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15 de mayo de 2011

La ciudad como experiencia: A pie, de Luigi Amara, y Arena de Gelidonia, de José Luis Herrera Arciniega



Por Margarita Hernández Martínez

Para conocer una ciudad, es preciso caminarla: apropiarse del pavimento y los edificios como testigos de su flujo cotidiano; palpar con la mirada a sus habitantes, sus esplendores y sus miserias. Aquilatar su belleza naciente y derrumbada: la densidad de sus construcciones antiguas y la identidad en forja de sus espacios nuevos; la tradición –arquitectónica, social, artística y cultural– que, cíclicamente, se extingue y renace en la ruptura. Convertir cada paso en experiencia, en una sucesión de percepciones intelectuales y sensoriales que no sólo ahondan en la naturaleza de la urbe, sino en los silencios y los tumultos de la condición humana.

Desde Charles Baudelaire –precursor del movimiento simbolista y autor de Las flores del mal– hasta Guy Debord –exponente de la crítica del espectáculo, director de In girum imus nocte et consumimur igni–, la caminata citadina ha cobrado otros matices: la disidencia, el cambio de perspectiva y el hallazgo de la materia poética en la indiscutible concreción de las calles –en oposición a los bucólicos paisajes del romanticismo y la delicada abstracción sentimental del periodo neoclásico– han subvertido los sentidos estéticos de las artes, convirtiéndolas, a un tiempo, en un arma y un instrumento de contemplación. Así, en el ámbito literario, los peatones han cobrado carta de existencia mediante una dilatada tradición que engloba los últimos siglos y comprende a autores tan dispares –pero sutilmente coincidentes– como Robert Louis Stevenson, Walter Benjamin, Edgar Allan Poe, Arthur Rimbaud, Tristan Tzara y Filippo Tomasso Marinetti, cuyas presencias confluyen, se enriquecen y renuevan en A pie, un largo poema de Luigi Amara (Ciudad de México, 1971) que recurre al paseo sin rumbo como “un acto de insumisión al ritmo desenfrenado de la vida contemporánea”, según cita la contraportada del volumen, recientemente editado por Almadía.

El también autor de El cazador de grietas apuesta por una espontaneidad modulada, que preserva la frescura de la ocurrencia y, paralelamente, condensa temas antes tratados por el escritor: el paseo como ensayo y la velocidad como mutilación deshumanizadora, en un impacto constante –paradójico y desgarrador– con las circunstancias posmodernas. De esta manera, constituye un panorama unitario en su fragmentación; una serie de instantáneas en las cuales la Ciudad de México, inmensa y caótica, se deja reencontrar y habitar en sus proporciones más viles y luminosas. Para ello, los versos –que oscilan entre la reflexión, el gag y el aforismo– aspiran a una densa multiplicidad que, entrelazando la forma y el fondo, convoca la imprevisibilidad de la caminata: un ejercicio de nostalgia que desemboca en rabia y desconcierto; un momento de complacencia personal que deriva en críticas sociales: el hacinamiento, la contaminación, la injusticia colectiva, la violencia y la destrucción de la vertiente histórica de la urbe se conjugan con la delectación del caminante frente a los vericuetos del paisaje urbano, que funcionan como catalizadores de placer y pensamiento.

Esta compleja red de representaciones confluye, sin embargo, en un denominador común que, al mismo tiempo, refresca y revalida la tradición literaria referente: la atención a los detalles. Apuntes, registros, observaciones y fotografías tomadas sobre la marcha –algunas de las cuales se reproducen, en blanco y negro, en las páginas del libro– trasgreden la posible épica urbana y la transforman en juego y coincidencia frente a la percepción inmediata de las calles, los espectaculares, los escaparates de neón, los vendedores ambulantes, las multitudes del metro y la abundancia de vías rápidas y automóviles que restringen y envenenan las andanzas peatonales. En un cauce similar, Amara abandona las distancias del aliento lírico para disponer las palabras de manera lúdica y arriesgada: transcripciones de sonidos, conversaciones y expresiones diarias se funden con citas textuales que, otra vez, aluden y resignifican al conjunto literario precedente.

Así, el paseo por la Ciudad de México –visto ahora desde una perspectiva incisiva y simbólica– adquiere un tinte vigorosamente subversivo, que supera la arbitrariedad de la configuración urbana para desplegar una óptica de vida más abierta y más propicia para la unión entre el interior y el exterior del caminante. “No se trata sólo de descubrir cosas de la ciudad, sino de descubrir cosas de uno mismo. Un paseo tiene un lado completamente ensimismado, reflexivo y perceptivo”, acota el autor. Centrado en una visión semejante, Arena de Gelidonia, de José Luis Herrera Arciniega (Tasquillo, 1962), propone la elevación mítica –personalísima, sin embargo– de Toluca, mediante la revisión de episodios individuales que, situados en una urbe diversa –a pesar de su aparente homogeneidad–, estremecedora –más allá de su proverbial apatía– e inútil para el turismo –no obstante su larga tradición histórica, cuyos vestigios desaparecen ante la indiferencia generalizada–, confrontan las delicias de la vagancia y los claroscuros del desarraigo con las posibilidades de una residencia absoluta, trascendente al espacio físico. De este modo, la ciudad se erige como un territorio interior, como un recinto dialógico en el que convergen las voces de la memoria con las del presente; las de la calle con la del propio autor.

Con un título inspirado en Colección de arena, de Italo Calvino, esta breve recopilación de cuatro textos –cuyo eclecticismo titubea entre el cuento y la crónica– entrelaza la realidad y la imaginación para traducir, desde una óptica libre y desenfadada, “esta urbe en la que [se reconoce] y [se desconoce], con la que [siente] un vínculo estrecho y de la que [termina] por [separarse], para verla, finalmente, como extraña”, según señala el autor en la introducción al volumen, de edición independiente. En efecto, las narraciones –que también poseen un ligero tono ensayístico, en el sentido más lúdico y experimental del término– se detienen en un conjunto de impresiones personales –amores, amistades, acontecimientos extraídos de la cultura popular y ritos de paso en distintas etapas vitales– vinculadas con escenarios concretos de la ciudad, desde un panorama de la creciente mancha metropolitana hasta un edificio del icónico Andador Constitución.

