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31 de julio de 2008

De nuevo las antologías


Con un estilo bastante irregular, Angélica Santa Olaya señala, en el suplemento Laberinto del diario Milenio, la aparición de una nueva antología literaria de pretensiones nacionales, esta vez centrada en la poesía. No sabemos que esperar de este intento, luego de haber llegado a la mitad de Grandes hits y hallar únicamente tres textos valiosos y propositivos. Sin embargo, seguiremos al pendiente.

La nota original puede leerse aquí.

Mapa poético de México

Por Angélica Santa Olaya

Es indiscutible la valía cultural que entraña el libro Del silencio hacia la luz: mapa poético de México, que se distribuirá en agosto en Mérida, Yucatán, y en diversos estados de la república. Realizado por Adán Echeverría (1975) y Armando Pacheco (1980), poetas mexicanos con diversos reconocimientos a su quehacer literario. Una ardua y comprometida labor subyace en la creación de este documento que, sin duda, conformará un archivo histórico al incluir el trabajo de más de 640 poetas nacidos entre 1960 y 1989, que será publicado en discos compactos por el Centro Yucateco de Escritores, A.C., y luego colocado en la web.

Diversas serán las interpretaciones y conclusiones a que darán lugar este trabajo que surgió de las ideas de Echeverría y Pacheco, también editores. Ambos, integrantes del Centro Yucateco de Escritores, se han caracterizado por su generosidad al abrir las páginas de sus revistas, Navegaciones Zur y Letras en Rebeldía, a un abanico autoral geográfico y generacional diverso donde el único requisito es la literatura.

El criterio de selección en el mapa se ha definido por dos características básicas que fueron la llave de entrada a la lista de poetas incluidos en esta antología: haber recibido un premio de poesía o publicado al menos una plaquette y/o haber publicado poemas en alguna de las revistas indexadas en el Sistema de Información Cultural de Conaculta.

Quiero hacer hincapié en el factor inclusivo que le da forma a este documento. La razón es que —aun cuando en este texto no podamos tampoco librarnos totalmente de los criterios— se trata de criterios más abiertos que aquellos cuyo indicador es un dedo de fuego que dicta lo que es poesía y lo que no. Tópico siempre controvertido por temporal o subjetivo. No vamos a ahondar en este tema puesto que, como ya dijimos, no es factor de discernimiento en este documento, al menos por parte de los compiladores, quienes no tuvieron en mente la frase “de reconocido prestigio” para seleccionar a los autores que pueden encontrarse en él.

El criterio, acá, está colocado fuera de los antologadores para ser, en todo caso, sustentado por las instituciones culturales que definen el trayecto de la poesía en México. Por un lado, los jurados de los premios de poesía estatales, nacionales y/o internacionales (aun con todos sus “queveres”); y por otro, las editoriales que coadyuvan a la difusión del trabajo poético —aun tratándose de ediciones de autor, lo cual no demerita el trabajo y el reconocimiento de la obra, de acuerdo con Echeverría y Pacheco.

A este respecto, Adán se refiere al trabajo que han realizado como “un pequeño muestrario que permite al lector tener la oportunidad de conocer la calidad de los antologadores y preguntarse: ¿es ésta la poesía que se escribe en México?”. Adán insiste en señalar que ellos no pretenden erigirse en “gurús” de la poesía nacional, “nos atenemos a dar a conocer el trabajo poético de los autores que han sido declarados poetas por otras personas”. Hago notar que lo que él llama “un pequeño muestrario” es un documento que, a la fecha, cuenta con 2 mil cuartillas reunidas en siete volúmenes que incluyen las fichas biográficas de autores de tres décadas. El mapa contempla cinco zonas: Distrito Federal, norte, sureste, occidente y centro. Información que ha sido recogida en una exhaustiva revisión de antologías, revistas y libros publicados en años recientes, e incluso datos tomados de medios electrónicos como blogs. Cada zona, aun formando parte de un todo, tiene sus propias características escriturales determinadas por diversos factores.

