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22 de mayo de 2008

Introducing Grandes hits



El ya muy pasado 8 de mayo, Tryno Maldonado publicó en su blog la introducción a la antología Grandes hits: nueva generación de narradores mexicanos. Publicamos su entrada como una especie de epílogo a la discusión que estuvimos siguiendo a lo largo de varias semanas, y con la esperanza de leer el libro muy pronto.

Intro

Por Tryno Maldonado

01. Peligroso pop

¿A qué suena la literatura de esta nueva generación de narradores mexicanos? ¿Tiene aún ecos de canción ranchera, de corrido revolucionario, o será que aquella influencia ha sido sustituida por la violencia del hip-hop urbano y por las historias sórdidas de los narco-corridos? ¿Es todavía su majestad el rock and roll la banda sonora de nuestros narradores jóvenes como lo fue en su tiempo para la Onda, o se trata ésta de una generación que prefiere las modulaciones dóciles y tradicionales de un ensamble de cámara sin apostarle gran cosa a la búsqueda de nuevas formas? ¿Son el jazz y la fusión con sus ritmos salvajes y sincopados lo que sale de las páginas de nuestros escritores emergentes, como sucedió con el Boom latinoamericano? ¿Será tal vez una generación similar a la anterior, la de los narradores mexicanos nacidos en los sesentas, cuya obra suena todavía a chill-out y world music? ¿O probablemente sea que la música electrónica, el indie y las dulces tentaciones mercantiles del pop y del rockstar-system han marcado de alguna forma a nuestros nuevos autores?

¿A qué suena la literatura joven de México? Averiguarlo fue el objetivo de este libro. ¿El resultado? La compilación de diecinueve tracks con la banda sonora que tienen ustedes ahora en sus manos.

02. Mecánica de selección MTV

Para reunir a un grupo de narradores jóvenes que poseyeran las propuestas estilísticas y temáticas más interesantes, opté por establecer un marco de edades que iniciara con los nacidos a partir de 1970 y que cerrara con un arbitrario corte de caja en 1979, todos con al menos una obra publicada en castellano (los narradores nacidos en los ochentas merecen un capítulo aparte). Para concentrar a una generación emergente que empieza a cosechar sus primeras obras maduras, como varios han demostrado, recabé la opinión de un grupo diverso e incluyente de escritores de solvencia probada y de críticos reconocidos. Ellos fueron las voces autorizadas que avalaron la primera etapa de este proyecto.

La mecánica de selección –decididamente influida por el Top Ten de MTV– fue la siguiente. Los escritores y críticos que aparecen como Consejo Consultivo son aquellos que se animaron con la idea, que decidieron respaldarla y con quienes estoy en deuda por su confianza, interés y accesibilidad. Respeté el hecho de que algunos decidieran recomendar menos de los cinco nombres que les requerí –lo que incidió directamente en la formación de un cuello de botella entre “los más votados”, como sucede muy a menudo en el Top Ten: shit happens...–. Mi Consejo Consultivo estuvo conformado como sigue:

Leonardo Da Jandra, Guillermo Fadanelli, Javier García Galiano, Eve Gil, Margo Glantz, Sergio González Rodríguez, Mario González Suárez, Patricia Laurent Kullick, Mónica Lavín, Rafael Lemus, Mauricio Montiel Figueiras, Eduardo Antonio Parra, Sergio Pitol, Cristina Rivera-Garza, Daniel Sada, J. M. Servín, Rogelio Villarreal y Juan Villoro.

La lista preliminar de recomendaciones que arrojó la votación de este Consejo estuvo integrada por más de cuarenta narradores jóvenes dedicados a la escritura de manera profesional, cada uno con al menos una recomendación. De esta primera etapa, estuve obligado a eliminar automáticamente 1) a aquellos que por edad no cumplían el requisito, y más tarde 2) a quienes habían recibido un único voto, quedándome así con una lista más cernida en cuanto a número y calidad para explorar en su obra. El siguiente paso fue leerlos a todos.

Es claro que no necesariamente los escritores más visibles son por consecuencia los más talentosos y que incluso los charts más respetados suelen estar llenos de one-hit-wonders. La mecánica de votación fue sólo una guía, un filtro objetivo y plural para tamizar el campo de mi selección. Por ello, tanto yo como el resto del Consejo Editorial de Almadía, tuvimos también oportunidad de ejercer nuestra propia votación para apuntalar a algunas autoras o autores de evidente talento, aunque quizá no tan visibles por razones varias (como el hecho de haber publicado en editoriales independientes o institucionales, por haber contado con la mala fortuna de una distribución azarosa, por vivir fuera del país, etcétera). Ésas fueron mis apuestas.

La lista definitiva, luego de muchos meses de lecturas y de un largo proceso, quedó formada por veinte narradores y narradoras. Sólo uno de ellos no pudo llegar a la fecha límite para la entrega de textos por razones que se salían de su control y del nuestro. Decidí respetar su lugar, no regalar a nadie más ese sitio que justamente fue ganado, dejarlo desierto. Así fue como al final del día me quedé con la lista de los diecinueve narradores que atienden a este libro. Los textos que entregaron son en su mayoría inéditos, varios de éstos parte de una obra en progreso o escritos ex profeso para este libro. Es con ellos, los diecinueve autores, con quien más agradecido estoy por el privilegio y el placer que significó trabajar conjuntamente en esta labor de selección y edición de su obra.

Hay que dejar claro que la intención de este ejercicio nunca fue alcanzar un enlistado jerárquico, ni vertical, ni con pretensiones canónicas ni de establishment. Por el contrario, se trata de poner sobre la mesa del continente narrativo mexicano una apuesta horizontal y diversa por un grupo de narradores y narradoras jóvenes con talento probado, tener la oportunidad de ir inquiriendo como lectores sobre los temas y las formas que estarán apareciendo en la agenda de la literatura mexicana durante los próximos años.

11 de mayo de 2008

De nuevo la literatura



En líneas semejantes a las trazadas por Antonio Ortuño y Jaime Mesa, Heriberto Yépez comentó ayer, en el suplemento Laberinto del diario Milenio, las posibilidades de existencia de la literatura latinoamericana contemporánea. Sus ideas se prestan para una nueva discusión en torno a la situación actual de los escritores, las producciones y las condiciones del mercado editorial, que han condicionado, en gran medida, el desarrollo de la literatura moderna.

El artículo original puede consultarse aquí.


El fin de la literatura latinoamericana

Por Heriberto Yépez

10-Mayo-08

En un foro me preguntaban ¿cuál es el principal fenómeno de la literatura latinoamericana actual? Mi respuesta es ruda: vivimos el fin de la literatura latinoamericana.

Como tal, la literatura latinoamericana no existía antes del siglo XX, en que se consagró la creencia colectiva de que escribir novela, ensayo o poesía era parte de un proyecto de Nuevo Mundo. “Los Nuestros”. Esa voluntad apareció con el fortalecimiento de las literaturas nacionales, el indigenismo y los idearios revolucionarios. No sólo hablo de la novela de la tierra sino sobre todo de la poesía a partir de Huidobro, Neruda y Vallejo.

Aun la filosofía —más “universalista”— se sumó al proyecto. A modo de pregunta. En ese momento se creó la única buena filosofía que tenemos, cuya cima es mexicana. La “literatura latinoamericana” o “hispanoamericana” se concibió como parte de un plan bolivariano. Borges, europeizado, por cierto, terminó descreyendo de él. Empero, se convirtió en su nacional-cosmopolitismo.

La idea terminó de cobrar forma en los sesenta y setenta.

El boom creyó en esa utopía. Fue su portavoz.

Las generaciones posteriores desearon repetir el hit comercial del boom pero no su discurso político. Ese fue el principio del fin. La literatura latinoamericana murió por el “mercado”. Las ideas bolivarianas fueron confundidas con sus últimos portavoces y al canonizarse, éstas también se oficializaron, desprestigiándose entre parricidas y novísimos.

Con los ochenta, la escritura en el continente se desizquierdó cada vez más y, paradójicamente, el influjo de la mentalidad española (que acogió editorialmente el proyecto) fue esparciéndose.

En los noventa, la globalización hizo que las ideas americanistas de nuestros escritores pasaran a ser momias egipcias.

¡Incluso Vargas Llosa se volvió español!

Pronto terminará la década bebé de este árido siglo, y la voluntad de escribir en relación con la historia geopolítica del continente fue prácticamente abandonada.

Los neoescritores, desde Gringoméxico hasta el deshielo patagónico, desean ser parte de la literatura transnacional. En México, incluso, no ha faltado quien ha sugerido que ¡volvamos a la literatura española! Abandonar la mente liberal y “revalorar” lo conservador. ¡Viva lo presorjuánico! “¡Joder! ¿Por qué no tuvimos franquismo?”

Los post-boom se relajaron; creció el autocolonialismo. Vuelta a la tercermunditis: calentura de integrarnos al “primer mundo”.

Si esta tendencia sigue, en dos décadas la Gran Novela Española del siglo XXI será escrita en América. Y la mejor anglonovela será firmada por un latino.

La literatura latinoamericana se acabó. La única pertenencia a la que se aspira es la pertenencia al mercado. La creación telúrica, el pensamiento crítico y las fuerzas psíquicas de nuestros escritores se han secado.

