gratuitamente en museos, restaurantes e instituciones educativas de Toluca.

Mario Benedetti o la épica cotidiana

Por Ilsa Hoffmann

A estas alturas se habrá dicho todo: Mario Benedetti, una gran pérdida para la literatura. Mario Benedetti, el último aliento –cálido y gozoso– de una generación combativa. Mario Benedetti, el poeta del compromiso y de la calle; el novelista de la fiebre y la oficina; el silencioso oficiante de los libros. Mario Benedetti, el hombre de las palabras sencillas, cercano a estudiantes y a burócratas; el hombre –no obstante– de los versos arriesgados, tambaleante entre el cielo y el exilio. Así, desde ahora, será difícil escapar de la fría nota informativa, que nos alborotó un domingo con crepúsculos. Será difícil escaparse, también, del lugar común que, con el pretexto de la muerte, instala al poeta en pedestales.

El recuerdo de los muertos nos arriesga al halago y la parálisis. Mario Benedetti (Paso de los Toros, 1920 - Montevideo, 2009) lo sabía muy bien cuando, en mayo de 1959, concluyó la escritura de La tregua, quizás su novela más bella y popular, más atractiva en su traslado a otros lenguajes –no olvidemos que, en 1975, la adaptación cinematográfica dirigida por Sergio Renán mereció una nominación al Oscar– y en su capacidad de convocatoria. A la vuelta de los años, este libro tan breve ha logrado actualizarse en distintas generaciones de lectores y, a la luz de una larga trayectoria –en forja entonces; ahora consolidada– ha conseguido evidenciar dos temas que, como transparentes nervaduras, recorren el corpus de este autor uruguayo: el trabajo y el amor.

El primero representa, de manera condensada y luminosa, las tribulaciones comunes del ser humano contemporáneo, atrapado en ciudades estériles y labores rutinarias. Perseguido por la inevitable consciencia de sus fracasos –la viudez prematura, la lejanía de los hijos, el corazón anulado–, Martín Santomé registra, en un triste diario íntimo, la grisalla que antecede a su jubilación. El escenario se centra en una oficina como cualquier otra: personas recluidas en los deseos y las necesidades de otros, dispuestas a renunciar a sus sueños a favor de una estabilidad pasajera. La perspectiva del ocio, sin embargo, se desvanece frente a los ojos de Santomé: tras veinticinco años de sacrificios y abdicaciones, descubre que la vida se ha tornado insípida, ajena a todos los placeres.

Pese a ello, su impulso escritural transmite, por un lado, un anhelo de permanencia; por otro, supone el inicio de una especie de épica cotidiana –reforzada, más allá de La tregua, en libros como Poemas de la oficina y Poemas del hoyporhoy–. Ésta se halla regida por la exploración de la cotidianidad y el descubrimiento de momentos epifánicos, en los cuales el universo –desde el interior hasta el exterior– puede saltar y convertirse en otro.

Ambos elementos se conjugan en el carácter público y dialéctico que anima el lenguaje de Benedetti, abierto a las numerosas puertas que, irrevocablemente, somos los demás. No obstante, también posee un alto sentido estético: la simplicidad lexical se traduce en imágenes de una belleza deslumbrante, exentas de obviedad y alejadas de la vacía pirotecnia verbal que explota de vez en cuando en las librerías. Como resultado, la voz de Martín Santomé –desde un enfoque de constante introspección– encarna un discurso de sinceridad apesadumbrada, sólo truncado con la aparición de Laura Avellaneda.

La introducción de este personaje supone la imbricación del amor en la rutina diaria. A lo largo de las páginas, Santomé se interroga sobre su origen, su desarrollo, sus obstáculos y motivaciones. Sus hallazgos añaden luz a una concepción particular de las emociones humanas, reveladas, para Benedetti, en gestos sencillos, que procuran escapar del discurso grandilocuente y lírico que, desde hace siglos, acompaña a las manifestaciones amorosas.

De este modo, Avellaneda y Santomé escapan de las convenciones por partida doble: mientras experimentan una relación contrariada, acechada por la diferencia de edades y el ambiente burocrático; expresan las mismas ilusiones e inquietudes que el resto de las personas. En consecuencia, se sitúan en un espacio distante a los héroes y a los amantes tradicionales; más bien, ahondan en los rasgos esenciales de la poesía de Benedetti: la fijación coloquial, la pulcritud y la cercanía que tanto se han consignado en estos días.