Los autores del mapa poético vertieron en la web, hace unos meses —en la página de internet: http://www.lacoctelera.com/eldrenajeliterario—, una imagen gráfica donde la participación del Distrito Federal en este mapa se calcula en 29 por ciento. Resulta raro ver la poesía reducida a números y porcentajes, sin embargo, las estadísticas motivan reflexiones sobre la riqueza y la diversidad de ese porcentaje que, visto de una manera fría y aislada, puede no decir mucho, pero que, analizado desde la perspectiva demográfica, representa el trabajo poético de una amplia población de autores que conforman esta amalgama de culturas y etnias no sólo internas sino externas: personas nacidas en otro estado de la república que radican en él, y otras que nacieron aquí, pero cuyos orígenes se encuentran en otro sitio.

Tan diversa como su origen es la muestra que Adán y Armando han logrado conjuntar en este documento. Voces que se ocupan de las pasiones y otras que prefieren el fértil terreno de las reflexiones convertidas en poesía, confluyendo siempre en el sentir de estos seres que eligieron el camino de la poesía para expresarse.

Mostrar, sopesar y comparar el trabajo poético que se realiza de un lado a otro del país son los objetivos de estos autores. Porque mostrar al mundo las entrañas no deja de ser un acto kamikaze. Para catar a satisfacción esta nueva bandeja de voces habrá que aguardar un poco. Apenas unas cuantas letras más que no han pretendido la resta sino la adición y, ¿por qué no?, la adicción.

19 de julio de 2008

Entre la imprenta y el zapping (reportaje robado)



En las páginas de El País correspondientes al día de hoy, Carlos Monsiváis se interroga sobre las funciones de la novela, el teatro, el ensayo y la poesía, en un momento histórico dominado por los medios de comunicación y las presiones económicas. La respuesta resulta interesante e insuficiente. Habrá que producir la propia.

Entre la imprenta y el zapping

Por Carlos Monsiváis

En la América Latina de hoy, ¿qué papel desempeñan la novela, el teatro, el ensayo, la poesía? Funciones muy diferentes a las ejercidas hace apenas una generación. Ante el Internet, el predominio de las imágenes, la proclamación (falsa) del fin de la Era de Gutenberg y el vigor del analfabetismo funcional, el público se recompone, se amplía, se reduce. Y a los diagnósticos al respecto los acompañan el pesimismo y su complemento directo, el triunfalismo, confiados tan sólo en las fuerzas del mercado.

Lo más señalado de este momento es la globalización de la literatura y de las artes en general, pero este proceso, iniciado en el siglo XIX, lo obstaculizan las devastaciones sucesivas de los países. Cito algunas:

- La caída incesante de la economía en la que a las mayorías toca (un caso de “abismo revolvente”).

- Las crisis políticas sobredeterminadas por el mundo financiero.

- El neoliberalismo que incorpora a las naciones a “la obsolescencia planeada”.

- El imperio de los medios electrónicos.

- El fracaso reconocido en forma unánime del proceso educativo (público y privado), hecho a un lado por el culto a la tecnología y por la sobrevaloración del éxito económico, la única prueba aceptada de acceso a la educación…

- El tipo del tipo de best sellers que se definen como “los libros que le gustan a quienes no gustan de la lectura”. (Por fortuna, lo light no es el único campo de los best sellers).

- La tendencia académica de las especializaciones absolutas que suele ignorar el placer de la escritura y la lectura.

- La gran importancia formativa del cine que lleva tiempo desplazando a la literatura como criterio de modernización.

- El abandono creciente de la fe en la imaginación individual, hecho a un lado por la manipulación tecnológica. (“En donde estuvo la conciencia, aparecen los efectos especiales”).

- El peso de la demografía y el tamaño de las ciudades.