9 de mayo de 2008

¿Poesía? (notas y editoriales robados)



El pasado 7 de mayo, la Suprema Corte de Justicia ordenó sancionar, con una multa “simbólica” de 50 pesos, al poeta campechano Sergio Hernán Witz Rodríguez, acusado de haber ofendido, en un poema bastante gráfico publicado en una revista de circulación estatal, a los símbolos patrios y a la nación.

La sentencia ha servido para poner de nuevo sobre la mesa dos temas bastante manidos: la libertad de expresión y la eficacia de nuestro sistema judicial. Sin embargo, los lectores de poesía nos vemos obligados a interrogarnos sobre una tercera vertiente: la calidad literaria de “La Patria entre mierda”, la elaboración poética de un texto que, en realidad, no propone nada. Ante los quince minutos de fama de Witz Rodríguez, cabe preguntarse si, de verdad, el grueso de la población (y uno que otro autoproclamado poeta) cree que la poesía es ese cálido flujo directo de las vísceras, lejano a la sensibilidad (que no sensiblería) y al rigor estético e intelectual que ha dado los mejores versos de la literatura contemporánea.

Recogemos, entonces, un par de editoriales aparecidos, con varios años de distancia, en El Universal. Además, hay otros textos disponibles aquí y acá.



Patriótica ridiculez

Por José Antonio Crespo

10 de octubre de 2005

Dos valores importantes de la era moderna suelen entrar en conflicto: la democracia y el nacionalismo. Y no porque sea incompatible aquella forma de gobierno con el sentimiento de identidad u orgullo nacional; por el contrario, el nacionalismo ha sido también nutriente de las democracias modernas.

Pero el nacionalismo también ha sido motor y sustento de regímenes autoritarios de diverso signo. En México se sabe muy bien. Durante el priísmo, opositores y disidentes eran incluso invitados no tan cortésmente a abandonar el país. La defensa de la soberanía fue eficaz coartada para impedir la fiscalización internacional en materia de elecciones o derechos humanos. “El patriotismo es el último refugio del pillo”, decía Samuel Johnson.

Quedan herencias culturales de ese tiempo, al fin reciente, como lo refleja el fallo de la Suprema Corte de la Nación al negar amparo al poeta campechano Sergio Hernán Witz Rodríguez, ganador de varios premios literarios, por emitir en un poema ofensas a la Bandera Nacional, delito tipificado en el artículo 99 del Código Penal que ordena castigar “al que ultraje el escudo de la República o el pabellón nacional, ya sea de palabra o de obra”. Aquí el conflicto es entre la libertad de expresión, elemento esencial de la democracia, y el nacionalismo tradicional que presupone la veneración a los símbolos patrios. La Corte, puede argumentarse, simplemente aplica ese precepto legal que, a mi parecer, es obsoleto, chusco en tiempos de democratización. Habría que eliminarlo (al igual que aquel que penaliza que el Himno Nacional se cante incorrectamente). Y es que bajo esa estrecha óptica habría que repartir múltiples sanciones a escritores, analistas, periodistas y más de un político, por razones similares.

El magistrado Sergio Valls argumentó: “En ese seudopoema no sólo se injuria a la Bandera, sino a la patria misma”. Pero si se penaliza la ofensa a los símbolos patrios e indirectamente a la patria, según dice Valls, por qué no hacerlo a quienes critican a la patria misma, como hacemos muchos analistas y escritores, al condenar diversos actos, no sólo del gobierno ni de la clase política, sino de nuestros conciudadanos en general el pueblo y nuestra idiosincrasia. Cuando afirmamos con o sin razón que los mexicanos (o muchos de nosotros) somos irresponsables, corruptos, apáticos, flojos, ignorantes, irresponsables, tramposos o irracionales, ¿no estamos ofendiendo a la patria misma, formada más por el conjunto de sus habitantes que por un pedazo de tela?

Veamos lo dicho por algunos potenciales “delincuentes”: “La sociedad mexicana es ostentosa, vana, superficial”, Francisco Sosa. “El vicio dominante en la población (mexicana) es la propensión al robo”, Lucas Alamán. “El mexicano no desconfía de tal o cual hombre; su desconfianza no se circunscribe al género humano. Si es comerciante, no cree en los negocios; si es profesionista, no cree en su profesión; si es político, no cree en la política”, Samuel Ramos. “El Himno mexicano nos emociona a nosotros, pero no puede resistir el análisis si uno recuerda esa letra de cruel arrogancia que habla de cañones y sepulcros que se abren”, José Vasconcelos. “De la inmoralidad auténtica, la nuestra es producto directo de la irresponsabilidad, el fraude, el ocultamiento de la verdad, la incompetencia, el latrocinio, el engaño, la torpeza de obras y palabras”, Margarita Michelena. “En México, el sentimiento de nacionalidad es mezquino, carece de autocrítica, de sentido del humor”, José Luis Cuevas.

No creo que quienes así escriben estén afectando “derechos de terceros”, contraviniendo “la paz y seguridad social”, ni perturbando “el orden público” como señala el fallo de la Corte sobre el amparo de Witz. Menos aún que con tales expresiones se afecte “la estabilidad y la seguridad de nuestra nación”, según afirmó la magistrada Olga Sánchez.

Me parece que los tres de los cinco magistrados que condenaron al poeta campechano se envolvieron en la Bandera ultrajada, lanzándose al campo del honor pero cayendo en el del ridículo. A ese paso, cualquier crítica al país o a los mexicanos (que somos la patria de carne y hueso) podría ser considerada como subversiva.

Quienes interpusieron la demanda contra Witz acusaron que con su feo poema “la libertad (de expresión) deja de tener validez individual cuando dañan a terceros y, en este caso, atenta contra nuestra identidad como mexicanos”. ¿De verdad somos tan vulnerables como para que un escrito sin duda de mal gusto y vulgar ponga en riesgo nuestra identidad? Pues habría que acusar a los acusadores por tener una imagen tan deplorable y disminuida de los mexicanos. Eso sí que es una ofensa.

El magistrado José Ramón Cossío, la sangre nueva, la visión joven y moderna de la Corte, dijo que “la libertad de expresión es uno de los pilares de una nación democrática”, en lo cual coincido, pues, al menos en casos como éste, la democracia debe prevalecer por encima de un hediondo y pedestre sentido de nacionalismo.

En todo caso, ¿no es mucho más grave que escribir un mal poema, incurrir desde el poder en corrupción, fraude, tráfico de influencias, represión? Y sin embargo, numerosos perpetradores de tales delitos contra el país pasean tranquilamente, eso sí, llenando sus bocas con discursos de entrega y respeto a la patria.

A la primera provocación entonan, emocionados, el Himno Nacional, aunque no entiendan su obsoleto contenido. Vaya país surrealista éste en el que vivimos, y como dicha expresión bien puede constituir una ofensa a la patria, asumo el riesgo de ser acusado y penalizado legalmente por semejante insulto, que atenta desde luego contra la identidad mexicana y la seguridad nacional.




¡Venga la sentencia!

Editorial EL UNIVERSAL

8 de mayo de 2008


Después de un litigio que absorbió siete años del precioso tiempo de la autoridad judicial, un juez federal impuso una multa de 50 pesos a un poeta que en su opinión ultrajó a la bandera nacional en un poema que escribió y publicó.

Muy pocas personas se habrían interesado en el poema, publicado en Campeche, a no ser por la inusitada publicidad derivada de la denuncia hecha por una asociación civil encabezada por un ex militar.

El juez segundo de distrito, Jesús Bañales Sánchez, radicado en esa entidad, desechó la solicitud de prisión hecha por la Procuraduría General de la República e impuso un castigo simbólico “para desalentar abusos en el ejercicio de la libertad de expresión”, según dijo.

Conocido, el llamado poema “La patria entre mierda”, de sólo 76 palabras, podría ser desdeñado por vulgar y necio, cuando mucho, aunque el artículo 191 del Código Penal Federal prescribe de seis meses a cuatro años de prisión o multa de 50 a 3 mil pesos, o ambas sanciones, a quien ultraje de palabra o de obra al pabellón nacional. En suma, el juez fue benigno.

Hace un siglo, el poeta peruano José Santos Chocano se vio forzado a salir de nuestro país por aludir al escudo nacional mexicano en unos versos: “la serpiente es la traición y el águila la rapiña”.

Estos accesos de patrioterismo, aun justificados por la letra de la ley, parecen desmedidos cuando el Poder Judicial, marcado por controvertidas resoluciones, por decir lo menos, abrumado por rezagos colosales y expuesto por sus espléndidos emolumentos y prebendas, así como por su pretensión de no pagar impuesto sobre nómina ni el suministro de agua, gasta energía en cuestiones adjetivas muy lejanas de los grandes problemas sustantivos que en materia de derecho existen en el país.

Nos sentimos de ese modo inevitablemente reducidos al espacio y al ambiente de los cómicos que hacen chocar con gracia y sarcasmo el código penal en La tremenda Corte.

Los atropellos e injurias a los símbolos nacionales están en otras partes, a la vista de todos, en tanto no logremos un nuevo modelo de convivencia, con un verdadero estado de derecho.

La ley es letra y espíritu, es decir, intención de justicia. Si el poeta Sergio Hernán Witz Rodríguez difícilmente alcanzará la inmortalidad con la calidad actual de su obra, ya obtuvo notoriedad con una condena ridícula, más que simbólica, por lo que fue un exabrupto, no un delito.