En el camino, Arena de Gelidonia se adentra, además, en la historia –subterránea, en la mayoría de las ocasiones– de la literatura del Valle de Toluca, desde la fundación del Centro Toluqueño de Escritores, que implicó la participación directa del autor, hasta los pormenores del precario oficio periodístico, en el cual se desempeñó durante más de una década –tan luminosa como agonizante, pues atestiguó la gradual desaparición de los suplementos culturales–. De este modo, el recuento de las transformaciones de Toluca adquiere, en la prosa franca e intensamente familiar de este escritor, un matiz de aventura, de experiencia colectiva transfigurada en un humor cáustico, con evidentes notas de melancolía por la ciudad perdida, caduca en todas las mañanas.



Luigi Amara, A pie, Almadía (colección Pleamar), 2010.

José Luis Herrera Arciniega, Arena de Gelidonia, Latitanza (serie Round de Sombra), 2010.



* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a mayo de 2011.

15 de abril de 2011

Sensibilidad y lectura: algunos comentarios de Jorge Luis Borges



Por Aeri Marín


A pocas semanas de celebrar el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor –que fue instaurado por la Unesco con la finalidad de fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual–, vale la pena recordar algunos comentarios de Jorge Luis Borges a propósito del disfrute literario: antes que escritor, el también autor de El libro de arena se concebía como un lector ávido y curioso, al mismo tiempo desafiado y fascinado por el hecho estético implicado en las artes. De este modo, en Siete noches –recopilación de una serie de conferencias ofrecidas en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, las cuales giran alrededor de los temas que lo apasionaron durante toda la vida: la poesía, la ceguera, la pesadilla y pasajes de Las mil y una noches y La Divina Comedia–, Borges evoca los elementos sensibles e intelectuales involucrados en el encuentro –gozoso y empático– entre el texto literario y su lector. A continuación, transcribimos algunas de sus ideas:

“[Ralph Waldo] Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuando los llamamos; mientras no abrimos un libro, ese libro, literalmente, geométricamente, es un volumen, una cosa entre las cosas. Cuando lo abrimos, cuando el libro da con su lector, ocurre el hecho estético. Y aun para el mismo lector, el libro cambia, ya que somos el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura, cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito”.

Con estas palabras, el escritor argentino no sólo rememora el aura de asombro que rodea a la actividad lectora, sino que reafirma su vocación doblemente innovadora: mientras se traduce en la confrontación personal con la riqueza del lenguaje y sus múltiples sentidos –la cual desemboca en el descubrimiento de nuevas posibilidades para comprender e interpretar el mundo–, también conserva la vitalidad generacional del texto. De este modo, las piezas literarias sobreviven al tiempo y engloban percepciones, valores y debates más allá del momento de su creación: a través de la manifestación sensible del lector, se transforman y se diversifican, como lo expresa párrafos más adelante:

“La poesía es el encuentro del lector con el libro, el descubrimiento del libro. [Francis Herbert] Bradley dijo que uno de los efectos de la poesía debe ser darnos la impresión, no de descubrir algo nuevo, sino de recordar algo olvidado. Cuando leemos un buen poema pensamos que también nosotros hubiéramos podido escribirlo; que ese poema preexistía en nosotros”. Sin embargo, este momento de alta densidad estética –casi premonitoria–sólo ocurre cuando el texto y el lector entran en una comunión profunda, la cual se verifica espontáneamente con la obra adecuada. Por ello, recomienda apegarse a los libros que, auténticamente, despiertan los sentidos y convocan estas vetas de libertad y receptividad:

“Si estos textos les agradan, bien; y si no les agradan, déjenlos, ya que la idea de la lectura obligatoria es una idea absurda: tanto valdría hablar de felicidad obligatoria. Creo que la poesía es algo que se siente, y si ustedes no la sienten, si no tienen sentimiento de belleza, si un relato no los lleva al deseo de saber qué ocurrió después, el autor no ha escrito para ustedes. Déjenlo de lado, que la literatura es bastante rica para ofrecerles algún autor digno de su atención, o indigno hoy de su atención y que leerán mañana”. Para finalizar, acota: “El hecho estético es algo tan evidente, tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, como sentimos una montaña o una bahía”. Así, en última instancia, Borges invita a configurar un concepto de la lectura como un acto de disfrute provocador, de altas confluencias entre los signos y los sentidos; entre el pasado y el presente; entre el interior y el exterior; entre los pensamientos propios y las propuestas ajenas. Aprovechemos las celebraciones del 23 de abril, al mismo tiempo significativas y azarosas, para establecer vasos comunicantes entre nosotros y los demás, mediante la luz esencial de la lectura.


* Texto originalmente publicado en la Agenda Cultural AcéRcaTE, correspondiente a abril de 2011.

6 de abril de 2011

Los tumultos del lenguaje en Del silencio hacia la luz: mapa poético de México



Por Margarita Hernández Martínez


Sondear en los actuales terrenos del arte resulta una tarea movediza, semejante a arar en el mar y –desde la perspectiva cultural, en un país tan indiferente como México– a clamar en el desierto. No obstante, se revela también como una labor necesaria, en un horizonte poblado por reminiscencias de corrientes consolidadas y en proceso de disolución; tendencias a la ruptura y a la renovación –imposiblemente– absoluta; ausencia de grupos con temas, enfoques y vías de expresión comunes; generaciones dispersas por la multiplicidad de lenguajes y concepciones vitales; creadores fascinados o repelidos por el acceso a la tecnología y la diversificación de los códigos estéticos. En el plano literario, esta situación ha derivado en consecuencias desconcertantes y luminosas: las últimas dos décadas han atestiguado una auténtica catarata de antologías que, en su disparidad de criterios, se han ganado a pulso el mote de antojolía y han colaborado a la construcción de una ciudad letrada titubeante, saturada de pirotecnias verbales y defensas críticas, en la cual se transparentan las carencias del aparato editorial mexicano –desde la selección hasta la distribución de sus publicaciones– y la postura del lector se disuelve entre la contemplación pasiva, inevitablemente neutral.

