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27 de marzo de 2011

Una convocatoria (fragmentada y concurrente)






Adán Echeverría e Ileana Garma, en colaboración con el Centro Yucateco de Escritores, convocan a la segunda edición de Del silencio hacia la luz: mapa poético de México, una iniciativa nacional e independiente que continuará recibiendo materiales hasta el próximo 30 de abril, según las especificaciones que pueden leerse arriba de estas líneas (den clic en la imagen para verlas en un formato mayor). Para saber más sobre los orígenes y los primeros resultados de esta propuesta, consulten la página cultural de El Espectador, que estará el lunes 4 de abril en puestos de periódicos de Toluca y Metepec.

18 de marzo de 2011

Visiones y desprendimientos: la colección permanente del Museo de Arte Moderno




Por Margarita Hernández Martínez


Localizado en el Centro Cultural Mexiquense, el Museo de Arte Moderno del Estado de México –Jesús Reyes Heroles 302, delegación San Buenaventura, Toluca– se ha convertido en uno de los espacios más dinámicos del Instituto Mexiquense de Cultura. Con un vasto programa de exposiciones temporales, ha logrado desplegar, con constancia y congruencia, las tendencias recientes de la plástica local y nacional; al mismo tiempo, ha contribuido a la formación de un público ávido y expectante, que participa de los hechos estéticos con una visión fresca, alejada de las defensas críticas propias del academicismo. Estas perspectivas de renovación y vinculación dependen, esencialmente, del trabajo gestor de Juan Luis Rita (Ciudad de México, 1970), artista plástico multidisciplinario, quien ha forjado un conjunto de proyectos museográficos destinados a fortalecer la visibilidad de este tipo de manifestaciones, en un contexto que oscila, muchas veces, entre la indiferencia y la fascinación.

Encaminado a afirmar la vocación de este recinto –que, más allá de la difusión de las corrientes contemporáneas, radica en el resguardo y el enriquecimiento de un acervo integrado por cerca de 800 obras pictóricas y escultóricas– y a ofrecer un recorrido atractivo a sus numerosos visitantes, el también fundador de propuestas colectivas como Derivantes –que concretó su primera exhibición durante el XIX Festival Internacional Quimera, en Metepec– consagró sus conocimientos plásticos a la realización de un nuevo guión museográfico, el cual surgió de una labor minuciosa, que involucró desde el estudio de públicos hasta el replanteamiento de la historia de las artes visuales en nuestro país. En entrevista, Juan Luis Rita señaló que este trabajo, comenzado como una iniciativa personal, implicó la reelaboración del concepto general, que, si bien presenta un orden cronológico, por la sucesión de las aportaciones de los autores más importantes del arte nacional a lo largo del siglo XX, retoma épocas y movimientos no contemplados en otros espacios, así como piezas inéditas, pocas veces expuestas, pero de gran valor cultural.

De este modo, el discurso curatorial –inaugurado recientemente con el título Eminencias del arte mexicano. Siglo XX– se estructura en torno a la investigación y el análisis de esta variedad de vetas estéticas, respaldadas en las reflexiones críticas de Raquel Tibol, Berta Taracena, Teresa del Conde y Fernando Gamboa –autor, además, del guión museográfico original–. Paralelamente, se sostiene en un panorama didáctico en el que confluyen alrededor de un centenar de obras, distribuidas en tres salas temáticas, provistas de colores, elementos gráficos y diseños espaciales que, en armonía con la selección artística, desembocan en un impacto visual acorde con el asombro y la efervescencia de sus periodos de producción.

Enlazadas por el origen de nuevas visiones estéticas y sus consecuentes desprendimientos, las obras englobadas en esta muestra permanente atestiguan el nacimiento y la evolución de una fluida serie de tendencias culturales e ideológicas, las cuales han determinado el escenario artístico de nuestros días. La primera sala, "Albores”, condensa el declive del romanticismo clásico que predominó a finales del siglo XIX y encarna las primeras señales identitarias del futuro nacionalismo. Con lienzos de Gerardo Murillo, Roberto Montenegro, Agustín Lazo y Alfredo Ramos Martínez, ilustra los luminosos efectos del establecimiento de las escuelas al aire libre, las cuales condujeron al alejamiento del academicismo tradicional, y de las influencias de la experimentación formal iniciada en Europa.

La segunda sala, denominada “Época de oro”, destaca como la más representativa de la pintura y la escultura mexicana, tanto en su nómina de autores como en la riqueza de sus obras. De acuerdo con algunos críticos de arte, en este periodo se verificó una especie de renacimiento en el arte nacional, signado por el desapego del academicismo y el rescate significativo de la cultura y las tradiciones de nuestro país, expresadas en elementos prehispánicos, pasajes históricos y corrientes ideológicas abiertas y de vanguardia. Aunque el nacionalismo encontró sus mayores exponentes en los murales diseminados a lo largo y ancho de México –en edificios tan disímbolos como enigmáticos–, este apartado convoca dichas manifestaciones con trabajos de caballete de David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, que conviven con obras de Raúl Anguiano, Alfredo Zalce, María Izquierdo, Juan Soriano, Antonio Ruiz “El Corcito”, Francisco Goitia, Gabriel Fernández Ledesma y Manuel Rodríguez Lozano. Así, ilustra la composición de un arte propio, identificable más allá de sus fronteras.