Hay otros muchos casos en espera de verdadera justicia.

5 de mayo de 2008

Aún alternativa: veinticinco años del Centro Toluqueño de Escritores



Por Margarita Hernández Martínez

Como abril, mayo se anuncia lleno de celebraciones. Así, mientras algunos festejan el primer día con una sensación paradójica –la agenda en blanco en pleno día del trabajo–, otros recuerdan a las madres mexicanas –quienes, liberación femenina aparte, aún son las receptoras favoritas de planchas y lavadoras– y algunos más, a los maestros –cuya labor se encuentra permanentemente enturbiada por el desempeño del SNTE, los resultados de ENLACE y otros demonios profesionales–. De manera contrastante, entre estas fechas consagradas por la costumbre, un grupo de artistas se concentra alrededor de una fiesta marginal, casi subterránea: los primeros veinticinco años del Centro Toluqueño de Escritores.

Puesta en funcionamiento por Alejandro Ariceaga el 10 de mayo de 1983 –“en un día prácticamente incelebrable”, según Eduardo Osorio, su actual presidente–, esta organización cultural se propone captar, estimular y promover la actividad de numerosos escritores, esas “agujas perdidas” entre “incómodos y apabullantes montones de palabras de paja”. Para ello, ha procurado favorecer, a través de distintas vías de comunicación y difusión, la construcción de las tribunas –término que representa su época de formación: un momento de efervescencia, de toma de consciencia respecto con el oficio artístico– necesarias para remover el silencio y la indiferencia en torno a la literatura, pues, desde la perspectiva de su fundador, ésta proviene de una experiencia dialógica y dinámica: “el escritor vive y después trabaja sobre el papel en blanco, en espera de ser leído; más aún: ausculta las reacciones que suscita su obra en los demás. Es participativo. Está para consignar la vida, para señalar y proponer, para inducir estados de ánimo, para intentar cambios”.

Desde esta óptica vivaz y vigorosa, el Centro Toluqueño de Escritores ha consagrado sus esfuerzos a generar resultados concretos, los cuales se han extendido desde la emisión de sus Cuadernos –que, entre 1983 y 1987, a lo largo de dos temporadas y cuarenta números, lograron convertirse en un órgano de difusión y crítica que, visto a la distancia, acentúa el vacío de las publicaciones contemporáneas– hasta la concesión anual e ininterrumpida de las becas literarias más antiguas y con mayor tradición en el Estado de México. Éstas, conjugadas con sus talleres vespertinos (los lunes, de lectura; los miércoles, de poesía; los jueves, de narrativa), han arrojado como resultado poco más de 90 títulos de poesía, narrativa, crónica, ensayo, dramaturgia y prosa poética, muchos de los cuales se hallan ligados a algún autor galardonado con un premio nacional o internacional. Del mismo modo, este fondo editorial se ha enriquecido con la participación de Maricruz Castro Ricalde, Alberto Chimal, Luis Humberto Crosthwaite, José Luis Herrera Arciniega, Flor Cecilia Reyes, Sergio Ernesto Ríos, Félix Suárez, Enrique Villada y Eduardo Villegas.

No obstante, la trayectoria del Centro Toluqueño de Escritores se encuentra salpicada de altibajos. Tras enfrentar múltiples conflictos con diversas autoridades gubernamentales, se ha convertido en una asociación civil, lo cual implica una curiosa combinación de libertad, autonomía y problemas económicos difíciles de solventar, que, desafortunadamente, han mermado sus capacidades de autogestión. De manera paralela, el Centro ha tenido problemas para adaptarse a –y tomar provecho de– las nuevas tecnologías: basta visitar su página de Internet para observar la falta de actualizaciones oportunas.

De esta forma, el paso de cinco lustros se muestra propicio para la cosecha y el balance. Por un lado, resulta una excelente oportunidad para festejar con la publicación conmemorativa de veinticinco libros –nuevos y viejos, originales y antojolías– y de una antología de cuento breve, derivada de la producción, durante ocho años consecutivos, del Festival Internacional de Cuento Brevísimo: los Mil y un Insomnios. Por otro lado, supone la ocasión para un intenso ejercicio crítico: a una generación de distancia, ¿qué papel juega el Centro Toluqueño de Escritores en el ámbito de la cultura local y nacional? ¿Sigue cumpliendo con sus objetivos? ¿Requiere una renovación profunda? Desde un punto de vista amplio e incluyente, constituye todavía una alternativa de formación y de difusión literaria; sin embargo, la cuestión exige un análisis más exhaustivo. Para comenzar, recomendamos darse una vuelta por sus instalaciones y su librería, ubicada en la Plaza Fray Andrés de Castro, edificio A, local 9, en el centro de Toluca. Como en otros momentos, estamos seguros de que la mejor manera de celebrar es abrir los ojos: entregarse a la lectura y a la discusión.

* Texto correspondiente a la plana cultural del mes de mayo.

¡Bendita sea la madre que la parió y la patria que forjó ese monumento, reina hermosa! (diálogo por la supervivencia de lascivos y mirones)


Por José Antonio Romero Reyes

Jardiel Poncela: Lo más a que puede aspirarse de una mujer que tenga los ojos negros, azules o verdes es a que los ponga en blanco.

Periodista: (en voz muy baja) ¡Cállese, cállese! ¿No ve que somos vigilados?

J. P.: ¡Ah, caramba! ¿Con que ya tenemos al Gran Hermano en Mexiquito lindo?

P.: Para nada, señor. Nosotros lo tenemos mejorado: no necesitamos de costosos sistemas de espionaje, de cámaras ocultas e incorruptibles inquisidores; es más, logramos que la vigilancia, lejos de costosa, sea rentable.

J. P.: Eso sí que es ingenio. Seguro que no será egoísta y me compartirá el secreto.

P.: Desde luego. El secreto está en hacer leyes que nadie respeta. Por poner ejemplos, imagínese que inventamos una ley en la que multamos con mil pesos a quien tire basura en la vía pública o en la que clausuramos un sitio público donde se prohíba fumar. Mejor conservamos el caldo y decimos que lleva albóndigas. Para que me entienda bien, si alguien aplica la ley salimos perjudicados los dos (el multador y el multado), así que mejor hacemos un reparto equitativo y llegamos a un acuerdito.

J. P.: Mire qué ingeniosos e inteligentes son los mexicanos. Oiga, ¿y por qué dice que nos están vigilando?

P.: Ah, es que ahora debe tener mucho cuidado con sus ojos. ¡Por la nueva ley! (silencio expectante de don Jardiel Poncela) Nomás cheque lo bonito que se escucha: a partir del 8 de marzo del presente año –Día Internacional de la Mujer–, la Gaceta Oficial del Gobierno del Distrito Federal determina en la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia…

J. P.: ¡Pare, pare, licenciado!

P.: ¡No me interrumpa, por favor! ¿No ve que pierdo el porte y la inspiración? Sigo: será causal de sanción económica todo aquel ciudadano que profiera e incurra en la emisión de palabras y/o miradas lascivas e insinuantes… como quien dice, que vea a una dama de forma cochinota.

J. P.: ¿Me van a multar por decirle “mamacita” a una mujer que no sea mi sacrosanta progenitora?

P.: Así como lo oye.

J. P.: ¡Qué barbaridad! ¿Y quién vigilará que se cumpla tan humanitaria ley?

P.: Nuestro ínclito, galante y muy refinado cuerpo de policía.

J. P.: ¡Oh, muy bien! ¡Finísimas personas todos ellos! Estoy seguro de que harán muy bien su trabajo. Ya hacía falta que alguien se preocupara por la educación, los modales y las buenas costumbres. El problema está en que los ojos no me traicionen.

P.: Hay opciones, caballero. Por si las dudas, vaya siempre de lentes oscuros hasta para entrar al cine –por aquello del disimulo, ¿no?– o alegue que padece de tortícolis.

J. P.: Todo sea por el bien de la patria. Tendré que privarme de admirar la belleza femenina, de extasiarme en la contemplación de aquellas figuras sin arista, supremas creaciones de Dios, de sus progenitores o del cirujano plástico.

P.: No es para tanto, don Jardiel. El éxito está en saber disimular. Usted mismo lo ha dicho: hay dos sistemas para conseguir la felicidad: uno, hacerse el idiota; otro, serlo.

J. P.: Habrá que inventar el lujuriómetro. Qué resulta lascivo, en qué condiciones, con quién y hasta dónde, ¿no cree?

P.: O hacerse policía, por aquello de que si no puedes con el enemigo, únetele. O tener a la mano cien pesitos, por aquello de hombre prevenido que quiere llegar a un acuerdo mexicano. O bien, optar por los piropos inocentes: preferible ser tachado de inocente que de guarro; así, al menos, su cartera no pagará las consecuencias.

J. P.: Pues entonces celebremos esta gran iniciativa, que dignificará plenamente a la mujer. Me pregunto qué pasará con el galante arte del piropo.

P.: Lo resguardaremos como joya lúdica que trabajarán los especialistas y académicos o le haremos una página en Internet. Ya sabe que la cultura es mejor guardarla y protegerla antes que vivirla. (En voz baja, de nuevo) Se acerca una belleza, ponga usted su mejor cara de palo.

J. P.: Ni hablar. Benditas leyes de la hipocresía.



* Texto correspondiente a la plana cultural de mes de mayo.

