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23 de octubre de 2009

Bajo su propio riesgo (reportaje robado)


A los quince años, me salté la fiesta de rigor y me puse a leer Lolita. Desde entonces, dejé de sentirme como bicho raro: había –voluntariamente o no– otro montón de chicas de mi edad que preferían –platónicamente o más– esa oscura aura de los hombres maduros. Además, la hermosa novela de Vladimir Nabokov me enseñó que los atractivos intelectuales funcionan mejor conforme nos ganan los años; que la realidad es una forma general de nombrar –y diseminar– las ficciones particulares; que el auténtico problema de los deseos radica en la acechante certeza de su satisfacción.

Ninguna de estas experiencias –por supuesto– me invitó a despertar una sexualidad temprana, mucho menos a extraviarme en los brazos de otros lectores que, fascinados por el candoroso recuerdo nínfulas antiguas, se ofrecieron a personificar a Humbert Humbert. Lo cual quiere decir que, en estas cuestiones de interpretación artística, es necesario poner dos conceptos por delante. El primero, que todo lo que aparece en una obra de arte pertenece a la naturaleza humana: el sexo, el crimen y la crueldad resultan tan nuestros como la bondad, la virtud y la riqueza espiritual. El segundo, que toda experiencia artística se asume bajo el propio riesgo: si no estamos de acuerdo con lo que estamos leyendo, es mejor cerrar el libro y donarlo a la biblioteca más cercana. Así como siempre hay un roto para un descosido, hay una obra de arte para cada sujeto, con la condición de que se encuentre dispuesto a ejercer su criterio –que no es poca cosa–.

Por estas razones, leer una nota como la que aparece a continuación me provoca perplejidad: mientras no aceptemos nuestra condición, mientras no aprendamos a observar el arte más allá de la superficie, mientras no aprendamos a relacionarnos con nuestro propio cuerpo –y con el cuerpo de los demás– con la naturalidad que se merece, seguiremos impregnando las obras ajenas de nuestro propio morbo. Y nos perderemos de incontables experiencias estéticas.



¿Debe el arte imitar o regular la moral social?



Por Julio Aguilar

No es uno de los mejores libros de Gabriel García Márquez, pero ya es uno de los más polémicos. Desde su aparición en 2004, Memoria de mis putas tristes ha suscitado un gran debate, pero no por motivos literarios, sino por razones morales. Este relato, en el que un anciano decide celebrar sus 90 años pagando por una noche de sexo con Delgadina, una adolescente de 14 años de la que termina por enamorarse, ha provocado una reacción pocas veces vista en México contra una obra literaria.

Desde 2004, la entonces diputada federal Angélica de la Peña, del Partido de la Revolución Democrática, convocó a boicotear la venta del libro durante un foro sobre explotación sexual infantil organizado por la Cámara de Diputados. Según la diputada, el libro escrito por el Premio Nobel de Literatura es una apología de la pederastia y de la explotación sexual infantil.

El llamado al boicot no prosperó y las críticas contra la novela de García Márquez bajaron de tono hasta que remontaron el pasado 5 de octubre, cuando la activista Teresa Ulloa decidió presentar en Puebla una denuncia penal contra quien resulte responsable por el delito de apología de la prostitución infantil.

Ésa fue la reacción de Ulloa y de otras activistas ante la noticia de que el relato escrito por el Nobel sería adaptado al cine. La historia sería filmada por el director danés Henning Carlsen y el proyecto sería cofinanciado por el gobierno de Puebla. Ante la presión, ese financiamiento público ha sido cancelado y el rodaje se ha pospuesto. Sin embargo, en algunos sectores, continúa vivo el debate sobre la conveniencia de llevar el relato al cine, sobre el contenido moral de Memoria de mis putas tristes e, incluso, sobre un supuesto compromiso que deben asumir los creadores para no incitar a conductas ilícitas.


Los peligros de la piel infantil


Este tipo de debates, de reciente aparición en Hispanoamérica, son recurrentes en otros ámbitos culturales, en particular en el mundo anglosajón. El repudio a la novela Lolita, de Vladimir Nabokov, y a sus adaptaciones al cine quizá sea el caso más célebre, pero hay muchos más.

Justo cuando se inició en México la polémica sobre Memoria de mis putas tristes, estalló en Gran Bretaña la polémica por la exhibición del retrato de una niña desnuda en la Tate Modern Gallery de Londres. Después de recibir denuncias, Scotland Yard sugirió a la institución que retirara la foto incluida en la exposición Pop Life. La imagen, tomada por Richard Prince, reproduce una obra del fotógrafo de modas Garry Gross, quien en 1975 retrató a una niña llamada Brooke Shields para la revista Sugar & Spice. Brooke tenía diez años y desde entonces hacía carrera de la mano de su madre para convertirse en estrella.

La obra, que fue considera una “invitación a los pederastas”, despertó los fantasmas de una sociedad que a veces puede ser muy sensible ante la exhibición de imágenes de niños sexualizados, pero en otras ocasiones puede ser muy permisiva: por ejemplo, cuando Brooke Shields, ya adolescente, posó para la célebre campaña de pantalones vaqueros ¿Sabes lo que hay entre mis Calvin y yo?, con imágenes de Richard Avedon. Si bien las fotografías fueron censuradas en varios lugares, el éxito de la campaña entre la gente de a pie fue rotundo.

Los mismos vientos soplan en países tan lejanos como Australia. Hace un año, la activista Hetty Johnston advertía en los medios de comunicación de su país: “Cuando el arte y la pornografía chocan, no debemos equivocarnos con los niños. Como está claro que algunos en el mundo de las artes son incapaces de hacerlo, nosotros debemos poner un hasta aquí”.