Finalmente, “De lo moderno a lo contemporáneo” revela las divergencias del nacionalismo entre las generaciones jóvenes, que ahondaron en nuevas direcciones, inclinadas a la búsqueda de la estética en la abstracción, así como la exploración de la desarticulación geométrica y la implantación de valores cosmopolitas. Particularmente, sobresalen las creaciones de la Generación de la Ruptura, la cual escapó del costumbrismo y la consolidación de la identidad para integrar, de forma contundente, el arte mexicano en el horizonte internacional. Imágenes y esculturas de José Luis Cuevas, Vicente Rojo y Gunther Gerzso, sumadas a las propuestas de los extranjeros –pero afincados en distintas ciudades de México, desde donde contribuyeron con grandes innovaciones plásticas– Kasuya Sakay, Vlady, Arnold Belkin y Mathias Goeritz, acrisolan la rica diversidad de este grupo, que se acrecienta con la presencia de Sebastián y de artistas mexiquenses como Matinef y Luis Nishizawa.

Rodeada por dos murales de profundo sentido –El lecho del universo, también de Luis Nishizawa, y Periplo plástico, de Leopoldo Flores–, Eminencias del arte mexicano. Siglo XX, permanecerá expuesta en el Museo de Arte Moderno, no sólo como un testimonio móvil de las oleadas que recubren el complejo panorama estético de nuestro país: más allá, demuestra la significación y la divulgación de un proyecto individual pensado para la generalidad del público, en un ambiente tan necesitado de una auténtica promoción y gestión cultural.


* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a marzo de 2011.

9 de febrero de 2011

Insensibilidad y olvido: la destrucción de los edificios antiguos de Toluca



Por Margarita Hernández Martínez

A lo largo de la última década, el internet y las redes sociales se han convertido en un instrumento tan poderoso como trivial: mientras millones de usuarios dan cuenta de actos vanos e intrascendentes –que manifiestan, además, la vacuidad en la que se desenvuelve la existencia contemporánea–, otros tantos han recurrido a la red como un vehículo de denuncia y de protesta; una alternativa de apertura frente a las insuficiencias de la libertad de expresión. Así, blogs como Generación Y, de la cubana Yoani Sánchez, han consolidado una tendencia a la reconfiguración ideológica en derroteros estériles, a través de las experiencias, las personalidades y los paisajes cotidianos. Con un aliento notablemente más pacífico, pero igualmente inclinado a la reflexión, a la toma de conciencia y a la forja de una posible identidad colectiva, Toluca ha encontrado su sitio en este panorama, mediante un perfil de Facebook que difunde desde actividades de interés general hasta catástrofes como la paulatina destrucción de los edificios antiguos de la ciudad.

A pesar de las declaraciones del Ayuntamiento local, que aspira a transformar al centro de la capital del Estado de México en un espacio de rememoración histórica, las calles que rodean a la Plaza de los Mártires se encuentran repletas de construcciones abandonadas, erosionadas por la ignorancia y la insensibilidad de ciudadanos, propietarios y autoridades. De acuerdo con información del Ateneo Mexiquense, asociación que congrega a artistas e intelectuales de la entidad, en los últimos treinta años, Toluca ha atestiguado la desaparición de tres mil inmuebles históricos, los cuales han sido reemplazados por obras de poca identidad para la ciudad. Entre ellos, destacan el Teatro Coliseo, la casa de Enrique Carniado, el Zoológico de la Alameda Central y las instalaciones originales de la Cervecería Modelo, así como residencias porfiristas y edificios decimonónicos que han dado paso a estacionamientos y plazas públicas –en ocasiones, simples explanadas de cemento– de estilo ecléctico, alejado de las modalidades arquitectónicas que, en su día, caracterizaron a una de las primeras –y más relevantes– urbes industriales de nuestro país.

A ellos se unirán, en cuestión de pocos años, dos casonas del siglo XIX ubicadas en Sebastián Lerdo de Tejada, entre Nicolás Bravo y 21 de marzo –de las cuales sólo persisten las fachadas, sujetas (y, en la misma medida, dañadas) por vigas metálicas–, además de la Antigua Estación de Ferrocarriles Nacionales –en su día, una de las más importantes de México–, el Molino de la Unión –fundado como Molino de Vapor alrededor en la década de 1860, por Arcadio Henkel– y la Jabonera Longares, cuyos derruidos interiores pueden atisbarse, en sus más desoladores detalles, en los apartados fotográficos del mencionado perfil de Facebook. Ahí, contrastan con un conjunto de imágenes consagradas a Toluca la Bella, en el cual las calles de la Concordia, la Ley, la Libertad y la Igualdad despliegan una multiplicidad de comercios, mercados, cines, jardines, templos, monumentos, edificios administrativos, instituciones educativas y vías férreas que han desaparecido por diversas razones: desde demoliciones motivadas por la gradual remodelación de avenidas y áreas públicas, hasta incendios, inundaciones, traspasos y otros descuidos, que afectan considerablemente el estatuto histórico de la ciudad.

Las consecuencias y las contradicciones de esta situación se contemplan desde varias vertientes: mientras refuerzan el desarrollo urbano ilógico y desordenado que asola a una capital desvinculada de sus habitantes –quienes ahogan los citados catálogos de fotografías con comentarios ácidos y dolorosos; acertados y propositivos; oscilantes entre la nostalgia del pasado y los desencantos del presente– revelan las ineficiencias –rayanas en la absoluta anarquía– del aparato burocrático, tanto del municipio como de la República. Actualmente, los postulados legales del Instituto Nacional de Antropología e Historia dictan el resguardo de las construcciones de más de cien años de antigüedad; sin embargo, no existen facilidades para su conservación, sea individual, colectiva o, incluso, gubernamental.