Densamente arraigada en la educación sentimental de miles de lectores, la poesía de Benedetti se ubica en las proximidades terrestres y, de modo consistente, niega las tendencias altamente retóricas a favor de una inmediatez expresiva que, de manera paralela, desarrollaron Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, 1926 - Ciudad de México, 1999) y José Hierro (Madrid, 1922 - 2002). No en vano apunta, en Poemas del hoyporhoy: “siempre escribí en la cama / mejor que en los ferrocarriles”. Con estos versos, puntualiza que no es necesario emprender grandes viajes –como en el ampuloso romanticismo– para propiciar el encuentro poético. La poesía, entonces, constituye el reflejo de circunstancias inmediatas; sin embargo, todavía aspira a una intención universal. Así, desde el amor, el miedo, la soledad, la indignación y la nostalgia de un solo hombre, las voces que convergen en su actividad creativa configuran un destino general, cíclico e infinito.

Al mismo tiempo, la poesía de Benedetti recuerda, con una firmeza vista pocas veces, la misión primigenia de este género literario: el canto colectivo. Centrado en –y, más allá, comprometido con– una realidad latinoamericana en permanente metamorfosis –intermitente entre la duda y el exilio; la injusticia y la incertidumbre; el nacionalismo y la pérdida–, el escritor uruguayo logra que sus palabras se conviertan en los susurros y las exclamaciones de una multitud indeterminada que ama y goza; que sufre y muere.

Desesperanzados pero entusiastas; amorosos pero contenidos, sus poemas evocan lo mejor y lo peor de la naturaleza humana; las contradicciones de la sociedad y de la historia; las alternancias entre el sueño y la pesadilla. Sus oscilaciones entre la temerosa concreción y el inasible ideal se aclaran en sus propias sentencias: “siempre escribo pensando en el futuro / pero el futuro / se quedó sin magia”. Con ello, funda una poesía inspirada en la resistencia; sin embargo, ésta trasciende su basamento social para remover la indiferencia personal, tal vez más demoledora que el desempleo, el hambre y la miseria.

Pero no tanto como la muerte, que, en muchas ocasiones, se tiñe de una inocencia callada y absoluta: “la muerte es sólo un niño / de cara triste / un niño / sin motivo / sin miedo / sin fervor / un pobre niño viejo / que se parece a Dios”. Falla o azar, cesión biológica o transición espiritual, la muerte es, en este mundo construido por Benedetti, una alterativa para seguir viviendo. Y así, la próxima vez que usted quiera palpar su sedosa transparencia, sólo basta abrir un libro. Abrir el lenguaje que, tímida, luminosamente –en él más que nunca– sigue siendo de nosotros.



Mario Benedetti (2007), La tregua, Suma de Letras (Punto de Lectura), México (1959).
__________ (2002), Poemas de la oficina. Poemas del hoyporhoy, Suma de Letras (Punto de Lectura), México (1953-1961).



* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente al mes de junio.

30 de mayo de 2009

Una invitación (de sabores insospechados)



El 5 de junio, el accidentado homenaje a Antonieta Rivas Mercado -organizado por el Instituto Mexiquense de Cultura, la Fundación Ideas Libres y la Fundación Rivas Mercado- verá una de sus últimas actividades: una muestra gastronómica que promete devolvernos a los tiempos del Porfiriato y la Revolución; de la fiebre y la pólvora. Acompañada por una charla introductoria, esta degustación se llevará a cabo en el Museo José María Velasco, a las 19:00 horas, y servirá de colofón a la exposición que, hasta el 7 de junio, permanecerá abierta en el Museo Felipe Santiago Gutiérrez. Habrá que darse una vuelta. Y, sobre todo, recordar a Rivas Mercado, una de las primeras promotoras culturales de nuestro país. Para más detalles, basta hacer clic en la imagen.

Dos convocatorias



La Fundación para las Letras Mexicanas acaba de poner en circulación este par de convocatorias, que representan una excelente oportunidad para imaginar y ponerse a escribir. La primera es, quizás, la más llamativa: una de esas becas para no dedicarse a otra cosa que escribir, casi un sueño en el mundo que habitamos. La segunda es, quizás, la más retadora: escribir poesía para niños -especialmente para los niños contemporáneos- exige mucha habilidad y concreción. Vale la pena arrojarse y participar.

