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25 de septiembre de 2010

Inquietudes contemporáneas en Semillas en espera, de Augusto Isla



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- Temas provocadores, minuciosas interrogantes y alentadores asombros se conjugan en la obra de Augusto Isla, uno de los escritores mexicanos más lúcidos de la escena literaria de nuestros días. Con un lenguaje ágil, determinado por la brevedad y la profundidad, este autor recurre a todo tipo de detonadores para emprender una aguda reflexión alrededor de las múltiples aristas que configuran nuestra vida, desde el arte hasta política. Así, en Semillas en espera, un volumen publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura, reúne treinta y un textos de diferentes procedencias, a través de los cuales se detiene a examinar las luces y las sombras de la existencia humana.

Incluido en la colección Cruce de Milenios, esta colección de artículos y ensayos –de largo aliento y, sin embargo, modestas ambiciones– reúne visiones y convicciones que abarcan desde 1997 hasta 2005, en publicaciones periódicas como Castálida, La Colmena, Portal y La Jornada Semanal. Aunque, a decir del autor, estos textos han pasado por un riguroso proceso de selección y corrección, conservan la frescura de sus circunstancias, vinculadas con lecturas de sucesos concretos: un libro, un comentario de un personaje público, una charla entre amigos, un recuerdo o un hecho histórico parcialmente olvidado estimulan la imaginación de Augusto Isla, quien, entonces, emprende “pequeñas cacerías, juegos de feria con dardos que apuntan a objetos móviles e inciertos”.

De este modo, contemplado como “amasijo de dudas” o “augurio de claridades”, Semillas en espera se estructura alrededor de un punto de vista moral; no obstante, éste se matiza “no en el sentido de alguien que predica valores podridos, sino de quien observa actitudes individuales o colectivas, reveladoras de ambiciones, crueldades, intolerancias y miserias humanas; pero también de afanes, devociones y promesas”. Conjurados por la indiscutible energía de la escritura, estos atisbos de la “pirotecnia cotidiana”, cuyas intensidades dan para “una indagación de toda la vida”, invitan más al debate abierto que a la coincidencia ciega; a la discusión antes que a la condescendencia.

Para ello, concentra su atención en líneas temáticas esencialmente polémicas: el SIDA, el sistema político mexicano, las fallas de los medios de comunicación, el sueño americano, las posibilidades de la civilización posmoderna, la creación literaria y las transformaciones de los espacios urbanos se entrelazan para sugerir un paseo por numerosas inquietudes contemporáneas, de la mano de un intelectual tan preciso como inconforme, dispuesto a penetrar en los laberintos de la argumentación para extraer nuevas preguntas, apenas huellas de conclusiones. Sin duda, una lectura nutritiva, que cautivará la mirada del lector a través del movimiento de la inteligencia.


Augusto Isla, Semillas en espera, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Cruce de Milenios), Toluca, 2005, 207 pp.


* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

21 de septiembre de 2010

Redescubrimientos urbanos en Tras las huellas del arquitecto Carlos s. Hall, de Sonia Palacios Díaz



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- Caminar por una ciudad implica adentrarse en su identidad, en su manera particular de organizar el tiempo y el espacio, en su forma de evocar tanto la historia como el presente, en su modo de concebirse, más allá de la intervención de sus habitantes en un momento determinado. Por ello, la arquitectura desempeña un papel importante, pues no se limita a la construcción de un elemento específico –una catedral, un museo, una casa o un edificio de departamentos–, sino que involucra el desarrollo integral de los espacios urbanos.

Paralelamente, la arquitectura se encuentra signada por su doble propósito: por un lado, convierte una necesidad –la de resguardar a los seres humanos y a sus creaciones de las condiciones climáticas– en una expresión artística, en la cual una concepción estética de la luz, la sombra, la altura y el volumen convive con un conjunto de piezas ornamentales. Por otra parte, éstas se enfocan a un aspecto esencialmente funcional, que se traslada desde establecer un hogar hasta ejercer una profesión de fe; desde organizar el Estado hasta disfrutar del tiempo libre. Así, la ciudad depende de la configuración de sus edificios; por ello, no sorprende constatar el vínculo que existe entre la una y los otros, tampoco entre el nombre de un espacio urbano y el de sus arquitectos.

Con estos enfoques, Sonia Palacios Díaz presenta Tras las huellas del arquitecto Carlos S. Hall. La casa Díaz Gómez Tagle en la ciudad de Toluca, un volumen de investigación publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluido en la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. A través de una perspectiva gráfica, documental y bibliográfica, enriquecida con testimonios orales, la autora –quien también es especialista en Historia del Arte por la Universidad Nacional Autónoma de México– despliega el estudio transdisciplinario de un espacio que forma parte de una historia social, pues representa el pasado y sus opciones de continuidad, desde la rememoración del estilo de vida de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX hasta la adecuación del inmueble a las necesidades contemporáneas.

Para ello, centra su atención en una hermosa casona ubicada en José Vicente Villada 308, cuya construcción corrió a cargo de uno de los arquitectos más importantes de nuestro país. De ascendencia inglesa, Carlos S. Hall interpretó las necesidades de los usuarios para crear formas habitables y construcciones de valor, que aún se encuentran presentes en diversos estados de la República Mexicana, sea en el Palacio de Gobierno de Puebla, estaciones de ferrocarril y fachadas de residencias.