De este modo, los propietarios de edificios con estas particularidades se ven obligados a seguir reglamentos inoperantes, razón por la cual prefieren la demolición hormiga: ventanas rotas, balcones caídos, techos podridos y maleza creciente, acompañados por toda clase de vestigios, anteceden a frontispicios vacíos, que se derrumban, piedra a piedra, sobre la historia y los peatones. Su aniquilación no sólo constituye un daño irremediable al patrimonio cultural, artístico y hasta industrial de la ciudad –y, por extensión, del estado y del país–, sino que representa un peligro latente a los habitantes cercanos, especialmente en Sebastián Lerdo de Tejada: ambas casonas –una de ellas, según un rumor en internet, perteneció a Isidro Fabela– se localizan en las inmediaciones de escuelas, con altas concentraciones de automóviles y gente que, al mismo tiempo, aceleran su destrucción y detonan el riesgo de un accidente.

Ante este panorama, resulta indispensable emprender un plan de acción dual: por un lado, es urgente concientizar a todos los actores vinculados con este problema, desde el gobierno federal hasta los pobladores más jóvenes, a fin de prevenir una devastación de mayores alcances. Ésta puede lograrse a través de una educación integral, tendiente a combatir el olvido y la indiferencia y a recuperar los pasajes históricos más relevantes de Toluca, la mayoría de los cuales encarnan en sus calles y edificios antiguos.

Por otra parte, legislar de manera realista, pertinente y flexible alrededor de la preservación, la custodia y la difusión de las reliquias arquitectónicas de la ciudad –y del resto del país– contribuirá a asegurar su restauración y a prolongar su ocupación con nuevas funciones, como centros educativos y culturales. Así ha ocurrido, de forma más o menos exitosa, con el Archivo Histórico Municipal de Toluca, el Centro Regional de Cultura de Toluca, el Cosmovitral, la Casa de las Diligencias, el Edificio Central de Rectoría y los museos Modelo de Ciencias e Industria, de la Acuarela, de Bellas Artes, de Numismática, Virreinal de Zinacantepec, José María Velasco, Felipe Santiago Gutiérrez y Luis Nishizawa, además de algunas secciones del Centro Cultural Mexiquense, que han trascendido sus orígenes para transformarse en memoria dinámica. Más allá de estos recintos, la Alameda Central, los Portales y el icónico Andador Constitución continúan avivando los acontecimientos diarios de una capital que no merece perder las titubeantes huellas de su belleza. Antes de destinar recursos a la construcción de portales despojados de auténtico sentido, habría que pensar en la configuración de un centro histórico acorde con su vocación y con su nombre.


* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a febrero de 2011.

** La imagen que acompaña esta entrada es de Chuchomotas para Toluca en Facebook.

10 de enero de 2011

Entre el vacío de las celebraciones: el Museo Torres Bicentenario




Por Margarita Hernández Martínez

Vivir 2010 ha sido una experiencia interesante: después de atestiguar festejos pirotécnicos que poco han impulsado la revaloración de dos procesos cruciales en la historia nacional, la colectividad se adentra en una especie de resaca, salpimentada por acontecimientos violentos y actitudes intrascendentes. Ante la inercia habitual, el país se sumerge en la confusión propia de los territorios sin rumbo, razón por la cual la mayoría de los mexicanos comparte una percepción tan inquietante como dolorosa: no hubo nada qué celebrar. No existe orgullo posible –ni personal, ni multitudinario– frente a la ignorancia generalizada de nuestro pasado, que contribuye a perpetuar los titubeos, los tropiezos y los abusos que acompañan, desde hace más de cinco siglos, los vaivenes de la nación; tampoco lo hay delante de un horizonte pleno de incertidumbres, carente de propuestas sólidas para un desarrollo congruente con las necesidades de la población y los recursos de la dudosa República.

A diferencia de la conmemoración del Centenario del Inicio de la Independencia, empeñada en diseminar rastros palpables de los logros y las nuevas direcciones –afrancesadas y positivistas– de un país inclinado al progreso material –y, sin embargo, acechado por una revolución jamás concluida–, 2010 transcurrió alrededor de un denso desencanto que, incluso, se tradujo en las obras destinadas a su recuerdo: en el Estado de México, comprendieron desde colecciones bibliográficas inaccesibles e inoperantes hasta remodelaciones viales que han sumergido al Valle de Toluca y sus alrededores en un caos insostenible, pasando por la demolición de un monumento y la construcción de otro en la misma locación, de acceso limitado e inseguro para los peatones. Las Torres Bicentenario –intersección José María Morelos, Paseo Tollocan y Alfredo del Mazo s/n, colonia Santa Ana Tlapaltitlán– resultan altamente llamativas; no obstante, destacan también como un proyecto que no respetó sus dimensiones originales –inicialmente concebidas con cien metros de altura, llegaron sólo a los sesenta y cinco–, lo cual truncó parte de su contenido simbólico y confirmó, desde el punto de vista urbano, que Toluca no se encuentra preparada para albergar –y lucir– un proyecto arquitectónico que contrasta con el espíritu industrial y descuidado del resto de la ciudad.

Empero, estas esbeltas estructuras metálicas alojan uno de los esfuerzos más convincentes –y, quizás, más perdurables y significativos– de este festejo: el Museo Torres Bicentenario, inaugurado en noviembre bajo la administración del Instituto Mexiquense de Cultura. Más allá de su concepción y planteamiento –vinculados con la celebración de dos siglos de una libertad que, como el país entero, se tambalea periódicamente–, consigue ofrecer un panorama de los acontecimientos más relevantes de México y de la entidad, desde los últimos años de vida colonial hasta la época contemporánea. Para ello, recurre a cuatro ejes temáticos –cultura, sociedad, política y economía– que, mediante un acervo de poco más de 180 piezas, provenientes del Archivo Histórico del Estado de México y de los museos de Antropología e Historia, Virreinal de Zinacantepec, José María Velasco y Felipe Santiago Gutiérrez, conjuga indumentaria, objetos, documentos, artes plásticas y gráficas con expresiones tecnológicas interactivas, provistas de un enfoque didáctico. Así, despliega un vasto repertorio de elementos que confluyen en el rostro actual de la nación, lo cual permite, con un criterio crítico y amplio, formular conclusiones que trascienden la historia oficial.

