RSS

8 de febrero de 2009

La creación poética: dos talleres, dos visiones


Por Margarita Hernández Martínez

Pese a su naturaleza eminentemente personal, la poesía –entendida, en este caso, como empleo creativo del lenguaje, desde la prosa hasta el verso– no es una labor sencilla. Constituye, por definición, un ejercicio de fortaleza, que implica, además, un intenso debate personal alrededor de la selección de temas, estilos, palabras y tendencias estéticas; un complejo proceso de discernimiento entre distintos criterios, la propia voz y la influencia –consciente– de otros autores. De este modo, el poema representa el resultado de una combinatoria irrepetible, arraigada en la tradición y defendida en las circunstancias contemporáneas, cuya validez se refrenda sólo con el paso del tiempo y las mutaciones de la sensibilidad humana. No en vano Miguel Hernández afirmó –y transcribió metafóricamente, en uno de sus textos más memorables– que los únicos materiales poéticos residen en la vida, la muerte y el amor, contemplados desde ojos infinitos.

Sin embargo, desde hace algunas décadas, la poesía ha experimentado un conjunto de transformaciones perniciosas. Frecuentemente confundida con la expresión libre y desenfadada de las ideas y los sentimientos individuales –producto, al parecer, de la malinterpretación de las vanguardias europeas, que rompieron con la rigidez de las tradiciones clásicas y apostaron por la escritura automática–, ha pasado, en algunos sectores, de un auténtico proyecto estético –provisto de sus propios códigos, reglas y sentidos–, al flujo descontrolado de palabras vacías, versos sin ritmo y lugares comunes que, como mejor fortuna, se reproducen en incontables tarjetas de felicitación. El resultado radica en una poesía poco perdurable, de escaso valor artístico, cuyo destino es formar parte de esos libros fantasma que desaparecen una vez transcurrida la emoción originaria.

Para contrarrestar esta situación –y, de manera marginal, para transmitir y compartir los saberes característicos del oficio literario–, existen, también desde hace décadas, los talleres de creación poética. Y, en este sentido, el Estado de México –que cuenta, indiscutiblemente, con una de las estructuras culturales más sólidas del país– ofrece una gran variedad de espacios: desde aquellos promovidos por instancias oficiales, como el Instituto Mexiquense de Cultura y la Sociedad General de Escritores de México, hasta aquellos sostenidos, entre tropiezos, por organizaciones independientes, como el Centro Toluqueño de Escritores. Dotado de diversos enfoques, definiciones y perspectivas –las cuales repercuten en su calidad–, este espectro de opciones se anuda alrededor de una idea central: desarrollar las herramientas necesarias para construir, de forma individual y colectiva, un repertorio de recursos literarios renovados. Para ello, recurre a diferentes técnicas y cursos de acción, mediante los que se perciben, de manera paralela, múltiples visiones de la poesía. A continuación, reseñamos dos de estas alternativas.


Poesía desde la poesía: El Taller “Joel Piedra”


Fundado por Guillermo Fernández, poeta y traductor jalisciense nacido en 1932, este taller gratuito se encuentra encaminado a desarrollar las capacidades necesarias para elaborar, desde una postura individual, distintos recursos indispensables para la creación poética. Para ello, Fernández propone la lectura, el análisis y la revisión constante de la obra de escritores provenientes de diversas partes del mundo –algunos de ellos relativamente desconocidos–, a través de lo cual es posible identificar algunas herramientas retóricas y lingüísticas, además de comprender el funcionamiento de figuras fundamentales para el poema lírico, como la imagen y la metáfora.

Paralelamente, las sesiones de este taller rescatan el valor de la conversación: mediante el comentario directo de los participantes, promueven la discusión de opiniones y el despliegue de alternativas para el planteamiento de los textos presentados por ellos mismos. De este modo, se establece un franco contraste entre las voces, las personalidades y las preferencias líricas de los escritores. En último término, Fernández procura fomentar y poner en debate los logros y la calidad de los poemas que confluyen en el taller. Y así lo demuestra la relevancia nacional e internacional de sus talleristas, entre los que se cuentan Juan Carlos Barreto, Rocío Franco López, Saúl Ordóñez, Félix Suárez y Sergio Ernesto Ríos. Esta cualidad también se manifiesta en la aparición de varias antologías que funden este trabajo colectivo, entre las cuales destacan Camisa de dieciocho varas, editada en 1997, y Reino de nadie, publicada en 2006.

El Taller “Joel Piedra” se lleva a cabo todos los viernes, de 19:00 a 21:00 horas, en la planta alta del Centro Regional de Cultura de Toluca, ubicado en Pedro Ascencio 103, colonia Centro, a unas cuadras de los Portales. Para obtener más información, es posible comunicarse al (722) 2 14 73 78.


Poesía desde la dispersión: el Taller de Creación Literaria de Tenango del Aire


Coordinado por Enrique Villada, poeta, ensayista y profesor mexiquense nacido en 1964, este taller se distingue mediante dos particularidades: por un lado, admite la discusión de toda clase de géneros literarios; de este modo, facilita la lectura, la comprensión y la escritura de la poesía, el cuento, la novela y el ensayo, además de otras modalidades que se encuentran en proceso de consolidación, como la prosa poética y la minificción. Por otro lado, los ejercicios que propone abarcan el conjunto de la sensibilidad humana; es decir, no se limitan a la lectura, el análisis y la imitación de la obra de otros autores, pues también involucran experiencias visuales, auditivas y gastronómicas.

De este modo, el Taller de Creación Literaria se encuentra asociado al descubrimiento de la belleza y el placer; de la expresividad y el equilibrio; de los recursos meramente literarios y los deseos personales. Por lo tanto, aspira a devolver a la literatura a su estado primigenio: la concibe como una actividad sagrada, de manifestación individual y resonancia colectiva, que permite diversificar las visiones de la vida y del mundo. Así, en resumen, representa una oportunidad para que cada quien encuentre, a través del festejo cotidiano de las palabras, su voz interior.

El Taller de Creación Literaria se lleva a cabo todos los sábados, de 11:00 a 13:00 horas, en la Casa de Cultura de Tenango del Aire, ubicada en Avenida 5 de Mayo s/n, esquina Censos Nacionales, en el mencionado municipio mexiquense. Para obtener más información, es posible comunicarse al (722) 2 74 23 92.