En este caso, el edificio posee características muy particulares, que permiten identificar las diferentes etapas constructivas que se desarrollaron en una época altamente influida por el estilo francés. Al mismo tiempo, el libro aspira a adentrar a sus lectores en la vida privada del Porfiriato, oscilante entre el refinamiento y la miseria. De este modo, se detiene en un amplio contexto urbanístico de Toluca y la existencia provinciana; de sus transformaciones socioeconómicas y sus repercusiones en la ciudad moderna.

Profusamente ilustrado con fotografías de la época, Tras las huellas del arquitecto Carlos S. Hall consigue, entonces, un objetivo doble: mientras se esfuerza por recrear un periodo histórico, plantea la necesaria revaloración de los inmuebles que han sobrevivido al paso del tiempo. En último término, invita a sus lectores a respetar obras arquitectónicas, como encarnación de la identidad de los espacios urbanos y sus habitantes.


Sonia Palacios Díaz, Tras las huellas del arquitecto Carlos S. Hall. La casa Díaz Gómez Tagle en la ciudad de Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Documentos y Testimonios / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca.


* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

19 de septiembre de 2010

Un viaje por la tradición literaria latinoamericana en El dictador latinoamericano en la narrativa, de Luis Ernesto Pi Orozco



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- A semejanza de toda entidad artística, más allá de su origen y de la evolución de sus propuestas, la tradición literaria latinoamericana se sostiene en un conjunto de arquetipos que incesantemente se transforman. Entre ellos, destacan la noción del buen salvaje, las contradicciones entre civilización y barbarie y las tensiones entre las culturas prehispánicas y la herencia española. Éstos han desembocado en derroteros ricos y diversos, como la discusión entre la historia oficial y los auténticos acontecimientos, de la cual surge, a su vez, la figura de dictadores que, anclados en la naturaleza contrastante del poder, ensombrecen la realidad cotidiana de poblaciones atemorizadas y oprimidas.

En estas fuentes abreva El dictador latinoamericano en la narrativa, un ensayo de Luis Ernesto Pi Orozco que profundiza en la presencia de estos personajes, en un espectro de piezas literarias que van desde los aspectos fundacionales de El matadero, de Esteban Echeverría, hasta su interpretación contemporánea en La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. En este amplio trayecto, que abarca varias décadas y tendencias, también desmenuza los rasgos centrales de Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán; Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos; El recurso del método, de Alejo Carpentier; El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez; El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, y Maten al león, de Jorge Ibargüengoitia.

Publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura, este libro –incluido en Raíz del Hombre y la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario– distribuye sus contenidos en dos apartados, los cuales configuran un marco referencial alrededor de una especie de saga que traspasa las fronteras espaciales y temporales para explorar el tema del poder personal y sus vínculos con la sociedad, la política, la economía, la cultura y la mitología nacional que, de manera inevitable, asciende desde la historia oficial. Así, también sondea en la recuperación de la memoria histórica a través de la creación artística, la cual confluye en una consideración particular de la identidad latinoamericana.

De este modo, el autor –quien es especialista en literatura hispanoamericana por la Universidad Nacional Autónoma de México– ofrece dos vías para comprender este vasto cuerpo de narraciones: como una posibilidad de síntesis histórica, particularmente en la recreación y la reinterpretación de los regímenes dictatoriales que han asolado a América Latina, y como obra artística de confluencia regional, puesto que ha determinado fórmulas estilísticas persistentes, vinculadas a la condición esencial el lenguaje: lo que es posible decir y lo que no, lo que es necesario metaforizar para poner al alcance de los ojos de los lectores.

En último término, El dictador latinoamericano en la narrativa despliega una perspectiva muy interesante alrededor de la cohesión de este tipo de textos en diferentes regiones del continente y, al mismo tiempo, invita a reflexionar alrededor de la absurda pretensión del poder absoluto. Con un lenguaje sencillo, pleno de ejemplos y matices, constituye también una excelente puerta de entrada a obras fundamentales de la literatura en nuestro idioma, más allá de la época contemporánea.


Luis Ernesto Pi Orozco, El dictador latinoamericano en la narrativa, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Raíz del Hombre / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2009, 248 pp.


* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

17 de septiembre de 2010

La conquista de nuevas libertades en Letras de madera. Sultepec y el periodismo insurgente, de Gerardo Lara González



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- Pese a las difíciles circunstancias actuales, resulta imposible imaginar un mundo contemporáneo sin libertad de expresión ni su encarnación cotidiana, el periodismo. No obstante, varios siglos atrás, la información se filtraba en una angustiosa censura, sujeta a los intereses de los gobernantes en turno. Las complejidades técnicas que entraña la elaboración de un periódico, sumadas a la persecución y al clandestinaje, contribuyeron a ensombrecer un panorama que, gracias al esfuerzo de personalidades como José María Cos, fue ganando la luz.

Fragmentos de esta historia se conjugan en Letras de madera. Sultepec y el periodismo insurgente, un volumen de Gerardo Lara González publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura. Incluido en las colecciones Documentos y Testimonios y Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, se detiene, desde la generalidad de la historia de México y el periodismo nacional, en tres vestigios impresos que colaboraron con la construcción de nuestro país. Así, resume los pasos de una gesta profesional y humanística, que consiguió plasmarse en El Ilustrador Nacional, El Despertador Americano y, finalmente, en El Semanario Patriótico Americano.