En este panorama, muy poco del legado típico parece firme, la repetición de fórmulas hace las veces de ánimo crepuscular, y las demandas de la educación media representan a la tradición. Ahora, el mayor peligro para la novela no es el culto de las imágenes (que obliga en demasiados sitios a sólo considerar novela a la telenovela), ni el desdén tecnológico por la letra escrita, ni siquiera la incomunicación cultural entre los países latinoamericanos, sino la catástrofe educativa, robustecida por el desplome de las economías y el desprecio neoliberal por las humanidades. El neoliberalismo es por definición rápido, el encumbramiento de una minoría depredadora, y por ello se privilegia a la educación privada al margen de los niveles de calidad, y allí, con énfasis, la aptitud tecnológica es la cima, lo que se traduce en el menosprecio por el humanismo, la adopción ornamental de la cultura, y la burocratización en materia educativa.

Persiste el impulso cultural de una minoría, se vigoriza el fin de las prácticas mnemotécnicas en la educación primaria (el gusto por la poesía se inicia en su memorización), sigue el deterioro de la profesión magisterial, desaparece la mayoría de los contextos culturales, que habían sido el idioma compartido de los países de habla hispana. Ahora, quien desee la difusión masiva deberá en cada libro incluir los niveles informativos prevalecientes. Si se acude a los conocimientos culturales “de antes”, deben explicarse de inmediato porque los diccionarios son sitios del destierro. Los niños y los jóvenes no incluyen por lo común la lectura entre sus aficiones básicas, sin que esto consolide en lo mínimo a las profecías desoladoras sobre el exterminio de la lectura. El libro persiste, pero ha pasado de necesidad pública a demanda de sector, salvo casos excepcionales, precisamente ahora en su expansión posible.

En la educación sentimental y sexual, sin embargo, el rock, el sonido de la modernización, el hip hop, el rap y las infinitas variantes de la tecnología aplicada jamás desplazan del todo a la cumbia, la salsa, el vallenato, el tango, el bolero, la canción ranchera. Más allá de la calidad de parte del rock y de las promociones industriales permanece el canon de modelos de vida, de mitos que ajustan las sensaciones de éxito y de fracaso, de pautas de la conducta consideradas impensables unos años o unos minutos antes.

¿Qué reemplaza a las guías tradicionales de las metamorfosis individuales y colectivas, a la poesía, la novela, el teatro? Con lo anterior no insinúo siquiera que la poesía y la narrativa hayan perdido sus facultades liberadoras y creativas; por el contrario, de la literatura continúan desprendiéndose las grandes atmósferas formativas, lo que certifican por ejemplo la trilogía de los Anillos de Tolkien, la poesía de Sylvia Plath y Jaime Sabines, las novelas de Coetzee y García Márquez. Sin embargo, en lo que a las mayorías se refiere, el influjo mítico de los libros se ha evaporado en buena medida, concentrándose en los sectores minoritarios que no se expanden según los ritmos de la demografía, aunque sí determinan las adaptaciones de cine y televisión.

Al irrumpir las leyes del mercado, los géneros fílmicos y televisivos se modifican con rapidez. El cine-cómic que inicia la serie de Star Wars seduce profusamente en el mundo entero, pero ya tienen nombre los atributos de su fascinación, los efectos especiales, anuncio de la jubilación inevitable de la magia que atrapa a cada generación infantil. En la mayoría de los filmes de éxito desbordado, el hechizo radica en la alta tecnología, y la belleza o la obviedad de las imágenes son la substancia de la dependencia de la pantalla.

En su turno, los efectos de la televisión, ante profundísimos a corto plazo y por acumulación, suelen carecer del brillo del prestigio íntimo, aunque esto ya se transforma gracias al muy buen nivel de las series sobre la vida cotidiana, abordada desde la franqueza o desde la derrota de la censura como se quiera (los primeros “clásicos”: Sex and the City, The Sopranos, 24 horas, Queer as Folk, Oz, Six Feet Under). Y lleva tiempo que los productos latinoamericanos no permiten que las personas, aun las menos críticas, consideren a la televisión su cómplice ideal: “Si en el mismo espejo se contemplan todos mis vecinos y mis parientes, yo no puedo ser Narciso”. Y al no existir como antídoto a la televisión los llamados dramáticos en el camino a Damasco (“Saulo, Saulo, ¿por qué no me apagas de vez en cuando?”), se difuminan las posibilidades televisivas de constituir otra vanguardia del comportamiento.