Dos visiones


El Taller “Joel Piedra” y el Taller de Creación Literaria surgen y se desenvuelven desde una óptica distinta. Los contrastes entre ellos resumen, en buena medida, las perspectivas de desarrollo de la poesía mexiquense. Si bien ambos estimulan la reflexión en torno a la escritura y al hecho literario –lo cual les confiere cierto grado de credibilidad estética–, sus materiales y procedimientos resultan radicalmente opuestos y, en último término, evocan algunas preguntas importantes: situada en la periferia de una sociedad cada vez más desinteresada por las artes, ¿para qué sirve la poesía –entendida, nuevamente, como empleo creativo del lenguaje–?, ¿cuál es su contribución al mundo contemporáneo?

En el Taller “Joel Piedra”, el trabajo se sujeta a un concepto cultural eminentemente libresco: la inspiración y los recursos provienen de otros autores y, una vez transformados, retornan a ellos de manera inmediata. Estas características prefiguran el papel que juega la literatura en Toluca: aislada en su propia esfera, ofrece escasos momentos de interacción con el público y con otras manifestaciones artísticas, como la música, la danza, las artes plásticas y –sorprendentemente– el teatro. En consecuencia, los poetas escriben para sí; es decir, para su reducida comunidad, limitada por un lenguaje críptico. Sin embargo, este ensimismamiento no ha disminuido la calidad de su obra: algunos poetas afincados en Toluca han saltado a la escena internacional, no sólo a través de premios y distinciones, también mediante publicaciones y traducciones de excelente factura.

Por otra parte, el Taller de Creación Literaria procede de una especie de conciencia social, que busca entrelazar las modalidades artísticas con la receptividad y el significado de la existencia humana. De este modo, la literatura se concibe como un ejercicio vital, indispensable para formular una visión concreta del mundo. En efecto, los poetas que residen en el oriente de la entidad poseen un vínculo más firme con otras expresiones artísticas; además, han establecido una relación permanente y fructífera con sus lectores. Para muestra, basta recordar que Molino de Letras, la revista literaria independiente más importante del Estado de México, se edita en Texcoco, y que el Centro Regional de Cultura de dicho municipio –administrado por el Instituto Mexiquense de Cultura– organiza el mayor y más variado número de actividades, desde ciclos de cine mexicano hasta conferencias especializadas.

En este marco, el Taller de Creación Literaria sostiene una postura integral, destinada a vislumbrar la sorprendente complejidad de la poesía, no sólo desde los problemas específicos que supone la composición del texto, también desde las estrategias que lo hacen accesible. No obstante, en último término, ambos talleres demuestran dos facetas de la sensibilidad humana: la pasión por la vida –rápida e individual– y la fascinación por el arte –pausado y colectivo–, las cuales se involucran, en esencia, con el rigor intrínseco a la creación literaria. Desde estos panoramas, se trata de una poesía altamente participativa, cuya resonancia debe reflejarse, inevitablemente, en un replanteamiento de los códigos estéticos que la guían.


* Texto publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente al mes de febrero.

11 de enero de 2009

Nuevo en nueve (o una invitación cálida y cordial -- corregida)


El año empezó extraordinariamente bien: Cosmoción, una nueva editorial independiente, acaba de publicar sus primeros volúmenes. El primero de ellos corresponde a Gajos de humo, de Elías Jaramillo; el segundo, a Antes del polvo, de su humilde colaboradora. Ambos representan el resultado de la pasión por la literatura y el amor a la libertad, ya que se han concebido en estrecha comunicación con el autor, con la esperanza de que el libro vuelva a ser un instrumento de comunicación íntima, entre seres humanos sensibles.

Esta comunicación es imposible sin el contacto constante con los otras personas. Así que están cordialmente invitados a la primera presentación de Antes del polvo, que se llevará a cabo el 6 de febrero, a las 19:00 horas, en el Centro Toluqueño de Escritores (ubicado en Plaza Fray Andrés de Castro, Edificio A, local 9, en el centro de la ciudad). Los comentarios y la compañía correrán a cargo de Enrique Villada, Elías Jaramillo y Gerardo Lara. Además, habrá vino de honor y libros autografiados. No dejen de asistir: su presencia es importante para apoyar a las artes independientes y contribuir a que nuestro universo cultural siga en movimiento. Esperamos verlos por ahí y compartir la poesía y la vida.

Lenguajes relativos: El enigma Carmen, de Eduardo Osorio



Por Margarita Hernández Martínez

“Sólo cuando alguien muere descubrimos que nunca lo conocimos”, sentencia, contundente, Eric Berne, psiquiatra y fundador del Análisis Transaccional. “Te lo planteo de otro modo: cuando creemos decir una verdad; pero con gestos, entonaciones, movimientos corporales, negamos lo que dijimos”, responde, tajante, Eduardo Osorio, escritor y actual presidente del Centro Toluqueño de Escritores.

Basado en estas premisas –en apariencia contradictorias–, el autor de Bromas para mi padre construye El enigma Carmen (diálogos para su réquiem), una novela recientemente publicada por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluida en la Biblioteca Mexiquense de Bicentenario, cuya estructura depende, de manera fundamental, de los contrastes y las transposiciones entre el lenguaje y los géneros literarios; entre la interacción de los personajes y su soledad central.

Para conseguir esta síntesis, las voces involucradas en la narración toman postura frente a numerosos problemas contemporáneos, como la imposibilidad de la comunicación humana, el desconocimiento del otro y el replanteamiento de las identidades masculinas y femeninas. Paralelamente, los personajes –innumerables y, casi siempre, anónimos– recurren a un lenguaje de extraordinaria precisión, oscilante entre la metáfora y la nota periodística, el cual sostiene una suma de procedimientos cercanos a las técnicas teatrales. Sin embargo, éstas difieren de todo tratamiento tradicional: mientras aquéllos irrumpen, despojados de explicaciones, en la vorágine narrativa –que establece viajes y confluencias entre el tiempo y el espacio–, sus relaciones sólo se determinan mediante el diálogo, configurado como una acumulación de acontecimientos y referencias.