** La fotografía que ilustra esta entrada es de Francesc Catalá Roca. La versión original puede verse aquí.

2 de mayo de 2008

El sutil arte de cazar lectores (reportaje robado)


Esta mañana, el periódico español El País publicó un reportaje acerca de las editoriales independientes que, ventas bajas y consorcios internacionales aparte, subsisten en la Península Ibérica. El panorama resulta enriquecedor e interesante, sobre todo por que invita a poner en balance el estado de las editoriales independientes en nuestro país, a unos cuantos días de haber sido aprobada la Ley del libro.

La nota original, ilustrada también con este dibujo bastante revelador, puede consultarse aquí.

Editar en los márgenes: el sutil arte de cazar lectores

Por José Andrés Rojo

Madrid - 02/05/2008

Hay datos suficientes para alarmarse. Algunos sostienen que el libro ha perdido ya su prestigio como camino privilegiado para llegar al conocimiento. Como entretenimiento, tiene demasiados rivales, y las nuevas tecnologías facilitan cada vez más el acceso a los contenidos audiovisuales. El lamento sobre el descenso de lectores viene de lejos y, periódicamente, un nuevo soporte tecnológico (ahora es el Kindle) amenaza al tradicional, el que está hecho de páginas. Con ese panorama, ¿hay alguien que pueda explicar la consolidación de tantos proyectos editoriales independientes en España? Un dato del reciente informe sobre la producción editorial de 2007, hecho por el Instituto Nacional de Estadística (INE), revela que la tirada media de los casi 64 000 títulos publicados es de 3 111 ejemplares. Tiradas menores, búsqueda de lectores concretos. Lo pequeño se impone.

Buena prueba de ello son las editoriales convocadas para este reportaje. Sus catálogos rigurosos, la presentación elaborada y pasión por el oficio les unen. No sólo eso. Son tantos los nuevos y pequeños editores que el criterio para elegirlos ha sido en esta ocasión su nombre. Periférica, Minúscula, Libros del Asteroide… Todas comparten desde su bautismo un campo semántico que remite a lo marginal.

“Conservamos intacta nuestra confianza absoluta en la potencia explosiva de la palabra escrita cuando entra en resonancia con la experiencia vivida”, dice Amador Fernández Savater. Es uno de los amigos que pusieron en marcha Acuarela (se fundó en 1999, ha publicado 28 títulos y da nombre también a un sello discográfico, una revista y un grupo de música), que ahora trabaja con la editorial Antonio Machado. No Irish, No Blacks, No Dogs, de Johnny Rotten (Sex Pistols) resume lo que persiguen: “Un relato en primera persona, una crítica radical de lo existente, una invitación a experimentar sin miedo fuera de lo conocido”. “Preferimos proponer libros sin recurrir a estridencias, casi en voz baja”, comenta Valeria Bergali, de Minúscula (2000; 40 títulos). “Esto no significa que renunciemos a ser ambiciosos”. Lo han sido. En su catálogo hay perlas como LTI. La lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer, o Las ciudades blancas, de Joseph Roth, e irán publicando los seis volúmenes de Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov.

Además de algunas editoriales independientes que ya han hecho historia como Anagrama, Tusquets o PreTextos, desde hace unos años hay otras muchas que se lanzan a la batalla del libro. Lengua de Trapo fue una de las primeras de esta nueva hornada. Le siguió Páginas de Espuma, y luego llegó el aluvión: Gadir, Nórdica, Barataria, Bartleby, Ediciones del Viento, Laetoli, Menoscuarto, Candaya, Global Rhythm, Cabaret Voltaire, Rey Lear, Melusina, Berenice, KRK, Bassarai, Abada, Katz, Marbot… En este mundo hace falta pasión, pero también importa hacerlo bien.

Es el caso de Libros del Asteroide (2005; 34 títulos), que consiguió poner en el mapa a un escritor como Robertson Davies con su Trilogía de Deptford y que, entre los españoles, ha rescatado El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales. “Rechazamos deliberadamente que lo nuevo sea necesariamente un valor en sí mismo y por eso proponemos libros que ya han sido leídos y disfrutados por multitud de lectores en otros países”, explica Luis Solano. “Son las pequeñas editoriales las que menos libros malos publican”, afirma Julián Rodríguez, de Periférica (2006; 24 títulos). “Porque su programación es tan corta que pueden elegir sólo lo mejor, lo más interesante, y porque su prestigio, aún en vías de consolidación, se fundamenta en la calidad constante”. Enrique Redel, de Impedimenta (2007; 10 títulos), insiste en una idea que comparten todos: “El culto por la estética es una especie de signo de los tiempos, y no somos ajenos a él. Creo que es por eso por lo que la mayoría de las nuevas editoriales cuidamos hasta la exasperación nuestra imagen de cara al público”.

Y entonces, llegamos a sus nombres. Porque desde ahí ya muchos definen el terreno que pisan. “Periférico como autónomo”, explica Julián Rodríguez recordando a Leonardo Sciascia, “es decir, como dueño de su propio destino”. Santiago Tobón, de Sexto Piso (2002; 65 títulos), lo cuenta así: “El nombre es una combinación entre una idea muy clara que siempre tuvimos del logo (un sujeto lanzándose desde un edificio) y una muletilla que utilizamos desde hace años entre nosotros: ‘Prefiero lanzarme de un sexto piso a…’. La intención de búsqueda permanente del riesgo implica emprender proyectos basados en el gusto y en la calidad literaria”.

Cierto espíritu suicida igual es necesario, pero la juventud de los proyectos, y de los propios editores, revela que sigue habiendo un público interesado en leer. Las tiradas de las primeras ediciones van de los 1 000 ejemplares a los 5 000 (en contados casos). La aventura es casi la de salir a buscar uno a uno a los lectores. Enrique Redel (Impedimenta) reconoce haber editado “rarezas” y “exquisiteces”, pero celebra haber apostado por los cuentos de Andrés Ibáñez. En Periférica el abanico es más amplio: clásicos y contemporáneos y una apuesta decidida por autores latinoamericanos desconocidos (Carlos Labbé, Yuri Herrera…), aunque sus cifras de venta sean “ruinosas”. De la variedad de caminos que explora da idea su exitoso empeño en dar a conocer las novelas del serbio Goran Petrovic y arriesgar con títulos como Memorias de un enfermo de nervios, de Daniel Paul Schreber.

“¿Quién le compra hoy a su hijo una enciclopedia en papel?”, se pregunta Solano (Asteroide), que considera que el libro ha perdido la batalla “por ser el primer transmisor de cultura”. Pero no ve mal el momento editorial de nuestro país: “Se leen más libros, de más calidad y mejor editados que nunca”. Julián Rodríguez apunta a otro sitio: “Hemos nacido en una época donde podemos ser editores sin ser ricos”. Lo permiten las nuevas tecnologías.

Eso sí, al libro electrónico no le tienen mucho temor. “El libro es muy práctico, está por demostrar que pueda haber algo mejor que el libro… para lectores”, dice Fernández Savater. Y Valeria Bergali: “El libro sobrevivirá, es casi perfecto. Y digo casi porque la perfección, dicen, no existe”.

29 de abril de 2008

¿Narrativa joven? (ensayo robado)



El pasado 24 de abril, en su Blog de la redacción, Letras Libres publicó un breve comentario de Antonio Ortuño, a propósito del ensayo La generación inexistente, que reprodujimos aquí hace exactamente un mes. Nuevamente nos encontramos frente a la discusión en torno a la literatura mexicana contemporánea, siempre móvil y huidiza; siempre opaca y viciada. Nos robamos su texto, que puede leerse aquí en su versión original.


¿Narrativa joven? ¿La leemos?

Por Antonio Ortuño

La próxima semana se presentará en Oaxaca una antología de jóvenes narradores mexicanos (todo lo jóvenes, al menos, que puedan ser los nacidos en el decenio de los setenta). Se llama Grandes hits, su editor es el novelista Tryno Maldonado y le da sello la casa Almadía. Fueron seleccionados para el libro 20 autores, con el único requisito de tener algún libro publicado. Un comité de lumbreras que incluía entre otros a Pitol, Villoro, Glantz, Bellatin y Enrigue, se ocupó del palomeo. La primera noticia, sorprendente, es que existan 20 narradores jóvenes en México dignos de ser antologados. No sólo 20, además, pues la portada del libro incluye la acotación de que es un “primer volumen”. Estos son apenas una cucharada de la sopa entera.

¿Se avecina una buena cosecha de nuevas letras? El fuego de la controversia lo prendió el novelista Jaime Mesa, en un texto muy discutido que apareció en Laberinto. Mesa postulaba que aún no hay nada escrito por nativos de los setenta que valga la pena y proponía una lista de 21 autores a modo de apuesta futura. La antología de Almadía viene a sumarse a un debate que podría y debería ser divertido.

Como autor incluido en ambos listados propongo algunas consideraciones. Primero, que hacer a antologías a estas alturas es, cuando menos, prematuro. Más de alguno de los seleccionados no volverá a escribir o publicar narrativa. Alguien tómese un rato para ver qué fue de los incluidos en la Asamblea de poetas jóvenes de México, compilada por Gabriel Zaid en los setenta precisamente, mientras los ahora antologados nacíamos: hay futuros profesores, diputados, cineastas, vagabundos y borrachos pero poquitos poetas. Una antología de nacidos en los setenta es una quiniela y lo seguirá siendo durante años.