13 de mayo de 2009

Eduardo Osorio, una trayectoria en el Fondo Editorial del IMC


Las actividades artísticas del Instituto Mexiquense de Cultura, donde laboro, siguen canceladas. Sin embargo, la contingencia sanitaria no es pretexto para interrumpir nuestros comunicados de prensa. En estos días, hemos conversado con escritores, músicos y pintores que, desde diferentes vías, han desarrollado su trabajo cerca de esta institución. Así llegamos al repaso de tres obras relevantes en la trayectoria de Eduardo Osorio, una de las figuras representativas de la escena literaria local. A continuación les dejo el comunicado, que también aparecerá en algunos medios impresos.


Eduardo Osorio, una trayectoria en el Fondo Editorial del IMC


Toluca, Estado de México.- Nacido en Toluca en 1958, Eduardo Osorio ha forjado una sólida trayectoria literaria en el panorama local. Escritor y editor, presidente del Centro Toluqueño de Escritores, ha ejercido el periodismo en sitios tan dispares como Chihuahua, Guanajuato y Nuevo León. Ahí, ha desarrollado su propio sentido del lenguaje, el cual ha quedado plasmado en una decena de libros y plaquettes. Tres de ellos, que representan tres momentos medulares en su carrera, han sido publicados y promovidos por el Instituto Mexiquense de Cultura (IMC) y su antecedente directo, la Dirección de Patrimonio Cultural.

En mayo de 1986, pocos meses antes de la creación del Instituto Mexiquense de Cultura, Osorio publicó su primer libro, Cuentos breves para suicidas y enamorados, con el apoyo de la Dirección de Patrimonio Cultural. Surgido como respuesta a una convocatoria oficial para publicación de obra –la primera en su tipo, según recuerda el escritor–, encarna la suma de muchos años de experimentar con la minificción, un género literario que acentúa la conciliación entre dos grandes dudas del autor: la poesía y la narrativa. Por esta razón, es también el volumen en el cual, dice Osorio, “se concede mayores libertades creativas y temáticas, pues propone asuntos poco recurrentes, como textos de anticipación, bromas, anécdotas cotidianas y falsos cuentos chinos”.

Poco después, en 1990, el Instituto Mexiquense de Cultura se encargó de la edición de El año en que se coronaron los Diablos. Merecedor del Premio Nacional de Novela “Ignacio Manuel Altamirano”, este libro constituye una “propuesta para examinar la constante crisis urbana que aqueja a nuestro país”. Para Osorio, el crecimiento y la multiplicación de las ciudades ha desembocado en la expulsión de las personas que construyen y habitan el ambiente urbano. Al mismo tiempo, El año en que se coronaron los Diablos rescata algunos rasgos angulares del origen y la historia de Toluca, una ciudad que, para bien o para mal, “sólo se recuerda por el futbol y el chorizo”.

Por último, El enigma Carmen apareció a mediados de 2008. Esta novela, editada por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluida en la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, es resultado de “un proceso literario con más elaboración e imaginación”, pues, a decir de su autor, incluye juegos fractales, estructuras y otros procedimientos –como técnicas teatrales y notas periodísticas– que conducen a la renovación del lenguaje.

El propósito, según lo plantea Osorio por boca de uno de sus personajes, radica en que “el espectador imagine y no sea un robot frente a lo que lee”; es decir, que seamos capaces de aventurarnos en el texto, formular hipótesis y obtener nuestras propias conclusiones. Con esta idea en mente, señala que, después de varios años, sólo percibe lo que ha escrito “en función de lo que piensan los lectores”.

Estas obras de Eduardo Osorio se encuentran disponibles, a la par de un amplio catálogo de publicaciones, en la Librería del Estado de México (en el Centro Cultural Mexiquense, Boulevard Jesús Reyes Heroles 302, delegación San Buenaventura, en las afueras de Toluca), la Librería Educal (a un costado del Museo José María Velasco, Sebastián Lerdo de Tejada 400, esquina Nicolás Bravo, a unos pasos de los Portales) y la Galería del Museo de la Acuarela (Melchor Ocampo 105, frente a la Alameda).


* La fotografía de Eduardo Osorio proviene del sitio oficial del Centro Toluqueño de Escritores, que puede consultarse aquí.