Por estas razones, los sucesos de la novela se definen como una recurrencia individual –por tanto, móvil y subjetiva– de un instante único: el brutal asesinato de Carmen Dultzin, mujer que, con sus “veintinueve amantes”, interroga la auténtica igualdad entre los géneros; ambientalista que, con su “cultura de National Geographic”, se deja absorber por las luchas de poder que, aún en nuestros tiempos, pertenecen exclusivamente a los hombres. Los diálogos entrelazados en torno a su muerte, su imagen pública, su trabajo y sus conflictos sentimentales perfilan una realidad progresiva, que se completa con cada intervención y que jamás se conforma con las superficies.

De este modo, El enigma Carmen también se debate entre los géneros literarios: más allá de su basamento en el lenguaje, se constituye, según su propio autor, como un “falso thriller”, provisto de tres posibles soluciones, las cuales dependen de la naturaleza relativa de la verdad y la violencia. Ésta, de manera inevitable, se implica en la mirada humana, siempre ajena, dúctil y escrutadora; en consecuencia, la novela lanza una propuesta literaria concreta, resultado de la intersección entre el Análisis Transaccional y las conjeturas de Osorio: “se trata de que el espectador imagine y no sea un robot frente a lo que lee”; es decir, de exigir la participación lectora característica de la narrativa posmoderna.



* Artículo aparecido en la página cultural de El Espectador, correspondiente a enero de 2009.

29 de diciembre de 2008

No es justificación, pero...


cuando leí este reportaje me sentí, de algún modo, aliviada. Pensé en la extinta República Latitanza, en los trámites -la tesis- y los sueños -el libro que sigue, el que intento escribir- sin cumplir. Y supe que aún hay tiempo. No creo tener tanto talento -en la República sí lo pensaban, pero jamás me sentí tan segura de ello-, así que supongo que me será más fácil superar los bloqueos y los temores que he experimentado a lo largo de este año eterno. Espero que sí. Confío que sí. Y como este blog jamás resulta tan personal, les dejo la nota y el enlace de la versión original, que se publicó en El País (la imagen, por su parte, es una hermosa fotografía antigua japonesa que puede verse aquí). Ustedes también anímense. Y a superar la falta de creatividad.

REPORTAJE
Lo dejo, tengo demasiado éxito

- Profesionales y artistas encumbrados abandonan en plena gloria
- Un triunfo mal llevado puede paralizar la creatividad


Por Silvia Blanco

El 13 de marzo de 1973, Juan Rulfo desveló la razón por la que había renunciado a seguir escribiendo: "pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me platicaba todo". Fue en la Universidad Central de Venezuela, durante una conferencia, mucho tiempo después de que el autor de Pedro Páramo y El llano en llamas hubiera optado por dedicarse a la fotografía y a los guiones de cine, y fue muchas veces después de que le formularan esa misma pregunta. El mismo camino del portazo a la literatura había tomado, años antes, nada menos que Arthur Rimbaud, quien a los 19 decidió que ya había dicho todo lo que tenía que decir en poesía y se convirtió, entre otras cosas, en traficante de armas.

Ambos tienen algo en común: tras lograr un éxito brutal, se apartaron de la publicación de libros y procuraron permanecer lo más alejados posible de la fama. No es un caso exclusivo de los escritores. Hace un par de semanas, un prestigioso cocinero francés, Olivier Roellinger, se deshizo de lo más parecido a un Nobel que se le reconoce al arte culinario, las tres estrellas que le había otorgado a su restaurante la guía Michelin. Su motivo, su muerte del tío Celerino particular, era el estrés. Declaró que había pasado "26 felices años manejando el timón de los fogones" y que ahora quería "emprender un camino diferente" con el objetivo de "mantener la pasión de vivir".

Hace un mes, Deluxe, uno de los puntales del rock independiente español, dio su último concierto. Xoel López, el alma del grupo, se va "indefinidamente", primero a Argentina y luego a Estados Unidos. "Necesito romper, tomarme un descanso. Estoy un poco harto de tanto rock. Llevamos tres años sin parar, más de 100 conciertos. No sé: necesito un cambio", Seguirá componiendo, pero admite su agotamiento.

El impecable Daniel Day-Lewis, el Gerry Conlon de En el nombre del padre, que acaba de ganar un Oscar, pasó cinco años sin actuar. Aunque evita hablar de ello, se sabe que vivió en Florencia trabajando de aprendiz de zapatero.

Esta es una historia de dilatados parones o abruptos finales. Aunque los primeros son mucho más frecuentes, hablan de las dificultades de la creatividad para soportarse a sí misma y para soportar (y más aún, mantener) el éxito. Manuela Romo es autora de Psicología de la creatividad (Paidós) y profesora de la Universidad Autónoma de Madrid. Al investigar sobre el trabajo de los creadores, se encontró con que se trata de una actividad que exige "un enorme esfuerzo cognitivo y mental al que hay que dedicar cientos o miles de horas. Además, cuando hablamos de auténtica creación, de producir algo nuevo, la persona experimenta fases de gran incertidumbre, no sabe hacia adónde va exactamente, no hay nada definido, y, además, está desafiando paradigmas establecidos, lo que puede ocasionar rechazo o incomprensión. Por otra parte, el hecho de trabajar en soledad puede generar estrés", explica. Visto así, se parece bastante a una especie de tortura. Sin embargo, Romo subraya que nada de esto es capaz de quebrar, por sí solo, la voluntad de un artista, un científico o un compositor. "Es su vida. Una personalidad creativa ama su trabajo, en el que a veces tiene lo que la psicología llama 'la experiencia del fluir': un estado de total inmersión en una tarea, estar absorbido y perder por completo la noción del tiempo".

Rulfo o Rimbaud siguieron, en este sentido, un camino excepcional. Se esfumaron. Estaban aquejados de lo que el narrador de Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas (Anagrama), llama "el síndrome de Bartleby" en su brillante rastreo por la literatura del no y sus protagonistas, entre los que destaca.