Segundo, ni este hecho que anoto ni las antologías mismas son en el fondo asuntos literarios. Lampedusa, Celine, Cervantes mismo, no habrían aparecido en antologías de sus jóvenes contemporáneos. Cualquiera podría ser el mejor escritor de la generación de los setenta —si tal título nobiliario importa, cosa que francamente dudo— aunque comience a escribir o publicar dentro de cuarenta años. Este juego de las sillas, aunque gracioso, es eso: un mero juego de azar.

Por lo pronto, y sólo para arrojar más boletos a la tómbola, agrego mi propia lista de autores que no figuran en la lista de Mesa o la antología.

1. Nicolás Cabral.

2. Héctor J. Ayala.

3. Mariño González.

4. Rogelio Guedea.

5. Fernando de León.

6. José Israel Carranza.

7. Gabriel Wolfson.

8. Jorge Harmodio.

9. Julián Herbert.

3 de abril de 2008

Romper la inercia


Por José Luis Herrera Arciniega


Hace poco más de veinte años, una tarde en que me encargaba del turno de locución en Radio Mexiquense, hice un comentario erróneo que, para mi suerte, pude corregir con prontitud, merced a una oportuna llamada de Porfirio Hernández. En resumen, y contra mi cruzamiento de cables cerebrales, Philip Marlowe es el detective creado por Raymond Chandler, y Sam Spade el forjado por la pluma de Dashiell Hammet.


Así como entonces agradecí en privado y en público la llamada de Porfirio, agradezco ahora, a través de El Espectador, su artículo del 3 de marzo (“Mejor, hablar de periodismo”), referido a mi colaboración del 4 de febrero (“Prensa y cultura en la inercia”). Subrayo desde ahora: más que controversia, hay un diálogo entre dos compañeros de letras que tenemos más puntos en común que posibles divergencias; uno de ellos, el reconocimiento a la importancia y a la necesidad del periodismo cultural en nuestra sociedad.


Por supuesto, hay matices. Ante mi comentario de que “en la gran mayoría de los diarios locales la cultura sigue siendo considerada por sus editores en el mismo nivel que las notitas de ‘sociales’”, Porfirio cita varios ejemplos de “secciones ya consolidadas con información de la fuente”. No se anulan los dichos: yo he escrito “la gran mayoría”; él cita a tres diarios impresos y a las versiones electrónicas de un par de medios, a los que califica como “espacios reducidos, pero constantes, que se alejan de la versión oficial única para dar paso a nuevos actores sociales”.


En realidad estamos de acuerdo, mas yo insisto en que, a estas alturas del siglo XXI, tendría que haber una política informativa y editorial más sistemática en la prensa del Estado de México, con el fin de otorgar a la cultura el espacio real que ocupa en una población tan grande como la de nuestra entidad –pienso, sin duda, en un rasgo inherente al concepto de cultura: su condición universal, que rebasa las posturas regionalistas o parciales–. Me refiero a una política por la cual las secciones culturales no se hallen a cargo de un solo reportero o reportera, sino de un equipo, aunque puedo citar varios casos felices de profesionales como José Luis Cardona Estrada, Doris Gómora, el propio Porfirio Hernández y, recientemente, Tania Hernández, quienes, como llaneros solitarios, se internaron con pasión en la empresa de sus respectivas secciones culturales.


Aquí hablo como lector: no encuentro un medio que llene cabalmente mis expectativas en materia de información cultural, y no me refiero únicamente a lo que se hace en Toluca o en el Estado de México, sino en el país. Me he ido quedando sin referentes, aunque no dejo de reconocer la calidad de la sección cultural de El Financiero, pero no abundan ejemplos como ése (me refiero, sobre todo, a la prensa metropolitana del DF, mal llamada “nacional”).


Es mayor la carencia de suplementos culturales, en los que Toluca tiene una larga tradición que, por ahora, siento trunca (por cierto, Porfirio debió haber citado también a Mapa de piratas, del cual fue uno de los principales animadores, si no se me cruzan otra vez los cables). Y ahí difiero de sus ideas: varios de los suplementos que enlista no fueron “parte de la cultura escrita”, sino que funcionaron como una expresión concreta de la cultura periodística. De ahí mi insistencia en reconocer el legado de Vitral, que fue espacio propicio para una discusión más amplia, desde las columnas de Alejandro Ariceaga hasta las críticas sobre danza, literatura, historia, cine y otras colaboraciones periodísticas de diversa índole. En el presente, sólo veo algo así en Molino de letras, revista que, con carácter incluyente, se hace desde Texcoco.


Mi arraigo está en el periodismo escrito. Precisamente, la lectura de secciones culturales a la que me incitó Porfirio me hizo reencontrar a Dionicio Munguía, quien, en su columna Las razones del diablo (Impulso, 13 de marzo), publicó lo siguiente: “Veo con desilusión que la polémica en periódicos y revistas ha ido desapareciendo de manera gradual. Los temas actuales han dejado de tener relevancia o los encabronamientos filosóficos y literarios ya no son lo mismo. Ahora se discute por Internet, de manera anónima, sin tomar responsabilidad por lo dicho […]. Los polemistas ya son una especie literaria en peligro de extinción, quizá porque los pocos que quedan ya no tienen el espacio adecuado para llevar a cabo su trabajo intelectual, o porque, en la rapidez de la noticia, un intercambio epistolar público ha dejado de ser atractivo cuando la moda es el mensaje telefónico con un lenguaje horrendo, o el e-mail que ya no es tan público. Los foros abiertos a la polémica dan hueva, pero mayor, porque ahí no se discute con calidad, sólo por cantidad”.


Por eso prefiero el papel periódico, que incluye nombres y apellidos de quienes podemos dialogar como un modo de romper, de ir contra las inercias, a las que el campo de la cultura no es ajeno.


* Artículo correspondiente a la página cultural del mes de abril.


** La ilustración proviene de Flickr. La versión original puede consultarse aquí.

La lectura y abril: de la desolación al asombro


Por Margarita Hernández Martínez


Entre los variados sucesos que agitan abril –el 15 de abril de 1912, el Titanic desapareció en las aguas del Atlántico; el 8 de abril de 1994, apareció el cadáver de Kurt Cobain; el 20 de abril de 1999, doce estudiantes fueron asesinados en la Preparatoria Columbine; el 30 de abril de 1945, Adolf Hitler se suicidó en su búnker subterráneo–, destaca un acontecimiento que define la vida cultural del mundo entero: el 23 de abril de 1616, tras haber escrito, en diversas circunstancias, un conjunto de obras fundacionales para la literatura moderna, Inca Garcilaso de la Vega, Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare murieron. Inspirada por esta conjunción –que podemos calificar de providencial y misteriosa–, la Conferencia General de la UNESCO estableció, en 1995, el “Día Internacional del Libro y el Derecho de Autor”, alrededor del cual giran numerosos festejos y reflexiones.


En nuestro país, estas conmemoraciones cobran un cariz particular. Según cifras difundidas por dicho organismo, México, con un promedio de 2.8 libros anuales por habitante, ocupa el penúltimo lugar en hábitos de lectura en una lista conformada por 108 naciones. Ello significa que se halla por debajo de la media latinoamericana –que se acerca a los 6 volúmenes por persona– y de las recomendaciones de la propia UNESCO –que fija su meta en 25 libros por habitante–. Por lo tanto, las instituciones y los grupos culturales mexicanos destinan sus esfuerzos, más que a la celebración de la palabra escrita, al fomento de distintas actividades vinculadas con la lectura.


En el ámbito local, la Universidad Autónoma del Estado de México organiza, año con año, el programa “Abril, mes de la lectura”. Así, durante poco más de veinte días, la comunidad académica –diseminada prácticamente por todo el territorio mexiquense– tiene la oportunidad de asistir a cafés literarios, conferencias, coloquios, mesas redondas, exposiciones pictográficas y bibliográficas, presentaciones y ferias del libro. Estas labores consiguen animar el ambiente en torno a la lectura y, en ocasiones, exponen algunos de sus enfoques más interesantes y atrayentes; sin embargo, no han logrado captar la atención pública permanente ni elevar los índices citados con anterioridad.


Este panorama resulta desalentador; no obstante, también estimula la necesidad de profundizar en el asunto. Para tal fin, vale la pena preguntarse cuál es el sentido, el valor y la utilidad de la lectura y por qué, a pesar de la insistencia, la población no siente interés por ella.


En primer término, es necesario reconocer que la lectura representa el acceso central a la cultura y al conocimiento occidental, pues ambos se hallan fundados y sustentados en el código de la escritura. Esto implica que, para desarrollar sus potencialidades sociales, cognitivas y educativas, cada persona debe ser capaz de decodificar, articular y atribuir un significado a secuencias de signos concretas; simultáneamente, debe encontrarse en posibilidad de producir una suma de signos provista de organización y de sentido. Desde esta perspectiva, la lectura funciona como vía de interacción entre el universo exterior y el mundo interior; entre los pensamientos ajenos y las ideas individuales; es decir, constituye un medio de comunicación que, complementado con las nuevas tecnologías, garantiza un aprendizaje auténtico y duradero, tendiente a la reflexión y a la crítica. En suma, el propósito de la lectura no consiste en entender el texto palabra por palabra, sino en formar y perfeccionar la identidad de quien lee.