Estas publicaciones –impresas, parcial o totalmente, en Sultepec, localizado en el sur del Estado de México– representan tres momentos cruciales en la transición de un periodismo controlador a una tentativa concreta por la libertad de expresión. Con un lenguaje directo y una exposición certera de los hechos, el autor –quien también ha trabajado como reportero y coordinador de prensa en diversas empresas de la iniciativa privada– se interna en ellos para confirmar una frase de Saint-Charles: “los periódicos son los mejores instrumentos de la historia de una época”, pues, contemplados desde una perspectiva que entrelaza el pasado con el presente, “son los oráculos de la Sibila escritos en hoja de encina”.

Para reforzar la importancia de este periodo, el libro reproduce algunas notas informativas, las cuales se enriquecen con el contexto en que se desarrollaron. De esta manera, explica que El Despertador Americano, primer periódico esencialmente insurgente, se consagró a atraer adeptos a la causa libertaria, a través de la difusión de los objetivos de la lucha por la Independencia. Su aliento renovador contrastaba de forma muy llamativa con los pocos periódicos coloniales, regidos por la censura y la contradicción; asimismo, su elaboración posee un trasfondo conmovedor, pues era facturada en una imprenta de tipos de madera entintados con añil, hecha a mano por José María Cos.

Posteriormente, la prensa dio un vuelco con El Ilustrador Americano, tendiente a legitimar la causa independentista. Con un equipo más moderno, esta vez ubicado en Tlalpujahua, consiguió editar veintiséis números. Su herencia ideológica se propagó por las páginas de El Semanario Patriótico Americano, que, en sus veintisiete ediciones, sentó las bases de un periodismo tan crítico como propagandístico, naturalmente combativo. Y, de este modo, también transmitió una idea de nuestra nación que, desde entonces, no ha dejado de cambiar. Así, este libro se constituye como una lectura obligada para aquellos que valoran nuestras libertades actuales y desean internarse en las revoluciones paralelas que trajo la Independencia.


Gerardo Lara González, Letras de madera. Sultepec y el periodismo insurgente, Instituto Mexiquense de Cultura (col. Documentos y Testimonios / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2009, 148 pp.


* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

7 de septiembre de 2010

La dispersión de la ceniza: la destrucción arquitectónica de Toluca



Por Margarita Hernández Martínez


Desde los melancólicos versos de Enrique Carniado –“tacita de plata con olor a sacristía”– hasta las dolorosas imprecaciones de Alonso Guzmán –“ciudad levadiza, huidiza, guanga como el pabilo de una vela derretida”–, Toluca ha experimentado más de una transformación. Sin embargo, este proceso –parcialmente capturado en el dinamismo de sus tradiciones literarias– no se ha verificado en una dirección positiva: generación tras generación, los transeúntes atestiguamos la destrucción de una rica herencia arquitectónica y cultural, acosada por la ignorancia y la indiferencia; la desmemoria y la estandarización.

Si bien el desarrollo industrial ha convertido a esta zona en una de las más activas y populosas del centro del país, con una contribución determinante a la vida económica nacional, también la ha despojado gradualmente de sus posibles fuentes de identidad e, incluso, de sus potenciales atractivos turísticos. Como resultado, la capital del Estado de México se erige apenas como un pueblo de futuros fantasmas, un cúmulo de cenizas impulsadas por un aire incierto. Basta emprender una breve caminata por Sebastián Lerdo de Tejada, entre Nicolás Bravo y Andrés Quintana Roo, para advertir una gran cantidad de inmuebles abandonados, en diferentes estados de descomposición y diversas vertientes del anonimato: casonas de las que sólo subsiste la fachada, naves probablemente industriales invadidas por la humedad y la maleza, paredes desmoronadas que ya no pueden preservar ni instantáneas históricas ni intimidades cotidianas. Éstas contrastan con otros espacios icónicos todavía conservados –a pesar de modificaciones, a veces, inexplicables e inaceptables–, como los Portales, las secciones antiguas del Centro Cultural Mexiquense y los actuales museos de Numismática, de la Acuarela, de Bellas Artes, José María Velasco, Luis Nishizawa y Felipe Santiago Gutiérrez, resguardados por el Instituto Mexiquense de Cultura.

No obstante, más que consignar un fenómeno de pérdida en progreso, este recuento debería impulsar una reflexión alrededor de las causas de la progresiva desaparición de los edificios de Toluca. Éstas se apuntalan en algunas observaciones de Alejandro Rossi, vertidas en su ecléctico e iluminador Manual del distraído: “un mal poema implica un mal poeta y un relato defectuoso supone un escritor inhábil. Una ciudad deshecha remite, por el contrario, a múltiples autores: arquitectos avaros, funcionarios complacientes, especuladores, ciudadanos sumisos y fraccionadores disfrazados de urbanistas. Personajes activos, termitas infatigables que trabajan y roen desde hace años”. El aspecto actual de Toluca, entonces, obedece a una asociación de factores que lo mismo incluye la sucesión de autoridades estatales y municipales que los pobladores de la ciudad, quienes se acostumbran a pasear entre los escombros con una actitud evasiva, oscilante entre la duda y la irreflexión.