Todavía se cumple el apotegma de Marshall McLuhan: “El medio es el mensaje”, pero casi siempre el medio es también la moraleja.

Los libros no leídos (reportaje robado)


El suplemento Hoja por hoja, en el ya lejano mes de mayo, publicó el siguiente reportaje, que, aunque cáustico y burlón por momentos, retrata la triste realidad nacional. Lo reproducimos aquí.

Los libros no leídos

Por Fedro Carlos Guillén

Existen cifras que de acuerdo con el temporal informativo se nos ofrecen a los mexicanos y que dan cuenta de lo poco que leemos, dato que las más de las veces se vive con escándalo intelectual, y entonces las lumbreras de la cultura mexicana se quejan de lo brutos que somos, de lo mal que están las cosas y de cómo los tiempos que se han ido siempre fueron mejores. Cuando el dato estalla (menos de un libro por habitante al año en nuestro país), se reinventan hilos negros y multicolores con propuestas de una lucidez sin igual, como “hay que hacer que los jóvenes se enamoren de los libros” (imaginar a un adolescente enamorado de Platero y yo) o “se debe leer obligatoriamente en las escuelas”. Esta última estrategia, que desgraciadamente no es una broma sino una propuesta surgida de un miembro conspicuo del sector educativo, ya ha sido, por cierto, probada históricamente, demostrando que lo único que se logra cuando alguien lee a la fuerza y no por gusto es que considere que La metamorfosis de Kafka es una porquería irremediable, como es mi caso, también irremediablemente y a pesar de las protestas de mis amigos intelectuales que me dicen algo que ya sé: “no entiendes nada”.

Las razones que explican esta falta de avidez por los libros representan un rosario multivariado. En primer lugar, hoy los libros compiten poco y mal con un juego de video que tiene la propiedad de producir epilepsia fulminante en un niño de once años. Por otro lado, las escuelas mexicanas cuentan con un lastre impresionante: una especie endémica conocida generalmente como “maestro” que ayuda poco. Quien haya presenciado las manifestaciones docentes en los últimos años tendrá que convenir conmigo en que si la esperanza de que nuestras criaturas lean está depositada en estos mentores, podemos esperar cómodamente sentados a que esto ocurra hasta el devenir de la noche de los tiempos. Un tercer elemento ya no se vincula con cuánto se lee, sino con lo que se lee, y ahí el panorama tampoco es muy esperanzador. Es claro que el milenarismo y la autoayuda han llegado para quedarse y que la producción literaria con algún destino comercial se basa en títulos como Manual del seductor infalible, Cómo bajar veinte kilos comiendo machitos o Guía práctica para conectarse con el más allá. Por supuesto no seré yo quien cuestione estas preferencias, ya que mucha bilis han invertido nuestros analistas en demostrar que esta basura efectivamente lo es.

Cualquier persona que no sea imbécil debería entender que, ante este panorama desolador, la industria editorial tendría que aplicar un principio de eficacia para tratar de atenuar los posibles daños. La sorpresa es que esto –que parece lógico– escapa de cualquier control en el preciso momento en que se inicia el proceso que, como se sabe, arranca con un señor viendo al cielo frente a una pantalla en blanco y buscando inspiración.

Quizás el momento más sencillo de esta maquinaria productiva es el de escribir un libro; para ello basta una idea, alguien medianamente lúcido que tenga algo que decir y una cierta disciplina para armarlo de manera legible. Acto seguido empieza un proceso muy parecido al Rosario de Amozoc. El escritor acude con su manuscrito a una casa editorial (que normalmente lo recibe como los aborígenes al capitán Cook) y entonces el editor dice, lacónico: “nosotros le avisamos”. En ese momento empieza la fase de dictamen (que puede durar una era geológica), por medio de la cual la casa editora le da a leer a un señor que asumimos experto en las reacciones del público, el libro de marras. En el mayor número de los casos el dictamen es negativo, pero, de cuando en cuando y para sorpresa del autor, se le dice que sí. Éste se embriaga con sus amigos, festeja y, si le va bien, se gasta los cinco mil pesos de regalías anticipadas que recibió.

