Después de meditaciones conceptuales, numerosas Fridas; algunos aciertos y variadas frustraciones, Derivantes abrió sus volúmenes e imágenes al público que se reunió el pasado viernes 15 de octubre en la Casa de Cultura de Metepec. Esta breve nota es sólo un recordatorio: la exposición plástica, que agrupa la obra de Anamena, Luis Barrón, Fernando Cano, Raúl Arturo Díaz Sánchez, Guillermo Espinosa, Elizabeth Flores, Lesley González Cisneros, Miguel Ángel Hernández, Mauro Hernández Gaona, Rodrigo Lara, Andrés Medina, Juan Luis Rita, Helmut Ruiz, Juan Silva y Juliana Vázquez -la mayoría de los cuales aparecen, con el debido desorden, en la foto que acompaña esta entrada-, permanecerá abierta durante todo el XIX Festival Internacional Quimera 2010; es decir, hasta el 24 de octubre. No dejen pasar la oportunidad y visiten esta muestra, que realmente logra conjuntar las tendencias del arte mexiquense contemporáneo, desde la pintura de paisaje hasta la fotografía delicadamente abstracta.
17 de octubre de 2010
Nuevas perspectivas de la sensibilidad femenina en Derrumbes, de Flor Cecilia Reyes
Por Margarita Hernández Martínez
Toluca, Estado de México.- Teñida de una sensibilidad única, producto de una capacidad intelectual altamente definida y de una naturaleza generadora de profundas resonancias, la poesía escrita por mujeres emana de un aliento tan delicado como perturbador: misteriosa y reveladora, poblada de mitos y descubrimientos, ha adquirido, en décadas recientes, una relevancia imprevisible, que la ha conducido por caminos experimentales y tendencias revitalizadoras, gracias a las cuales ha superado su condición de testimonio marginal y se ha transformado en epicentro de nuevas propuestas literarias.
El Estado de México, caracterizado por la riqueza y la densidad de sus tramas artísticas, no ha permanecido ajeno a este proceso; así, ha encontrado en Flor Cecilia Reyes –oaxaqueña por nacimiento, pero mexiquense por convicción– a una de las voces más sólidas y constantes de su panorama poético. Por esta razón, el Instituto Mexiquense de Cultura se ha encargado de la reedición de Derrumbes, una reunión de poemas originalmente publicada en la colección Cuadernos de Malinalco, dirigida por Luis Mario Schneider, uno de los investigadores y ensayistas más destacados de nuestro país.
Incluido, en esta ocasión, en la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario y El Corazón y los Confines, Derrumbes se define como una trayectoria de poemas contundentes, provistos de imágenes altamente evocativas, que exploran tanto el universo interior como el mundo exterior de la autora, quien igualmente se ha desempeñado como promotora cultural, conductora y locutora. Construidos con imágenes veloces, poseedores de un lenguaje de luminosa precisión, sus textos encarnan una veta de sensibilidad femenina renovada, que va más allá de los cánones y se instala en la cálida individualidad del cuarto propio de anhelaba Virginia Wolf.
Así, Derrumbes entrelaza un aliento definitorio, propio de quien se encuentra por primera vez con el mundo –“mariposa de humo es el silencio” y “es corteza la sed”, por ejemplo–, con temas concretos, como la corrupción de la rabia; el reconocimiento del cuerpo a través de su fragmentación; el agridulce peso de la memoria y la repentina mordedura de la nostalgia. Concentrado, también, en las contradicciones que acechan a la pasión –que se traducen en metáforas de húmedo fuego y tibia intensidad–, el libro ofrece una perspectiva muy interesante alrededor de la vida, la muerte, el amor y la maternidad, en un genuino despliegue de oficio y creatividad que, asimismo, demuestra la solidez de la poesía de Flor Cecilia Reyes.
Flor Cecilia Reyes, Derrumbes, Instituto Mexiquense de Cultura (col. El Corazón y los Confines / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2010.
* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).
11 de octubre de 2010
Una invitación (para derivar entre imágenes)

Los días nos derivan entre imágenes: profundamente visuales, los seres humanos nos aventuramos entre bancos de memorias luminosas, entre invitaciones al resplandor y a la sombra, entre sonidos y texturas que nos sugiere, en primera instancia, la mirada. De ahí surgen el atractivo y la importancia de esta invitación, en la cual se solidifican los esfuerzos de un grupo de artistas tan plural como talentoso, tan abierto como propositivo. Esperamos que puedan acompañarnos el próximo viernes 15 de octubre, a las 16:00 horas, en la Casa de Cultura de Metepec, para atestiguar el primer resultado de estas desembocaduras, de belleza errante, pero certera.
Metepec, Estado de México.- En el marco del XIX Festival de Arte y Cultura Quimera 2010, un grupo de artistas locales proponen Derivantes. Panorama de la plástica mexiquense, una exposición de pintura, escultura y fotografía que se inaugurará el próximo viernes 15 de octubre, a las 16:00 horas, en la Casa de Cultura de Metepec. Conformada por la obra reciente de poco más de una docena autores con arraigo e identidad mexiquense, esta muestra se halla signada por la diversidad y la apertura, pues reúne las múltiples tendencias en las que ha desembocado la vasta herencia cultural del Estado de México; al mismo tiempo, conjuga los puntos de vista de artistas de amplia trayectoria con las perspectivas de algunos talentos emergentes.
Así, en el primer rubro, destacan las aportaciones de Anamena, Luis Barrón, Fernando Cano, Mauro Hernández Gaona, Rodrigo Lara y Juan Luis Rita –quien también funge como museógrafo y curador–; en el segundo, sobresalen Elizabeth Flores, Lesley González Cisneros y Helmut Ruiz. De la misma manera, la nómina artística de Derivantes se enriquece con las participaciones de Raúl Arturo Díaz Sánchez, Guillermo Espinosa, Miguel Ángel Hernández, Andrés Medina, Juan Silva y Juliana Vázquez. Esta pluralidad confluye en un concepto básico, que funciona como punto de partida para las concepciones estéticas aquí plasmadas: las artes contempladas como medio de representación de visiones y expresiones individuales, que constituyen el legado de sus predecesores, enriquecido con el devenir cotidiano y transfigurado en las señas identitarias de una nación.
En el caso de nuestro país y específicamente del Estado de México –en el cual se centran, justamente, las líneas de inspiración de Derivantes–, se han gestado verdaderas tendencias artísticas: estos territorios han sido un semillero de intelectuales y artistas destacados, desde la remota época prehispánica, pasando por el arte virreinal, el arte sacro y artistas decimonónicos de la talla de Felipe Santiago Gutiérrez, Luis Coto y José María Velasco, hasta llegar a nuestros iconos actuales, como Leopoldo Flores y Luis Nishizawa, entre otros. Según este horizonte, la actualidad exige presencias nuevas, que den continuidad al legado de tales maestros.
Por ello, Derivantes recrea una visión contemporánea de los valores de la plástica mexiquense, que viaja más allá del colorido folclor nacional para instalarse en la exploración del concepto, la forma, el volumen, el color, la textura y la percepción del mundo, generando propuestas de gran aliento innovador. Así, el aspecto identitario del arte mexiquense no necesariamente es un reflejo o una revisión del pasado: es también la proyección de nuestros días, como espejo de la diversidad, las variantes y las derivaciones que confluyen en esta muestra colectiva, que parte de la individualidad para conformar una sola propuesta estética, destinada a resignificarse y a compartirse en la mirada de los espectadores.