De esta manera, los elementos involucrados sostienen una relación tensa que, pese a todo, no es posible calificar como estática. Su impacto intelectual más directo y asequible radica en la literatura local, que se ha entrelazado, de forma abierta o tangencial, con las conversiones de esta urbe indecisa. Desde la demolición de la casa de Enrique Carniado –que, controversias aparte, terminó funcionando como un estacionamiento más, adornado con una placa conmemorativa– hasta las crónicas noveladas que aparecen en Camada maldita, de Alejandro Ariceaga, y El año en que se coronaron los Diablos, de Eduardo Osorio, pasando por las afirmaciones de Alonso Guzmán en La agonía de la marmota, la ciudad también se ha destruido en el lenguaje y, por extensión, en la conciencia colectiva. Vista como una causa perdida, víctima de su propio progreso o camino de paso hacia la Ciudad de México, no deja de configurarse como un territorio nostálgico, cuyo breve esplendor resuena en los orígenes de su decadencia: la súbita pasión industrial, que desplazó la atención de los fastuosos edificios porfirianos, con su depurado estilo neoclásico, y prefirió la producción textil, electrónica, química y alimenticia.

Aunque estas actividades impulsaron el crecimiento de la población –que, décadas más tarde, se tornó desbordado y explosivo– y el desenvolvimiento de una urbe que continuaba oliendo a provincia, también desviaron la atención de sus legados históricos, particularmente en el terreno arquitectónico. Las consecuencias, sin embargo, no se limitan a la destrucción de ejemplares de siglos anteriores, sino que se prolongan en la proliferación de elementos altamente antiestéticos: abundante cableado eléctrico, estridentes bardas publicitarias, serpenteantes vías rápidas que han cercado las pocas construcciones sobrevivientes y han derivado en la existencia de absurdos colectivos como una terminal de autobuses inoperante, como señala Susana Bianconi en Letras Libres. Un ingrediente final para este cóctel de escombros reside en la desaparición de inmuebles enteros, con distintos grados de relevancia para la vida social, cultural, intelectual e, incluso, política de Toluca: el Teatro Coliseo, inaugurado en 1827, y el Teatro Principal, abierto en 1851, entre otras construcciones que han desembocado en jardines mediocres o en estériles planchas de cemento.

Por estas razones, caminar por el centro de Toluca equivale, en muchas ocasiones, a viajar por el vacío. Las lagunas urbanas en que se sumergen muchos de sus edificios antiguos son, más que un recordatorio de bellezas pasadas, un desafío para evitar su destrucción absoluta. Habría que recurrir, en todo caso, a la sensibilidad general, desde las autoridades hasta los habitantes y turistas, para estructuran un proyecto que trascienda las celebraciones fatuas –por ejemplo, las vinculadas con el Bicentenario del inicio de la Independencia– y permita remover la indiferencia: aquilatar el valor real, más allá del actual estado ruinoso, de las construcciones que, en épocas pasadas, identificaron a la capital mexiquense.



Ariceaga, Alejandro (2004), Camada maldita, Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca.
Guzmán, Alonso (2006), La agonía de la marmota, Centro Toluqueño de Escritores, Toluca.
Osorio, Eduardo (2009), El año en que se coronaron los Diablos, Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal, Toluca.
Rossi, Alejandro (2006), Manual del distraído, Random House / Gandhi, México.



* Texto originalmente publicado en la página cultural de El Espectador, correspondiente a septiembre de 2010.

2 de septiembre de 2010

Una invitación (para viajar con los sentidos)



Desde hace catorce años, la Federación de Alianzas Francesas de México invita a despegar los ojos de los sueños hollywoodenses y a fijarlos en las múltiples realidades de las artes cinematográficas europeas. El resultado ha sido muy satisfactorio, pues el Tour de Cine Francés llegará a una gran cantidad de ciudades mexicanas, en las cuales propone una selección de lo más interesante de sus producciones nacionales. Metepec no será la excepción y, a partir del 6 de septiembre, presentará un programa variado y atractivo. Habrá que darse una vuelta y viajar con los sentidos alrededor de las visiones recientes de Francia.

17 de agosto de 2010

La ruptura de los paradigmas teatrales en “Nuestros dobles son cirqueros / Los locos se visten de dardos”, de Elman Trevizo



Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- En su forma más clásica, las obras teatrales se desarrollan alrededor de estructuras limpias y definidas. De este modo, sus tres actos se corresponden con las etapas más determinantes de cualquier relato: el origen, el nudo y el desenlace. No obstante, las propuestas experimentales de mediados del siglo XX han revolucionado esta percepción: así, la improvisación, la ruptura de la cuarta pared, la participación del público y el performance han transformado al texto dramático en una entidad dinámica, abierta a la introducción de elementos tanto lúdicos como reflexivos.

Inspirado por estas tendencias, Elman Trevizo propone Nuestros dobles son cirqueros / Los locos se visten de dardos, dos textos dramáticos editados por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluidos en las colecciones El Espejo de Amarilis y Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Con un lenguaje metafórico y alucinante, densamente imaginativo y retador, estas obras se desenvuelven en un ambiente onírico, en el cual no existe fábula precisa, ni indicaciones de tiempo, modo o lugar. A decir de Gabriela Damián, carecen de anécdota clara; sin embargo, construyen un universo de raigambre esperpéntica, “no desprovisto de belleza o de nostalgia”, en el cual la realidad aparece “tan extravagante como gozosa”.

Por su parte, en el prólogo a esta edición, Antonio Zúñiga señala que, en el corazón de la escritura de Trevizo, “existe la posibilidad de otra dimensión que, además, tiene la misma contundencia y prestancia física que la silla de nuestro comedor”. Por estas razones, aunque la experiencia y los acontecimientos “están en nuestra mente”, los personajes se encuentran “determinados por la coherencia” y, a través de sus viajes por la conciencia y la inconciencia humana, nos devuelven a los rasgos más íntimos de nuestra realidad, como la definición de la personalidad, el enfrentamiento de los temores, el asombro frente a las novedades y la relación con los demás.