De este modo, la exposición permanente del Museo Torres Bicentenario inicia con una vista general de los últimos años de la Colonia, en los cuales ya se vislumbraban los alientos independentistas que se concretaron en numerosas conspiraciones a lo largo de las intendencias novohispanas. Pinturas, casullas, vestidos, objetos como relojes y abanicos, además de documentos, monedas y billetes, ilustran las innovaciones en el pensamiento de la época. En otra vertiente, un conjunto pictórico que convoca a los héroes consagrados por la historia, acompañado por armas y estandartes; una capa utilizada por José María Morelos y el epistolario de Vicente Guerrero, representa también esta etapa, caracterizada por la inestabilidad y las constantes revueltas populares.

Pasos más adelante –pues el museo se desenvuelve en un espacio abierto, que privilegia la luz y la fluidez circular del tiempo–, el escudo del Primer Imperio Mexicano muestra las tentativas iniciales –jamás consumadas– por organizar la nueva nación, cuyos sucesivos colapsos y ascensos se prolongaron durante las intervenciones de países extranjeros, el Segundo Imperio y la Guerra de Reforma. Óleos de Luis Coto y Maldonado, José María Velasco, Felipe Santiago Gutiérrez y Antonio Ruiz El Corcito, entre otros artistas que oscilaron entre la pintura costumbrista y la académica, colocados paralelamente con casacas, monturas y distintivos militares de varios ejércitos; banderas, billetes y decretos circulantes durante estos conflictos; mapas, carteles y fotografías que atestiguan las transformaciones sociales, culturales y estéticas del siglo XIX, describen una realidad múltiple, encaminada a una prosperidad tan ilusoria y escurridiza como teóricamente tangible: así lo denotan las gráficas, objetos y herramientas relacionados con la Compañía Cervecera de Toluca y México, la cual posicionó a nuestra entidad como uno de los reductos industriales más importantes de América.

No obstante, la Revolución desvaneció la perspectiva progresista decimonónica e inauguró el ciclo de angustias propio de siglo XX. Mientras el resto del mundo –en particular, América y Europa– se debatía en oscuras conflagraciones, México recorría –según figura en grabados, periódicos, monedas y elementos representativos de la indumentaria de ese periodo– un sinuoso sendero –más peligroso de lo imaginado– alrededor de la conformación institucional, la democracia y la participación social libre, justa y soberana. La encarnación y la contextualización de este tránsito son, tal vez, los logros más definidos del Museo Torres Bicentenario, cuya visita puede desembocar en una sensación tan agridulce como –paradójicamente– alentadora: no todo está perdido; no todo puede recobrarse. Con un espacio destinado a una misteriosa cápsula del tiempo –puesto que su contenido no fue revelado–, una tienda de artesanías y una librería especializada en la –igualmente enigmática, pero más cercana al público– Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, este nuevo recinto museográfico se perfila, en última instancia, como una invitación para sorprenderse y reflexionar –de manera personal o, con suerte, multitudinaria– alrededor de los festejos que consumieron, de modo desafortunado, el año que acaba de concluir.


* Texto originalmente publicado en el suplemento de aniversario de El Espectador, correspondiente a enero de 2011.

** La imagen que acompaña esta entrada es de Helmut Ruiz.

5 de diciembre de 2010

Al calor del pasado: la biblioteca conventual del Museo Virreinal de Zinacantepec




Por Aeri Marín


Inaugurado en junio de 1980 –tras una vida azarosa que lo transformó en casa cural y cuartel zapatista–, el Museo Virreinal de Zinacantepec (16 de septiembre s/n, Barrio de San Miguel) resguarda una colección de arte, objetos y mobiliario que recuerda las oscilaciones iniciales de la historia nacional. Mientras los escudos, las espadas y las armaduras evocan el enfrentamiento entre los caballeros indígenas y los guerreros españoles, los óleos, las esculturas y la ornamentación de los muros ilustran el sincretismo entre el rígido monoteísmo europeo y la múltiple espiritualidad local. Paralelamente, la recuperación de los espacios que –hace quinientos años– pertenecieron al Convento Franciscano de San Miguel preserva la atmósfera característica de las comunidades religiosas en nuestro país, signada por la labor colectiva y la reflexión solitaria.

Para ahondar en este aspecto, el Museo Virreinal alberga una magnífica biblioteca, en la cual se traslucen los debates y las contradicciones que marcaron una época particularmente compleja para la fe católica. Enfrentada a la evangelización –que desveló la existencia de un mundo más allá de la Biblia– y la contrarreforma –que difundió las distintas vertientes del pensamiento humano–, pasó por un intenso proceso de definición y concentración, que se tradujo en manuales, oratorios, cánones y devocionarios destinados a fijar las ceremonias y los ritos propios de esta religión.

De este modo, los 4 587 volúmenes de este reservorio conventual se reúnen alrededor de 43 materias fundamentales, relacionadas con temas de teología, filosofía y hagiografía; apologética, ascética y catequética; derecho civil, eclesiástico y canónico; moral, pastoral y pedagogía; política, simbología e historia. Éstas se desarrollan en un espectro lingüístico que viaja del griego y el latín –idiomas oficiales del imperio, el dogma y la cultura– hasta las primeras manifestaciones del inglés, el francés y el español, emanados de la luminosa fricción entre el registro formal y el habla popular.