Acto seguido, la editorial imprime el texto (normalmente tres mil ejemplares) e inicia una campaña de mercadotecnia que tiene la eficacia de un rifle de municiones; si hay recursos (nunca los hay) se invita a una presentación del libro donde cuates y gorrones se enteran de algo que ya sabían: se ha publicado un libro. Sin embargo, las fuentes culturales difícilmente abrevan de estos ágapes y la promoción se reduce a una notita invisible. Una segunda estrategia es hacer una gira de medios en la que, de acuerdo con las posibilidades del editor, se agendan las entrevistas con el autor. Lo más probable es que se logre una charla en la radio a las tres de la mañana con un locutor que no sólo no leyó el libro, sino que difícilmente entiende cómo la vida lo puso en la circunstancia de entrevistar a alguien que no tiene el gusto de conocer.

El tercer paso de este desastre ocurre con un concepto elemental: la distribución. Uno pensaría que una prioridad del editor es poner rápidamente todos los libros a la venta en el menor tiempo posible, ya que de eso se trata el negocio (pensar de otra manera supondría un talento comercial equivalente al de Capulina). Sin embargo, cuando se llega a buscar un libro (la estrategia más ignominiosa pero la más eficaz es buscar uno propio) invariablemente se encuentra con la respuesta del librero en el sentido de que a) está agotado o b) no ha llegado. La primera sería una noticia estupenda en el caso de que fuera cierta, pero no lo es; esto es comprobable con el cobro de regalías que suelen ascender a cuatrocientos pesos gracias a los catorce volúmenes que se vendieron en los seis últimos meses. La segunda es altamente probable y se basa en una ecuación donde los libreros (poco informados y mal preparados) deciden qué adquirir en condiciones frecuentemente leoninas. Los editores, en consecuencia, se quejan de este trato y hacen poco por remediarlo. El resultado final puede ser de grand gignol, ya que en muchos casos los libros ya reseñados no se encuentran aún en las librerías o, peor aún, los libros que llevan meses sin promoción alguna son anunciados por sus autores como “una novedad que ha sido bien recibida”. Es el caso reciente de un señor que reseñé en estas páginas y que lucía patético hablando de lo bien que le iba a un libro bastante malo.

Veamos: una industria comercial, cualquiera que ésta sea, tendría que promover el mayor éxito posible dentro de su gremio. De cuando en cuando escucho quejas por la falta de apoyos gubernamentales a las tareas editoriales que, si bien pueden ser acreditables, se disipan ante esta especie de harakiri en contra de que un libro llegue a un lector cerrando un círculo virtuoso. Las pistas para salir de este atolladero las podría entender cualquiera no fuera idiota. Todo libro requiere cierta promoción, que no implica gastos descomunales. Asimismo, es menester que se encuentre en los puntos de venta una vez que sido promocionado. El tercer paso es que los libreros entiendan que el hecho de tener el sartén por el mango no debería otorgarles esa arrogancia de pulgares levantados, ya que, en muchos casos, su desconocimiento de una obra o un catálogo los afecta económicamente. Los reseñistas tendrían que salir de su tono críptico e insondable y decirnos llanamente si recomiendan o no un libro, ya que poco ayuda un comentario como “la prosa de Fulanito se difunde como un aleluya espiritual en el que las letras forman parte de un carnaval caótico”, y entonces uno no sabe si el libro es notabilidad o bodrio. Finalmente, los lectores deberían estar claros en que la compra de un libro supone el acto de leerlo y utilizar esa experiencia para compartirla con sus amigos (el “boca a boca” ha sido el secreto del éxito de libros como La sombra del viento, de Ruiz Zafón).

Nuestro país se caracteriza por su notable capacidad para quebrarlo todo. Carreteras, cines o fideicomisos son sólo algunos ejemplos. Las claves son simples: falta de comunicación, rapiña y fagocitosis empresarial. Parecería ser que la industria editorial en nuestro país no aprende una lección elemental: publicar un libro tiene costos y éstos no se recuperarán nunca sin una adecuada comercialización y difusión de su producto. No se trata de seguir las reglas descarnadas del mercado, simplemente de utilizar un poco de sentido común. De otra manera, los escritores (ese gremio añorante) desaparecerán como los dinosaurios o, peor aún, se dedicarán a escribir libros como Caldo de pollo para el alma, que es una forma indigna de morir, literariamente hablando.