Frente a este panorama, Adán Echeverría (Yucatán, 1975), poeta y narrador asociado al Centro Yucateco de Escritores, se ha convertido en el animador central de una iniciativa nacional que aspira –al menos parcialmente– a contrarrestar los efectos de este tipo de trabajos antológicos. En 2007, convocó a los poetas mexicanos nacidos entre 1960 y 1989, radicados tanto en el país como en el extranjero, a participar en Del silencio hacia la luz: mapa poético de México. Este esfuerzo, de raigambre indiscutiblemente independiente y colectiva –en el sentido más abierto del término–, produjo un documento electrónico conformado por 1,500 páginas, en las cuales se concentran siete volúmenes de muestras literarias de más de 660 escritores, clasificados según su fecha de nacimiento y su entidad de origen, y cuatro tomos complementarios, en los que aparecen las fichas biobibliográficas de los autores correspondientes.

Así, mediante parámetros sencillos, pero claros, válidos y eficaces, esta antología –publicada en agosto de 2008 y realizada en colaboración con Armando Pacheco (Estado de México, 1980)– consigue zanjar algunas cuestiones alrededor de la valoración estética, artística e histórica implícita en este tipo de recopilaciones; al mismo tiempo, se atreve a detonar nuevas interrogantes al respecto. De esta manera, mientras restringe los argumentos estrictamente críticos de la compilación, promueve –desde una óptica amplia– un debate profundo en torno a la libertad de la creación poética, que depende más de la opción de comunión entre autor y lector que de las razones aducidas por la mayoría de instituciones culturales, consejos editoriales, jurados y florecientes mafias literarias, que se limitan a propagar ensayos teóricos sobre la poesía, sus estilos y fórmulas retóricas. En contraste, Del silencio hacia la luz propone disfrutar las múltiples combinaciones de la literatura en tanto expresión sintética –concreta e irrepetible– de una visión del mundo, susceptible de comprensión y enriquecimiento a través de la percepción intelectual y sensorial de los lectores, quienes ejercen, en última instancia, su derecho al goce, el juicio y la elección del arte.

Por otro lado, este proyecto pretende romper con el centralismo que predomina en numerosos espacios de la vida nacional; para ello, ha resuelto las exigencias propias del trabajo editorial mediante la publicación electrónica, que expande la distribución en dos vías: facilita el tránsito por fronteras físicas –más imaginarias que reales– y permite reproducir, en nuevas áreas y para distintos ojos, materiales ya aparecidos en libros, plaquettes, revistas y otras antologías de circulación local –en el caso del Estado de México, por ejemplo, coloca la poesía de Marco Aurelio Chávezmaya, Lizbeth Padilla, Patricia Solar, Félix Suárez, Eduardo Villegas y Sergio Ernesto Ríos en el vasto movimiento del país–. De este modo, lectores y escritores del norte pueden acceder a la escena literaria del sur, mientras que el valle central se abre a la rica sensibilidad de otras latitudes. Por estas razones, es posible adquirir Del silencio hacia la luz en todos lados y en ninguna parte: los discos compactos con los once volúmenes de la compilación se venden a solicitud expresa por internet (mediante el correo adanizante@yahoo.com.mx), con envíos a toda la República.

Pese a su amplitud, pluralidad y minuciosa confección, Del silencio hacia la luz también arroja numerosas insuficiencias: ante el océano de creaciones emergentes, independientes y marginales, apenas ha logrado recoger un puñado de las voces que convergen en el horizonte poético contemporáneo. Por ello, Adán Echeverría, ahora en estrecha colaboración con Ileana Garma (Yucatán, 1985), ha lanzado la convocatoria para una segunda edición, a la cual se encuentran invitados todos los escritores mexicanos nacidos entre 1960 y 1992, radicados en tierras nacionales y extranjeras. Los requisitos de participación recuerdan la sencillez de criterios instaurados para aquella primera tentativa: los autores deben tener, por lo menos, un libro o una plaquette de poesía en circulación, a nivel estatal, regional, nacional o internacional. Igualmente, pueden validar su experiencia literaria con un premio de poesía en idénticos ámbitos. Para enriquecer el contenido de este nuevo proyecto, es necesario que los integrantes hayan publicado sus trabajos en una revista comprendida en el Sistema de Información del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el cual se halla disponible para consultas aquí.

Si los interesados cumplen con estas condiciones, deberán enviar a garmafilica@gmail.com una ficha biobiliográfica con los siguientes datos: nombre completo; lugar y año de nacimiento; estudios realizados; conjunto de obras publicadas, premios recibidos y becas artísticas obtenidas a lo largo de su trayectoria; relación de antologías, revistas y otras ediciones periódicas que han incluido sus textos, además de otras referencias importantes sobre su producción literaria. Asimismo, complementarán su contribución con hasta seis cuartillas de sus poemas –inéditos o ya aparecidos en otros espacios, en cuyo caso señalarán la fuente pertinente– y una fotografía de alta resolución de su rostro, de preferencia en blanco y negro. La convocatoria continuará abierta hasta el 30 de abril, con el propósito de presentar el resultado final –por segunda ocasión, un documento electrónico en el que confluirán piezas literarias e información biográfica sobre los artistas– en agosto de este año. Como retribución y reconocimiento, cada participante recibirá dos ejemplares de esta recopilación, que también estará a disposición de los lectores a través del mismo mecanismo: correos electrónicos y certificados, destinados sondear en los tumultos del lenguaje, en su dimensión más dinámica y vivaz.


* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a abril de 2011.

27 de marzo de 2011

Una convocatoria (fragmentada y concurrente)






Adán Echeverría e Ileana Garma, en colaboración con el Centro Yucateco de Escritores, convocan a la segunda edición de Del silencio hacia la luz: mapa poético de México, una iniciativa nacional e independiente que continuará recibiendo materiales hasta el próximo 30 de abril, según las especificaciones que pueden leerse arriba de estas líneas (den clic en la imagen para verlas en un formato mayor). Para saber más sobre los orígenes y los primeros resultados de esta propuesta, consulten la página cultural de El Espectador, que estará el lunes 4 de abril en puestos de periódicos de Toluca y Metepec.