Derivantes. Panorama de la plástica mexiquense, se inaugurará el 15 de octubre, a las 16:00 horas, en la Casa de Cultura de Metepec, ubicada en Avenida Estado de México 10, Barrio de Santiaguito, en el mencionado municipio mexiquense.
En el XIX Festival de Arte y Cultura Quimera 2010
Artistas locales proponen
Artistas locales proponen
Derivantes. Panorama de la Plástica Mexiquense
Metepec, Estado de México.- En el marco del XIX Festival de Arte y Cultura Quimera 2010, un grupo de artistas locales proponen Derivantes. Panorama de la plástica mexiquense, una exposición de pintura, escultura y fotografía que se inaugurará el próximo viernes 15 de octubre, a las 16:00 horas, en la Casa de Cultura de Metepec. Conformada por la obra reciente de poco más de una docena autores con arraigo e identidad mexiquense, esta muestra se halla signada por la diversidad y la apertura, pues reúne las múltiples tendencias en las que ha desembocado la vasta herencia cultural del Estado de México; al mismo tiempo, conjuga los puntos de vista de artistas de amplia trayectoria con las perspectivas de algunos talentos emergentes.
Así, en el primer rubro, destacan las aportaciones de Anamena, Luis Barrón, Fernando Cano, Mauro Hernández Gaona, Rodrigo Lara y Juan Luis Rita –quien también funge como museógrafo y curador–; en el segundo, sobresalen Elizabeth Flores, Lesley González Cisneros y Helmut Ruiz. De la misma manera, la nómina artística de Derivantes se enriquece con las participaciones de Raúl Arturo Díaz Sánchez, Guillermo Espinosa, Miguel Ángel Hernández, Andrés Medina, Juan Silva y Juliana Vázquez. Esta pluralidad confluye en un concepto básico, que funciona como punto de partida para las concepciones estéticas aquí plasmadas: las artes contempladas como medio de representación de visiones y expresiones individuales, que constituyen el legado de sus predecesores, enriquecido con el devenir cotidiano y transfigurado en las señas identitarias de una nación.
En el caso de nuestro país y específicamente del Estado de México –en el cual se centran, justamente, las líneas de inspiración de Derivantes–, se han gestado verdaderas tendencias artísticas: estos territorios han sido un semillero de intelectuales y artistas destacados, desde la remota época prehispánica, pasando por el arte virreinal, el arte sacro y artistas decimonónicos de la talla de Felipe Santiago Gutiérrez, Luis Coto y José María Velasco, hasta llegar a nuestros iconos actuales, como Leopoldo Flores y Luis Nishizawa, entre otros. Según este horizonte, la actualidad exige presencias nuevas, que den continuidad al legado de tales maestros.
Por ello, Derivantes recrea una visión contemporánea de los valores de la plástica mexiquense, que viaja más allá del colorido folclor nacional para instalarse en la exploración del concepto, la forma, el volumen, el color, la textura y la percepción del mundo, generando propuestas de gran aliento innovador. Así, el aspecto identitario del arte mexiquense no necesariamente es un reflejo o una revisión del pasado: es también la proyección de nuestros días, como espejo de la diversidad, las variantes y las derivaciones que confluyen en esta muestra colectiva, que parte de la individualidad para conformar una sola propuesta estética, destinada a resignificarse y a compartirse en la mirada de los espectadores.
Derivantes. Panorama de la plástica mexiquense, se inaugurará el 15 de octubre, a las 16:00 horas, en la Casa de Cultura de Metepec, ubicada en Avenida Estado de México 10, Barrio de Santiaguito, en el mencionado municipio mexiquense.
4 de octubre de 2010
La poesía de Miguel Hernández: un centenario en España

Por Margarita Hernández Martínez
Las palabras se desgranan con sugerente rapidez –“llegó con tres heridas”–; luego, se vuelven entre versos de imprevista claridad –“la del amor, / la de la muerte, / la de la vida”–. La carencia de adornos, sumada a la delicada desnudez de sus reiteraciones –“la de la vida, / la del amor, / la de la muerte”; “la de la vida, la de la muerte, la del amor”–, demuestran que la poesía proviene de un aliento elemental, de un instinto por reconciliar la trepidante fugacidad de la existencia con el anhelo de permanencia natural a la escritura. Por ello, un poema así –extraído de Cancionero y romancero de ausencias, el último libro de Miguel Hernández (Orihuela, 1910 - Alicante, 1942)–, surgido en una época tan difícil y contradictoria como la Guerra Civil Española, no se comprende ni se olvida fácilmente.
A cien años de distancia, la Fundación Cultural Miguel Hernández, el Ayuntamiento de Orihuela y otros organismos, entre ellos la Generalitat Valenciana, recuerdan el nacimiento de este renovador del lenguaje con una celebración nacional que incluye más de quinientas actividades y que, por momentos, hace palidecer a los festejos mexicanos asociados con el Bicentenario de la Independencia.
Si bien algunas de ellas resultan extravagantes –el director de la citada fundación, Juan José Sánchez Balaguer, anunció la contratación de Celestis, una empresa estadounidense que llevará una cápsula con los versos de Hernández a la superficie lunar–, el programa comprende asuntos tan diversos como la realización de un congreso internacional de literatura, un foro de música nacional y un festival de cine, además de conciertos, obras teatrales, exposiciones plásticas y la convocatoria para el III Premio de Poesía Infantil, considerado el de mayor dotación económica en su categoría en España. Del mismo modo, aspira a llegar a más de 5 mil bibliotecas públicas, a través de la distribución de nuevos materiales de divulgación académica.
Por otro lado, la vertiente masiva y popular de este homenaje se relaciona, de forma inevitable, con Joan Manuel Serrat (Barcelona, 1943). En 1972, la poesía de Hernández volvió a los rumorosos labios de la gente gracias a la guitarra de este compositor catalán, quien musicalizó un puñado de textos hondamente afincados en el mundo personal de este autor. Sin embargo, en esta ocasión, se ha decantado por trece piezas de alientos contrastantes, desde Palmera levantina –un poema de juventud más cercano a la pirotecnia verbal que a la emoción contenida– hasta fragmentos de obras teatrales, entrelazados con Hijo de la luz y de la sombra. Este tríptico, más allá de dar nombre al disco, encarna los veneros centrales del conjunto de su obra: el amor como una efímera potencia primitiva, que viaja del ansia por la posesión física hacia la comunión espiritual; la vida como una oposición entre el acechante impulso animal y la súbita calidez de la intimidad; la muerte como una interminable sucesión cósmica, una pausa en el estremecedor flujo del universo.
Así, animada por un enfoque plural, multidisciplinario y –a la vez– definitorio, esta celebración parece inspirarse en los comentarios de José Carlos Rovira, catedrático de literatura hispanoamericana que, de la misma manera, se ha especializado en la poesía de este escritor. Desde sus perspectiva, el creador de Imagen de tu huella se yergue como “un artista universal y necesario”, capaz de concentrar los acontecimientos históricos de su tiempo con un espíritu profundamente estético.