En suma, para este guionista y crítico teatral, el autor “le da la vuelta al fenómeno teatral para bajar al personaje al horizonte y subir al espectador al tren de la ficción”; así, tampoco existe una distinción tajante entre el espacio de la representación y la labor paradigmática de los espectadores. En consecuencia, Nuestros dobles son cirqueros / Los locos se visten de dardos hace honor a su epígrafe, una misteriosa observación de Jorge Luis Borges: “a la realidad le gustan las simetrías y los breves anacronismos”.


Elman Trevizo, Nuestros dobles son cirqueros / Los locos se visten de dardos, Instituto Mexiquense de Cultura (col. El Espejo de Amarilis / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2009, 96 pp.


* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

13 de agosto de 2010

Una estética renovada en “Frida Kahlo. La agonía en la pintura”, de Araceli Rico




Por Margarita Hernández Martínez


Toluca, Estado de México.- La pintura de Frida Kahlo provoca e intriga. La recurrencia de sus autorretratos invita a sus contempladores a adentrarse en un espíritu tan sensual como atormentado, cuyas íntimas propuestas plásticas –que aspiran a resignificar su visión de la vida, la muerte, el amor y la feminidad– contrastan con el monumental nacionalismo de su época –que pretende representar los tumultuosos vaivenes de la historia de México–. Esta realidad de múltiples aristas se ha diseminado en ríos de tinta, desde ensayos en revistas especializadas hasta minuciosos volúmenes dedicados a esta artista. Sin embargo, pocos poseen el aliento comprensivo y riguroso que puebla Frida Kahlo. La agonía en la pintura, de Araceli Rico.

Publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura e incluido en La Letra en la Ventana y la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, este libro parte de una consideración general para aterrizar en las particularidades de la obra de Kahlo. Así, comienza adentrándose en una noción de fatalidad que impregna el arte de las mujeres latinoamericanas. A semejanza de Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Julia Burgos y Violeta Parra, el trabajo de esta pintora revela “una urgencia total por expresar la complejidad de su mundo exterior”, derivada de “un camino de intensidades en el cual el universo de la mujer lleva siempre la primera voz”.

Así, el sentido de la esencia femenina se despliega en los primeros apartados del libro, destinados a la exploración del cuerpo y su transfiguración en la pintura. Con un lenguaje tan preciso como evocativo, Rico puntualiza que el cuerpo, visto como centro del espacio, encarna el punto en el que se concentran la identidad y la subjetividad de la autora, quien emprende, entonces, un intenso relato plástico alrededor de la fatalidad y la desolación, pero también de la luz y la fascinación vital. Al mismo tiempo, establece una aguda estética de la enfermedad, la cual se desarrolla como un diálogo entre la forma y la sensación; la persistencia del dolor y la fugacidad de la metamorfosis.

De esta manera, según detalla Rico –quien también se ha desempeñado como bailarina y coreógrafa, además de historiadora de arte–, cuerpo y pintura se funden como el arma, la rebelión y la palabra figurativa de Kahlo, quien, además, decanta la impactante iconografía mexicana de su tiempo en la influencia de ex votos –pequeñas ofrendas pictóricas para agradecer una curación casi milagrosa–, salpimentados con fantasía, colores folclóricos y un humor negro que, en ocasiones, ilustra contradictoriamente su vigor y su fragilidad.

Sobre todo, apunta Rico, el bagaje global de la obra de Kahlo se relaciona profundamente con la plenitud de sus sentimientos y la violenta ruptura con las convenciones sociales de su tiempo; por estas razones, resulta lo suficientemente poderosa y auténtica como para trascender su carácter personal y encaminarse al ámbito universal que ocupa en nuestros días. Así, este libro, bellamente ilustrado y editado con una gran calidad, permite observar las numerosas caras de un conjunto artístico que “como un espejo dobla y desdobla a su autora en un continuo y maravilloso diálogo con su biografía”.


Araceli Rico, Frida Kahlo. La agonía en la pintura, Instituto Mexiquense de Cultura (col. La Letra en la Ventana / Biblioteca Mexiquense del Bicentenario), Toluca, 2009, 125 pp.


* Reseña originalmente publicada en semanas anteriores en Milenio (Estado de México).

9 de agosto de 2010

Elena Garro: memoria y exilio


Por Aeri Marín


"Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga". Con estas palabras, Elena Garro inaugura Los recuerdos del porvenir, novela central en la historia literaria mexicana y en el desarrollo del realismo mágico, uno de los movimientos artísticos más sólidos de Latinoamérica. Con estas palabras, también, evoca las tensiones que, de manera fatal, signaron su escritura –e, inevitablemente, su vida–: la fugacidad y el recuerdo; el olvido y la traición.

Alrededor de estos tópicos, Garro construyó una obra que, de forma paralela, se decanta en el drama –Un hogar sólido (1958) y Felipe Ángeles (1979)– y en el cuento –La semana de colores (1964) y Andamos huyendo, Lola (1980)–; en los guiones cinematográficos y en varios géneros periodísticos. En todos los casos, constituye la revelación, ávida y tempestuosa, de una conciencia exaltada, capaz de entrecruzar las manifestaciones más crudas de la realidad con la elaboración poética más compleja; el lenguaje directo con el poder de la metáfora. Sin embargo, este interesante conjunto literario se deja eclipsar por un trayecto vital contradictorio, pleno de matices que, en último término, han conducido a su autora a las orillas del mito y la desmemoria.