9 de mayo de 2009

Mayo, un festejo de pluralidad


Por Margarita Hernández Martínez

Mayo ofrece toda clase de celebraciones: desde el Día del Trabajo hasta el Día del Maestro; desde el nacimiento de Salvador Dalí hasta la muerte de Felipe Villanueva; desde el triunfo del ejército mexicano en la Batalla de Puebla hasta la llegada de Vasco de Gama al puerto de Calcuta. Pese a sus resonancias históricas e, incluso, tradicionales, ninguno de estos festejos captura con mayor fidelidad la esencia de la sociedad moderna como el Día de la Libertad de Expresión, el 3 de mayo, y el Día Mundial de la Diversidad Cultural, el 23.

El primero de ellos surge como una iniciativa civil y desemboca, afortunadamente, en un programa institucional. El 3 de mayo de 1991, un grupo de periodistas africanos se reunió en Windhoek, capital de Namibia, para participar en un seminario regional centrado en la formación de una prensa independiente y pluralista. Las declaraciones emanadas de este encuentro se convirtieron en los primeros pasos para defender la integridad de los medios de comunicación y, en consecuencia, de las sociedades a las cuales se dirigen.

A partir de estos documentos, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró, el 3 de mayo de 1993, la conmemoración del Día Mundial de la Libertad de Prensa. Éste, por extensión, se ha convertido en una piedra de toque para evaluar y defender el derecho individual –y general– de emitir toda clase de opiniones, en un marco de independencia y respeto. Por estas razones, en los últimos años, los medios de comunicación han ganado variedad y se han convertido en un mosaico capaz de captar los matices de la existencia humana. Al mismo tiempo, sus canales de acción se han diversificado y han emprendido una interesante travesía del papel a la pantalla plana, que ha jugado un rol crucial en el acceso masivo a la información.

Oscilantes entre el pensamiento privado y la exposición pública, estas transformaciones no se han limitado a satisfacer una necesidad personal –enfocada a formular y transmitir nuestras percepciones del mundo–: han permitido establecer y consolidar la democracia en países de todos los continentes. El reconocimiento oficial de la libertad de expresión ha contribuido, por supuesto, a la difusión de distintas corrientes de pensamiento, alrededor de las cuales se ha erigido un nuevo modelo de discusión y toma de decisiones. En un sentido semejante, los medios de comunicación libres desempeñan una función central en la erradicación de conflictos sociales tan fuertes como el racismo y la xenofobia.

De este modo, la libertad de expresión no se reduce a un privilegio de la prensa, el radio, el internet y la televisión: su rol social resulta mucho más dinámico. Impregnada de una evidente fragilidad –que puede desembocar en nuevas mordazas o en una perjudicial verborrea–, constituye un canal para avivar la curiosidad y la investigación; para externar sus resultados sin mayor preocupación que encontrar los foros de divulgación adecuados; para propiciar el diálogo sin mayor interés que el enriquecimiento intelectual. Por estos motivos, la defensa de la libertad de expresión es también un puente para saltar a la diversidad, que es justamente lo que se celebra el 23 de mayo.

Las sociedades contemporáneas representan el fruto de grandes migraciones, mestizajes imprevisibles y asombrosas circulaciones, desde el ámbito geográfico hasta el espiritual. Por lo tanto, no es casualidad que la cultura haya cobrado una impactante diversidad, la cual se ha sujetado a destinos prácticamente opuestos, desde la uniformidad medieval –responsable, en Europa, del surgimiento de desiertos intelectuales– hasta la multiplicidad moderna –encarnada en la apertura de los medios de comunicación–. Titubeante entre la tradición y la ruptura, entre la renovación y la extinción, la diversidad cultural comprende la memoria viva de los pueblos; en consecuencia, depende del tiempo y del entusiasmo de sus comunidades de origen. Portadora de la fecundidad del espíritu humano, recuerda nuestra capacidad creativa y acentúa las diferencias que, inevitablemente, acrecientan sus riquezas. Por lo tanto, exige una atmósfera de comprensión, de diálogo y, sobre todo, de respeto.

Por estas razones, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó, en 2001, el Día Mundial de la Diversidad Cultural. Inicialmente enfocado a proteger el acervo cultural de las comunidades humanas, ha contribuido al planteamiento de nuevos instrumentos normativos y a la definición de políticas nacionales e internacionales. Así, su auténtica aportación radica en elevar a la diversidad cultural, con todos sus matices, al rango de patrimonio común. De esta manera, ha repercutido en la conservación de danzas, cantos, vestimentas y tradiciones que, frente a la homogeneización y el repliegue identitario, han perdido presencia en sus sociedades de origen.