En efecto –y en más de un sentido–, sus poemas superan las barreras temporales y extienden sus raíces hacia la posteridad. En el plano estilístico, se trasladan de la escasa educación formal hasta la transformación lingüística; es decir, de la vida rural y la creatividad mimética hasta el aterrizaje de las vanguardias, pasando por un arduo periodo de claroscuros con el clasicismo español, desde san Juan de la Cruz (Fontiveros, 1542 - Úbeda, 1591) hasta Lope de Vega (Madrid, 1562 - 1635). En el camino –forjado en los mismos pasos que Pablo Neruda (Parral, 1904 - Santiago de Chile, 1973) y Vicente Aleixandre (Sevilla, 1898 - Madrid, 1984)–, sus palabras ganan serenidad y transparencia; de este modo, se acercan a la terrible belleza de lo sagrado, expresada en la densidad rítmica de conceptos firmes y absolutos.
Por ello, en el ámbito temático, los versos emigran de la explosiva naturaleza levantina, figurada en árboles, plantas y animales, hasta la oscura familiaridad de los propios sentimientos, simbolizada en la casa, los hijos y el vientre luminoso de la esposa. Como resultado, las páginas de Hernández ofrecen un canto épico que se desarrolla entre la abundancia verbal y la sobriedad discursiva; entre la apariencia exterior y la vivencia interior; entre el viento impetuoso y la cárcel opresiva. En consecuencia, a pesar de su arraigo en un conflicto determinado –que, en apariencia, podría resultarnos ajeno–, consigue propagarse con extraordinaria sencillez por los vaivenes de la condición humana.
Por estas razones, pese a las distancias geográficas –y, por tanto, de la improbabilidad general para asistir a esta variada suma de actividades–, este centenario constituye una magnífica oportunidad para valorar una obra que decanta las transiciones entre el arte –y el estado del mundo– del siglo XIX y las metamorfosis del siglo XX, que ahonda tanto en las crisis existenciales derivadas de la guerra como en el infinito espectro de la identidad humana. Paralelamente, establece contrastes entre la experiencia cultural española –y, por extensión, europea– y el tratamiento que reciben los poetas mexicanos –y, por reducción, mexiquenses– en la memoria colectiva.
Aun en los casos más populares, como el de Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, 1926 - Ciudad de México, 1999), los escritores mexicanos pasan por nuestra vida cotidiana como por el aire. En la mayor parte de las ocasiones –y a confesión abierta–, los poetas destinan su escritura a la propia comunidad artística, lo cual reduce sus posibilidades para generar nuevos significados y, sobre todo, para producir un vínculo permanente con el público. Así, una celebración similar a la destinada a Miguel Hernández, pero centrada en la vigencia de las aportaciones de Octavio Paz (Ciudad de México, 1914 - 1998) o de Rosario Castellanos (Ciudad de México, 1925 - Tel Aviv, 1974), resulta simplemente difícil de imaginar, no sólo por la diversidad de ópticas que es necesario reconciliar, sino por los obstáculos implicados en cualquier esfuerzo de coordinación civil e interinstitucional. Ante este panorama, queda, al menos por el momento, volver con el espíritu despierto –y propositivo– al ancho río de la lectura, auténtico cauce de independencia intelectual.
* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a octubre de 2010.
Las palabras se desgranan con sugerente rapidez –“llegó con tres heridas”–; luego, se vuelven entre versos de imprevista claridad –“la del amor, / la de la muerte, / la de la vida”–. La carencia de adornos, sumada a la delicada desnudez de sus reiteraciones –“la de la vida, / la del amor, / la de la muerte”; “la de la vida, la de la muerte, la del amor”–, demuestran que la poesía proviene de un aliento elemental, de un instinto por reconciliar la trepidante fugacidad de la existencia con el anhelo de permanencia natural a la escritura. Por ello, un poema así –extraído de Cancionero y romancero de ausencias, el último libro de Miguel Hernández (Orihuela, 1910 - Alicante, 1942)–, surgido en una época tan difícil y contradictoria como la Guerra Civil Española, no se comprende ni se olvida fácilmente.
A cien años de distancia, la Fundación Cultural Miguel Hernández, el Ayuntamiento de Orihuela y otros organismos, entre ellos la Generalitat Valenciana, recuerdan el nacimiento de este renovador del lenguaje con una celebración nacional que incluye más de quinientas actividades y que, por momentos, hace palidecer a los festejos mexicanos asociados con el Bicentenario de la Independencia.
Si bien algunas de ellas resultan extravagantes –el director de la citada fundación, Juan José Sánchez Balaguer, anunció la contratación de Celestis, una empresa estadounidense que llevará una cápsula con los versos de Hernández a la superficie lunar–, el programa comprende asuntos tan diversos como la realización de un congreso internacional de literatura, un foro de música nacional y un festival de cine, además de conciertos, obras teatrales, exposiciones plásticas y la convocatoria para el III Premio de Poesía Infantil, considerado el de mayor dotación económica en su categoría en España. Del mismo modo, aspira a llegar a más de 5 mil bibliotecas públicas, a través de la distribución de nuevos materiales de divulgación académica.
Por otro lado, la vertiente masiva y popular de este homenaje se relaciona, de forma inevitable, con Joan Manuel Serrat (Barcelona, 1943). En 1972, la poesía de Hernández volvió a los rumorosos labios de la gente gracias a la guitarra de este compositor catalán, quien musicalizó un puñado de textos hondamente afincados en el mundo personal de este autor. Sin embargo, en esta ocasión, se ha decantado por trece piezas de alientos contrastantes, desde Palmera levantina –un poema de juventud más cercano a la pirotecnia verbal que a la emoción contenida– hasta fragmentos de obras teatrales, entrelazados con Hijo de la luz y de la sombra. Este tríptico, más allá de dar nombre al disco, encarna los veneros centrales del conjunto de su obra: el amor como una efímera potencia primitiva, que viaja del ansia por la posesión física hacia la comunión espiritual; la vida como una oposición entre el acechante impulso animal y la súbita calidez de la intimidad; la muerte como una interminable sucesión cósmica, una pausa en el estremecedor flujo del universo.
Así, animada por un enfoque plural, multidisciplinario y –a la vez– definitorio, esta celebración parece inspirarse en los comentarios de José Carlos Rovira, catedrático de literatura hispanoamericana que, de la misma manera, se ha especializado en la poesía de este escritor. Desde sus perspectiva, el creador de Imagen de tu huella se yergue como “un artista universal y necesario”, capaz de concentrar los acontecimientos históricos de su tiempo con un espíritu profundamente estético.
En efecto –y en más de un sentido–, sus poemas superan las barreras temporales y extienden sus raíces hacia la posteridad. En el plano estilístico, se trasladan de la escasa educación formal hasta la transformación lingüística; es decir, de la vida rural y la creatividad mimética hasta el aterrizaje de las vanguardias, pasando por un arduo periodo de claroscuros con el clasicismo español, desde san Juan de la Cruz (Fontiveros, 1542 - Úbeda, 1591) hasta Lope de Vega (Madrid, 1562 - 1635). En el camino –forjado en los mismos pasos que Pablo Neruda (Parral, 1904 - Santiago de Chile, 1973) y Vicente Aleixandre (Sevilla, 1898 - Madrid, 1984)–, sus palabras ganan serenidad y transparencia; de este modo, se acercan a la terrible belleza de lo sagrado, expresada en la densidad rítmica de conceptos firmes y absolutos.
Por ello, en el ámbito temático, los versos emigran de la explosiva naturaleza levantina, figurada en árboles, plantas y animales, hasta la oscura familiaridad de los propios sentimientos, simbolizada en la casa, los hijos y el vientre luminoso de la esposa. Como resultado, las páginas de Hernández ofrecen un canto épico que se desarrolla entre la abundancia verbal y la sobriedad discursiva; entre la apariencia exterior y la vivencia interior; entre el viento impetuoso y la cárcel opresiva. En consecuencia, a pesar de su arraigo en un conflicto determinado –que, en apariencia, podría resultarnos ajeno–, consigue propagarse con extraordinaria sencillez por los vaivenes de la condición humana.