18 de marzo de 2011

Visiones y desprendimientos: la colección permanente del Museo de Arte Moderno




Por Margarita Hernández Martínez


Localizado en el Centro Cultural Mexiquense, el Museo de Arte Moderno del Estado de México –Jesús Reyes Heroles 302, delegación San Buenaventura, Toluca– se ha convertido en uno de los espacios más dinámicos del Instituto Mexiquense de Cultura. Con un vasto programa de exposiciones temporales, ha logrado desplegar, con constancia y congruencia, las tendencias recientes de la plástica local y nacional; al mismo tiempo, ha contribuido a la formación de un público ávido y expectante, que participa de los hechos estéticos con una visión fresca, alejada de las defensas críticas propias del academicismo. Estas perspectivas de renovación y vinculación dependen, esencialmente, del trabajo gestor de Juan Luis Rita (Ciudad de México, 1970), artista plástico multidisciplinario, quien ha forjado un conjunto de proyectos museográficos destinados a fortalecer la visibilidad de este tipo de manifestaciones, en un contexto que oscila, muchas veces, entre la indiferencia y la fascinación.

Encaminado a afirmar la vocación de este recinto –que, más allá de la difusión de las corrientes contemporáneas, radica en el resguardo y el enriquecimiento de un acervo integrado por cerca de 800 obras pictóricas y escultóricas– y a ofrecer un recorrido atractivo a sus numerosos visitantes, el también fundador de propuestas colectivas como Derivantes –que concretó su primera exhibición durante el XIX Festival Internacional Quimera, en Metepec– consagró sus conocimientos plásticos a la realización de un nuevo guión museográfico, el cual surgió de una labor minuciosa, que involucró desde el estudio de públicos hasta el replanteamiento de la historia de las artes visuales en nuestro país. En entrevista, Juan Luis Rita señaló que este trabajo, comenzado como una iniciativa personal, implicó la reelaboración del concepto general, que, si bien presenta un orden cronológico, por la sucesión de las aportaciones de los autores más importantes del arte nacional a lo largo del siglo XX, retoma épocas y movimientos no contemplados en otros espacios, así como piezas inéditas, pocas veces expuestas, pero de gran valor cultural.

De este modo, el discurso curatorial –inaugurado recientemente con el título Eminencias del arte mexicano. Siglo XX– se estructura en torno a la investigación y el análisis de esta variedad de vetas estéticas, respaldadas en las reflexiones críticas de Raquel Tibol, Berta Taracena, Teresa del Conde y Fernando Gamboa –autor, además, del guión museográfico original–. Paralelamente, se sostiene en un panorama didáctico en el que confluyen alrededor de un centenar de obras, distribuidas en tres salas temáticas, provistas de colores, elementos gráficos y diseños espaciales que, en armonía con la selección artística, desembocan en un impacto visual acorde con el asombro y la efervescencia de sus periodos de producción.

Enlazadas por el origen de nuevas visiones estéticas y sus consecuentes desprendimientos, las obras englobadas en esta muestra permanente atestiguan el nacimiento y la evolución de una fluida serie de tendencias culturales e ideológicas, las cuales han determinado el escenario artístico de nuestros días. La primera sala, "Albores”, condensa el declive del romanticismo clásico que predominó a finales del siglo XIX y encarna las primeras señales identitarias del futuro nacionalismo. Con lienzos de Gerardo Murillo, Roberto Montenegro, Agustín Lazo y Alfredo Ramos Martínez, ilustra los luminosos efectos del establecimiento de las escuelas al aire libre, las cuales condujeron al alejamiento del academicismo tradicional, y de las influencias de la experimentación formal iniciada en Europa.

La segunda sala, denominada “Época de oro”, destaca como la más representativa de la pintura y la escultura mexicana, tanto en su nómina de autores como en la riqueza de sus obras. De acuerdo con algunos críticos de arte, en este periodo se verificó una especie de renacimiento en el arte nacional, signado por el desapego del academicismo y el rescate significativo de la cultura y las tradiciones de nuestro país, expresadas en elementos prehispánicos, pasajes históricos y corrientes ideológicas abiertas y de vanguardia. Aunque el nacionalismo encontró sus mayores exponentes en los murales diseminados a lo largo y ancho de México –en edificios tan disímbolos como enigmáticos–, este apartado convoca dichas manifestaciones con trabajos de caballete de David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, que conviven con obras de Raúl Anguiano, Alfredo Zalce, María Izquierdo, Juan Soriano, Antonio Ruiz “El Corcito”, Francisco Goitia, Gabriel Fernández Ledesma y Manuel Rodríguez Lozano. Así, ilustra la composición de un arte propio, identificable más allá de sus fronteras.

Finalmente, “De lo moderno a lo contemporáneo” revela las divergencias del nacionalismo entre las generaciones jóvenes, que ahondaron en nuevas direcciones, inclinadas a la búsqueda de la estética en la abstracción, así como la exploración de la desarticulación geométrica y la implantación de valores cosmopolitas. Particularmente, sobresalen las creaciones de la Generación de la Ruptura, la cual escapó del costumbrismo y la consolidación de la identidad para integrar, de forma contundente, el arte mexicano en el horizonte internacional. Imágenes y esculturas de José Luis Cuevas, Vicente Rojo y Gunther Gerzso, sumadas a las propuestas de los extranjeros –pero afincados en distintas ciudades de México, desde donde contribuyeron con grandes innovaciones plásticas– Kasuya Sakay, Vlady, Arnold Belkin y Mathias Goeritz, acrisolan la rica diversidad de este grupo, que se acrecienta con la presencia de Sebastián y de artistas mexiquenses como Matinef y Luis Nishizawa.

Rodeada por dos murales de profundo sentido –El lecho del universo, también de Luis Nishizawa, y Periplo plástico, de Leopoldo Flores–, Eminencias del arte mexicano. Siglo XX, permanecerá expuesta en el Museo de Arte Moderno, no sólo como un testimonio móvil de las oleadas que recubren el complejo panorama estético de nuestro país: más allá, demuestra la significación y la divulgación de un proyecto individual pensado para la generalidad del público, en un ambiente tan necesitado de una auténtica promoción y gestión cultural.


* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a marzo de 2011.