Si se escribiera algo parecido sobre cocineros, se incluiría la renuncia de Jordi Parramón, aunque sus motivos son más claros y vitalistas. "Un día mandé un fax a los autores de la guía Michelin. Les explicaba que renunciaba a mi estrella. No lo entendieron. Me llamaron, pero no se convencían de que yo quisiera renunciar. Así que enviaron a un señor, charlamos y me dijeron que no les había pasado nunca", cuenta por teléfono. De esto hace tres años. Ahora Parramón vive en el campo, dedicado a la fotografía. "Un trabajo así te ocupa todo el día y toda tu energía, aunque te guste mucho. Me dediqué 20 años a la cocina, nunca busqué ni la fama, ni el éxito. Cuando nos dieron la estrella, coincidió con el boom de la cocina, de Ferran Adrià. Hubo buenas críticas, llegó la prensa, me invitaban a actos. Una mañana iba en un avión hacia Milán a dar una conferencia sobre cocina, y me di cuenta de que antes de despegar sólo estaba pensando en volver. Me dije '¿pero dónde vas?' y ahí empecé a plantearme dejarlo y cambiar de vida. Quería hacer más cosas. Al principio no todo el mundo lo entendió, se ve raro cambiar una vida con dinero y reconocimiento".

Introducir la variable del éxito en la creatividad puede descompensarlo todo. Por extraño que parezca. "Ocurre cuando se orienta la obra hacia la consecución de un resultado", comenta Javier Mañero, director de la Escuela de Inteligencia. Después de un gran triunfo, entre la crítica o el público, de un libro, un disco, un cuadro o un plato, lo más temido y estresante para el autor puede ser la pregunta: "¿Y ahora, qué?".

"Los fracasos no cuentan, excepto si vienen después de un éxito", asegura el escritor Santiago Roncagliolo. En 2006 obtuvo el premio Alfaguara por Abril rojo y se adaptó al cine Pudor, su primera novela. "Cuando escribí esas obras, sobre todo Pudor, nadie tenía expectativas sobre mí. Sólo quería publicar. Se tradujo a varias lenguas, vendió. El error es tratar de hacer lo mismo para no defraudar", dice.

No hay creatividad sin riesgo. "Es muy difícil mantener indefinidamente la admiración de los otros. Tanta expectativa de la gente puede desarrollar un miedo al fracaso que bloquea, es paralizante", explica el psicólogo Gonzalo Hervás. En el mundo de la música esa presión es elevada.

"Después de haber sacado un disco muy potente, todos los grupos tienen ese vértigo, el de superarse. Y justo el segundo es muy complicado, porque repetir la fórmula ya no vale. Hay que igualar como mínimo, o experimentar", explica Carlos Mariño, manager de grupos como Dover, Fangoria o Kiko Veneno. Es que "ser creativo o tener talento no tiene nada que ver con saber gestionar el éxito, y mucho menos la fama", asegura Javier Liñán, ex director artístico de EMI España, donde trabajó con Amaral, José Mercé o Manu Chao. Ahora es manager de Los Planetas, Albert Pla y Astrud.

El escritor dominicano Junot Díaz obtuvo el premio Pulitzer -uno de los más importantes de las letras estadounidenses- en abril pasado con su novela La maravillosa vida breve de Oscar Wao. Pero han tenido que pasar 11 años para que volviera a publicar: su anterior trabajo, una antología de cuentos titulada Drown, es de 1996, la que le convirtió en la promesa literaria de su país. En una reciente entrevista con este periódico, aseguró que ese lapso temporal "fue un infierno". "No sé cómo sobreviví. Soy terriblemente duro conmigo mismo, padezco la enfermedad del perfeccionismo", dijo.

La alta autoexigencia creativa puede paralizar. Pero puede que también influya el hecho de que "cuanto más tiempo pase entre una novela y otra, más prestigio adquiere la segunda", dice Roncagliolo. Y más presión: "Si la primera novela es buena, la segunda novela, más diez años después, tiene que ser genial". El proceso creativo no es, ni mucho menos lineal. "Hay muchos abortos", confiesa Roncagliolo. "Y existe el terror al vacío. Puedes tirar una novela de 200 páginas. Si has tenido éxito, es parecido a una borrachera. Cuando acaba la atención sobre la obra, la promoción, llega la resaca, te preguntas si podrás hacer otra, si estás acabado... Es parte del ciclo". Manuela Romo explica que "es un fenómeno complejo, en el que hay repetidas cumbres y repetidos abismos".

Varios experimentos sugieren que el éxito puede fagocitar parte de la creatividad. A finales de los ochenta, la profesora de Psicología Theresa Amabile, de la Universidad de Brandeis (EE UU), trabajó con varios grupos de niños. Les pidió que dibujaran lo que quisieran. A una parte de ellos les ofrecieron recompensas por hacerlo, y a otros no. Quienes habían sido premiados presentaron los dibujos menos creativos. "Si la motivación externa, es decir, la necesidad de reconocimiento, la fama, es más fuerte que el placer por crear (la motivación interna), puede aparecer el estrés", explica Alfredo Muñoz, psicólogo social de la Universidad Complutense de Madrid y profesor de talleres de creatividad en empresas. Ahí sí puede darse el abandono temporal para recuperar el equilibrio o la renuncia definitiva. Cantautoras como Tracey Chapman o Lauryn Hill, ex miembro de The Fugees (con los que vendió 17 millones de discos con sólo un álbum, The Score) frenaron su carrera cuando mayor fama tenían, por ejemplo.

Aunque para fobia a la fama, la del escritor estadounidense Thomas Pynchon (El arco iris de gravedad). De él apenas hay media docena de fotos de hace más de 40 años. No concede entrevistas. Lo último que se conoce de él es su voz: aparece con una bolsa de papel en la cabeza en un cameo excepcional en Los Simpson. Se interpreta a sí mismo asesorando a Marge, que publica una novela. El caso de J. D. Salinger es también misterioso. Tras la publicación de El guardián entre el centeno, una auténtica novela de culto desde el momento en que apareció (1951), se borró de la vida pública y apenas se editaron un par de libros suyos más. "Un rasgo fundamental de la personalidad creativa es que necesita hacer lo que le da la gana. La libertad, que se olviden de ellos para volcarse en su trabajo", asegura Romo. Apenas hay compositores, escritores o artistas que no se quejen, en algún momento, de la pesadez de la promoción y la fama. Lo sufren, por ejemplo, los managers: "Es muy cansino, repiten lo mismo en las entrevistas, la gente les para por la calle, llaman 200 veces al día, aparecen por todas partes", ilustra Mariño.