Desde esta óptica, la concepción de la lectura presente en el imaginario social mexicano se revela errónea; en consecuencia, se enfrenta a dos grandes obstáculos, ambos emanados del sistema educativo actual. En primer lugar, éste indica que el proceso de alfabetización concluye cuando una persona descifra los signos escritos, no cuando comprende el sentido global del texto y lo involucra con su vida cotidiana; en segundo, define a la lectura –y, por extensión, a la literatura– como una actividad “seria”, que sólo se desempeña de forma pasiva y silenciosa, frente a gruesos volúmenes escritos por autores que gozan de cierto prestigio.


Estas rígidas posturas se alejan de la realidad. Un vistazo a la experiencia lectora en la cotidianidad demuestra que no sólo leemos distintas clases de libros, también recurrimos a revistas, periódicos y páginas de internet; del mismo modo, leemos publicidad –la cual interpretamos de forma tan natural que, inevitablemente, nos provoca diversas reacciones– y mensajes de texto –cifrados en un código personal y sofisticado que, paradójicamente, empobrece y enriquece el lenguaje a un tiempo–. Estas interacciones prueban que todo individuo tiene habilidades interpretativas: quizás el problema radica en que éstas no poseen una naturaleza transversal, sino que permanecen estancadas en la inmediatez de la comunicación diaria. En cuanto al texto literario, la parálisis promovida por el sistema educativo ha ocasionado la incapacidad de los lectores para participar de él y, en consecuencia, para establecer relaciones concretas entre aquéllos y las manifestaciones artísticas contemporáneas: aunque el Mío Cid y don Quijote pertenecen a épocas y lugares distantes, sus creencias, sus luchas y sus búsquedas no parecen tan alejadas de aquéllas de los superhéroes modernos.


En los próximos días escucharemos, en voz de las autoridades institucionales, una queja que, con el paso del tiempo, se ha convertido en lugar común: entre los mexicanos, simplemente no existe el hábito de lectura. Sin embargo, más allá de su inclusión en la rutina, la esencia de la lectura –y de la literatura– radica en mantenernos constantemente deslumbrados por ella. El reto no estriba en asistir a todas las actividades de “Abril, mes de la lectura”, sino en superar los prejuicios alrededor del libro y aventurarse en su interior.



* Artículo correspondiente a la página cultural del mes de abril.

29 de marzo de 2008

La generación inexistente (ensayo robado)



El 29 de marzo, Jaime Mesa publicó en Milenio este ensayo de largo aliento que, aun con sus defectos, constituye un buen intento para insertar la literatura mexicana en un panorama crítico menos complaciente y más riguroso, sin que ello signifique favorecer el silencio y la parálisis; al contrario: es una invitación a escribir.


La generación inexistente


“Escribimos solos pero no aislados”.
José Emilio Pacheco

Como es ya una costumbre, sobre la marquesina se ha vuelto a poner la frase “relevo generacional”. Empieza a hablarse de una generación que aún no existe, que aún no ha hecho nada para demostrar su valía (porque un puñado de primeras novelas o segundas o terceras no es obra) y que simplemente se agrupa por haber nacido en los años setenta. En su edición de invierno 2004-2005 Blanco Móvil publica el ensayo “Historias para un país inexistente” de Geney Beltrán Félix (1976), donde ya comienzan a barajarse nombres como “Generación de la Crisis”, la “No Generación” de escritores nacidos a partir de finales de la década de 1960. Además de la edad, Geney le otorga otros rasgos: “la constatación de que no hay país” y que “ahora sólo existe la perspectiva personal, desunida, libre y en soledad”. De la misma forma, Rafael Lemus en su “Aquí, ahora: cuatro notas sobre la nueva novela mexicana”, publicado originalmente en la revista española Quimera (2007) y recientemente en Confabulario (Núm. 202, 1 de marzo 2008), arriesga una “radiografía de la nueva generación de escritores mexicanos”, según los editores, donde Lemus exige: “Escribir aquí y ahora: no puede pedirse algo más elevado a los nuevos narradores mexicanos. Si sólo cuatro de ellos actuaran de ese modo, la generación quedaría justificada. Porque hay una nueva generación y aún no se justifica”.

A Nosotros (y este nosotros es virtual; es un nosotros que sólo involucra el yo; a mí que ahora escribo), los nacidos en los setenta, nos tocó vivir como escritores el inicio del siglo XXI. Y ante nosotros tenemos una serie de preocupaciones (literarias y sociales) que son a la vez alientos:

1). La impostergable desaparición (una desaparición parcial, claro está) del libro como lo conocemos ahora. 2). El nacimiento en medio de una edad oscura donde la literatura mexicana no es otra cosa que una aparente repetición de intentos fallidos y donde no existe, ni siquiera, una nueva La región más transparente (en el entendido de que ésta es una primera novela y que su autor tenía 30 años y que apareció en 1958) que, acaso, alguien cerca del 2050 podrá repetir. 3). Además de la inquietante conciencia de ser antecedidos por una generación postboom, la de los sesenta que acuñó para explicar su presencia términos —o estrategias editoriales cuyos aportes estéticos son nulos— como McOndo, Crack, y Generación Fría que luego devino en Generación de los Enterradores. 4). También, como enigma (¿inútil? o ¿necesario?), la encrucijada de cien aristas que representa la noción de que actualmente (los ríos temáticos que corren en sentido inverso al gran mar que significó el Tema de la Revolución se están secando) no hay Tema Mexicano. 5). Y de la mano del anterior punto, la incertidumbre de la utilidad de encontrar o buscar el Tema Mexicano, a riesgo de que se confunda con un nuevo nacionalismo.

Tres, o más, podrían ser las posturas ante la catarata de propuestas de lo que los “jóvenes escritores” están haciendo o se vislumbra que harán. Las más representativas, quizá, son dos. La de los escritores que tratan de descubrir cuál es el siguiente Gran Tema (mexicano o no). Y la de los escritores que están en busca de una “obra honesta”, ramificación del individualismo que es, como dice Geney Beltrán, “la única comunidad viable para el escritor es la que él formará en torno de sus textos”.

Esta aseveración nos enfrenta con varios asuntos. ¿Estamos ante la continuación o el inicio?

Para arriesgar una sentencia que valga la entrada al juego de las predicciones (entendiendo que las otras vertientes, la del escritor solitario, casi atemporal, en busca de una obra maestra no necesita explicaciones) y para ubicar lo que en este momento pudiera tener prioridad (y en consecuencia, necesidad de estudio) diremos que estamos en el inicio del Ciclo, sentando las bases temáticas para las obras que habrán de escribirse. No es gratuito que a partir de 2000 una buena parte de las discusiones literarias o extraliterarias se han centrado en este asunto. Ni gratuito es el afán de definir generaciones, de nombrar o denostar grupos, de explicar tipos de literaturas, de hacer antologías, o revisiones de lo que se ha hecho, de sus logros, y de toda clase de arriesgados planteamientos que denotan una natural incertidumbre.

En 2005 Christopher Domínguez (1962) nos dice en qué momento no estamos: “La literatura latinoamericana tuvo su esplendor durante la segunda mitad del siglo veinte”. Luego advierte que por el momento no aparecerán obras como las de los grandes maestros latinoamericanos, y remata diciendo “ninguna cultura tiene por qué librarse de los placeres del estancamiento o de la decadencia”. A manera de cierre de década, quizá, a finales de 2007 Domínguez lanza su controvertido Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) donde sólo menciona a tres autores de los setenta. La generación aún no se ha ganado el derecho más que a ser nombrada como “nueva literatura”.

En busca del tema

El tan criticado ensayo de José Joaquín Blanco (1951) publicado en Nexos a raíz de su lista de “Las mejores novelas mexicanas”, sin embargo, arriesga un par de pistas interesantes. Menciona que luego del tema de la Revolución no hay más que “temas supletorios como la modernidad, y luego la ‘postmodernidad’; el urbanismo, el feminismo, la marginalidad, la crisis, el Crack, el destierro, la frontera, la emigración a Estados Unidos”. Es decir, que sin Revolución no somos más que la misma literatura que se puede encontrar en otros países del tercer mundo. Al respecto, Geney Beltrán dice: “México fue en último término la novela más exitosa y fallida de la literatura y la cultura de casi un siglo”.

Podría notarse que el asunto peculiar es que la tarea para definir el nuevo Gran Tema Mexicano tiene, en principio, que esforzarse en desenraizar el término de sus connotaciones nacionalistas, revolucionarias o folclóricas. El tema es la construcción del No Tema Mexicano. Es decir, la falta o incapacidad para definir cabalmente la identidad que los nacidos en los setenta tenemos frente al mundo global. Lo que se llama tradición, en nosotros no es más que un espejo quebrado en el que ya no conseguimos vernos reflejados.

La búsqueda del Tema Mexicano no es una búsqueda en México, se sale de las fronteras. El nacionalismo ha provocado la repulsión a esbozar un Gran Tema Mexicano. Simplemente es imposible en este país, en este tiempo. Ya no existe lo nacional que en el pasado unificaba. Ahora existe lo global. Si vemos, o arriesgamos los Grandes Temas Globales del Siglo XXI podríamos mencionar la Migración, los Contrastes, la Guerra (¿Estados Unidos podría ser el símbolo?) y el Problema de la Identidad.