Aunque el origen de esta sorprendente colección se encuentra sumido en la incertidumbre –puesto que proviene de cinco siglos de movimiento continuo–, las marcas de propiedad que persisten entre sus páginas –sean de fuego, de lacre o de la propia mano de sus lectores– permiten profundizar en su misteriosa procedencia. Así, el primer acervo del Convento Franciscano de San Miguel se entrelaza con libros extraídos de los monasterios del Carmen de Toluca, del Santo Desierto de México, de San Joaquín de Tacubaya y del Rancho Guadalupe, entre otros. En el transcurso de las décadas, éstos gravitaron por distintos derroteros, desde bodegas oscuras, impropias para su conservación, hasta estanterías alejadas de los ojos del público.

De esta manera, la futura biblioteca conventual permaneció depositada en el Museo de Bellas Artes hasta la fundación de la Dirección de Patrimonio Cultural del Gobierno del Estado de México; entonces, se trasladó a la Biblioteca Pública Municipal de Toluca. Durante varios años, la ausencia de catalogación la mantuvo fuera de las nuevas miradas del público; sin embargo, en 1980, debido a la reformulación del guión del Museo Virreinal, el acervo se fragmentó y se destinó a la reproducción escenográfica de una biblioteca franciscana, en una sala del propio convento.

Pese a esta modificación, los libros funcionaron como un objeto de exposición, más que como un recurso de aprendizaje y de estudio. Por ello, en 2004, un segundo replanteamiento del mencionado guión museográfico impulsó la instalación actual de este acervo bibliográfico, en el fondo del segundo piso del antiguo monasterio. Así, esta labor involucró un largo proceso de identificación, clasificación y restauración, a lo largo del cual el equipo del Museo Virreinal contó con la asesoría técnica de Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México. Finalmente, el 5 de julio de 2005, en medio de las celebraciones para el 25 aniversario de este espacio cultural, la biblioteca conventual abrió sus puertas a académicos e investigadores mexiquenses, mexicanos y extranjeros.

Precisamente, el esfuerzo de historiadores, filósofos, literatos y otros expertos en humanidades ha contribuido a descubrir algunas de las peculiaridades más interesantes de este acervo. Por ejemplo, un hermoso volumen de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino constituye, paralelamente, el libro más antiguo de la biblioteca, del Valle de Toluca y –tal vez– del Estado de México. En el mismo sentido, sus robustos libreros –elaborados con maderas, tintes y resinas correspondientes al mobiliario original– acogen varias copias de sínodos papales, entre los que sobresale un tomo del Concilio de Trento, cuya doble relevancia reside en la justificación de las acciones emprendidas por la Iglesia Católica durante la contrarreforma y en la primera representación de Nueva España en este tipo de asuntos internacionales, la cual corrió a cargo de Vasco de Quiroga.

Estos volúmenes, además, conviven con libros de cantos decorados, una extraordinaria Biblia políglota y una Vulgata que encarna el interés por difundir los estudios teológicos entre las poblaciones letradas, más allá de las fronteras del idioma. Por otro lado, sus particularidades físicas rememoran las condiciones de su manufactura y su traslado a América: a juzgar por algunas señales inscritas en la encuadernación, los largos pliegos de papel de algodón –algunos llegados de contrabando, disimulados entre otras mercancías– fueron cortados y empastados ya en Nueva España. Por esta razón, las tapas están forradas de pieles de ternera, de cerdo o de caballo, justamente la clase de ganado que se hallaba disponible en la región.

Con esta inspiradora variedad de elementos, tanto bibliográficos como sensoriales, la biblioteca conventual del Museo Virreinal de Zinacantepec se revela como un espacio para disfrutar, por un lado, de la vertiente intelectual de un amplio periodo en la historia de nuestro país, desde la Colonia hasta mediados del siglo XX; por otro, del testimonio tangible del tiempo que se escapa inevitablemente. Aunque abre sus puertas de lunes a viernes, de 9:00 a 15:00 horas, para realizar investigaciones en este recinto es necesario programar una cita con anticipación, en el (722) 2 18 25 93.


* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a diciembre de 2010.

26 de noviembre de 2010

Biología transfigurada en En la jaula de las medusas, de Françoise Roy



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- La literatura se inspira en todos los acontecimientos, desde la vida cotidiana hasta la antigua –pero cercana– mitología universal, pasando por la propia experiencia lectora. Sin embargo, una conexión entre el lenguaje poético y la terminología científica resulta inusual, sobre todo cuando posee bases sólidas y consigue transgredir los posibles límites de ambos códigos. Así, en este –aún reducido– panorama, destaca En la jaula de las medusas, un libro de Françoise Roy publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluido en El Corazón y los Confines y la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario.

Originaria de Quebec y residente en Guadalajara, Roy ha destacado como traductora, con un desempeño que la ha llevado a ser galardonada con el Premio Nacional de Traducción Literaria en Poesía. De manera paralela, ha sido colaboradora de numerosos suplementos culturales y ha recibido el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal. Mediante esta doble formación, no es extraño que posea la habilidad de trasladar un lenguaje que se distingue por su precisión con otro que depende, esencialmente, de su aliento libre y subjetivo. Así, En la jaula de las medusas reconcilia estas criaturas marinas, bellezas y venenosas, con un lenguaje de numerosas lecturas e influencias.

En dos secciones, que, a su vez, se fragmentan en episodios que viajan de la biología a la mitología, el libro ofrece una estilización simbólica de las medusas, que pasan de criaturas temibles a representaciones de figuras femeninas depredadoras, capaces de inocular su ternura y su ponzoña en los seres que las rodean. Así, la voz lírica, protagonista de estos versos, se interna en aguas infestadas de emociones para recrear una poesía de temores, de belleza y de horror, oscilante entre la iluminación y la fatalidad; entre metáforas de amor, maternidad y voracidad carnal.

