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3 de abril de 2008

Romper la inercia


Por José Luis Herrera Arciniega


Hace poco más de veinte años, una tarde en que me encargaba del turno de locución en Radio Mexiquense, hice un comentario erróneo que, para mi suerte, pude corregir con prontitud, merced a una oportuna llamada de Porfirio Hernández. En resumen, y contra mi cruzamiento de cables cerebrales, Philip Marlowe es el detective creado por Raymond Chandler, y Sam Spade el forjado por la pluma de Dashiell Hammet.


Así como entonces agradecí en privado y en público la llamada de Porfirio, agradezco ahora, a través de El Espectador, su artículo del 3 de marzo (“Mejor, hablar de periodismo”), referido a mi colaboración del 4 de febrero (“Prensa y cultura en la inercia”). Subrayo desde ahora: más que controversia, hay un diálogo entre dos compañeros de letras que tenemos más puntos en común que posibles divergencias; uno de ellos, el reconocimiento a la importancia y a la necesidad del periodismo cultural en nuestra sociedad.


Por supuesto, hay matices. Ante mi comentario de que “en la gran mayoría de los diarios locales la cultura sigue siendo considerada por sus editores en el mismo nivel que las notitas de ‘sociales’”, Porfirio cita varios ejemplos de “secciones ya consolidadas con información de la fuente”. No se anulan los dichos: yo he escrito “la gran mayoría”; él cita a tres diarios impresos y a las versiones electrónicas de un par de medios, a los que califica como “espacios reducidos, pero constantes, que se alejan de la versión oficial única para dar paso a nuevos actores sociales”.


En realidad estamos de acuerdo, mas yo insisto en que, a estas alturas del siglo XXI, tendría que haber una política informativa y editorial más sistemática en la prensa del Estado de México, con el fin de otorgar a la cultura el espacio real que ocupa en una población tan grande como la de nuestra entidad –pienso, sin duda, en un rasgo inherente al concepto de cultura: su condición universal, que rebasa las posturas regionalistas o parciales–. Me refiero a una política por la cual las secciones culturales no se hallen a cargo de un solo reportero o reportera, sino de un equipo, aunque puedo citar varios casos felices de profesionales como José Luis Cardona Estrada, Doris Gómora, el propio Porfirio Hernández y, recientemente, Tania Hernández, quienes, como llaneros solitarios, se internaron con pasión en la empresa de sus respectivas secciones culturales.


Aquí hablo como lector: no encuentro un medio que llene cabalmente mis expectativas en materia de información cultural, y no me refiero únicamente a lo que se hace en Toluca o en el Estado de México, sino en el país. Me he ido quedando sin referentes, aunque no dejo de reconocer la calidad de la sección cultural de El Financiero, pero no abundan ejemplos como ése (me refiero, sobre todo, a la prensa metropolitana del DF, mal llamada “nacional”).


Es mayor la carencia de suplementos culturales, en los que Toluca tiene una larga tradición que, por ahora, siento trunca (por cierto, Porfirio debió haber citado también a Mapa de piratas, del cual fue uno de los principales animadores, si no se me cruzan otra vez los cables). Y ahí difiero de sus ideas: varios de los suplementos que enlista no fueron “parte de la cultura escrita”, sino que funcionaron como una expresión concreta de la cultura periodística. De ahí mi insistencia en reconocer el legado de Vitral, que fue espacio propicio para una discusión más amplia, desde las columnas de Alejandro Ariceaga hasta las críticas sobre danza, literatura, historia, cine y otras colaboraciones periodísticas de diversa índole. En el presente, sólo veo algo así en Molino de letras, revista que, con carácter incluyente, se hace desde Texcoco.


Mi arraigo está en el periodismo escrito. Precisamente, la lectura de secciones culturales a la que me incitó Porfirio me hizo reencontrar a Dionicio Munguía, quien, en su columna Las razones del diablo (Impulso, 13 de marzo), publicó lo siguiente: “Veo con desilusión que la polémica en periódicos y revistas ha ido desapareciendo de manera gradual. Los temas actuales han dejado de tener relevancia o los encabronamientos filosóficos y literarios ya no son lo mismo. Ahora se discute por Internet, de manera anónima, sin tomar responsabilidad por lo dicho […]. Los polemistas ya son una especie literaria en peligro de extinción, quizá porque los pocos que quedan ya no tienen el espacio adecuado para llevar a cabo su trabajo intelectual, o porque, en la rapidez de la noticia, un intercambio epistolar público ha dejado de ser atractivo cuando la moda es el mensaje telefónico con un lenguaje horrendo, o el e-mail que ya no es tan público. Los foros abiertos a la polémica dan hueva, pero mayor, porque ahí no se discute con calidad, sólo por cantidad”.


Por eso prefiero el papel periódico, que incluye nombres y apellidos de quienes podemos dialogar como un modo de romper, de ir contra las inercias, a las que el campo de la cultura no es ajeno.