7 de julio de 2008

Ni rencor ni sentimentalismo: Bromas para mi padre, de Eduardo Osorio



Por Margarita Hernández Martínez

I

El pasado quince de junio, las familias dispares se reunieron, los restaurantes se abarrotaron y los centros comerciales devolvieron a la calle a cientos de consumidores atiborrados de paquetes. Sin embargo, nada suaviza la imagen del padre: ni los regalos ostentosamente individuales –en franco contraste con las planchas y lavadoras características del Día de las Madres–, ni las comidas dilatadas y pantagruélicas, acompañadas de copas, Mañanitas y abrazos que no abrigan reconciliaciones permanentes. Como todas las celebraciones de su especie, el Día del Padre –único e indivisible, a diferencia de las múltiples madres que habitan cada cuerpo femenino– se ha convertido en un despliegue de remordimiento mercantil que agita, en ese silencio lleno de fiesta descrito por Octavio Paz, antiguas melancolías, distancias autoritarias y habituales sentimientos de abandono. Petrificado por la vida o desacralizado con la muerte, el padre es la encarnación del diálogo imposible: lo ha experimentado Juan Preciado y lo ha dicho Enriqueta Ochoa (“para poderte hablar / así, de frente, / tuve que echarme toda una vida / a llorar sobre tus huesos”). Habría que proponer otra forma de relacionarse con él, más allá del festejo tradicional y las convenciones.

II

“Un falso cinismo disfrazado de humor asume a pausas la conciencia de la muerte”, anuncia la contraportada de Bromas para mi padre, del escritor mexiquense Eduardo Osorio (Toluca, 1958). No obstante, este brevísimo libro –pues suma apenas 60 páginas y se lee en poco más de 30 minutos– no se estanca en la reformulación de un tema que –nos ha demostrado Pedro Páramo– es más propicio al rencor que a la confesión: el deceso del padre, ausente ya desde la vida. Tampoco muestra afinidades con los doloridos versos de Retorno de Electra, más cercanos a la reformulación íntima de un antiguo mito griego que a la construcción de un imaginario estrictamente personal.

Desde esta perspectiva, los textos contenidos en Bromas para mi padre –oscilantes, por lo demás, entre la minificción y la prosa poética– resultan novedosos en más de un sentido: no sólo expresan el cariño de un hombre por otro, sino que manifiestan el afecto –llano, genuino y nada celebratorio– de un hijo por su padre, independientemente de su fallecimiento. Acorde con estas innovaciones temáticas, Osorio propone una estructura narrativa polifónica, con todos sus jugueteos y contradicciones; sus dudas y paradojas: mientras una voz afirma, clara y contundente, “escribo de ti y de tu muerte sin pudor alguno”; otra, sobrecogida por la angustia general, susurra: “mejor será que me comporte como todos y me ponga a plañir por un desconocido”.

De este modo, ambos personajes –padre inevitablemente muerto; hijo irremisiblemente creador– cobran una nueva textura humana, una especie de vulnerabilidad que los devuelve al terreno de la comunión y el diálogo. Así, la fría figura autoritaria se rompe y muestra “el maquillaje cenizo de [sus] labios rotos, [su] párpado violeta”; en tanto, su descendiente al fin se reconoce e interroga: “¿de quién voy a ser el hijo terrible, pródigo y consentido?”. Estas frases cómicas y consternadas, que abundan a lo largo del texto, son fuente de calurosas ironías (“¿acaso no fuiste tú el primero en comprar una calaverita de azúcar con mi nombre?”), de reproches y disculpas suaves (“¿no podrías morir sin lastimarme?”), de peticiones delicadas y humildes (“¿abrirías tu lápida para invitarme a platicar un rato?”, “¿a qué nube te mando mis recados?”) que transforman el lenguaje destinado al padre en una condensación afectuosa, íntima y enérgica, que aspira, además, a la prolongación en otras generaciones: “si acaso llegaras a mi cama para desquitarte, para jalarme los pies hacia tu mundo, espero despertar y descubrir que no eres tú, sino mi hijo, pidiendo el desayuno”. Con estos elementos, Bromas para mi padre salta sobre los paradigmas y constituye, sin duda, un libro sobre el asombro inherente al verdadero amor, más allá del rencor y el sentimentalismo.