Por otro lado, el interés de estas medidas no se limita a ponernos en contacto con nuestro pasado; de hecho, ofrecen un panorama más amplio para el futuro. Mientras contribuyen al florecimiento de la democracia y la participación pública –que se derivan, en resumen, de la exposición y la discusión de distintos puntos de vista–, facilitan un clima favorable para la creatividad, pues toda obra humana parte de un sustrato tradicional. En otros términos, la diversidad cultural conjuga las infinitas –e inasibles– variaciones de temas tan antiguos como el amor, la vida y la muerte; paralelamente, engloba las interpretaciones más cotidianas alrededor de estos tópicos.

En una sociedad que encasilla a la cultura en los libros, los conciertos, las obras teatrales y otras manifestaciones inaccesibles y extraordinarias –es decir, aisladas de nuestra vida cotidiana–, el Día Mundial de la Diversidad Cultural destaca como una buena oportunidad para recordar que, en realidad, la cultura reside en nuestra forma de hablar, de vestir, de vivir y de aprehender el mundo; en los trabajos que desempeñamos y en las diversiones que ocupan nuestro tiempo libre; en las casas que habitamos y en los lugares públicos que recorremos; en las palabras que decimos y los silencios que asumimos; en nuestra concepción de la belleza y del arte. Comprender y atesorar las vertientes que asume la cultura y expresarlas de manera libre son, quizás, las únicas vías para acceder hacia una convivencia más armónica, más afortunada, de auténtica luz.


* Texto originalmente aparecido en la Agenda Cultural AcéRcaTE de mayo, publicación oficial del Instituto Mexiquense de Cultura que puede conseguirse gratuitamente en museos, restaurantes e instituciones educativas de Toluca.

* La fotografía corresponde al Monumento a la Libertad de Expresión erigido en Málaga, España. La imagen original puede verse aquí.

Para aullar y no dormir


La contingencia sanitaria (certera o no) arrasó con las actividades culturales que, abundantes, se tejen en mayo. En consecuencia, el Centro Toluqueño de Escritores y la Cofradía de Coyotes proponen, en distintos puntos de nuestro -aún- estado paralizado, seguir cultivando los sueños de la literatura; seguir cosechando aullidos e insomnio. Así, la primera de estas organizaciones ha mantenido viva la tradición del Festival Internacional de Cuento Brevísimo a través de un blog que recoge, gracias a Cazaimagen y al esfuerzo de escritores como Eduardo Osorio, José Luis Herrera Arciniega y Abelardo Hernández Millán, las minificciones que, año con año, animan el aniversario de este espacio de expresión.

Por otro lado, Eduardo Villegas Guevara, el Coyote Mayor, sugiere un movido calendario de presentaciones de libros. El 15 de mayo, Hugo César Moreno Hernández acudirá , a las 20:00 horas, al Colegio de Saberes (Berlín 39, a unos pasos del metro Cuauhtémoc, en la Ciudad de México) para presentar Cuentos cortos para acortar el domingo, con comentarios de Gonzalo Martré e Ignacio Trejo Fuentes. El 16 de mayo, el Faro de Indios Verdes (Huitzilihuitl 5, colonia Santa Isabel Tola, a unos pasos del metro Indios Verdes) recibirá una de las etapas del Festival Internacional de Cuento Brevísimo. El maratón comenzará a las 12:00 horas.

Por otro lado, el 20 de mayo, Gonzalo Martré celebrará sus ochenta años en el camino de la escritura en la Sala Adamo Boari, del Palacio de Bellas Artes. La cita es a las 19:00 horas y contará con la participación de Vicente Francisco Torres, Oscar Casio González, Dionicio Morales, René Avilés Fabila e Ignacio Trejo Fuentes. Finalmente, el 21 de mayo, Emiliano Pérez Cruz, José Francisco Conde Ortega, Germán Aréchiga y Sergio García se reunirán a las 17:00 horas en el Centro de Lectura Condesa, para animar un ciclo de conferencias denominado Neza en la Condesa.

Más allá de estas actividades, existen muchos pretextos para no dejarse avasallar por la -cada vez más dudosa- contigencia. A seguir disfrutando de la literatura, más viva en los instantes de miedo y crisis.