Por estas razones, pese a las distancias geográficas –y, por tanto, de la improbabilidad general para asistir a esta variada suma de actividades–, este centenario constituye una magnífica oportunidad para valorar una obra que decanta las transiciones entre el arte –y el estado del mundo– del siglo XIX y las metamorfosis del siglo XX, que ahonda tanto en las crisis existenciales derivadas de la guerra como en el infinito espectro de la identidad humana. Paralelamente, establece contrastes entre la experiencia cultural española –y, por extensión, europea– y el tratamiento que reciben los poetas mexicanos –y, por reducción, mexiquenses– en la memoria colectiva.
Aun en los casos más populares, como el de Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, 1926 - Ciudad de México, 1999), los escritores mexicanos pasan por nuestra vida cotidiana como por el aire. En la mayor parte de las ocasiones –y a confesión abierta–, los poetas destinan su escritura a la propia comunidad artística, lo cual reduce sus posibilidades para generar nuevos significados y, sobre todo, para producir un vínculo permanente con el público. Así, una celebración similar a la destinada a Miguel Hernández, pero centrada en la vigencia de las aportaciones de Octavio Paz (Ciudad de México, 1914 - 1998) o de Rosario Castellanos (Ciudad de México, 1925 - Tel Aviv, 1974), resulta simplemente difícil de imaginar, no sólo por la diversidad de ópticas que es necesario reconciliar, sino por los obstáculos implicados en cualquier esfuerzo de coordinación civil e interinstitucional. Ante este panorama, queda, al menos por el momento, volver con el espíritu despierto –y propositivo– al ancho río de la lectura, auténtico cauce de independencia intelectual.
* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a octubre de 2010.
25 de septiembre de 2010
Inquietudes contemporáneas en Semillas en espera, de Augusto Isla

Por Margarita Hernández Martínez
Toluca, Estado de México.- Temas provocadores, minuciosas interrogantes y alentadores asombros se conjugan en la obra de Augusto Isla, uno de los escritores mexicanos más lúcidos de la escena literaria de nuestros días. Con un lenguaje ágil, determinado por la brevedad y la profundidad, este autor recurre a todo tipo de detonadores para emprender una aguda reflexión alrededor de las múltiples aristas que configuran nuestra vida, desde el arte hasta política. Así, en Semillas en espera, un volumen publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura, reúne treinta y un textos de diferentes procedencias, a través de los cuales se detiene a examinar las luces y las sombras de la existencia humana.
Incluido en la colección Cruce de Milenios, esta colección de artículos y ensayos –de largo aliento y, sin embargo, modestas ambiciones– reúne visiones y convicciones que abarcan desde 1997 hasta 2005, en publicaciones periódicas como Castálida, La Colmena, Portal y La Jornada Semanal. Aunque, a decir del autor, estos textos han pasado por un riguroso proceso de selección y corrección, conservan la frescura de sus circunstancias, vinculadas con lecturas de sucesos concretos: un libro, un comentario de un personaje público, una charla entre amigos, un recuerdo o un hecho histórico parcialmente olvidado estimulan la imaginación de Augusto Isla, quien, entonces, emprende “pequeñas cacerías, juegos de feria con dardos que apuntan a objetos móviles e inciertos”.
De este modo, contemplado como “amasijo de dudas” o “augurio de claridades”, Semillas en espera se estructura alrededor de un punto de vista moral; no obstante, éste se matiza “no en el sentido de alguien que predica valores podridos, sino de quien observa actitudes individuales o colectivas, reveladoras de ambiciones, crueldades, intolerancias y miserias humanas; pero también de afanes, devociones y promesas”. Conjurados por la indiscutible energía de la escritura, estos atisbos de la “pirotecnia cotidiana”, cuyas intensidades dan para “una indagación de toda la vida”, invitan más al debate abierto que a la coincidencia ciega; a la discusión antes que a la condescendencia.
Para ello, concentra su atención en líneas temáticas esencialmente polémicas: el SIDA, el sistema político mexicano, las fallas de los medios de comunicación, el sueño americano, las posibilidades de la civilización posmoderna, la creación literaria y las transformaciones de los espacios urbanos se entrelazan para sugerir un paseo por numerosas inquietudes contemporáneas, de la mano de un intelectual tan preciso como inconforme, dispuesto a penetrar en los laberintos de la argumentación para extraer nuevas preguntas, apenas huellas de conclusiones. Sin duda, una lectura nutritiva, que cautivará la mirada del lector a través del movimiento de la inteligencia.
Augusto Isla, Semillas en espera, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Cruce de Milenios), Toluca, 2005, 207 pp.
* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).
Toluca, Estado de México.- Temas provocadores, minuciosas interrogantes y alentadores asombros se conjugan en la obra de Augusto Isla, uno de los escritores mexicanos más lúcidos de la escena literaria de nuestros días. Con un lenguaje ágil, determinado por la brevedad y la profundidad, este autor recurre a todo tipo de detonadores para emprender una aguda reflexión alrededor de las múltiples aristas que configuran nuestra vida, desde el arte hasta política. Así, en Semillas en espera, un volumen publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura, reúne treinta y un textos de diferentes procedencias, a través de los cuales se detiene a examinar las luces y las sombras de la existencia humana.
Incluido en la colección Cruce de Milenios, esta colección de artículos y ensayos –de largo aliento y, sin embargo, modestas ambiciones– reúne visiones y convicciones que abarcan desde 1997 hasta 2005, en publicaciones periódicas como Castálida, La Colmena, Portal y La Jornada Semanal. Aunque, a decir del autor, estos textos han pasado por un riguroso proceso de selección y corrección, conservan la frescura de sus circunstancias, vinculadas con lecturas de sucesos concretos: un libro, un comentario de un personaje público, una charla entre amigos, un recuerdo o un hecho histórico parcialmente olvidado estimulan la imaginación de Augusto Isla, quien, entonces, emprende “pequeñas cacerías, juegos de feria con dardos que apuntan a objetos móviles e inciertos”.
De este modo, contemplado como “amasijo de dudas” o “augurio de claridades”, Semillas en espera se estructura alrededor de un punto de vista moral; no obstante, éste se matiza “no en el sentido de alguien que predica valores podridos, sino de quien observa actitudes individuales o colectivas, reveladoras de ambiciones, crueldades, intolerancias y miserias humanas; pero también de afanes, devociones y promesas”. Conjurados por la indiscutible energía de la escritura, estos atisbos de la “pirotecnia cotidiana”, cuyas intensidades dan para “una indagación de toda la vida”, invitan más al debate abierto que a la coincidencia ciega; a la discusión antes que a la condescendencia.
Para ello, concentra su atención en líneas temáticas esencialmente polémicas: el SIDA, el sistema político mexicano, las fallas de los medios de comunicación, el sueño americano, las posibilidades de la civilización posmoderna, la creación literaria y las transformaciones de los espacios urbanos se entrelazan para sugerir un paseo por numerosas inquietudes contemporáneas, de la mano de un intelectual tan preciso como inconforme, dispuesto a penetrar en los laberintos de la argumentación para extraer nuevas preguntas, apenas huellas de conclusiones. Sin duda, una lectura nutritiva, que cautivará la mirada del lector a través del movimiento de la inteligencia.