Esta multiplicidad temática se refleja, en la misma medida, en un conjunto de variaciones formales que le confieren una viva pluralidad. Prosas poéticas, fragmentos científicos y versos de largas estrofas se conjugan para conformar una atmósfera particular, en la cual la sordidez y la pasión confluyen en seducciones, en una lectura reflexiva y emocional, decididamente conmovedora.


Françoise Roy, En la jaula de las medusas, Instituto Mexiquense de Cultura (col. El Corazón y los Confines / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2010, 169 pp.


* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

23 de noviembre de 2010

Reinterpretaciones mitológicas en La caricia de la Esfinge, de Macarena Huicochea



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- La mitología se ha constituido como el trasfondo de múltiples vertientes artísticas, desde la pintura hasta la literatura, pasando por esculturas que, a lo largo de los siglos, han conformado el ideal de perfección del cuerpo humano. Poblada de arquetipos y sensibilidades, también ha encarnado nuestras angustias y pasiones; miedos y deslumbramientos; ambiciones y caídas. Basta recordar la pesadez del trabajo cotidiano para pensar en Sísifo; calibrar la vanidad para convocar a Narciso; volar con alas falsas para caer estrepitosamente, a la manera de Ícaro.

Con este amplio bagaje, proyectado en nuestras glorias efímeras y nuestras debilidades más íntimas, Macarena Huicochea presenta La caricia de la Esfinge, un volumen publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluido en El Corazón y los Confines y la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Compuesto por treinta y cuatro ficciones breves, de alto contenido lírico, destaca por su abundancia en imágenes y criaturas mitológicas, las cuales aparecen transfiguradas gracias a la intimidad que les imprime la autora, quien proviene de una formación multidisciplinaria y ha destacado como guionista, conductora y productora de televisión.

De este modo, La caricia de la Esfinge permite explorar el otro lado de los mitos: piezas como “Esfinge” y “Gorgona” conceden la voz a las figuras mitológicas para insinuar sus deseos, complejizar sus acciones y humanizar la petrificación que los siglos han impuesto sobre ellas. Así, se levantan como mujeres ardorosamente libres, que exploran sus cuerpos y buscan una satisfacción más allá de los roles tradicionalmente femeninos. En consecuencia, disfrutan de una sexualidad contemplada como poder vital; es decir, como sendero de identidad entre ellas mismas y los otros y, al mismo tiempo, como posibilidad de equiparación con el mundo y con la inmensidad del cosmos.

A través de estos mitos transfigurados –actualizados o individualizados, según cada texto–, Huicochea también persigue sueños y fantasmas; escapa de los paradigmas mediante veneros oníricos de gran intensidad. Con un lenguaje que, en ocasiones, se aproxima a la poesía y al denso simbolismo de la alquimia, La caricia de la Esfinge se alza como una lectura enriquecedora, que invita a repensar tanto el papel social y personal de la mujer como la rigidez de los mitos, que cobran dinamismo cuando, finalmente, nos atrevemos a confrontarlos con nuestra experiencia cotidiana.


Macarena Huicochea, La caricia de la Esfinge, Instituto Mexiquense de Cultura (col. El Corazón y los Confines / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2010, 100 pp.



* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

21 de noviembre de 2010

Una exploración del exilio en Cuaderno del 94, de Ricardo Bogrand



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- A lo largo de la historia, el exilio ha cobrado múltiples rostros, la mayoría de los cuales ha desembocado en la literatura. Desde el éxodo bíblico hasta las obras centradas en la inmigración –un flagelo que atenaza millones de existencias–, las letras han capturado la gesta, angustiosa por definición, de comunidades que abandonan su lugar de origen para probar nuestra natural condición de extranjeros. En este marco se encuentra Cuaderno del 94, un libro de poemas de Ricardo Bogrand que, con un aliento hondamente contemporáneo, relata líricamente el regreso –en algunos versos, luminoso; en otros, imposible– al terruño perdido.

Publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluido en El Corazón y los Confines y la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, Cuaderno del 94 se encuentra animado por un espíritu esencialmente narrativo; sin embargo, se constituye por poemas plenos de música y de símbolos, los cuales manifiestan el oficioso manejo del lenguaje que posee su autor. Centrados en el año de un doloroso retorno a El Salvador, lugar de origen de Bogrand, se detienen en las consecuencias del exilio: la transformación del tiempo, la modificación de los espacios, la pérdida de identidad y la ausencia absoluta de recuperación de estos elementos.

De esta manera, el libro –conformado por poemas escritos en San Salvador, Xalapa y San Cristóbal de las Casas– se decanta entre textos que convocan la vida nueva, en contraste con el peso de los muertos y las víctimas del ostracismo; con la densidad de la historia, ensangrentada por la guerra civil, y la nostalgia, empañada por la fluctuación de memoria. No obstante, sus complejas redes temáticas poseen una extraordinaria fluidez, que se vislumbra en estrofas largas repletas de imágenes rápidas, contundentes y perfectamente hiladas, a las cuales se une la ausencia de signos de puntuación, que le confiere un aura de absoluta libertad.

Ésta también se observa en tres rasgos simbólicos que se repiten a lo largo del poemario: los pájaros, que transmiten desde la paz hasta la dramática caída de los seres alados; el mar, que convoca las raíces vagas, mudables y generosas, y el otoño, que representa las conversiones de la materia –tanto vegetal como humana– y la inevitable caducidad. Del mismo modo, destaca la aparición recurrente de mujeres que, desde diversos ángulos, se levantan como la dulzura de la patria, y del color verde, que, más allá de su significado esperanzador, se revuelve para contrarrestar los matices de la muerte.