9 de febrero de 2011

Insensibilidad y olvido: la destrucción de los edificios antiguos de Toluca



Por Margarita Hernández Martínez

A lo largo de la última década, el internet y las redes sociales se han convertido en un instrumento tan poderoso como trivial: mientras millones de usuarios dan cuenta de actos vanos e intrascendentes –que manifiestan, además, la vacuidad en la que se desenvuelve la existencia contemporánea–, otros tantos han recurrido a la red como un vehículo de denuncia y de protesta; una alternativa de apertura frente a las insuficiencias de la libertad de expresión. Así, blogs como Generación Y, de la cubana Yoani Sánchez, han consolidado una tendencia a la reconfiguración ideológica en derroteros estériles, a través de las experiencias, las personalidades y los paisajes cotidianos. Con un aliento notablemente más pacífico, pero igualmente inclinado a la reflexión, a la toma de conciencia y a la forja de una posible identidad colectiva, Toluca ha encontrado su sitio en este panorama, mediante un perfil de Facebook que difunde desde actividades de interés general hasta catástrofes como la paulatina destrucción de los edificios antiguos de la ciudad.

A pesar de las declaraciones del Ayuntamiento local, que aspira a transformar al centro de la capital del Estado de México en un espacio de rememoración histórica, las calles que rodean a la Plaza de los Mártires se encuentran repletas de construcciones abandonadas, erosionadas por la ignorancia y la insensibilidad de ciudadanos, propietarios y autoridades. De acuerdo con información del Ateneo Mexiquense, asociación que congrega a artistas e intelectuales de la entidad, en los últimos treinta años, Toluca ha atestiguado la desaparición de tres mil inmuebles históricos, los cuales han sido reemplazados por obras de poca identidad para la ciudad. Entre ellos, destacan el Teatro Coliseo, la casa de Enrique Carniado, el Zoológico de la Alameda Central y las instalaciones originales de la Cervecería Modelo, así como residencias porfiristas y edificios decimonónicos que han dado paso a estacionamientos y plazas públicas –en ocasiones, simples explanadas de cemento– de estilo ecléctico, alejado de las modalidades arquitectónicas que, en su día, caracterizaron a una de las primeras –y más relevantes– urbes industriales de nuestro país.

A ellos se unirán, en cuestión de pocos años, dos casonas del siglo XIX ubicadas en Sebastián Lerdo de Tejada, entre Nicolás Bravo y 21 de marzo –de las cuales sólo persisten las fachadas, sujetas (y, en la misma medida, dañadas) por vigas metálicas–, además de la Antigua Estación de Ferrocarriles Nacionales –en su día, una de las más importantes de México–, el Molino de la Unión –fundado como Molino de Vapor alrededor en la década de 1860, por Arcadio Henkel– y la Jabonera Longares, cuyos derruidos interiores pueden atisbarse, en sus más desoladores detalles, en los apartados fotográficos del mencionado perfil de Facebook. Ahí, contrastan con un conjunto de imágenes consagradas a Toluca la Bella, en el cual las calles de la Concordia, la Ley, la Libertad y la Igualdad despliegan una multiplicidad de comercios, mercados, cines, jardines, templos, monumentos, edificios administrativos, instituciones educativas y vías férreas que han desaparecido por diversas razones: desde demoliciones motivadas por la gradual remodelación de avenidas y áreas públicas, hasta incendios, inundaciones, traspasos y otros descuidos, que afectan considerablemente el estatuto histórico de la ciudad.

Las consecuencias y las contradicciones de esta situación se contemplan desde varias vertientes: mientras refuerzan el desarrollo urbano ilógico y desordenado que asola a una capital desvinculada de sus habitantes –quienes ahogan los citados catálogos de fotografías con comentarios ácidos y dolorosos; acertados y propositivos; oscilantes entre la nostalgia del pasado y los desencantos del presente– revelan las ineficiencias –rayanas en la absoluta anarquía– del aparato burocrático, tanto del municipio como de la República. Actualmente, los postulados legales del Instituto Nacional de Antropología e Historia dictan el resguardo de las construcciones de más de cien años de antigüedad; sin embargo, no existen facilidades para su conservación, sea individual, colectiva o, incluso, gubernamental.

De este modo, los propietarios de edificios con estas particularidades se ven obligados a seguir reglamentos inoperantes, razón por la cual prefieren la demolición hormiga: ventanas rotas, balcones caídos, techos podridos y maleza creciente, acompañados por toda clase de vestigios, anteceden a frontispicios vacíos, que se derrumban, piedra a piedra, sobre la historia y los peatones. Su aniquilación no sólo constituye un daño irremediable al patrimonio cultural, artístico y hasta industrial de la ciudad –y, por extensión, del estado y del país–, sino que representa un peligro latente a los habitantes cercanos, especialmente en Sebastián Lerdo de Tejada: ambas casonas –una de ellas, según un rumor en internet, perteneció a Isidro Fabela– se localizan en las inmediaciones de escuelas, con altas concentraciones de automóviles y gente que, al mismo tiempo, aceleran su destrucción y detonan el riesgo de un accidente.

Ante este panorama, resulta indispensable emprender un plan de acción dual: por un lado, es urgente concientizar a todos los actores vinculados con este problema, desde el gobierno federal hasta los pobladores más jóvenes, a fin de prevenir una devastación de mayores alcances. Ésta puede lograrse a través de una educación integral, tendiente a combatir el olvido y la indiferencia y a recuperar los pasajes históricos más relevantes de Toluca, la mayoría de los cuales encarnan en sus calles y edificios antiguos.

Por otra parte, legislar de manera realista, pertinente y flexible alrededor de la preservación, la custodia y la difusión de las reliquias arquitectónicas de la ciudad –y del resto del país– contribuirá a asegurar su restauración y a prolongar su ocupación con nuevas funciones, como centros educativos y culturales. Así ha ocurrido, de forma más o menos exitosa, con el Archivo Histórico Municipal de Toluca, el Centro Regional de Cultura de Toluca, el Cosmovitral, la Casa de las Diligencias, el Edificio Central de Rectoría y los museos Modelo de Ciencias e Industria, de la Acuarela, de Bellas Artes, de Numismática, Virreinal de Zinacantepec, José María Velasco, Felipe Santiago Gutiérrez y Luis Nishizawa, además de algunas secciones del Centro Cultural Mexiquense, que han trascendido sus orígenes para transformarse en memoria dinámica. Más allá de estos recintos, la Alameda Central, los Portales y el icónico Andador Constitución continúan avivando los acontecimientos diarios de una capital que no merece perder las titubeantes huellas de su belleza. Antes de destinar recursos a la construcción de portales despojados de auténtico sentido, habría que pensar en la configuración de un centro histórico acorde con su vocación y con su nombre.


* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a febrero de 2011.

** La imagen que acompaña esta entrada es de Chuchomotas para Toluca en Facebook.

10 de enero de 2011

Entre el vacío de las celebraciones: el Museo Torres Bicentenario




Por Margarita Hernández Martínez

Vivir 2010 ha sido una experiencia interesante: después de atestiguar festejos pirotécnicos que poco han impulsado la revaloración de dos procesos cruciales en la historia nacional, la colectividad se adentra en una especie de resaca, salpimentada por acontecimientos violentos y actitudes intrascendentes. Ante la inercia habitual, el país se sumerge en la confusión propia de los territorios sin rumbo, razón por la cual la mayoría de los mexicanos comparte una percepción tan inquietante como dolorosa: no hubo nada qué celebrar. No existe orgullo posible –ni personal, ni multitudinario– frente a la ignorancia generalizada de nuestro pasado, que contribuye a perpetuar los titubeos, los tropiezos y los abusos que acompañan, desde hace más de cinco siglos, los vaivenes de la nación; tampoco lo hay delante de un horizonte pleno de incertidumbres, carente de propuestas sólidas para un desarrollo congruente con las necesidades de la población y los recursos de la dudosa República.

A diferencia de la conmemoración del Centenario del Inicio de la Independencia, empeñada en diseminar rastros palpables de los logros y las nuevas direcciones –afrancesadas y positivistas– de un país inclinado al progreso material –y, sin embargo, acechado por una revolución jamás concluida–, 2010 transcurrió alrededor de un denso desencanto que, incluso, se tradujo en las obras destinadas a su recuerdo: en el Estado de México, comprendieron desde colecciones bibliográficas inaccesibles e inoperantes hasta remodelaciones viales que han sumergido al Valle de Toluca y sus alrededores en un caos insostenible, pasando por la demolición de un monumento y la construcción de otro en la misma locación, de acceso limitado e inseguro para los peatones. Las Torres Bicentenario –intersección José María Morelos, Paseo Tollocan y Alfredo del Mazo s/n, colonia Santa Ana Tlapaltitlán– resultan altamente llamativas; no obstante, destacan también como un proyecto que no respetó sus dimensiones originales –inicialmente concebidas con cien metros de altura, llegaron sólo a los sesenta y cinco–, lo cual truncó parte de su contenido simbólico y confirmó, desde el punto de vista urbano, que Toluca no se encuentra preparada para albergar –y lucir– un proyecto arquitectónico que contrasta con el espíritu industrial y descuidado del resto de la ciudad.

Empero, estas esbeltas estructuras metálicas alojan uno de los esfuerzos más convincentes –y, quizás, más perdurables y significativos– de este festejo: el Museo Torres Bicentenario, inaugurado en noviembre bajo la administración del Instituto Mexiquense de Cultura. Más allá de su concepción y planteamiento –vinculados con la celebración de dos siglos de una libertad que, como el país entero, se tambalea periódicamente–, consigue ofrecer un panorama de los acontecimientos más relevantes de México y de la entidad, desde los últimos años de vida colonial hasta la época contemporánea. Para ello, recurre a cuatro ejes temáticos –cultura, sociedad, política y economía– que, mediante un acervo de poco más de 180 piezas, provenientes del Archivo Histórico del Estado de México y de los museos de Antropología e Historia, Virreinal de Zinacantepec, José María Velasco y Felipe Santiago Gutiérrez, conjuga indumentaria, objetos, documentos, artes plásticas y gráficas con expresiones tecnológicas interactivas, provistas de un enfoque didáctico. Así, despliega un vasto repertorio de elementos que confluyen en el rostro actual de la nación, lo cual permite, con un criterio crítico y amplio, formular conclusiones que trascienden la historia oficial.

De este modo, la exposición permanente del Museo Torres Bicentenario inicia con una vista general de los últimos años de la Colonia, en los cuales ya se vislumbraban los alientos independentistas que se concretaron en numerosas conspiraciones a lo largo de las intendencias novohispanas. Pinturas, casullas, vestidos, objetos como relojes y abanicos, además de documentos, monedas y billetes, ilustran las innovaciones en el pensamiento de la época. En otra vertiente, un conjunto pictórico que convoca a los héroes consagrados por la historia, acompañado por armas y estandartes; una capa utilizada por José María Morelos y el epistolario de Vicente Guerrero, representa también esta etapa, caracterizada por la inestabilidad y las constantes revueltas populares.

Pasos más adelante –pues el museo se desenvuelve en un espacio abierto, que privilegia la luz y la fluidez circular del tiempo–, el escudo del Primer Imperio Mexicano muestra las tentativas iniciales –jamás consumadas– por organizar la nueva nación, cuyos sucesivos colapsos y ascensos se prolongaron durante las intervenciones de países extranjeros, el Segundo Imperio y la Guerra de Reforma. Óleos de Luis Coto y Maldonado, José María Velasco, Felipe Santiago Gutiérrez y Antonio Ruiz El Corcito, entre otros artistas que oscilaron entre la pintura costumbrista y la académica, colocados paralelamente con casacas, monturas y distintivos militares de varios ejércitos; banderas, billetes y decretos circulantes durante estos conflictos; mapas, carteles y fotografías que atestiguan las transformaciones sociales, culturales y estéticas del siglo XIX, describen una realidad múltiple, encaminada a una prosperidad tan ilusoria y escurridiza como teóricamente tangible: así lo denotan las gráficas, objetos y herramientas relacionados con la Compañía Cervecera de Toluca y México, la cual posicionó a nuestra entidad como uno de los reductos industriales más importantes de América.

