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7 de marzo de 2012

Los ejercicios dislocados: nuevos espacios culturales en el Estado de México



Por Margarita Hernández Martínez


Si el Estado de México se enorgullece por la abundancia y la variedad de sus espacios culturales –que superan con facilidad el centenar de ofertas multidisciplinarias, desde museos organizados histórica y temáticamente hasta centros regionales que concentran numerosos talleres de distintas materias, además de una red bibliotecaria que entrecruza auténticas reliquias con acervos obsoletos e insignificantes–, no demuestra la misma preocupación por la calidad de sus propuestas –que oscilan, con una intermitencia desconcertante, entre el raquitismo estético, la pirotecnia conceptual y la imprevisible simplicidad de la belleza–. Despojados de políticas públicas encaminadas a su consolidación, no consiguen sus objetivos originales –que, según el discurso oficial, incluyen la preservación del patrimonio histórico y cultural; el enriquecimiento de la identidad mexiquense; el impulso a la creación, la divulgación y la sistematización de los trabajos artísticos y, en una afirmación reciente, el combate frontal a la delincuencia, la violencia y la crisis social–, sino que languidecen a merced de la burocracia y la indiferencia, con las desventajas que esto conlleva.

La discontinuidad de los planes de difusión, la ausencia de personal realmente interesado y capacitado para la gestión cultural, las preferencias individuales de las autoridades involucradas en su administración y las dificultades para vincular al público –desde el infantil hasta el académico– con las ofertas artísticas han derivado en el denso descuido de estos espacios –que, en ocasiones, se traduce en un deterioro físico de incalculables consecuencias–. Si su origen está impregnado de entusiasmo –basta recordar la inauguración del Museo Torres Bicentenario (José María Morelos y Pavón, esquina Alfredo del Mazo, Toluca), en noviembre de 2010, el cual ha presentado exposiciones plásticas de mediano valor, a pesar de sus vanguardistas instalaciones–, su desarrollo acaba por estancarse.

De esta manera –salvo escasas excepciones–, los foros consagrados a las expresiones culturales se erigen como gigantes desarticulados, depositarios de la nobleza histórica del espíritu humano, pero corrompidos por la ignorancia, la desmemoria y la insensibilidad. Convertidos en bastiones para la exhibición de intereses ajenos –desde la esfera política, que pretende cumplir sus posibles obligaciones con esta faceta de la existencia social mediante la continua edificación de bibliotecas y museos, antes de vigilar la operación de los recintos ya existentes–, funcionan como estandartes de un interés por el arte y la cultura francamente vacuo, constituido alrededor de una espiral viciosa que se traduce, en último término, en actividades pobres, que no despiertan la menor curiosidad –ni siquiera para su cobertura periodística–. En todo caso, se instauran como una fórmula de entretenimiento, incapaz de apelar los propósitos anteriormente planteados –más allá de su validez–.

Desde estas perspectivas, la –aún– reciente puesta en marcha del Centro Cultural Mexiquense Bicentenario –Kilómetro 33.5 de la Carretera Federal México-Texcoco, esquina Manuel González, San Miguel Coatlinchán– se desenvuelve en un panorama desalentador. Inaugurado en agosto de 2011, el vasto complejo de 17 hectáreas de superficie y 35 mil metros cuadrados de construcción –en los cuales se sitúan una biblioteca, una sala de conciertos, un teatro al aire libre, un auditorio de usos múltiples, un edificio de talleres y un conglomerado de espacios museísticos, además de un circuito escultórico, una ciclopista y dos estacionamientos– no sólo destaca por su indiscutible belleza, sino por su intención de atender las necesidades artísticas y culturales de aproximadamente 6 millones de personas, asentadas en 34 municipios del oriente de la entidad. Considerado el proyecto cultural más importante de la región durante los últimos 25 años –es decir, desde la fundación del Centro Cultural Mexiquense (Boulevard Jesús Reyes Heroles 302, delegación San Buenaventura, Toluca), en el poco frecuentado casco de la antigua Hacienda La Pila–, promete albergar una amplia diversidad de actividades, desde los conciertos semanales de la Orquesta Sinfónica del Estado de México hasta su propia edición del Festival de las Almas, a punto de cumplir su décimo aniversario de celebraciones en Valle de Bravo.

Pese a estas afirmaciones, este recinto enfrenta una difícil realidad, que sólo podría superarse con la suma de voluntades férreas. En primer término, no resulta totalmente accesible para la población que aspira a beneficiar: enclavado en plena carretera, debajo del Circuito Exterior Mexiquense, limita las posibilidades de entrada a quienes llegan en su propio vehículo, lo cual obstaculiza el arraigo esperado entre los habitantes de la zona –aunque, al cierre de 2011, las cifras oficiales consignan un total de 61 mil visitantes–. Por otro lado, la oferta artística ha sido insípida y desigual: luego del concierto inaugural, a cargo de la Orquesta Sinfónica y Fernando de la Mora –y de un periodo preoperatorio bastante gris–, ha desplegado tanto los recitales del Ballet Folclórico de Amalia Hernández y el Ballet de la Provincia de Shanxi como los talleres de acondicionamiento físico y computación básica, que no sólo parecen irrelevantes, sino que carecen de justificación y revelan la confusión habitual entre apreciación artística, conocimiento cultural y extensión educativa.

Algo semejante podría suceder con el Museo de Historia Natural de Ecatepec –Circunvalación s/n, Jardines de Santa Clara, Ecatepec–, abierto desde enero de 2012 en un inmueble de 2 mil metros cuadrados, en el que se hallan cuatro salas interactivas –en las cuales se encuentran ejemplares disecados de un rinoceronte blanco, un oso negro, un búfalo americano, leones y distintas especies de zorros; además de réplicas de animales prehistóricos, como un tiranosaurio y un mamut, coronados por una mandíbula de tiburón gigante–, un mural con relieves para débiles visuales y una pantalla tridimensional –en la que se proyectan, por el momento, documentales sobre ecología y medio ambiente–. Por otro lado, las actividades comprenden talleres al aire libre, alrededor de temas mejor estructurados, como la elaboración de fósiles.

No obstante, más allá de la inversión general, la creación de empleos y la puntual asesoría de especialistas adscritos a numerosas instituciones nacionales y locales, este espacio debe diversificar sus opciones operativas y solidificar su presencia entre la población, para evitar su conversión en destino obligado de las excursiones escolares, como ocurre con otros museos. La administración de estos foros requiere mucho más que lucimiento político, innovación tecnológica y buena voluntad, a riesgo de transformarse, como resulta evidente, en ejercicios dislocados, carentes de una misión verdaderamente estética, esclarecedora de los vaivenes de la existencia humana.


* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a marzo de 2012.

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