Augusto Isla, Semillas en espera, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Cruce de Milenios), Toluca, 2005, 207 pp.
* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).
21 de septiembre de 2010
Redescubrimientos urbanos en Tras las huellas del arquitecto Carlos s. Hall, de Sonia Palacios Díaz

Por Margarita Hernández Martínez
Toluca, Estado de México.- Caminar por una ciudad implica adentrarse en su identidad, en su manera particular de organizar el tiempo y el espacio, en su forma de evocar tanto la historia como el presente, en su modo de concebirse, más allá de la intervención de sus habitantes en un momento determinado. Por ello, la arquitectura desempeña un papel importante, pues no se limita a la construcción de un elemento específico –una catedral, un museo, una casa o un edificio de departamentos–, sino que involucra el desarrollo integral de los espacios urbanos.
Paralelamente, la arquitectura se encuentra signada por su doble propósito: por un lado, convierte una necesidad –la de resguardar a los seres humanos y a sus creaciones de las condiciones climáticas– en una expresión artística, en la cual una concepción estética de la luz, la sombra, la altura y el volumen convive con un conjunto de piezas ornamentales. Por otra parte, éstas se enfocan a un aspecto esencialmente funcional, que se traslada desde establecer un hogar hasta ejercer una profesión de fe; desde organizar el Estado hasta disfrutar del tiempo libre. Así, la ciudad depende de la configuración de sus edificios; por ello, no sorprende constatar el vínculo que existe entre la una y los otros, tampoco entre el nombre de un espacio urbano y el de sus arquitectos.
Con estos enfoques, Sonia Palacios Díaz presenta Tras las huellas del arquitecto Carlos S. Hall. La casa Díaz Gómez Tagle en la ciudad de Toluca, un volumen de investigación publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluido en la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. A través de una perspectiva gráfica, documental y bibliográfica, enriquecida con testimonios orales, la autora –quien también es especialista en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México– despliega el estudio transdisciplinario de un espacio que forma parte de una historia social, pues representa el pasado y sus opciones de continuidad, desde la rememoración del estilo de vida de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX hasta la adecuación del inmueble a las necesidades contemporáneas.
Para ello, centra su atención en una hermosa casona ubicada en José Vicente Villada 308, cuya construcción corrió a cargo de uno de los arquitectos más importantes de nuestro país. De ascendencia inglesa, Carlos S. Hall interpretó las necesidades de los usuarios para crear formas habitables y construcciones de valor, que aún se encuentran presentes en diversos estados de la República Mexicana, sea en el Palacio de Gobierno de Puebla, estaciones de ferrocarril y fachadas de residencias.
En este caso, el edificio posee características muy particulares, que permiten identificar las diferentes etapas constructivas que se desarrollaron en una época altamente influida por el estilo francés. Al mismo tiempo, el libro aspira a adentrar a sus lectores en la vida privada del Porfiriato, oscilante entre el refinamiento y la miseria. De este modo, se detiene en un amplio contexto urbanístico de Toluca y la existencia provinciana; de sus transformaciones socioeconómicas y sus repercusiones en la ciudad moderna.
Profusamente ilustrado con fotografías de la época, Tras las huellas del arquitecto Carlos S. Hall consigue, entonces, un objetivo doble: mientras se esfuerza por recrear un periodo histórico, plantea la necesaria revaloración de los inmuebles que han sobrevivido al paso del tiempo. En último término, invita a sus lectores a respetar obras arquitectónicas, como encarnación de la identidad de los espacios urbanos y sus habitantes.
Sonia Palacios Díaz, Tras las huellas del arquitecto Carlos S. Hall. La casa Díaz Gómez Tagle en la ciudad de Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Documentos y Testimonios / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca.
* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).
Toluca, Estado de México.- Caminar por una ciudad implica adentrarse en su identidad, en su manera particular de organizar el tiempo y el espacio, en su forma de evocar tanto la historia como el presente, en su modo de concebirse, más allá de la intervención de sus habitantes en un momento determinado. Por ello, la arquitectura desempeña un papel importante, pues no se limita a la construcción de un elemento específico –una catedral, un museo, una casa o un edificio de departamentos–, sino que involucra el desarrollo integral de los espacios urbanos.
Paralelamente, la arquitectura se encuentra signada por su doble propósito: por un lado, convierte una necesidad –la de resguardar a los seres humanos y a sus creaciones de las condiciones climáticas– en una expresión artística, en la cual una concepción estética de la luz, la sombra, la altura y el volumen convive con un conjunto de piezas ornamentales. Por otra parte, éstas se enfocan a un aspecto esencialmente funcional, que se traslada desde establecer un hogar hasta ejercer una profesión de fe; desde organizar el Estado hasta disfrutar del tiempo libre. Así, la ciudad depende de la configuración de sus edificios; por ello, no sorprende constatar el vínculo que existe entre la una y los otros, tampoco entre el nombre de un espacio urbano y el de sus arquitectos.
Con estos enfoques, Sonia Palacios Díaz presenta Tras las huellas del arquitecto Carlos S. Hall. La casa Díaz Gómez Tagle en la ciudad de Toluca, un volumen de investigación publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluido en la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. A través de una perspectiva gráfica, documental y bibliográfica, enriquecida con testimonios orales, la autora –quien también es especialista en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México– despliega el estudio transdisciplinario de un espacio que forma parte de una historia social, pues representa el pasado y sus opciones de continuidad, desde la rememoración del estilo de vida de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX hasta la adecuación del inmueble a las necesidades contemporáneas.
Para ello, centra su atención en una hermosa casona ubicada en José Vicente Villada 308, cuya construcción corrió a cargo de uno de los arquitectos más importantes de nuestro país. De ascendencia inglesa, Carlos S. Hall interpretó las necesidades de los usuarios para crear formas habitables y construcciones de valor, que aún se encuentran presentes en diversos estados de la República Mexicana, sea en el Palacio de Gobierno de Puebla, estaciones de ferrocarril y fachadas de residencias.
En este caso, el edificio posee características muy particulares, que permiten identificar las diferentes etapas constructivas que se desarrollaron en una época altamente influida por el estilo francés. Al mismo tiempo, el libro aspira a adentrar a sus lectores en la vida privada del Porfiriato, oscilante entre el refinamiento y la miseria. De este modo, se detiene en un amplio contexto urbanístico de Toluca y la existencia provinciana; de sus transformaciones socioeconómicas y sus repercusiones en la ciudad moderna.
Profusamente ilustrado con fotografías de la época, Tras las huellas del arquitecto Carlos S. Hall consigue, entonces, un objetivo doble: mientras se esfuerza por recrear un periodo histórico, plantea la necesaria revaloración de los inmuebles que han sobrevivido al paso del tiempo. En último término, invita a sus lectores a respetar obras arquitectónicas, como encarnación de la identidad de los espacios urbanos y sus habitantes.
Sonia Palacios Díaz, Tras las huellas del arquitecto Carlos S. Hall. La casa Díaz Gómez Tagle en la ciudad de Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Documentos y Testimonios / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca.
* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).