Así, Cuaderno del 94 destaca como un volumen colmado de emociones, en la absoluta honestidad que permite la oscuridad del desarraigo. Con pasajes de profunda emotividad y versos de aliento estremecedor, es un firme testimonio de aquellos que sienten que “hasta el derecho / de leer los gorjeos [han] perdido”.


Ricardo Bogrand, Cuaderno del 94, Instituto Mexiquense de Cultura (col. El Corazón y los Confines / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2010, 64 pp.


* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

20 de noviembre de 2010

La exactitud de la incertidumbre en Vértigos, de Adán Medellín



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- Con frecuencia, la literatura se vuelca alrededor de nuestras obsesiones. Así, se convierte en una radiografía de la condición humana, signada por las dudas y el temor; por la pasión y la incertidumbre. Con un aliento que viaja de la afirmación a la exploración, el cuento se transforma en un vehículo ideal para involucrarse en estos temas: su brevedad, sumada a su flexibilidad para trasponer los límites del tiempo y del espacio, ofrece una visión tensa o serena; particular o universal, de las fijaciones con las que propios y extraños gozan o se atormentan.

En esta atmósfera se ubica Vértigos, un volumen narrativo de Adán Medellín publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluido en El Corazón y los Confines y en la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Constituido por diez cuentos, poseedores de una fuerza que intriga y seduce, este libro recurre a la agudeza literaria para sumergirse en los entresijos de la mente humana y trastocar algunas fibras incómodas, que pueden paralizar, enloquecer o aliviar tanto a los personajes como a los lectores.

De esta manera, Vértigos conjuga el erotismo, el género policiaco, la ciencia ficción, el humor y una lluvia de imágenes perturbadoras, de impasibilidad altamente contrastante, con una prosa de gran precisión, que, en ocasiones, se aproxima a la poesía. A través de estos recursos, la muerte, el cuerpo, la sexualidad y la enfermedad encarnan la búsqueda original de las obsesiones; es decir, el sustrato primitivo en el cual se asientan el miedo como revelación; el pánico como toma de conciencia absoluta; la escritura como un acto de confrontación y evasión; la risa frente a los propios defectos, más allá de la pasión y la caída.

Con un estilo denso e impecable, sin petulancias ni pirotecnias verbales, Vértigos indaga, también, en los titubeos entre lo sagrado y lo profano, mediante los cuales sus personajes procuran encontrar la purificación antes de vencerse por completo. Así lo suscriben, desde el inicio, los epígrafes de Cesare Pavese y Joseph Roth, que convocan la inminencia del abismo que nos puebla; la imposibilidad de resguardar nuestros secretos, pues se revelan en los umbrales que encarnan los demás.

De este modo, mediante personajes estructurados alrededor de la carencia, historias de amores imposibles y diálogos entre el cuerpo humano y sus descomposiciones, Vértigos se erige como una lectura tan intrigante como placentera, que no dejará indiferentes a sus posibles lectores.


Adán Medellín, Vértigos, Instituto Mexiquense de Cultura (col. El Corazón y los Confines / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2010, 106 pp.


* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

3 de noviembre de 2010

Una voz confirmada: Goyo el Gato y el regreso del Conejo Azul, de José Luis Herrera Arciniega



Por Margarita Hernández Martínez


Dice Pedro Salvador Ale (Jujuy, 1953), uno de los poetas y editores más prolíficos de nuestra entidad, que, en la literatura, toda tentativa de reescritura –sea la elaboración de una antología; sea la supervisión de una reedición expurgada– constituye un alto en el camino artístico: una oportunidad para identificar temas obsesivos, reafirmar tendencias recurrentes y consolidar la mitología personal, esa sucesión de símbolos y representaciones que perfilan las afinidades íntimas entre un conjunto de textos. Dijo Juan Rulfo (Sayula, 1917 - Ciudad de México, 1986), uno de los cuentistas más propositivos y consistentes del siglo XX, que corregir es siempre recortar: abandonar la pirotecnia verbal a favor de las expresiones justas; expulsar el peso de la vacuidad para que brille la sencillez de las palabras.

Así, desde una perspectiva crítica –mediante la mirada ajena, pero comprometida– o desde una óptica individual –a través de los deseos y las percepciones propias–, volver sobre los pasos literarios implica un deliberado ejercicio de depuración, atemperado por un aliento de revisión, de contraste y de reformulación; de emprender el registro de las conversiones entre la voz del autor –esa entidad concreta y finita– y los ojos del lector –esa conciencia móvil e inevitablemente temporal–. Este ánimo se respira, de manera justa y serena, entre las páginas de Goyo el Gato y el regreso del Conejo Azul, de José Luis Herrera Arciniega (Tasquillo, 1962).

Quizás uno de los prosistas más relevantes del Valle de Toluca –no sólo por la constancia y la calidad de su trabajo, sino por la variedad que ha asumido a lo largo de veintiséis años, en los cuales se ha decantado por el periodismo, la crónica, el ensayo, la novela, el cuento y la minificción–, el también Becario del Centro Toluqueño de Escritores ofrece un volumen que, por una parte, representa un replanteamiento enriquecido de El Conejo Azul: crónicas para duendes; por otra, encarna un intento de exclusión y reescritura que, de modo casi imperceptible, desemboca en un aliento de mayor madurez, tendiente a solidificar sus huellas de identidad a través de la exposición de un rico mundo de referencias que convocan, en igual medida, tanto la presencia de la cultura de masas como la descripción del mundo personal.