Esta imposibilidad, esta aparente pérdida de interés entre Nosotros, esta aparente inutilidad de devanarnos los sesos pensando en este reduccionismo que ubica una literatura en un marco geográfico, la necedad de hablar de una parte de la población mundial inmersa en un cierto tiempo, es el Gran Tema Mexicano. La ausencia de Tema es el Gran Tema Mexicano. Y aquí va lo difícil. Debido a la globalización, a la estandarización del conocimiento, al somos ciudadanos del mundo, la búsqueda, preocupación y escritura del Gran Tema Mexicano es absurda por sí misma, vista como piedra aislada en el ciclo de este país o de la Literatura Mexicana. Sin embargo, entendiendo el tiempo que nos tocó vivir, el inicio de siglo, la decadencia, el estancamiento, podemos suponerlo como un escalón necesario para que se escriba, lo de veras importante, que podría ser la novela del Gran Tema Latinoamericano, o la novela del Gran Tema Global. Y esto, muy a pesar de Nosotros, sucederá muchas décadas hacia adelante.

¿En este sentido el Gran Tema Mexicano debe ser o podría ser per se el Gran Tema Latinoamericano?

No. El Gran Tema Mexicano (la ausencia, el gran espacio en blanco, la nulidad de tema, la nulidad de identidad, la necesidad de explicarme al mexicano que soy ahora, la ausencia de guerras, de represión, de terrorismo, la imposibilidad de mencionar a personajes mexicanos recientes, de la cosa nacional, la contradicción de que nuestra novela mexicana no tiene o no puede hablar de México, el problema estético de que no podemos decir “Carlos Salinas de Gortari” o “chalupa” en una novela, la ausencia, otra vez, la imposibilidad de escribirlo en nuestras novelas) es un escalón necesario para que se escriba la Gran Novela Latinoamericana o la Gran Novela Global. Y de ahí la disyuntiva.

La escritura, como forma, conseguida

Como era necesario a finales del siglo XX, por el momento (porque se supone que ya se logró) ya no hacen falta los recordatorios de que la mayoría de nosotros tenemos un estilo más o menos decente ni que podemos generar atmósferas envolventes ni que usamos el lenguaje de una manera viva y dinámica. Escribimos bien, pero sin una sustancia adecuada para que los lectores se interesen. Nuestros escritores tienen técnica pero no demonio interno.

Los autores que opten por la búsqueda del Nuevo Tema Mexicano se encontrarán con la dificultad, imposibilidad o virtud (según se le quiera ver artísticamente) de que hoy en día no existe un solo México o dos, como en tiempos del Tema de la Revolución, sino diez o quizá más.

Podríamos entendernos si fijamos la búsqueda del Nuevo Gran Tema Mexicano como piedra angular para “producir una obra maestra”, función genuina del escritor según Cyril Connolly (1903).

La sustancia de esta propuesta inútil es que al acto de escribir una obra maestra contando lo humano “a secas” se le agregaría el plus del Tema Mexicano. ¿Por qué? Y, cuidado en esto, no se busca un nacionalismo ramplón del que estamos más que dudosos, sino contar lo más cercano a nosotros los que vivimos en este país: seres humanos que deambulan en un marco geográfico y un tiempo determinados.

Oscurantismo de principios de siglo

Las novelas que en México aparecieron y aparecerán del año 2000 al 2010 (la década inicial) son un amasijo multitemático que aparentemente no tiene cohesión. En este lapso, los escritores de Primera Novela, de Segunda y Tercera dan pasos atrabancados, unos, y cuidadosos, otros, sin que ninguno, lógicamente, haya conseguido Obra. Podríamos aventurar que existen unos 80 (¿quizá 100?, hay que ponerse al día revisando los índices de las antologías) escritores nacidos en los setenta publicando en editoriales comerciales, ganando premios nacionales y apareciendo en revistas y suplementos que circulan en todo el país. Ése, según la nueva moda, es el relevo, los que quitarán a los nacidos en los sesenta (el engañoso peor enemigo de esta generación incipiente) de en medio.

Esta nueva carrera editorial es curiosa, como todas las otras que han existido en el pasado. La de hoy está formada por una generación que, en apariencia, no tiene nada con que romper. Y esto, quizá, es su punto más importante. Para Nosotros, los escritores de los setenta, el Boom latinoamericano no es un peso sobre nuestros hombros, como lo era para Alberto Fuguet (1964) y Sergio Gómez (1962) cuando lanzaron su antología McOndo en 1996. O como lo era para el Crack.

Porque el asunto más importante a resolver que tuvo la generación anterior, la de los sesenta, fue el Boom, y los grandes maestros latinoamericanos. A estas alturas del nuevo siglo, movimientos como el Crack comienzan a entenderse como necesarios y poco a poco se despojan del aire de juego, de “broma literaria”, de truco publicitario con el que nacieron.

Entonces, podría decirse que el Crack o McOndo eran un grito de auxilio ante la asfixia entendible de tener que convivir aún con los grandes maestros. De ahí el rechazo al Tema Latinoamericano, de ahí la salida a contar historias en el extranjero, usando ese engañoso cosmopolitismo renovado (“la tradición central de la literatura mexicana es una tradición cosmopolita”, diría Christopher Domínguez), de ahí, tristemente, que hasta ahora no exista entre los escritores un desafío, no con manifiestos, sino con literatura, a La región más transparente, por usar el tópico del joven que usa los temas, los renueva, propone, transgrede y acierta.

Los nacidos en los sesenta combatieron con fantasmas de carne y hueso a favor del desarrollo de una segunda literatura mexicana, cosa inasible que quizá algún día consigan los nacidos en los ochenta o los noventa, alguien que en el 2030 tenga 30 años. ¡Qué lujo tener en el 2025 veinticinco años, haber leído las necedades de los “viejitos” de inicios de siglo (que seremos Nosotros, los de los setenta), y aún tener 25 años para escribir la Gran Novela Mexicana!

¿Sería una muestra de humildad necesaria imaginar que en estos momentos está naciendo una persona más inteligente y más sensible que nosotros y que, cuando haga la recopilación necesaria de lo que se publicó en la primera década del 2000, mencione nuestras novelas?

Nuestro mejor aliciente es el inicio de siglo. Y esto incluye estar conscientes de la ausencia del Tema Mexicano o los Temas Mexicanos, saber que el cine, las series de televisión y el embrionario internet son, hoy, formas más eficaces de contar una historia. Nuestros nuevos enemigos son ésos (no los autores del Boom; tampoco, por supuesto, los nacidos en los sesenta), son la tala de árboles, el libro como artículo de lujo, las librerías como tumbas con montones de títulos de los cuales la mayoría estaremos arrepentidos de haber comprado; incluso, las casas editoriales como fortalezas inexpulgables que dejan de publicar a mil autores nuevos por los 80 que están publicando; los editores y dictaminadores que lidian con columnas interminables de manuscritos no solicitados de autores que tras varios intentos de publicación se vuelven más viejos y han encontrado en internet (en los blogs e incluso en los ofrecimientos de “publique usted su libro”) el sitio ideal para la exclusión de ese sitio al que sólo unos privilegiados pueden llegar. Actualmente, si un joven de los setenta vende mil libros en un año (de ediciones de 2 mil) publicado por una editorial de prestigio, se asombrará por las 3 mil entradas al mes que puede tener un blog de alguien anónimo pero eficaz en contar sus problemas personales.

Sin embargo, Nosotros (y recuérdese que ese nosotros es virtual), los escritores de la primera década del siglo XXI, aún queremos ver nuestros libros publicados en papel. Aún confiamos en ese objeto que fue el primer soporte de los Grandes Maestros de todos los tiempos.

¿Seremos los últimos que publiquen en papel? ¿Seremos los últimos cuyas primeras novelas se publiquen en ediciones de 2 mil ejemplares, se exhiban en las librerías, sean tomadas de los anaqueles por manos que las acaricien, que huelan el papel y la tinta, y que decidan comprarlo o no, a diferencia de las nuevas tecnologías, ya existentes, que han cambiado los abominables stocks de libros por catálogos digitales, cuyos usuarios revisan, y de los cuales eligen el libro buscado y lo mandan a imprimir ahí mismo?

Somos la generación que escribe bajo esta conciencia. Somos escritores que aún activamente practicamos “el viejo oficio”, lectores de historias de los procesos de los maestros, y autores que aún imaginamos nuestros libros publicados y exhibidos en librerías.

Los escritores, digamos, de los ochenta, aprendieron a escribir a caballo entre la publicación en papel y on line. Con la conciencia de que el mismo archivo de la computadora sirve para ambos estados de su obra. Nosotros no. Somos, pensando románticamente, el último eslabón de la historia del libro conocido como tal que se embonará sin dificultades con el próximo eslabón donde lo virtual sea moneda corriente.

Los escritores que nacimos en los setenta no peleamos contra nadie. No tenemos monstruos persiguiéndonos y eso hace que nos sumerjamos de lleno en nosotros mismos. ¿Entonces, sólo peleamos contra nosotros mismos?

Eso también le da uno nuevo enfoque al “Otro” de nuestra generación que no es nuestro enemigo sino nuestro contrincante. La mayoría de nosotros, los nacidos en los setenta, se conoce, personalmente, o por sus libros; o mejor aún, a través del internet. Miramos sobre nuestro hombro, sí, pero sólo para mantener las apariencias de que cualquiera de nosotros puede conseguirlo algún día.