No obstante, la Revolución desvaneció la perspectiva progresista decimonónica e inauguró el ciclo de angustias propio de siglo XX. Mientras el resto del mundo –en particular, América y Europa– se debatía en oscuras conflagraciones, México recorría –según figura en grabados, periódicos, monedas y elementos representativos de la indumentaria de ese periodo– un sinuoso sendero –más peligroso de lo imaginado– alrededor de la conformación institucional, la democracia y la participación social libre, justa y soberana. La encarnación y la contextualización de este tránsito son, tal vez, los logros más definidos del Museo Torres Bicentenario, cuya visita puede desembocar en una sensación tan agridulce como –paradójicamente– alentadora: no todo está perdido; no todo puede recobrarse. Con un espacio destinado a una misteriosa cápsula del tiempo –puesto que su contenido no fue revelado–, una tienda de artesanías y una librería especializada en la –igualmente enigmática, pero más cercana al público– Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, este nuevo recinto museográfico se perfila, en última instancia, como una invitación para sorprenderse y reflexionar –de manera personal o, con suerte, multitudinaria– alrededor de los festejos que consumieron, de modo desafortunado, el año que acaba de concluir.


* Texto originalmente publicado en el suplemento de aniversario de El Espectador, correspondiente a enero de 2011.

** La imagen que acompaña esta entrada es de Helmut Ruiz.

5 de diciembre de 2010

Al calor del pasado: la biblioteca conventual del Museo Virreinal de Zinacantepec




Por Aeri Marín


Inaugurado en junio de 1980 –tras una vida azarosa que lo transformó en casa cural y cuartel zapatista–, el Museo Virreinal de Zinacantepec (16 de septiembre s/n, Barrio de San Miguel) resguarda una colección de arte, objetos y mobiliario que recuerda las oscilaciones iniciales de la historia nacional. Mientras los escudos, las espadas y las armaduras evocan el enfrentamiento entre los caballeros indígenas y los guerreros españoles, los óleos, las esculturas y la ornamentación de los muros ilustran el sincretismo entre el rígido monoteísmo europeo y la múltiple espiritualidad local. Paralelamente, la recuperación de los espacios que –hace quinientos años– pertenecieron al Convento Franciscano de San Miguel preserva la atmósfera característica de las comunidades religiosas en nuestro país, signada por la labor colectiva y la reflexión solitaria.

Para ahondar en este aspecto, el Museo Virreinal alberga una magnífica biblioteca, en la cual se traslucen los debates y las contradicciones que marcaron una época particularmente compleja para la fe católica. Enfrentada a la evangelización –que desveló la existencia de un mundo más allá de la Biblia– y la contrarreforma –que difundió las distintas vertientes del pensamiento humano–, pasó por un intenso proceso de definición y concentración, que se tradujo en manuales, oratorios, cánones y devocionarios destinados a fijar las ceremonias y los ritos propios de esta religión.

De este modo, los 4 587 volúmenes de este reservorio conventual se reúnen alrededor de 43 materias fundamentales, relacionadas con temas de teología, filosofía y hagiografía; apologética, ascética y catequética; derecho civil, eclesiástico y canónico; moral, pastoral y pedagogía; política, simbología e historia. Éstas se desarrollan en un espectro lingüístico que viaja del griego y el latín –idiomas oficiales del imperio, el dogma y la cultura– hasta las primeras manifestaciones del inglés, el francés y el español, emanados de la luminosa fricción entre el registro formal y el habla popular.

Aunque el origen de esta sorprendente colección se encuentra sumido en la incertidumbre –puesto que proviene de cinco siglos de movimiento continuo–, las marcas de propiedad que persisten entre sus páginas –sean de fuego, de lacre o de la propia mano de sus lectores– permiten profundizar en su misteriosa procedencia. Así, el primer acervo del Convento Franciscano de San Miguel se entrelaza con libros extraídos de los monasterios del Carmen de Toluca, del Santo Desierto de México, de San Joaquín de Tacubaya y del Rancho Guadalupe, entre otros. En el transcurso de las décadas, éstos gravitaron por distintos derroteros, desde bodegas oscuras, impropias para su conservación, hasta estanterías alejadas de los ojos del público.

De esta manera, la futura biblioteca conventual permaneció depositada en el Museo de Bellas Artes hasta la fundación de la Dirección de Patrimonio Cultural del Gobierno del Estado de México; entonces, se trasladó a la Biblioteca Pública Municipal de Toluca. Durante varios años, la ausencia de catalogación la mantuvo fuera de las nuevas miradas del público; sin embargo, en 1980, debido a la reformulación del guión del Museo Virreinal, el acervo se fragmentó y se destinó a la reproducción escenográfica de una biblioteca franciscana, en una sala del propio convento.

Pese a esta modificación, los libros funcionaron como un objeto de exposición, más que como un recurso de aprendizaje y de estudio. Por ello, en 2004, un segundo replanteamiento del mencionado guión museográfico impulsó la instalación actual de este acervo bibliográfico, en el fondo del segundo piso del antiguo monasterio. Así, esta labor involucró un largo proceso de identificación, clasificación y restauración, a lo largo del cual el equipo del Museo Virreinal contó con la asesoría técnica de Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México. Finalmente, el 5 de julio de 2005, en medio de las celebraciones para el 25 aniversario de este espacio cultural, la biblioteca conventual abrió sus puertas a académicos e investigadores mexiquenses, mexicanos y extranjeros.

Precisamente, el esfuerzo de historiadores, filósofos, literatos y otros expertos en humanidades ha contribuido a descubrir algunas de las peculiaridades más interesantes de este acervo. Por ejemplo, un hermoso volumen de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino constituye, paralelamente, el libro más antiguo de la biblioteca, del Valle de Toluca y –tal vez– del Estado de México. En el mismo sentido, sus robustos libreros –elaborados con maderas, tintes y resinas correspondientes al mobiliario original– acogen varias copias de sínodos papales, entre los que sobresale un tomo del Concilio de Trento, cuya doble relevancia reside en la justificación de las acciones emprendidas por la Iglesia Católica durante la contrarreforma y en la primera representación de Nueva España en este tipo de asuntos internacionales, la cual corrió a cargo de Vasco de Quiroga.