Con todo, quienes abandonan para siempre son una excepción. "La personalidad creativa siempre está produciendo, tiene una gran confianza en su trabajo y una fuerte tolerancia a la frustración, aunque se pueda resentir puntualmente", dice Romo. Muñoz también cree que, si no es así, pierden "la capacidad de jugar, la creatividad es tan gratificante que no puede estresar". Y quienes desaparecen un tiempo al final "siempre vuelven. Es su vida", dice Romo.

El placer de los cuentos italianos



Las herencias son caprichosas. Hace varios meses, uno de mis compañeros de trabajo -que ya no labora más ahí- me regaló -creo que ya no lo quería- el segundo tomo de Lighea. Un siglo de cuento italiano, una atractiva antología elaborada por Guillermo Fernández, con quien coincidí en un taller de poesía hace ya un par de años. La edición, además, corrió a cargo de Félix Suárez, uno de los culpables de que el proceso editorial de Antes del polvo haya sido tan riguroso. En fin. El asunto es que el libro se quedó durmiendo en mis papeles pendientes, hasta que recibí el encargo de escribir el siguiente boletín, que, concebido entre la prisa cotidiana, no logra hacerle justicia. El volumen es una joya, no es caro ni difícil de conseguir. Así que no dejen de leerlo y de poner sus comentarios.


Un homenaje a la cultura italiana: Lighea. Un siglo de cuento italiano,
de Guillermo Fernández



Toluca, Estado de México.- Como afirmaba Alejandro Ariceaga –responsable de uno de los ejercicios antológicos más bellos y ambiciosos de nuestra entidad: los volúmenes de poesía y narrativa de Literatura del Estado de México. Cinco siglos (1400-1900)–, toda antología es producto del antojo. En efecto, el trabajo de lectura, selección y disposición de un conjunto de piezas literarias depende más de los gustos del antologador, salpimentados por su criterio y sus conocimientos, que de un canon de belleza previamente establecido. Por estas razones, resulta muy agradable encontrarse con una buena antología, sostenida en una postura estética y crítica, como en el caso de Lighea. Un siglo de cuento italiano, publicada por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluida en la colección La Canción de la Tierra.

Distribuida en dos volúmenes, esta obra parte de la traducción, la selección y las notas de Guillermo Fernández, poeta originario de Guadalajara, quien, a lo largo de su trayectoria, ha cosechado innumerables premios y distinciones; además, en la actualidad, coordina un taller de traducción al italiano, el cual se lleva a cabo todos los lunes, de 18:00 a 20:00 horas, en el Centro Regional de Cultura de Toluca.

Constituido por 37 cuentos, provenientes de la pluma de 30 autores, Lighea. Un siglo de cuento italiano comienza su recorrido en el verismo, la vertiente italiana del costumbrismo, y concluye en la narrativa contemporánea, representada por Antonio Tabucchi. En el camino, se detiene en corrientes tan relevantes como el surrealismo, encarnado en los cuentos de Alberto Savinio; y nombres tan notables como Italo Svevo, Luigi Pirandello, Giovanni Papini, Giuseppe Tomaso de Lampedusa, Alberto Moravia, Cesare Pavese, Italo Calvino y Pier Paolo Passolini, los cuales comparten las páginas de esta antología con Elsa Morante, Natalia Ginzburg, Carlo Coccioli, Giovanni Testori y Dacia Maraini, quienes gozan de una celebridad menor, a pesar de la calidad de su obra. Finalmente, la edición se nutre y se completa con una breve nota biográfica, acompañada de la bibliografía de cada escritor.

Por otro lado, vale la pena destacar que La Canción de la Tierra es una colección especial destinada al rescate y a la difusión de obras literarias clásicas que sólo se conocen a través de referencias o fragmentos dispersos; sin embargo, han contribuido de manera decisiva a ampliar nuestra visión sobre la humanidad y la literatura universal. De este modo, también incluye textos como Diálogos de amor, de León Hebreo; Escritos literarios, de Leonardo da Vinci; El labrador y la Muerte, de Johan von Saaz; Reflexiones literarias, de Giacomo Leopardi, y La amorosa iniciación, de Oscar Wladislas de Lubicz Milosz. Estos volúmenes se encuentran disponibles en la Librería del Estado de México, ubicada en el Centro Cultural Mexiquense (Boulevard Jesús Reyes Heroles 302, delegación San Buenaventura, en las afueras de Toluca).

12 de diciembre de 2008

Otra vez Castálida (y una invitación)


Desde hace varios años, soy una lectora intermitente de Castálida, una de las revistas más bellas del Estado de México. Y aunque he atestiguado sus transformaciones, jamás había advertido (es parte de las distracciones de este trabajo fragmentario que me ocupa, desde mayo, los días) su compromiso con esa posible historia de la literatura mexiquense, que se perfila, de manera más o menos fragmentaria, en su número más reciente. Vale la pena leerlo y darse una vuelta por la presentación, el próximo 16 de diciembre. Para mayores referencias, les dejo el boletín de prensa correspondiente.


Aparece el número de aniversario de Castálida,
revista literaria del Instituto Mexiquense de Cultura


Toluca, Estado de México.- Han pasado veinte años desde que el Instituto Mexiquense de Cultura (IMC) emprendió una de sus tareas más representativas, gracias a la cual es reconocido en la mayor parte del territorio nacional: consolidar un fondo editorial extenso y variado, en el cual la calidad de los contenidos combine perfectamente con la belleza de su manufactura. Así, en la actualidad, el Fondo Editorial del IMC cuenta con casi mil títulos editados, los cuales se reúnen en nueve colecciones y un vasto conjunto de coediciones, a las cuales se suman dos publicaciones periódicas de gran alcance. Por estas razones, Castálida, la revista literaria de este organismo, dedica su número más reciente al festejo y el análisis de estas dos décadas, las cuales se definen por sus logros y sus próximos retos.

De este modo, en el texto introductorio a este volumen, Agustín Gasca Pliego, director general del IMC, afirma que éste es el momento para celebrar y reforzar “la difusión cultural que se ha llevado a cabo desde entonces, a partir de su objetivo primordial: el de promover, el de provocar la lectura en esta ciudad, en el estado y en el país. De esta suerte, ahora, nos colma de orgullo que a esta institución se le considere como el organismo que publica más libros en la República Mexicana”. Efectivamente, el IMC se ha distinguido, a lo largo de los años, como una de las dependencias gubernamentales con mayor presencia en el ámbito editorial.