El desierto en el que se encuentra la literatura mexicana actual necesita muchos grandes escritores. Lo importante, en este momento histórico, es que veinte lleguen a la meta. No hay nada que sirva de cimiento a nuestras obras. Es la temporada del cimiento no de la cúspide.

Pero además, soberbios que somos, jugamos un doble juego. Enterados o no de que somos los antecedentes para la construcción de la literatura, tenemos una conciencia de que somos capaces de escribir una de esas obras fundamentales. Esa engañosa certeza nos la da la falta de culpas, de batallas (necesarias pero infructuosas literariamente), de amargas victorias y derrotas de los escritores de la generación anterior. Somos, de cierta forma, libres. Somos, de cierta forma, “hermosos y malditos”. Somos los que un buen día podemos declarar que los nacidos en los sesenta no valen la pena y que nos bastamos nosotros mismos (aunque no sea del todo cierto, aunque sea una equivocación). Somos los que hablamos por Messenger a través del país entre nosotros y los que seguimos confiando en nuestra juventud, en nuestra percepción de habitantes del nuevo siglo de que lo podemos leer todo al mismo tiempo de que se publica en donde sea. Somos los primeros de los cuales se ha dicho que su literatura, sus temas, podrían haber sido escritos igual por un ucraniano que un senegalés que un mexicano que un francés. Nos han dicho, por eso, escritores de traducción Anagrama.

¿Alguien habrá notado ya que estamos ensayando seriamente nuestras primeras obras en la primera década del 2000? Me refiero a que, aunque autores de otras generaciones lo están haciendo también, ellos asisten a la primera década con el cansancio de la lucha del siglo pasado, luego de haber publicado sus primeras obras a finales del siglo XX, con varias obras maestras de los de antes sobre ellos, y con el balance negativo de no haber, a pesar de tanto grito, de tanto manifiesto, de tantas páginas escritas, desmoronado ni un poco el pasado. Son los guerreros con heridas de guerra, con lanzas de Realismo Mágico atravesándolos, con balas de carabinas 30-30 aun quemándoles el espinazo. Y en esas figuras, en esas derrotas, en esos cuerpos aparentemente sin gracia para nosotros, se encuentra el frente de guerra al que hemos venido no a reemplazar sino a reforzar. De ellos, no de otros, es de quienes realmente debemos aprender. Porque, además, hay una virtud en la mayoría de ellos, una virtud que nuestra juventud aún ahoga: la generosidad. Porque, paradójicamente, los nacidos en los sesenta, con sus espadas quebradas y sus trofeos de guerra no nos ven como enemigos. A diferencia de nosotros, aún tuvieron como maestros de carne y hueso a los escritores que han construido lo que tenemos por literatura. Conocieron a los maestros y no les temen, por eso, a los iracundos y deschavetados aprendices. Ellos vivieron aún bajo la estela del paso enormísimo, que aún levantaba polvareda, de los elefantes ancestrales.

Y quizá alguien de la generación de los sesenta publique en 2010 o 2020 la Primera Gran Novela Mexicana del siglo XXI mientras nuestra natural soberbia y nuestro apuro por remendar la cartografía de temas esté en su apogeo.

Nuestra ventaja, sobre los nacidos en los sesenta, es que el tiempo hará lo que los intentos de manifiesto o intentos literarios no pudieron: los Grandes Maestros Latinoamericanos vivos han pasado de los 70 años, ya escribieron sus mejores libros y esa aura de magnificencia, aunque brilla sin igual hoy en día, no nos deslumbra; aunque tenemos tatuada su importancia. Arriesgo una línea a ser pensada: ¿qué pasará con la novela de un joven que sea publicada el mismo año que uno de estos grandes muera? ¿Logrará sortear los homenajes, las reediciones conmemorativas, las ventas masivas de los nuevos lectores?

La generación de los setenta es egoísta. Estamos ocupados pensando en nuestros temas individuales, renegamos, sin el mayor asomo de ofuscación, de aliarnos como generación porque, en la mayoría de los casos no tenemos una conciencia social fuerte, o sí, pero siempre resulta algo superficial, dicho en entrevistas más bien porque “debe decirse” o porque pensamos que por ahí está en Gran Tema.

Escribimos de México, a pesar de México, o sin México indistintamente. Y entre tantas lecciones que aún no certificamos está esa; y se podría leer así: ante la imposibilidad de hablar de México escribamos de otros lados. Pero, entiéndase, esa imposibilidad nace del deseo impostergable de hacerlo.

Nada nos distingue

No es tiempo de recolectar y hacer estudios de los temas de la generación de los setenta. Son tan variados como nosotros mismos. Tampoco sirve un top ten.

Estamos escribiendo, eso sí. Y publicando. Nuestras novelas iniciales se editan y aparecieron o aparecerán durante estos primeros diez años. Queremos pelear con los más viejos; aun siendo escritores en ciernes no hemos vuelto la mirada —porque no nos preocupa— ante el hecho de que los autores nacidos en los ochenta comienzan a publicar más, usamos internet como otros el correo; sabemos todo lo que hay que saber debido a la información que se desparrama por doquier; cumplimos ya los treinta años pero aún no llegamos a los 40; y aún no sabemos a quién de nosotros, nuestros compañeros de trinchera, le tocará escribir una gran novela, de esas que los jóvenes en 100 años renegarán y acusarán de que los aplastan. Pero sobre todas las cosas, sobre todas las razones individuales, se puede decir que el Nosotros al hablar de los nacidos en los setenta no existe, y en consecuencia, por fortuna, escribimos por razones muy particulares y no para ver si destacamos del rebaño; ni nos importa escribir ensayos que hablen sobre nuestra generación ni despreciamos ni queremos superar a los que nos hicieron adorar este camino; porque sólo queremos escribir historias “honestas”. Porque ese Nosotros es virtual. Ese nosotros soy yo; es quien esto escribe. Y para quienes ésta es una carrera de 100 metros, para otros les basta recorrer el camino con sus propios demonios. El Nosotros, en la generación de los setenta, es un Yo solitario.

¿Estamos deslumbrados con la angustiosa o alentadora realidad de que somos los primeros escritores de este siglo y que a nosotros, con nuestras incertidumbres, incongruencias y soberbia, nos toca inaugurarlo?

21 autores para el siglo XXI

Presentamos un grupo de autores de “La Generación Inexistente”, que a nuestro parecer están en el proceso de construcción de una obra. Son los autores que han recibido, de una u otra forma, atención y reconocimiento de escritores de las generaciones anteriores, publican en editoriales comerciales en la primera década del siglo XXI y han salido más allá de los círculos locales. Cada uno tiene una búsqueda radicalmente distinta, pero motivada por el deseo de hacer literatura. La lista es una guía de lectura, pero también un juego de azar ante la pregunta: ¿estará entre ellos el autor que se inscriba sólidamente en la tradición de la literatura mexicana?

• Juan José Rodríguez (Mazatlán, Sinaloa, 1970) El gran invento del siglo XX, Joaquín Mortiz, 1998.

• Julieta García González (Ciudad de México, 1970) Vapor, Joaquín Mortiz, 2004.

• David Miklos (San Antonio, Texas, 1970) La piel muerta, Tusquets Editores, 2005

• Martín Solares (Tampico, Tamaulipas, 1970) Los minutos negros, Random House-Mondadori, 2006.

• Alberto Chimal (Toluca, Estado de México, 1970) Grey, ERA, 2006.

• Vivian Abenshushan (Ciudad de México, 1972) El Clan de los Insomnes, Tusquets Editores, 2004.

• Ernesto Murguía (Ciudad de México, 1972) Un dios para sí mismo, Joaquín Mortiz, 2005

• Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) Belleza roja. Fondo de Cultura Económica, 2006.

• Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973)El huésped, Anagrama, 2006.

• Jesús Ramírez-Bermúdez (Ciudad de México, 1973) Paramnesia, Sudamericana /Random House-Mondadori, 2006

• Heriberto Yépez (Tijuana, 1974) A.B.U.R.T.O, Sudamericana, 2005

Luis Felipe Lomelí (Guadalajara, 1975) Ella sigue de viaje, Tusquets Editores, 2005.

• Federico Vite (Hidalgo-Guerrero, 1975) Fisuras del Continente Literario, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2006.

• Eduardo Montagner (Puebla, 1975) Toda esa gran verdad, Alfaguara, 2006.

• Geney Beltrán (Culiacán, Sinaloa, 1976) El hacha puesta en la raíz. Ensayistas mexicanos para el siglo XXI, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2006 (antología realizada junto a Verónica Murguía).

• Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976) Recursos Humanos, Anagrama, 2007.

• Tryno Maldonado (Zacatecas, 1977) Viena roja, Joaquín Mortiz, 2005.

• Mariño González (Guadalajara, 1977) Vietnam, Guadalajara, Arlequín-UdeG-Conaculta (Fonca), 2005.

• Rafael Lemus (Ciudad de México, 1977) Informe, Tusquets Editores, 2008.

• Jaime Mesa (Puebla, 1977) Rabia, Alfaguara, 2008.

• Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978) Arrastrar esa sombra, Sexto Piso, 2008.


* La imagen que acompaña a este ensayo forma parte de una serie de fotografías relacionadas con el poder de la lectura. El resto puede consultarse aquí.