Hija de padre español y madre mexicana, Elena Garro nació en Puebla en diciembre de 1920; no obstante, pasó su infancia, alegre y apacible, en la Ciudad de México. Ahí, dio muestras de una asombrosa precocidad, fustigada por los inicios de la Guerra Cristera, que obligó a la familia a mudarse a Iguala. Tras una adolescencia igualmente pacífica –aunque dolorosamente marcada por las experiencias bélicas–, Garro regresó a su lugar de origen con el propósito de estudiar literatura, coreografía y teatro en la Universidad Nacional Autónoma de México.

A pesar de su determinación, no estaba segura de sus pretensiones; tampoco del rumbo que tomaría su vida: "yo no pensaba ser escritora", dijo una vez. "La idea de sentarme a escribir en vez de leer me parecía absurda. Abrir un libro era empezar una aventura inesperada. Yo quería ser bailarina o general. Mi padre creía que podía escribir por mi afición a la lectura: en ese caso, todos en la casa deberíamos ser escritores".

En efecto, su entorno terminó de colmarse de escritura con la presencia de Octavio Paz, quien también estudiaba en la Universidad y ya era considerado el poeta más prometedor de la capital mexicana. Tras un noviazgo que escandalizó a su familia y a sus amigos más cercanos, Garro abandonó sus estudios y se casó con él en 1937. Desde entonces, su existencia cobró matices erráticos, que redundarían en la solidez de su vocación y en la transformación de su personalidad. Así, ese mismo año se trasladaron a Mérida, donde Paz se desempeñó como profesor rural, y viajaron a España, donde participaron en el Congreso de Escritores Antifascistas. A su regreso, Garro dio a luz a su única hija, Helena, y Paz se incorporó al Servicio Exterior Mexicano.

Al mismo tiempo, ambos se dedicaron a perfeccionar sus recursos literarios. Mientras Paz optaba por un estilo reaccionario y reflexivo, hondamente comprometido con los conflictos de América Latina, Garro ensayaba con las posibilidades de un luminoso repertorio de voces e hilos narrativos, a través de los cuales exploraba temas como la injusticia social, la libertad política y las paradojas de la Revolución, especialmente frente al caciquismo y las condiciones miserables de la vida rural.

De este modo, su trabajo mereció un sitio privilegiado en el panorama artístico nacional; sin embargo, sus adelantos no la sorprendían y, obnubilada bajo la sombra ascendente de Paz, ella misma descartaba sus aportaciones: "No me considero original. Me ha interesado, sobre todo, tratar el tema del tiempo, porque creo que hay una diferencia entre el tiempo occidental que trajeron los españoles y el tiempo finito que existía en el mundo antiguo mexicano". Esta fuente de inspiración, que fraguó en cuentos como "La culpa es de los tlaxcaltecas", atrajo la atención sobre la cosmovisión indígena, vista más allá de las teorías del siglo XIX, centradas en la imagen del primitivismo y el buen salvaje.

Por estos motivos, algunos críticos la consideraron la escritora mexicana más importante del siglo XX; otros la señalaron como sucesora de sor Juana Inés de la Cruz y precursora del realismo mágico. Por otra parte, Garro se granjeó el apoyo y el reconocimiento de sus contemporáneos: en 1940, Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares incluyeron algunos textos suyos en Antología de literatura fantástica. No obstante, estas colaboraciones provocaron tensiones entre ella y Paz; finalmente –en una decisión tan escandalosa como su matrimonio–, la pareja se divorció en 1959.

A partir de la separación, Garro se sintió más libre y expresó opiniones inevitablemente radicales. Por ello, en 1968, no dudó en sucumbir a la confusión y culpar a un grupo de intelectuales por la masacre de Tlatelolco. Estas acusaciones –sumadas a una leyenda negra que la asociaba al espionaje gubernamental y a la locura– le ocasionaron el rechazo general de la comunidad artística mexicana y marcaron su entrada al territorio de los exiliados, del cual ya no consiguió volver.

Este aislamiento, además, asumió distintas vertientes. En prinicipio, sus comentarios la expulsaron de una Ciudad Letrada que se apuntalaba alrededor de Paz. Enseguida, se vio obligada a abandonar el país. Instalada durante veinte años en Estados Unidos y en Francia, su escritura, lúcida y fortalecida, se consagró a la indagación de los temas desterrados de la historia nacional, desde las penumbras de la Conquista hasta las sombras de la Guerra Cristera, cuyas intenciones originales comenzaban a diluirse.

De regreso en México, su obra, cada vez más intermitente, se prolongó hasta el 23 de agosto de 1998, cuando el cáncer de pulmón le arrebató la vida. Para entonces, la figura de Garro se había convertido en la encarnación de sus propias palabras, expuestas en Los recuerdos del porvenir: "quisiera no tener memoria o convertirme en el piadoso polvo para escapar a la condena de mirarme". Sin embargo, sus libros aún convocan la huella de su paso y la firmeza de sus aspiraciones: innovar la expresión literaria y fijar la mirada en las zonas oscuras, olvidadas, de la historia de México.



* Texto originalmente publicado en el número de agosto de la Agenda Cultural AcéRcaTE, del Instituto Mexiquense de Cultura.