Por estos motivos, el análisis se presenta desde diversos enfoques: por ejemplo, Félix Suárez habla, en una evocativa entrevista, sobre los orígenes del Fondo Editorial, desde las funciones primigenias de la Subdirección de Publicaciones hasta la creación de la convocatoria anual para publicación de obra. Por su parte, Miguel Ángel Guzmán viaja por los orígenes de la industria editorial y examina la producción actual del IMC. Igualmente, Rosaluz Velásquez plantea los retos, complejos pero estimulantes, que deberá enfrentar este organismo en los próximos años. En un sentido semejante, Becky Rubinstein analiza los fenómenos de la traducción en una de las colecciones más hermosas del IMC, denominada La Canción de la Tierra.

Asimismo, las páginas del número de aniversario de Castálida dan cabida a los textos, las fotografías y las ideas de otros escritores, intelectuales, editores, promotores culturales y artistas plásticos, como Felipe Garrido, Vicente Quirarte, Javier España, Ezequiel Ander-Egg, Eugenio Núñez Ang, Carmen de la Fuente, Guillermo Schmidhuber, Delfina Careaga, Lucía Rivadeneyra, Elisa Buch, Daniel Báez, Adrián Zárate, Héctor Serrano Barquín, José Luis Caballero, Crispín Amador Ramírez y Mauro Hernández Gaona, quienes abordan, desde una perspectiva incluyente, otros temas relacionados con la creación, la edición, la lectura, la interpretación y la historia de los textos literarios.

Por otro lado, la revista se presentará al público en general el próximo 16 de diciembre, en punto de las 12:00 horas, en el Museo “Felipe Santiago Gutiérrez”, ubicado en Nicolás Bravo 303, casi esquina con Sebastián Lerdo de Tejada, a un costado del Palacio de Gobierno. La mesa de diálogo será presidida por Agustín Gasca Pliego, director general del IMC, y contará con la participación de Felipe Garrido, narrador, traductor, editor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua; Flor Cecilia Reyes, poeta, ensayista y directora de la Escuela de Escritores de la SOGEM en Metepec; y Félix Suárez, poeta, ensayista y editor, fundador de Castálida y actual responsable del Programa Editorial de la Universidad Autónoma del Estado de México. A su vez, esta publicación ya se encuentra a la venta en la Librería del Estado de México, situada en el Centro Cultural Mexiquense.

8 de diciembre de 2008

Llamando a los papeles (o cálida invitación)


Siempre me ha dado risa la traducción literal del calling for papers que llega de vez en cuando a mi correo: llamando a los papeles para que se escapen de sus dueños y se atrevan a tener una vida autónoma, libre. Por que eso es, justamente, lo que sucede cuando uno se aventura a publicar: el texto se va a vivir su vida, y nosotros nos quedamos mirando, hilando plumeros para desempolvar esas otras ideas que nos venían torturando. O iluminando, depende.

¿Se acuerdan de la entrada del conejito que adornó esta página durante varias semanas? Ha rendido sus frutos. Después de un descanso de dos meses -noviembre y diciembre-, la página cultural de El Espectador volverá a la circulación. Y, nuevamente, los invitamos a que escriban. Los criterios siguen siendo los mismos: una o dos cuartillas críticas y concisas, sobre cualquier aspecto de la vida cultural de (en orden de preferencia) nuestra ciudad, nuestro estado y nuestro país, además de reseñas de libros, discos y otras obras de arte, que sean asequibles en cualquier parte de América. También nos gustaría leer, esta vez, comentarios generales sobre la situación de la cultura y la educación en México.

Los interesados pueden ponerse en contacto conmigo, a través de los comentarios que pueden insertarse en esta entrada. Estamos gestionando la posibilidad de una remuneración, aunque sea simbólica, para nuestros colaboradores. Así que no dejen de participar, sobre todo si les gusta escribir. La convocatoria está abierta.

El pasto siempre es más verde del otro lado (reportaje robado)


Cuando leí el reportaje que aparece a continuación, extraído de El País, me quedé sin habla: ¿Qué perspectiva tiene un periodista ibérico de nuestra realidad nacional? ¿Cómo se acomoda esta óptica en el contexto latinoamericano, signado por la violencia, la pobreza y el analfabetismo? Me pareció una nota optimista, llena de algo que yo no noto en las actividades culturales que, por azares del destino, suelo cubrir a menudo: dinamismo, fuerza, vida. A eso me refiero cuando digo que la cultura se experimenta todos los días. Al mismo tiempo, me sorprende lo seca que aparece la realidad: una feria del libro de este tamaño, así de concurrida, en un país lleno de asesinatos. La literatura como salvación. Lo importante no es sólo ir a comprar -a precios estratosféricos- los libros: se trata de abrirlos, de volver a ser humanos. De conmoverse, vamos, en el sentido más llano, más liso del término.

Les dejo el reportaje (cuya versión original pueden consultar aquí) y una fotografía de Teté Almeida, que resume muy bien dos de los mayores placeres de la vida (¡oh, la subjetividad!): leer y besar.



Aquí viene todo el mundo

La Feria del Libro de Guadalajara, en México, recibe miles de visitantes pese a la crisis económica
Por Juan Cruz

¿Crisis? Las librerías están llenas, el público entra a chorros, y las actividades de la Feria del Libro de Guadalajara (FIL) están a rebosar, para hablar de literatura, de artes marciales o de periodismo: se llena todo. ¿Por qué? Porque a la gente le interesa, y además paga un euro y medio por ello.

Ya eso es sabido, dirán ustedes. Lo extraordinario es que se mantiene, año tras año, durante 22 años. Y sin desmayo. Ahora el mundo vive una crisis galopante, que afecta no sólo al bolsillo, sino al ánimo de las personas, y a la feria de Guadalajara parece que no llega ese eco. ¿Y eso?