La razón del enojo de Johnston era la publicación del retrato de una niña desnuda en la portada de Art Monthly, una prestigiosa revista que circula en países anglosajones, cuya edición australiana se financia con fondos públicos.

La pequeña modelo fue retratada por su propia madre, la fotógrafa Polixeni Papapetrou, pero ése no fue un atenuante para que Kevin Rudd, el Primer Ministro australiano, opinara: “no puedo tolerar esta cosa... aquí estamos hablando de la inocencia de una pequeñita. Una criatura no puede responder por sí misma sobre si desea ser retratada de esa forma”.

En México, la aparición de organizaciones en defensa de los derechos de la infancia que han hecho suyos el discurso y la teoría de los activistas europeos y estadounidenses, ha comenzado a poner en la agenda informativa los debates sobre la sexualidad de los menores tratada en las artes visuales y la literatura.


Si tuvieras 13 años…


“La moda reciente nos viene del extraño caso del puritanismo gringo. Asombra que el país con la mayor producción de pornografía, de juguetes sexuales, el país donde nació el dark room de los bares gays, sea tan gazmoño en cuanto a la sexualidad adolescente y llegue a ejecutar actos abominables como la condena a una joven de 17 años que se la mamó a su amigo de 16”, comenta Luis González de Alba por correo electrónico, a propósito del tabú que se impone entre los adultos cuando se trata de hablar sobre la vida sexual de los menores de edad.

Echando mano de su formación como psicólogo, González de Alba ha reflexionado en artículos y ensayos sobre “la negación a decidir sobre el empleo del propio cuerpo” que la sociedad contemporánea impone a los niños y adolescentes. “Pero el asunto complicado es otro: no la sexualidad entre adolescentes, sino con adultos. Existen, y conozco de cerca varios casos, adolescentes a quienes les atraen sexualmente los adultos. Es un hecho”, dice el escritor y psicólogo, pero matiza: “Por el contrario, me parece criminal que un adulto, para conseguir una relación sexual con un menor, amenace o use de alguna forma su nivel social superior”.

Como novelista, González de Alba ha tratado la pedofilia en El sol de la tarde, una novela que expone incluso con mayor crudeza que Memoria de mis putas tristes la atracción sexual de un adulto hacia los adolescentes. Sin embargo, el libro no provocó críticas cuando fue publicado en 2003 por Plaza & Janés. Por ironías de la vida, la mayor parte del tiraje fue destruido al poco tiempo, no por su contenido transgresor, sino porque la edición tenía cambios no autorizados por el autor.

¿El novelista hizo una apología de la pedofilia en aquel libro? Él mismo responde: “No es ninguna apología, sino la simple descripción de un personaje que, cuando un joven adulto le ofrece la posibilidad de una relación amorosa, dice con tristeza y sarcasmo: ‘Quisiera ser un homosexual normal… como tú’. El conflicto se da en mi novela, muy claramente, con la exclamación: ‘¡Carajo, David! ¿Por qué no tienes 13 años? ¡Estaría perdidamente enamorado de ti!’”

Para la investigadora Nashieli Ramírez, las obras de arte toman de la realidad costumbres que, en efecto, en el mundo real pueden considerarse como atentatorias contra los derechos de las minorías. Acepta que sólo son reelaboraciones, pero, documentada en estudios sobre el tema, afirma que esas obras ayudan a continuar roles de masculinidad tradicionales, machistas, que reafirman una certeza de poder.

Sin embargo, la coordinadora de la organización Ririki Intervención Social de la Red por los Derechos de la Infancia en México rechaza la censura de cualquier libro o película.

“Hace 20 años no habríamos tenido esta discusión. Es un avance, forma parte del crecimiento de la conciencia de la tolerancia en la sociedad y ante ello no debemos reaccionar así. En todo caso, se puede aprovechar el contenido de esas obras para crear conciencia sobre los problemas en el mundo real; con el mundo de la ficción no hay problema”, explica la activista. “Hay que tener claro que en el caso de Memoria de mis putas tristes lo que detonó el enojo fue que el financiamiento de la película iba a salir del gobierno de Puebla y eso era casi una burla, una provocación del gobernador. Además de que el debate sobre la pedofilia en su obra debe haber sido difícil de comprender desde las referencias culturales de su generación, estoy segura de que el Nobel debió de haberse desconcertado con la reacción que provocó la participación del gobierno poblano en la película si él no sabía eso”, continúa.

“Finalmente, para decidir si leemos o no un libro como Memoria de mis putas tristes hay que recurrir al principio de elección. Si te molesta, no lo leas y no se lo recomiendes a tus hijos, pero la censura, nunca; eso va contra los principios de la tolerancia”, concluye la activista.

Para quienes, a raíz de este debate, han afirmado que los creadores tienen el deber de asumir una posición moral en sus obras, González de Alba, un luchador social en el movimiento estudiantil del 68, que padeció el peso del autoritarismo con la cárcel, responde: “El único compromiso moral que siento al escribir es el de escribir lo mejor que puedo y no hacerme concesiones ni ahorrarme trabajo. Creo que la literatura toca precisamente esos conflictos entre la moral de una época y los problemas personales: si la obra de García Márquez es apología de la paidofilia (prefiero ai, como se escribe en griego, y no e, como se pronuncia, porque suena muy feo en español), entonces debemos concluir, necesariamente, que Madame Bovary y Ana Karenina lo son del adulterio; Crimen y castigo, del homicidio con robo, y Edipo rey, del incesto con parricidio”.




* La imagen que acompaña a esta entrada proviene de la primera adaptación fílmica de Lolita, de Stanley Kubrick.

1 comentario:

aquileana dijo...

El arte debe imitar a la realidad pero inmolándola y superándola...



Saludos, Aquileana ;)