19 de septiembre de 2010
Un viaje por la tradición literaria latinoamericana en El dictador latinoamericano en la narrativa, de Luis Ernesto Pi Orozco

Por Margarita Hernández Martínez
Toluca, Estado de México.- A semejanza de toda entidad artística, más allá de su origen y de la evolución de sus propuestas, la tradición literaria latinoamericana se sostiene en un conjunto de arquetipos que incesantemente se transforman. Entre ellos, destacan la noción del buen salvaje, las contradicciones entre civilización y barbarie y las tensiones entre las culturas prehispánicas y la herencia española. Éstos han desembocado en derroteros ricos y diversos, como la discusión entre la historia oficial y los auténticos acontecimientos, de la cual surge, a su vez, la figura de dictadores que, anclados en la naturaleza contrastante del poder, ensombrecen la realidad cotidiana de poblaciones atemorizadas y oprimidas.
En estas fuentes abreva El dictador latinoamericano en la narrativa, un ensayo de Luis Ernesto Pi Orozco que profundiza en la presencia de estos personajes, en un espectro de piezas literarias que van desde los aspectos fundacionales de El matadero, de Esteban Echeverría, hasta su interpretación contemporánea en La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. En este amplio trayecto, que abarca varias décadas y tendencias, también desmenuza los rasgos centrales de Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán; Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos; El recurso del método, de Alejo Carpentier; El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez; El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, y Maten al león, de Jorge Ibargüengoitia.
Publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura, este libro –incluido en Raíz del Hombre y la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario– distribuye sus contenidos en dos apartados, los cuales configuran un marco referencial alrededor de una especie de saga que traspasa las fronteras espaciales y temporales para explorar el tema del poder personal y sus vínculos con la sociedad, la política, la economía, la cultura y la mitología nacional que, de manera inevitable, asciende desde la historia oficial. Así, también sondea en la recuperación de la memoria histórica a través de la creación artística, la cual confluye en una consideración particular de la identidad latinoamericana.
De este modo, el autor –quien es especialista en literatura hispanoamericana por la Universidad Nacional Autónoma de México– ofrece dos vías para comprender este vasto cuerpo de narraciones: como una posibilidad de síntesis histórica, particularmente en la recreación y la reinterpretación de los regímenes dictatoriales que han asolado a América Latina, y como obra artística de confluencia regional, puesto que ha determinado fórmulas estilísticas persistentes, vinculadas a la condición esencial el lenguaje: lo que es posible decir y lo que no, lo que es necesario metaforizar para poner al alcance de los ojos de los lectores.
En último término, El dictador latinoamericano en la narrativa despliega una perspectiva muy interesante alrededor de la cohesión de este tipo de textos en diferentes regiones del continente y, al mismo tiempo, invita a reflexionar alrededor de la absurda pretensión del poder absoluto. Con un lenguaje sencillo, pleno de ejemplos y matices, constituye también una excelente puerta de entrada a obras fundamentales de la literatura en nuestro idioma, más allá de la época contemporánea.
Luis Ernesto Pi Orozco, El dictador latinoamericano en la narrativa, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Raíz del Hombre / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2009, 248 pp.
* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).
17 de septiembre de 2010
La conquista de nuevas libertades en Letras de madera. Sultepec y el periodismo insurgente, de Gerardo Lara González
Por Margarita Hernández Martínez
Toluca, Estado de México.- Pese a las difíciles circunstancias actuales, resulta imposible imaginar un mundo contemporáneo sin libertad de expresión ni su encarnación cotidiana, el periodismo. No obstante, varios siglos atrás, la información se filtraba en una angustiosa censura, sujeta a los intereses de los gobernantes en turno. Las complejidades técnicas que entraña la elaboración de un periódico, sumadas a la persecución y al clandestinaje, contribuyeron a ensombrecer un panorama que, gracias al esfuerzo de personalidades como José María Cos, fue ganando la luz.
Fragmentos de esta historia se conjugan en Letras de madera. Sultepec y el periodismo insurgente, un volumen de Gerardo Lara González publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura. Incluido en las colecciones Documentos y Testimonios y Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, se detiene, desde la generalidad de la historia de México y el periodismo nacional, en tres vestigios impresos que colaboraron con la construcción de nuestro país. Así, resume los pasos de una gesta profesional y humanística, que consiguió plasmarse en El Ilustrador Nacional, El Despertador Americano y, finalmente, en El Semanario Patriótico Americano.
Estas publicaciones –impresas, parcial o totalmente, en Sultepec, localizado en el sur del Estado de México– representan tres momentos cruciales en la transición de un periodismo controlador a una tentativa concreta por la libertad de expresión. Con un lenguaje directo y una exposición certera de los hechos, el autor –quien también ha trabajado como reportero y coordinador de prensa en diversas empresas de la iniciativa privada– se interna en ellos para confirmar una frase de Saint-Charles: “los periódicos son los mejores instrumentos de la historia de una época”, pues, contemplados desde una perspectiva que entrelaza el pasado con el presente, “son los oráculos de la Sibila escritos en hoja de encina”.
Para reforzar la importancia de este periodo, el libro reproduce algunas notas informativas, las cuales se enriquecen con el contexto en que se desarrollaron. De esta manera, explica que El Despertador Americano, primer periódico esencialmente insurgente, se consagró a atraer adeptos a la causa libertaria, a través de la difusión de los objetivos de la lucha por la Independencia. Su aliento renovador contrastaba de forma muy llamativa con los pocos periódicos coloniales, regidos por la censura y la contradicción; asimismo, su elaboración posee un trasfondo conmovedor, pues era facturada en una imprenta de tipos de madera entintados con añil, hecha a mano por José María Cos.
Posteriormente, la prensa dio un vuelco con El Ilustrador Americano, tendiente a legitimar la causa independentista. Con un equipo más moderno, esta vez ubicado en Tlalpujahua, consiguió editar veintiséis números. Su herencia ideológica se propagó por las páginas de El Semanario Patriótico Americano, que, en sus veintisiete ediciones, sentó las bases de un periodismo tan crítico como propagandístico, naturalmente combativo. Y, de este modo, también transmitió una idea de nuestra nación que, desde entonces, no ha dejado de cambiar. Así, este libro se constituye como una lectura obligada para aquellos que valoran nuestras libertades actuales y desean internarse en las revoluciones paralelas que trajo la Independencia.
Gerardo Lara González, Letras de madera. Sultepec y el periodismo insurgente, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Documentos y Testimonios / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2009, 148 pp.
* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).
Toluca, Estado de México.- Pese a las difíciles circunstancias actuales, resulta imposible imaginar un mundo contemporáneo sin libertad de expresión ni su encarnación cotidiana, el periodismo. No obstante, varios siglos atrás, la información se filtraba en una angustiosa censura, sujeta a los intereses de los gobernantes en turno. Las complejidades técnicas que entraña la elaboración de un periódico, sumadas a la persecución y al clandestinaje, contribuyeron a ensombrecer un panorama que, gracias al esfuerzo de personalidades como José María Cos, fue ganando la luz.
Fragmentos de esta historia se conjugan en Letras de madera. Sultepec y el periodismo insurgente, un volumen de Gerardo Lara González publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura. Incluido en las colecciones Documentos y Testimonios y Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, se detiene, desde la generalidad de la historia de México y el periodismo nacional, en tres vestigios impresos que colaboraron con la construcción de nuestro país. Así, resume los pasos de una gesta profesional y humanística, que consiguió plasmarse en El Ilustrador Nacional, El Despertador Americano y, finalmente, en El Semanario Patriótico Americano.