Un día dijo Fernando Henrique Cardoso, el ex presidente de Brasil, que a su país le iba bien "porque no sabemos cómo vamos". El público sí sabe en México cómo le va al país, pero quiere cultura y jolgorio, y esa combinación la da a manos llenas la Feria del Libro en Guadalajara. Hay como dos mundos, el de las actividades que llenan de energía las salas -en el homenaje a Carlos Fuentes de anoche había cerca de 2 000 personas-, y el de los conciertos, que llenan de decibelios las noches de la capital tapatía.

En un solo día, anteayer mismo, en México mataron a cuarenta 44 personas. Por nada: como en el viejo Oeste de las películas, un tipo mira a otro, éste no le mira bien y le descerraja un tiro. ¿Qué pasa? Carlos Monsiváis, el gran ensayista mexicano que hizo delirar al público (como Sergio Ramírez) con su divertidísimo discurso en torno a su memoria con Carlos Fuentes, nos decía anoche que la Procuraduría General de la República ha documentado 700 000 puestos de venta de drogas en la capital mexicana. Y esos asesinatos tienen relación directa, en todo el país, con esa mancha terrible que no son capaces ni los gobiernos ni la sociedad de atajar del todo. Un periodista de Culiacán salió el otro día a la calle con una pancarta contra la droga; la policía investigó a ver si detrás de esa pancarta había algo, y como se vio que no, regresó a sus cuarteles el tiempo suficiente como para que el hombre fuera asesinado... por los narcos.

Con ser dramática la realidad, son peores las declaraciones, entiendan la paradoja: el presidente de México dijo el otro día que el 51% de la población policial es corrupta. Y en algunos lugares nueve de cada diez policías lo son. ¿Qué sociedad puede soportar eso? Soportar viene de sopor, y en ese sopor viven muchas sociedades, soportando. Esta sociedad mexicana tiene, para contrarrestar esos datos, e incluso esas declaraciones, un antídoto que está en la calle, en los bares, y hasta en las universidades, y por supuesto está aquí en Guadalajara: la alegría. Tú vas al hotel donde sesudos estudiosos o retranqueados escritores están decidiendo el sexo de los ángeles o la amplitud de sus anticipos, y son aún las ocho de la mañana, y ahí escuchas corridos, boleros, a todo trapo. Lo que en Europa sería un desayuno tan silencioso como García Márquez en los actos públicos, aquí es algarabía.

Un día Jorge Luis Borges fue requerido por un periodista mexicano para una entrevista. Encantado, dijo el ya viejo genio argentino, "me apasionan los mexicanos. Son cultos, saben lenguas, escriben muy bien, son muy inteligentes". El periodista se sintió atacado en su orgullo nacional, a favor, y le preguntó a su entrevistado: "¿Y conoce usted a muchos mexicanos?" "No. Sólo conozco a Alfonso Reyes, pero imagino que todos serán como él".

No todos los mexicanos son como aquel gran sabio polígrafo, y mujeriego, ni mucho menos; aquí hay sabios, polígrafos y mujeriegos, y en lo primero ayer estuvimos ante uno de ellos, aparte de Monsiváis y Fuentes, que ya han sido citados: José Emilio Pacheco. Un tipo formidable, que se ríe hasta de su sombra y que acaso por eso es el poeta excelso que es. Pero no todos son Monsiváis, Fuentes, Pacheco, como es natural, aunque a Borges le hubiera gustado.

Pero estos que no son Alfonso Reyes y que están aquí tienen una ansiedad por saber y por disfrutar que conmueve cuando uno piensa que al tiempo que pasa esto, y que es verdad, por las venas de la sociedad quiere pasar una gangrena que la gente combate a veces con inconciencia pero también con alegría. Es decir, con cultura, con la ansiedad de mantenerla.


13 de noviembre de 2008

Llegado a mi correo (para que todos ustedes vayan)



Ya se nos está terminando el año. Y, para celebrarlo, nada como una buena pastorela. Los actores de Escénica Río Solar y Compañía Teatro de la Calle (a los cuales ya tuve oportunidad de ver en el Centro Cultural Mexiquense) nos invitan a disfrutar La cola del diablo, dirigida por Juan Carlos Embriz y Alejandro F. Solís. La temporada se desarrollará en el Teatro "Esvón Gamaliel" (ubicado en la Rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de México) y durará del 20 de noviembre al 14 de diciembre de este año que se extingue. Las funciones son de jueves a domingo, a las 19:00 horas. Si quieren mayores informes, visiten www.escenicariosolar.com.mx. No olviden que (como decíamos en El Espectador) la cultura se vive todos los días.

10 de noviembre de 2008

Tres lecturas sobre Cárcel de árboles, novela de Rodrigo Rey Rosa (segunda parte)




Por Iván Castañeda

(continúa del número anterior)

Segunda lectura: nombrar al mundo para entenderlo

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de la rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.
- Jorge Luis Borges

“El río que se llamaba Azul era marrón”. Con frases como ésta, Rodrigo Rey Rosa parece irnos adentrando en un juego donde YU, privado de su capacidad de comunicarse, lisiadas sus áreas cerebrales del lenguaje y la memoria, encuentra papel y lápiz y recuerda poco a poco cómo expresarse mediante signos.

Escondido de los guardias, YU redacta en su diario: “no recuerdo ni cómo ni dónde encontré la linterna”; “una noche la aguja de luz se movió sobre el papel y sin duda trazó las primeras palabras”. Una iluminación, eso es precisamente lo que el lenguaje escrito representa para el prisionero, un acto casi automático el de recordar cómo escribir: “la punta del lápiz, creo, fue la que fue buscando el papel”; “el instante en que mi mano comenzó a formar palabras, yo comencé a comprender”. A medida que YU avanza en su escritura, el mundo le parece más suyo: va logrando nombrarlo y, por lo tanto, se lo apropia. Así, descubre cómo su lenguaje oral nombra todas las cosas del mismo modo: con el sonido yu.

Un lenguaje oral mutilado, inservible. Cómo nombrarlo todo pronunciando yu, cómo nombrar el mundo si la única sílaba posible de emitir es yu, con algunas variantes, inflexiones y, cuando mucho, una inversión de fonemas: uy. Rey Rosa nos coloca ante una posibilidad horrenda: él únicamente dota a sus personajes del lenguaje oral, pero qué pasaría si nuestras capacidades comunicativas se redujeran, o si nunca hubieran existido. ¿Qué camino habríamos seguido para expresarnos? ¿Señas? ¿Dibujos? Y si así fuera, ¿serían esos elementos capaces de lograr una comunicación efectiva, una acertada descripción del mundo?