5 de agosto de 2010

Arar en el mar: el derecho a la creación y al disfrute de los bienes culturales



Por Margarita Hernández Martínez


En el sentido más amplio, la cultura impregna cada uno de nuestros actos sociales e individuales. Concebida como el conjunto de formas y modelos que regulan el comportamiento de los miembros de una sociedad, incluye costumbres, prácticas y códigos que determinan desde la forma de vestir hasta el ejercicio de la fe, pasando por patrones de conducta, preferencias gastronómicas y producciones artesanales, por mencionar sólo algunos aspectos. De esta manera, también comprende una idea de la belleza, un sentido de la estética y, en último término, una cosmovisión global que, desde el principio de los tiempos, ocupa las reflexiones de filósofos, sociólogos, antropólogos y humanistas.

En una óptica más restringida, la cultura deriva en la capacidad del hombre para reflexionar sobre sí mismo. Para la UNESCO, en ella reside la especificidad humana, racional, crítica y éticamente comprometida; asimismo, de ella emanan nuestra conciencia y nuestras habilidades de expresión y búsqueda de significados, además del impulso para crear obras trascendentes. Desde estas perspectivas, es indispensable garantizar el acceso a la cultura entre las poblaciones humanas, independientemente de su estatuto social, su composición étnica o su localización geográfica. No obstante, precisamente por estos rasgos, entraña una tarea compleja, que se extiende mucho más allá de la acción gubernamental.

Si bien las instituciones contemporáneas manifiestan interés por asegurar a los ciudadanos el acceso a los medios que conduzcan a su desarrollo integral –entre ellos, la cultura–, se trata de una labor que rebasa, por definición, sus competencias y aspiraciones. En consecuencia, la garantía de acceso a la cultura requiere de una participación global de doble compromiso: por un lado, la sociedad debe exigir la satisfacción de esta necesidad; por otro, debe estar dispuesta a asumir una postura tan gozosa como crítica, puesto que el arraigo y la diversificación de las actividades culturales obedecen a una dinámica de oferta y de demanda; por extensión, de diálogo y de conciliación. Quizás, en este caso, se trata de uno de los fenómenos que requieren mayor disposición al intercambio entre ciudadanos, instituciones y, aún más, entre creadores, asociaciones civiles y organizaciones independientes.

Cada uno de estos actores posee una esfera de acción determinada; sin embargo, convergen en el planteamiento de políticas públicas, entendidas como espacios de participación multilateral y responsabilidad compartida. En primer término, éstas deberán preocuparse por definir el alcance, el contenido jurídico y la posibilidad de hacer respetar el derecho de acceso a la cultura; de igual forma, habrán de dilucidar, clasificar y evaluar las vías destinadas a fortalecerlo. Es importante subrayar que deberá asumirse desde un horizonte generalizado; o sea, con miras a democratizar auténticamente el acceso a la cultura, pues, aunque la dinámica de oferta y demanda de bienes de este tipo se verifica en ciertos estratos sociales, también abundan las comunidades en las que, más allá de precarios espacios educativos, no existen escaparates mínimos de desenvolvimiento cultural, como bibliotecas o museos.

En consecuencia, la mayoría de sus pobladores carecen de las competencias y la estrategias para disfrutar de los beneficios implícitos en las expresiones artísticas, lo cual contradice los fundamentos de la escasa legislación alrededor del acceso a la cultura; incluso, representa un problema para la creación –a la cual, también, toda persona tiene derecho–, ya que no fomenta un ambiente propicio para su concepción, su desarrollo y su puesta en contacto con el público. Así, un primer curso de acción reside en abrir las vías para establecer un acceso continuo a estas manifestaciones. Pese a la escasez de locaciones, es posible habilitar espacios públicos para su difusión, como las escuelas y, en algunos casos, plazas o templos religiosos. A partir de experiencias personales, es posible afirmar que las comunidades rurales encarnan una audiencia ávida, deseosa de contactar con cualquier expresión artística. Por tanto, resulta imperioso articular planes que garanticen el tránsito del arte por estas comunidades, pero, más aún, actuar en concordancia con estas aspiraciones.

En el caso del Estado de México, existen organismos dedicados a la cultura, además de sistemas de apoyo a artistas, intelectuales y académicos. Éstos van desde estímulos económicos hasta programas editoriales que han convertido a esta entidad en una de las más dinámicas en este ámbito. Por estos motivos, se perfila como uno de los estados que requieren mayor atención en esta materia, ya que el ciclo de necesidad, oferta y demanda se amplifica y enriquece según la densidad poblacional y su distribución geográfica. En este sentido, es deseable, en primer lugar, redoblar los esfuerzos destinados a la descentralización del acceso a la cultura. Ello supone ir más allá de la instalación de casas de cultura, pues implica elaborar un plan incluyente, capaz de sortear las diferencias entre los posibles grupos culturales afincados en cada región. Paralelamente, invita a regresar a una de las ideas centrales del programa vasconcelista: la asunción del libro como detonador del desarrollo cultural. Esta propuesta trasciende la formulación de planes de fomento a la lectura y se decanta por la instalación de bibliotecas escolares y municipales, en las cuales el acervo se encuentre efectivamente a la disposición del público. Además, éste debe actualizarse, a fin de evitar el descuido en que suelen caer este tipo de espacios.