Estas publicaciones –impresas, parcial o totalmente, en Sultepec, localizado en el sur del Estado de México– representan tres momentos cruciales en la transición de un periodismo controlador a una tentativa concreta por la libertad de expresión. Con un lenguaje directo y una exposición certera de los hechos, el autor –quien también ha trabajado como reportero y coordinador de prensa en diversas empresas de la iniciativa privada– se interna en ellos para confirmar una frase de Saint-Charles: “los periódicos son los mejores instrumentos de la historia de una época”, pues, contemplados desde una perspectiva que entrelaza el pasado con el presente, “son los oráculos de la Sibila escritos en hoja de encina”.
Para reforzar la importancia de este periodo, el libro reproduce algunas notas informativas, las cuales se enriquecen con el contexto en que se desarrollaron. De esta manera, explica que El Despertador Americano, primer periódico esencialmente insurgente, se consagró a atraer adeptos a la causa libertaria, a través de la difusión de los objetivos de la lucha por la Independencia. Su aliento renovador contrastaba de forma muy llamativa con los pocos periódicos coloniales, regidos por la censura y la contradicción; asimismo, su elaboración posee un trasfondo conmovedor, pues era facturada en una imprenta de tipos de madera entintados con añil, hecha a mano por José María Cos.
Posteriormente, la prensa dio un vuelco con El Ilustrador Americano, tendiente a legitimar la causa independentista. Con un equipo más moderno, esta vez ubicado en Tlalpujahua, consiguió editar veintiséis números. Su herencia ideológica se propagó por las páginas de El Semanario Patriótico Americano, que, en sus veintisiete ediciones, sentó las bases de un periodismo tan crítico como propagandístico, naturalmente combativo. Y, de este modo, también transmitió una idea de nuestra nación que, desde entonces, no ha dejado de cambiar. Así, este libro se constituye como una lectura obligada para aquellos que valoran nuestras libertades actuales y desean internarse en las revoluciones paralelas que trajo la Independencia.
Gerardo Lara González, Letras de madera. Sultepec y el periodismo insurgente, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Documentos y Testimonios / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2009, 148 pp.
* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).
7 de septiembre de 2010
La dispersión de la ceniza: la destrucción arquitectónica de Toluca

Por Margarita Hernández Martínez
Desde los melancólicos versos de Enrique Carniado –“tacita de plata con olor a sacristía”– hasta las dolorosas imprecaciones de Alonso Guzmán –“ciudad levadiza, huidiza, guanga como el pabilo de una vela derretida”–, Toluca ha experimentado más de una transformación. Sin embargo, este proceso –parcialmente capturado en el dinamismo de sus tradiciones literarias– no se ha verificado en una dirección positiva: generación tras generación, los transeúntes atestiguamos la destrucción de una rica herencia arquitectónica y cultural, acosada por la ignorancia y la indiferencia; la desmemoria y la estandarización.
Si bien el desarrollo industrial ha convertido a esta zona en una de las más activas y populosas del centro del país, con una contribución determinante a la vida económica nacional, también la ha despojado gradualmente de sus posibles fuentes de identidad e, incluso, de sus potenciales atractivos turísticos. Como resultado, la capital del Estado de México se erige apenas como un pueblo de futuros fantasmas, un cúmulo de cenizas impulsadas por un aire incierto. Basta emprender una breve caminata por Sebastián Lerdo de Tejada, entre Nicolás Bravo y Andrés Quintana Roo, para advertir una gran cantidad de inmuebles abandonados, en diferentes estados de descomposición y diversas vertientes del anonimato: casonas de las que sólo subsiste la fachada, naves probablemente industriales invadidas por la humedad y la maleza, paredes desmoronadas que ya no pueden preservar ni instantáneas históricas ni intimidades cotidianas. Éstas contrastan con otros espacios icónicos todavía conservados –a pesar de modificaciones, a veces, inexplicables e inaceptables–, como los Portales, las secciones antiguas del Centro Cultural Mexiquense y los actuales museos de Numismática, de la Acuarela, de Bellas Artes, José María Velasco, Luis Nishizawa y Felipe Santiago Gutiérrez, resguardados por el Instituto Mexiquense de Cultura.
No obstante, más que consignar un fenómeno de pérdida en progreso, este recuento debería impulsar una reflexión alrededor de las causas de la progresiva desaparición de los edificios de Toluca. Éstas se apuntalan en algunas observaciones de Alejandro Rossi, vertidas en su ecléctico e iluminador Manual del distraído: “un mal poema implica un mal poeta y un relato defectuoso supone un escritor inhábil. Una ciudad deshecha remite, por el contrario, a múltiples autores: arquitectos avaros, funcionarios complacientes, especuladores, ciudadanos sumisos y fraccionadores disfrazados de urbanistas. Personajes activos, termitas infatigables que trabajan y roen desde hace años”. El aspecto actual de Toluca, entonces, obedece a una asociación de factores que lo mismo incluye la sucesión de autoridades estatales y municipales que los pobladores de la ciudad, quienes se acostumbran a pasear entre los escombros con una actitud evasiva, oscilante entre la duda y la irreflexión.
De esta manera, los elementos involucrados sostienen una relación tensa que, pese a todo, no es posible calificar como estática. Su impacto intelectual más directo y asequible radica en la literatura local, que se ha entrelazado, de forma abierta o tangencial, con las conversiones de esta urbe indecisa. Desde la demolición de la casa de Enrique Carniado –que, controversias aparte, terminó funcionando como un estacionamiento más, adornado con una placa conmemorativa– hasta las crónicas noveladas que aparecen en Camada maldita, de Alejandro Ariceaga, y El año en que se coronaron los Diablos, de Eduardo Osorio, pasando por las afirmaciones de Alonso Guzmán en La agonía de la marmota, la ciudad también se ha destruido en el lenguaje y, por extensión, en la conciencia colectiva. Vista como una causa perdida, víctima de su propio progreso o camino de paso hacia la Ciudad de México, no deja de configurarse como un territorio nostálgico, cuyo breve esplendor resuena en los orígenes de su decadencia: la súbita pasión industrial, que desplazó la atención de los fastuosos edificios porfirianos, con su depurado estilo neoclásico, y prefirió la producción textil, electrónica, química y alimenticia.
Aunque estas actividades impulsaron el crecimiento de la población –que, décadas más tarde, se tornó desbordado y explosivo– y el desenvolvimiento de una urbe que continuaba oliendo a provincia, también desviaron la atención de sus legados históricos, particularmente en el terreno arquitectónico. Las consecuencias, sin embargo, no se limitan a la destrucción de ejemplares de siglos anteriores, sino que se prolongan en la proliferación de elementos altamente antiestéticos: abundante cableado eléctrico, estridentes bardas publicitarias, serpenteantes vías rápidas que han cercado las pocas construcciones sobrevivientes y han derivado en la existencia de absurdos colectivos como una terminal de autobuses inoperante, como señala Susana Bianconi en Letras Libres. Un ingrediente final para este cóctel de escombros reside en la desaparición de inmuebles enteros, con distintos grados de relevancia para la vida social, cultural, intelectual e, incluso, política de Toluca: el Teatro Coliseo, inaugurado en 1827, y el Teatro Principal, abierto en 1851, entre otras construcciones que han desembocado en jardines mediocres o en estériles planchas de cemento.
Por estas razones, caminar por el centro de Toluca equivale, en muchas ocasiones, a viajar por el vacío. Las lagunas urbanas en que se sumergen muchos de sus edificios antiguos son, más que un recordatorio de bellezas pasadas, un desafío para evitar su destrucción absoluta. Habría que recurrir, en todo caso, a la sensibilidad general, desde las autoridades hasta los habitantes y turistas, para estructuran un proyecto que trascienda las celebraciones fatuas –por ejemplo, las vinculadas con el Bicentenario del inicio de la Independencia– y permita remover la indiferencia: aquilatar el valor real, más allá del actual estado ruinoso, de las construcciones que, en épocas pasadas, identificaron a la capital mexiquense.