De esta manera, el aliento tenuemente infantil que predomina en el libro original –conformado por doce cuentos de extensión mediana, centrados en los pequeños asombros de la vida doméstica y enlazados con una serie dedicada a los ascensos por la Peña Partida, ubicada en Hidalgo– se transforma en una confluencia de relatos signados por un sentido renovado de la unidad. La sustitución de algunos textos por otros, sobre todo al inicio del libro, le confiere un significado más cercano a la preservación emotiva de la memoria que al simple recuento de los días. De hecho, a diferencia de las propuestas que predominan en la narrativa contemporánea, las cuales se estructuran alrededor de la experimentación formal –simbolizada en la constante metamorfosis de los narradores y en la desarticulación del tiempo y el espacio–, la voz de José Luis Herrera Arciniega prefiere destacar el valor de la anécdota, en oposición con la trepidante impasibilidad del presente.

Así, los cuentos de Goyo el Gato y el regreso del Conejo Azul giran en torno al descubrimiento y a la construcción de un mundo propio, desde un punto de vista íntimo y caluroso, salpimentado por toques de humor que, aun a riesgo de perder sus referentes –dentro de algunas décadas, ¿quién recordará a los tranvías?, ¿quién sentirá tanta compasión por los pájaros citadinos?, ¿quién memorizará los nombres de la tradición familiar?–, resumen las veloces contradicciones del mundo contemporáneo. Para lograrlo, recurre a narradores que superan la acrobacia retórica y desembocan en un lenguaje sencillo –pero no exento de alusiones poéticas: lo confirma la tierna personificación de duendes y pingüinos–, pleno de desviaciones conversacionales que, al mismo tiempo, devuelven el hecho literario a su vertiente oral, espontánea y primigenia. Como resultado, el discurso adquiere una familiaridad cautivadora, suspendida entre la nostalgia y la alegría; entre la precisión del recuerdo y la limpia vaguedad de las emociones.

Desde otra perspectiva, la condición reescritural de Goyo el Gato y el regreso del Conejo Azul es una invitación para sondear en las distancias y las conexiones que caracterizan el amplio corpus narrativo de José Luis Herrera Arciniega. Por ejemplo, Los taches de Dolores y otros estudios de género –el libro de cuentos que antecede a esta reformulación de El Conejo Azul: crónicas para duendes– explora la visión moderna del amor desde un enfoque cáustico y descarnado, ajeno a toda complacencia romántica. De este modo, también accede a otras formas narrativas, como la minificción, cuya brevedad permite configurar voces provistas de la contundencia de un balazo. Sin embargo, en algunos de estos relatos pervive un acento de dulzura, precisamente relacionado con la prolongación y la relectura de los personajes centrales de Danza rota –la primera novela de este autor, después galardonado con la Presea Estado de México José María Cos en 2001–, inspirados, a su vez, en las canciones de Litto Nebbia (Rosario, 1948) y Gustavo Cerati (Buenos Aires, 1959).

Por su parte, en La reina de nieve y otros cuentos predomina una versión desintegrada del mundo, particularmente en las concentraciones urbanas que, de modo provocativo y falaz, pretenden englobar una cotidianidad dispersa. De nuevo, estos rasgos se propagan por la esfera formal; así, las referencias literarias conviven con actas legales, fragmentos de canciones y jingles de televisión; con personalidades como Cary Grant, Pink Floyd y Gloria Trevi. En consecuencia, los narradores contrastan los sobresaltos de la realidad con los previsibles alcances de la ficción; la fugacidad del presente con las posibilidades reestructurales de la evocación. Éstas también se vislumbran en Con diez años de menos y Rey de nada, pues plantean, de manera precisa y desenfadada, los estragos provocados por “la sensación de haber llegado tarde”, tanto a las vivencias intransferiblemente personales como a la fundación de la sociedad que las enmarca.

En efecto, la obra de José Luis Herrera Arciniega puede situarse en la aprehensión individual de un conjunto de lugares comunes, los cuales se convierten en sujetos de debate desde el valor de los sucesos cotidianos. La política, el arte, el amor, la muerte y el titubeante impulso de la juventud vuelven obsesivamente sobre sus páginas, las cuales sostienen una relación tensa y nutritiva con acontecimientos como la Revolución Cubana, la Matanza de Tlatelolco y el asesinato de Salvador Allende y, en paralelo, con casos tan particulares como el consumo de un cigarrillo, la adopción de una mascota y el encuentro y la separación de los amantes.

En última instancia, esta variedad de elementos han contribuido a la formación de una voz con solvencia y tesitura propias; a la articulación de un discurso que, según demuestra el transcurso de las décadas, resulta decisivo para la vitalidad del panorama literario mexiquense, que él mismo ha pugnado por definir. De esta manera, el ganador del Premio Estatal de Narrativa comprueba que todo acto de escritura es un método de acción, una vía para construir y transformar al mundo, desde la trinchera personal hasta la conmoción del universo; desde el primer instinto literario hasta la tentación de la reformulación.


Herrera Arciniega, José Luis (1984), Con diez años de menos, Centro Toluqueño de Escritores, Toluca.
______ (1987), Rey de nada, Centro Toluqueño de Escritores, Toluca.
______ (1993), La reina de nieve y otros cuentos, Universidad Autónoma del Estado de México, Toluca.
______ (1997), Danza rota, Presencia Mexiquense, Toluca.
______ (1999), El Conejo Azul: crónicas para duendes, Presencia Mexiquense, Toluca.
______ (2007), Los taches de Dolores y otros estudios de género, Ediciones Latitanza, Toluca.
______ (2010), Goyo el Gato y el regreso del Conejo Azul: crónicas con duendes, Presencia Mexiquense, Toluca.


* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a octubre de 2010.