De esta manera, las bibliotecas representan un primer camino al desarrollo de la cultura y el arte comunitarios, ya que no sólo se destinan a la reunión, la conservación y la puesta en circulación de un catálogo bibliográfico, sino que extienden sus funciones como salas de exposiciones y conciertos; así como foros para conferencias, talleres de lectura y de creación literaria. Para lograr este objetivo, es posible partir de la tradición oral local hacia temas de complejidad creciente, que demanden mayor apertura y análisis. Ello exige una estructura que excede las tentativas actuales, puesto que requiere de recursos, tanto humanos como materiales, que no se encuentran permanentemente disponibles en estos momentos y que, en muchas ocasiones, fluyen lejos de la transparencia y dependen de los mudables intereses propios de las administraciones.

En un sentido semejante, la óptica de los creadores entraña una relevancia particular, ya que de ella dependen sus innovaciones y su vitalidad contemporánea. Ésta se revela como una veta de riqueza imprevisible: a través de una visión ética y estética, transmiten una postura crítica y racional, en la cual se transparenta la conciencia humana y la búsqueda de significados alrededor de ella. Por estos motivos, es imposible excluirlos de cualquier propuesta vinculada con el derecho de acceso a la cultura: así como todos los miembros de la sociedad deben tener la oportunidad de contactar con las manifestaciones culturales que los rodean, también tienen derecho a convertirse en factores activos de estas expresiones. Esta idea se liga con el derecho a la educación y a la información; así, los planes de estudio han de contemplar una formación artística de presencia y calidad superior a la actual, con tendencia a cimentar las competencias para la recepción, el disfrute y la configuración de obras artísticas; de este modo, también procurará democratizar la creatividad, puesto que no se trata de un privilegio, sino de una capacidad latente en cada individuo, que, incluso, desborda el campo del arte: la ciencia y la tecnología parten de idénticos principios de sensibilidad, curiosidad e inquisición.

En segundo término, los apoyos para los creadores exigen una evaluación profunda, destinada a convertirlos en un aporte funcional. Después de tres lustros del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico del Fondo Especial para la Cultura y las Artes del Estado de México (FOCAEM) y de más de una década de la Convocatoria Anual del Fondo Editorial del Instituto Mexiquense de Cultura –junto con otras iniciativas emanadas de la Universidad Autónoma del Estado de México, el Colegio Mexiquense y el Centro Toluqueño de Escritores, por citar sólo algunas organizaciones de larga tradición de participación en el ámbito cultural estatal–, resulta relativamente sencillo resumir sus logros y sus carencias. Por un lado, sus intenciones se han fortalecido con una amplia respuesta: en el primer caso, se han otorgado más de seiscientos estímulos en numerosas categorías; en el segundo, el Fondo Editorial se erige como uno de los más vastos de la República Mexicana.

No obstante, estos logros encuentran su reverso en retos nuevos. Aunque el FOCAEM ha capturado una asombrosa variedad de proyectos, éstos no han establecido un contacto duradero con el público, pues no poseen mecanismos para ello. Los libros resultantes de esta convocatoria se ven obligados a buscar un canal de publicación y distribución ajeno a ella; lo mismo ocurre con las obras plásticas, los montajes teatrales y los proyectos musicales que, en todo caso, consiguen un reducido número de presentaciones en algunos espacios administrados por el Instituto Mexiquense de Cultura o la Universidad Autónoma del Estado de México. Como resultado, falta completar el círculo de comunicación que infunde vitalidad no sólo a las artes, sino a todas las expresiones culturales. Si ya se están destinando recursos humanos y materiales a esta empresa, lo menos a lo que podemos aspirar es a construir un ciclo virtuoso, en el cual el arte y la cultura alimenten –y se nutran– de las aportaciones intelectuales, sensoriales y emocionales que, en tanto seres humanos, se sujetan a nuestra experiencia.

En suma, propongo utilizar los recursos destinados a garantizar el acceso a la creación y al disfrute de la cultura de una forma más eficiente, con un impacto social más notorio y estimulante. Se trata de establecer políticas públicas enfocadas a mejorar las estrategias actuales y a proveerlas de instrumentos nuevos. Asimismo, sería deseable englobar el trabajo de los creadores en este tipo de esfuerzos, con el fin de completar el circuito de comunicación y retroalimentación entre la totalidad de los actores de la actividad cultural. Esto permitirá, en el mediano plazo, construir una atmósfera cultural con mayor participación común.

El arte y la cultura nacen y mueren con cada uno de nosotros: con nuestras visiones particulares, con el ejercicio de una sensibilidad irrepetible e irremplazable. Asegurar su creación y su disfrute se asemeja, en ocasiones, a arar en el mar: aunque nos empeñemos en dejar una marca en el terreno, su naturaleza movediza resulta tan vertiginosa que es imposible imprimir una huella perdurable. Se trata, entonces, de una tarea de eternos comienzos. Sin embargo, la condición original de la cultura justifica cada tentativa por conservarla, difundirla y enriquecerla. En estos tiempos, más preocupados por la acumulación de riquezas materiales que por el desenvolvimiento de bienes artísticos, culturales y hasta espirituales, valdría la pena detenernos en nuestras propias contribuciones a la cultura nacional.



* Fragmentos de una ponencia expuesta en el Foro Estatal de Análisis sobre el Marco Jurídico de la Cultura en México, celebrado el pasado 14 de julio en el Centro Cultural Mexiquense.



* Artículo originalmente publicado en la plana cultural de El Espectador, correspondiente a agosto de 2010. La fotografía que acompaña a esta entrada también puede verse aquí.