* Artículo correspondiente a la página cultural del mes de abril.


** La ilustración proviene de Flickr. La versión original puede consultarse aquí.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me emocionó recordar aquellos días que refiere José Luis, y me sorprende la precisión de su recuerdo; toda coincidencia es sospechosa, y más cuando se refiere a libros y lecturas: por estos días, ordeno mi biblioteca y, con nostalgia, encuentro mis notas de un curso que tomé en la Preparatoria 3, donde leímos, entre otros, a los autores de novela negra; el curso estaba coordinado por José Luis Herrera.

No puedo no estar de acuerdo con él, sobre todo cuando cita el artículo de Dionisio Munguía, con quien coincido en lo relacionado con la sequía de polémicas en los medios escritos. Pero objeto: parecería que cualquier idea publicada camina en un terreno estéril, inanimado y sordo a cualquier estímulo: sólo parece. A lo largo de mis pocos años de trabajar en medios, de leer periódicos, revistas y libros, de navegar en internet, de mantener una bitácora en línea, de ver televisión, de escuchar radio (aquel que hacía José Luis en Radio Mexiquense) y producir artículos, de asistir a presentaciones de libros y exposiciones, de charlar en cafés, chats, tertulias y bibliotecas (bueno, en éstas se conversa con difuntos), me doy cuenta de que el foro de la discusión de las ideas no está muerto; cada vez son más los espacios donde se crea la polémica y la divergencia (e incluso la diatriba de quienes pierden la paciencia por no saber discutir libremente); si tenemos una falsa impresión es que esperamos que cualquiera responda en el mismo canal en que se produjo la primera idea. Y no, ya no funciona así. Este comentario es prueba viviente (bueno, no sé qué tanto) de que un comentario sigue su curso en otro medio y se replica para otros en ámbitos distintos.

Es cierto, esa conversación en la República de las Letras, como la definió Altamirano, no es de grandes vuelos. No es definitiva para el destino del país ni determina el futuro del gran grupo social; pero nos hace sentir vivos, y eso es suficiente; fortalece nuestras convicciones y cambia nuestra perspectiva de los asuntos públicos.

Por lo demás, en cuanto a la prensa escrita, hay veces, debo ser sincero, en que incluso las páginas consolidadas de cultura me decepcionan. Encuentro más información oficial que genuinas explicaciones de la cultura como un fenómeno social, como un encuentro mágico de voluntades y esperanzas. El fenómeno cultural como expresión del ser humano que queremos ser. Y en ese sentido comparto los puntos de vista de José Luis.

Yo digo que los medios informativos impresos, tal como están ahora, cumplen una función importante no sólo para sus lectores cotidianos, sino para sociedad en la que se insertan: contribuyen al gran debate de las ideas que se da en innumerables frentes.

Lo que pasa es que yo hace tiempo que perdí la esperanza de ver medios impresos interesantes que no sean exclusivamente informativos; formé suplementos, formé diarios con información cultural, practiqué un tipo de periodismo y hoy no lo hago más: renuncié a esa veleidosa hipocresía de sentir que me acercaba a un ideal, mi ideal. Y ya nada ni nadie me llevará a él.

Margarita dijo...

Porfirio:

Me tardé una eternidad en ver tu comentario. El blog, en general, ha estado un poco descuidado. En fin. No comparto con ustedes la nostalgia de tiempos idos, por que sospecho que por aquellas épocas yo apenas estaba aprendiendo a leer, pero sí comparto la misma inquietud por la conversación, la discusión y el debate en torno a la cultura y a las ideas en general. En efecto, las coincidencias son sospechosas: cuando leí el comentario de Dionicio me di cuenta de que debía estar aquí, así que lo tomé prestado de la página de Impulso. Luego, lo encontré citado en el comentario de José Luis y me di cuenta de que todos, en el fondo, estamos de acuerdo.

Reconozco que mi generación es bastante apática, que poco le importan los suplementos culturales y la actitud crítica y contestataria que primaba entre los jóvenes hasta hace algunas décadas. Eso dificulta todo, desde la conversación en torno a estos temas hasta la producción de espacios públicos más amplios y más ricos (en poco más de un año que llevo trabajando para El Espectador, he contado con escasas colaboraciones. No por nada Roberto Fernández Iglesias afirma que las generaciones jóvenes de la Facultad de Humanidades son ágrafas). Al final, resulta que el trabajo de difusión cultural se vuelve una piedra de Sísifo, un fardo que se carga en solitario.

Por eso, esta pequeña discusión alrededor del periodismo (aunque, como bien has dicho, no sea de grandes vuelos) me pareció simplemente maravillosa. Da para mucho más, y espero que no abandonemos el tema. Fue una chispa mínima, viva, de aquello que Dionisio -casi- da por muerto.