Estos volúmenes, además, conviven con libros de cantos decorados, una extraordinaria Biblia políglota y una Vulgata que encarna el interés por difundir los estudios teológicos entre las poblaciones letradas, más allá de las fronteras del idioma. Por otro lado, sus particularidades físicas rememoran las condiciones de su manufactura y su traslado a América: a juzgar por algunas señales inscritas en la encuadernación, los largos pliegos de papel de algodón –algunos llegados de contrabando, disimulados entre otras mercancías– fueron cortados y empastados ya en Nueva España. Por esta razón, las tapas están forradas de pieles de ternera, de cerdo o de caballo, justamente la clase de ganado que se hallaba disponible en la región.

Con esta inspiradora variedad de elementos, tanto bibliográficos como sensoriales, la biblioteca conventual del Museo Virreinal de Zinacantepec se revela como un espacio para disfrutar, por un lado, de la vertiente intelectual de un amplio periodo en la historia de nuestro país, desde la Colonia hasta mediados del siglo XX; por otro, del testimonio tangible del tiempo que se escapa inevitablemente. Aunque abre sus puertas de lunes a viernes, de 9:00 a 15:00 horas, para realizar investigaciones en este recinto es necesario programar una cita con anticipación, en el (722) 2 18 25 93.


* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a diciembre de 2010.

26 de noviembre de 2010

Biología transfigurada en En la jaula de las medusas, de Françoise Roy



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- La literatura se inspira en todos los acontecimientos, desde la vida cotidiana hasta la antigua –pero cercana– mitología universal, pasando por la propia experiencia lectora. Sin embargo, una conexión entre el lenguaje poético y la terminología científica resulta inusual, sobre todo cuando posee bases sólidas y consigue transgredir los posibles límites de ambos códigos. Así, en este –aún reducido– panorama, destaca En la jaula de las medusas, un libro de Françoise Roy publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluido en El Corazón y los Confines y la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario.

Originaria de Quebec y residente en Guadalajara, Roy ha destacado como traductora, con un desempeño que la ha llevado a ser galardonada con el Premio Nacional de Traducción Literaria en Poesía. De manera paralela, ha sido colaboradora de numerosos suplementos culturales y ha recibido el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal. Mediante esta doble formación, no es extraño que posea la habilidad de trasladar un lenguaje que se distingue por su precisión con otro que depende, esencialmente, de su aliento libre y subjetivo. Así, En la jaula de las medusas reconcilia estas criaturas marinas, bellezas y venenosas, con un lenguaje de numerosas lecturas e influencias.

En dos secciones, que, a su vez, se fragmentan en episodios que viajan de la biología a la mitología, el libro ofrece una estilización simbólica de las medusas, que pasan de criaturas temibles a representaciones de figuras femeninas depredadoras, capaces de inocular su ternura y su ponzoña en los seres que las rodean. Así, la voz lírica, protagonista de estos versos, se interna en aguas infestadas de emociones para recrear una poesía de temores, de belleza y de horror, oscilante entre la iluminación y la fatalidad; entre metáforas de amor, maternidad y voracidad carnal.

Esta multiplicidad temática se refleja, en la misma medida, en un conjunto de variaciones formales que le confieren una viva pluralidad. Prosas poéticas, fragmentos científicos y versos de largas estrofas se conjugan para conformar una atmósfera particular, en la cual la sordidez y la pasión confluyen en seducciones, en una lectura reflexiva y emocional, decididamente conmovedora.


Françoise Roy, En la jaula de las medusas, Instituto Mexiquense de Cultura (col. El Corazón y los Confines / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2010, 169 pp.


* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

23 de noviembre de 2010

Reinterpretaciones mitológicas en La caricia de la Esfinge, de Macarena Huicochea



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- La mitología se ha constituido como el trasfondo de múltiples vertientes artísticas, desde la pintura hasta la literatura, pasando por esculturas que, a lo largo de los siglos, han conformado el ideal de perfección del cuerpo humano. Poblada de arquetipos y sensibilidades, también ha encarnado nuestras angustias y pasiones; miedos y deslumbramientos; ambiciones y caídas. Basta recordar la pesadez del trabajo cotidiano para pensar en Sísifo; calibrar la vanidad para convocar a Narciso; volar con alas falsas para caer estrepitosamente, a la manera de Ícaro.

Con este amplio bagaje, proyectado en nuestras glorias efímeras y nuestras debilidades más íntimas, Macarena Huicochea presenta La caricia de la Esfinge, un volumen publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluido en El Corazón y los Confines y la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Compuesto por treinta y cuatro ficciones breves, de alto contenido lírico, destaca por su abundancia en imágenes y criaturas mitológicas, las cuales aparecen transfiguradas gracias a la intimidad que les imprime la autora, quien proviene de una formación multidisciplinaria y ha destacado como guionista, conductora y productora de televisión.

De este modo, La caricia de la Esfinge permite explorar el otro lado de los mitos: piezas como “Esfinge” y “Gorgona” conceden la voz a las figuras mitológicas para insinuar sus deseos, complejizar sus acciones y humanizar la petrificación que los siglos han impuesto sobre ellas. Así, se levantan como mujeres ardorosamente libres, que exploran sus cuerpos y buscan una satisfacción más allá de los roles tradicionalmente femeninos. En consecuencia, disfrutan de una sexualidad contemplada como poder vital; es decir, como sendero de identidad entre ellas mismas y los otros y, al mismo tiempo, como posibilidad de equiparación con el mundo y con la inmensidad del cosmos.

A través de estos mitos transfigurados –actualizados o individualizados, según cada texto–, Huicochea también persigue sueños y fantasmas; escapa de los paradigmas mediante veneros oníricos de gran intensidad. Con un lenguaje que, en ocasiones, se aproxima a la poesía y al denso simbolismo de la alquimia, La caricia de la Esfinge se alza como una lectura enriquecedora, que invita a repensar tanto el papel social y personal de la mujer como la rigidez de los mitos, que cobran dinamismo cuando, finalmente, nos atrevemos a confrontarlos con nuestra experiencia cotidiana.


Macarena Huicochea, La caricia de la Esfinge, Instituto Mexiquense de Cultura (col. El Corazón y los Confines / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2010, 100 pp.



* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).