El segundo YU aprende algo: basta mover ligeramente la muñeca y los dedos –el índice tocando el pulgar– para formar un pensamiento. Aunque él prefiere escribir, quizá porque la riqueza expresiva de las palabras supera cualquier seña. Esto sucede cuando el primer YU escribe: “la piel de una fruta verde con manchas negras y pulpa suave y aceitosa, que fue mi almuerzo, me ha servido para sacarme los grillos”. Sin nombrarlo, el personaje ha dicho aguacate, lo ha descrito en sus características más particulares. Algo similar ocurre cuando el condenado mata a un guardia: vemos de qué manera el léxico pasivo le acude a la mente e, incluso, si no sabe de qué modo emplearlo, no importa, pues ha sabido hacerse entender:

“El cuerpo del guardia era más pequeño que el mío, su piel era más oscura. Tenía grandes ojos negros […] Escribo la palabra niño sin estar seguro de lo que significa”.

En este punto, Rodrigo Rey Rosa abre puertas: la posibilidad de condensar todas las características que describen a una cosa. Si una fruta es verde, aceitosa y de cáscara negra, cuál palabra puede llevar, de ahora en adelante, toda esta información sintetizada. Aguacate, categua, teguaca. Podría inventarse una palabra. Si alguien es más que yo, más joven, tal vez llamarlo niño sea buena opción, entre tantas otras, para hacerlo.

YU escribe en su diario: “no hay nadie en la avenida […] no volvió nadie. He bajado del árbol […] No están ni las cadenas ni los grillos. Esto es la libertad”. Esto es la libertad, o como se convenga llamar a esta situación.

Tercera lectura: la tradición de los arquetipos

Lo que fue, eso será;
lo que se hizo, eso se hará.
Nada nuevo hay bajo el sol.
- Eclesiastés I: 9

Que no hay nada nuevo, que ya todo está escrito. Todo es variación sobre los mismos temas. Quizás. Quizás es cierto, hay un inconsciente colectivo plagado de imágenes comunes para toda la humanidad, imágenes dotadas de significados ocultos que Jung dio en llamar imágenes arquetípicas. Los sueños de todas las culturas se han visto poblados de monstruos y situaciones similares. Los mitos, de cultura en cultura, parecen ser distintas versiones de una misma historia: Orfeo baja a los infiernos lo mismo que Quetzalcóatl; el infierno es un laberinto como el de Teseo; Eva, Prometeo y Caín desconocen las órdenes supremas e inauguran con sus actos la capacidad de elección.

De acuerdo con Joseph Campbell, el mito es la entrada secreta por la cual las inagotables energías del cosmos se vierten en las manifestaciones culturales humanas, consciente o inconscientemente podemos estar recurriendo a arquetipos al momento de crear. Aunque no sea éste el caso, no es difícil encontrar relaciones entre las creaciones artísticas y los mitos antiquísimos. Cárcel de árboles presenta numerosas referencias arquetípicas. YU hace las veces de Adán, de Prometeo, de Caín.

A pesar de que son casos distintos y YU tiene problemas para recobrar las palabras inertes en su mente, los momentos en los que el preso nombra las cosas por sus características y no por su nombre semejarían al primer habitante del Edén descubriendo al mundo, eligiendo las palabras para bautizarlo.

“Oí, en lo alto, un ruido ronco. Vi un objeto oscuro, como una libélula enorme, recortado contra el cielo fragmentado por el follaje de los árboles. Un viento fuerte caía y el objeto se acercaba. Caían las hojas y las ramas se doblaban. Corrí a refugiarme tras el grueso amate que crece al final de la avenida. Estuve allí hasta que volvió el silencio. ¿Helicóptero?”

Helicóptero, o libélula metálica. El pasaje sólo nos recuerda que, como en el mito de Adán, las palabras son, antes que nada, una convención. Si Adán en el Paraíso nombró las cosas a su gusto, YU en el Petén puede hacer lo mismo. Basta entonces un receptor que convenga en llamar aguacate a la fruta de carne verde y aceitosa, para que la comunicación comience a brotar.

Aunque en la historia de Rey Rosa no hay ni Eva ni serpiente, la aprobación del conocimiento –aunque sin manzana de por medio– se da mientras YU recobra su capacidad de escribir y nos recuerda que quienes podemos hacerlo podemos expresar y obedecer órdenes propias. Ni supremas, ni divinas: propias. Con tal descubrimiento, las figuras de Prometeo y Caín saltan a la vista.

Prometeo entregando el fuego a los hombres se refleja en la novela cuando el primer YU da al segundo un lápiz. No en vano lápiz y cuaderno han caído del cielo luego de un accidente aéreo. Los dos prisioneros descubrirán muy pronto el poder de la comunicación, el poder de expresarse y saberse entendido. De aquí saldrán nuevos planes para escapar y, para su ejecución, habrá de cometerse un crimen: el primer YU encuentra una piedra afilada en la excavación donde es forzado a trabajar; en vez de dársela a los guardias como un descubrimiento arqueológico, la guarda para sí. Caín ha encontrado una quijada de burro.

Luego de matar al guardia, YU se lo comunica por escrito al segundo YU. Éste último no lo entiende: “YU no parece comprender que matar al guardia fue un acto voluntario”; “mi mano ya estaba levantada con la piedra”. Matar al guardia, además de servirle al preso para salvar su vida y procurar su libertad, es la confirmación absoluta de las decisiones que ha venido tomando desde que puede escribir. Su capacidad de elección, su libre voluntad, se ha consolidado frente al experimento científico en el cual está obligado a no decidir.

Al final del experimento conductista, la doctora Pelcari llega a una conclusión: no podía ser inhumano, pues no privaba al hombre de su voluntad. La prueba: los dos hombres que se habían fugado. Los dos YU, quienes demostraron lo indomable de su fuerza.

Joseph Campbell (2006), El héroe de las mil caras, FCE, México
Rodrigo Rey Rosa (2005), Cárcel de árboles, Cultura, Guatemala.


* Texto publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente al mes de enero.