Ariceaga, Alejandro (2004), Camada maldita, Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca.
Guzmán, Alonso (2006), La agonía de la marmota, Centro Toluqueño de Escritores, Toluca.
Osorio, Eduardo (2009), El año en que se coronaron los Diablos, Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal, Toluca.
Rossi, Alejandro (2006), Manual del distraído, Random House / Gandhi, México.
* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a septiembre de 2010.
Desde los melancólicos versos de Enrique Carniado –“tacita de plata con olor a sacristía”– hasta las dolorosas imprecaciones de Alonso Guzmán –“ciudad levadiza, huidiza, guanga como el pabilo de una vela derretida”–, Toluca ha experimentado más de una transformación. Sin embargo, este proceso –parcialmente capturado en el dinamismo de sus tradiciones literarias– no se ha verificado en una dirección positiva: generación tras generación, los transeúntes atestiguamos la destrucción de una rica herencia arquitectónica y cultural, acosada por la ignorancia y la indiferencia; la desmemoria y la estandarización.
Si bien el desarrollo industrial ha convertido a esta zona en una de las más activas y populosas del centro del país, con una contribución determinante a la vida económica nacional, también la ha despojado gradualmente de sus posibles fuentes de identidad e, incluso, de sus potenciales atractivos turísticos. Como resultado, la capital del Estado de México se erige apenas como un pueblo de futuros fantasmas, un cúmulo de cenizas impulsadas por un aire incierto. Basta emprender una breve caminata por Sebastián Lerdo de Tejada, entre Nicolás Bravo y Andrés Quintana Roo, para advertir una gran cantidad de inmuebles abandonados, en diferentes estados de descomposición y diversas vertientes del anonimato: casonas de las que sólo subsiste la fachada, naves probablemente industriales invadidas por la humedad y la maleza, paredes desmoronadas que ya no pueden preservar ni instantáneas históricas ni intimidades cotidianas. Éstas contrastan con otros espacios icónicos todavía conservados –a pesar de modificaciones, a veces, inexplicables e inaceptables–, como los Portales, las secciones antiguas del Centro Cultural Mexiquense y los actuales museos de Numismática, de la Acuarela, de Bellas Artes, José María Velasco, Luis Nishizawa y Felipe Santiago Gutiérrez, resguardados por el Instituto Mexiquense de Cultura.
No obstante, más que consignar un fenómeno de pérdida en progreso, este recuento debería impulsar una reflexión alrededor de las causas de la progresiva desaparición de los edificios de Toluca. Éstas se apuntalan en algunas observaciones de Alejandro Rossi, vertidas en su ecléctico e iluminador Manual del distraído: “un mal poema implica un mal poeta y un relato defectuoso supone un escritor inhábil. Una ciudad deshecha remite, por el contrario, a múltiples autores: arquitectos avaros, funcionarios complacientes, especuladores, ciudadanos sumisos y fraccionadores disfrazados de urbanistas. Personajes activos, termitas infatigables que trabajan y roen desde hace años”. El aspecto actual de Toluca, entonces, obedece a una asociación de factores que lo mismo incluye la sucesión de autoridades estatales y municipales que los pobladores de la ciudad, quienes se acostumbran a pasear entre los escombros con una actitud evasiva, oscilante entre la duda y la irreflexión.
De esta manera, los elementos involucrados sostienen una relación tensa que, pese a todo, no es posible calificar como estática. Su impacto intelectual más directo y asequible radica en la literatura local, que se ha entrelazado, de forma abierta o tangencial, con las conversiones de esta urbe indecisa. Desde la demolición de la casa de Enrique Carniado –que, controversias aparte, terminó funcionando como un estacionamiento más, adornado con una placa conmemorativa– hasta las crónicas noveladas que aparecen en Camada maldita, de Alejandro Ariceaga, y El año en que se coronaron los Diablos, de Eduardo Osorio, pasando por las afirmaciones de Alonso Guzmán en La agonía de la marmota, la ciudad también se ha destruido en el lenguaje y, por extensión, en la conciencia colectiva. Vista como una causa perdida, víctima de su propio progreso o camino de paso hacia la Ciudad de México, no deja de configurarse como un territorio nostálgico, cuyo breve esplendor resuena en los orígenes de su decadencia: la súbita pasión industrial, que desplazó la atención de los fastuosos edificios porfirianos, con su depurado estilo neoclásico, y prefirió la producción textil, electrónica, química y alimenticia.
Aunque estas actividades impulsaron el crecimiento de la población –que, décadas más tarde, se tornó desbordado y explosivo– y el desenvolvimiento de una urbe que continuaba oliendo a provincia, también desviaron la atención de sus legados históricos, particularmente en el terreno arquitectónico. Las consecuencias, sin embargo, no se limitan a la destrucción de ejemplares de siglos anteriores, sino que se prolongan en la proliferación de elementos altamente antiestéticos: abundante cableado eléctrico, estridentes bardas publicitarias, serpenteantes vías rápidas que han cercado las pocas construcciones sobrevivientes y han derivado en la existencia de absurdos colectivos como una terminal de autobuses inoperante, como señala Susana Bianconi en Letras Libres. Un ingrediente final para este cóctel de escombros reside en la desaparición de inmuebles enteros, con distintos grados de relevancia para la vida social, cultural, intelectual e, incluso, política de Toluca: el Teatro Coliseo, inaugurado en 1827, y el Teatro Principal, abierto en 1851, entre otras construcciones que han desembocado en jardines mediocres o en estériles planchas de cemento.
Por estas razones, caminar por el centro de Toluca equivale, en muchas ocasiones, a viajar por el vacío. Las lagunas urbanas en que se sumergen muchos de sus edificios antiguos son, más que un recordatorio de bellezas pasadas, un desafío para evitar su destrucción absoluta. Habría que recurrir, en todo caso, a la sensibilidad general, desde las autoridades hasta los habitantes y turistas, para estructuran un proyecto que trascienda las celebraciones fatuas –por ejemplo, las vinculadas con el Bicentenario del inicio de la Independencia– y permita remover la indiferencia: aquilatar el valor real, más allá del actual estado ruinoso, de las construcciones que, en épocas pasadas, identificaron a la capital mexiquense.
Ariceaga, Alejandro (2004), Camada maldita, Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca.
Guzmán, Alonso (2006), La agonía de la marmota, Centro Toluqueño de Escritores, Toluca.
Osorio, Eduardo (2009), El año en que se coronaron los Diablos, Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal, Toluca.
Rossi, Alejandro (2006), Manual del distraído, Random House / Gandhi, México.
* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a septiembre de 2010.
2 de septiembre de 2010
Una invitación (para viajar con los sentidos)

Desde hace catorce años, la Federación de Alianzas Francesas de México invita a despegar los ojos de los sueños hollywoodenses y a fijarlos en las múltiples realidades de las artes cinematográficas europeas. El resultado ha sido muy satisfactorio, pues el Tour de Cine Francés llegará a una gran cantidad de ciudades mexicanas, en las cuales propone una selección de lo más interesante de sus producciones nacionales. Metepec no será la excepción y, a partir del 6 de septiembre, presentará un programa variado y atractivo. Habrá que darse una vuelta y viajar con los sentidos alrededor de las visiones recientes de Francia.
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