Eduardo Osorio (2004), Bromas para mi padre, Instituto Mexiquense de Cultura / Centro Toluqueño de Escritores, Toluca.


* Texto correspondiente a la plana cultural del mes de julio.

Noticias frescas del país de los verbívoros


Por José Antonio Romero Reyes

Se ha descubierto la existencia de un nuevo país habitado por peculiares criaturas devoradoras de verbos y demás palabras: la bella ciudad de Verbalia. Según informes de nuestros arriesgados corresponsales, la fundación de Verbalia figura oficialmente en sus anales (bueno, en sus crónicas) desde el día 20 del mes 02 del año 2002 a las 20:02. De manera inevitable, su gusto por las capicúas ya venía como su etiqueta de origen.

Verbalia es una ciudad cosmopolita en la que las diferencias se unen para acentuar las coincidencias. En ella se han establecido ingleses, castellanos, catalanes, italianos y franceses. Cada uno establece su lengua materna en sus colonias, pero, a fin de cuentas, las reglas de juego son las mismas: en cada uno de estos idiomas se pueden jugar los mismos juegos de los otros. En Verbalia se hablan todos estos idiomas, pero su Carta Magna es la misma. Algunos de sus más añejos habitantes dicen que existen cerca de cincuenta juegos de palabras diferentes en cada idioma, juegos que nos vacunan contra el aburrimiento y la llamada esterilidad creativa; pero están por hacerse más.

Esta semana, el reto es crear las frases más latosas para escribir en el celular; mensajes donde las palabras utilicen las letras de la misma tecla (abc, def, pqr, etcétera) y nos obliguen a tardarnos en mandar el SMS. Uno de los grandes misterios por resolver en Verbalia consiste en analizar algunas frases hechas que no corresponden con la realidad: ¿por qué decimos “las tres de la mañana” en vez de “las tres de la noche”, si, en efecto, no hay sol a esas horas de la madrugada? Me tengo que yo sé la respuesta y, sorpréndase, la explicación no está ni en la gramática ni en los usos y costumbres, sino en la matemática, y es perfectamente lógica esa frase… pero no les resolveré el misterio a mis amigos verbívoros hasta conseguir la visa vitalicia en Verbalia. Por cierto, pueden avisarle a don Armando Hoyos que mande sus preguntas, aquí el ingenio se toma en serio.

Verbalia, país perfectamente visitable y hospitalario, ha logrado lo que algunos recintos llamados aulas de clase no: estimular el interés por la lengua empezando por verla como juego. Los juegos verbales, bien aprovechados, nos proporcionan información práctica acerca de nuestra tradición literaria, nos obligan a aprender gramática intuitivamente (no es poca cosa acomodar palabras que cumplan con ciertas restricciones y que el resultado sea lógico o, siquiera, coherente), desarrollan la capacidad de trabajo y de reflexión acerca de nuestra lengua y, quizá lo más importante, son una vacuna confiable contra la esterilidad creativa. Para escribir no siempre hace falta una buena historia, sino la disposición a jugar y a trabajar con las palabras, la invitación a devorarlas y tomarles todo el sabor posible, exprimirles todo su jugo.

El gobernante y fundador de Verbalia nos ha concedido una rápida entrevista para El Espectador:

- Don Màrius Serra, presidente constitucional de Verbalia, buenas noches. ¿Qué nos puede decir acerca de la fundación de Verbalia?

- De momento, no nos molesten, estamos muy atareados jugando.

- Gracias, señor presidente. Seguiremos informando.



* Texto correspondiente a la plana cultural del mes de julio.



** La fotografía original puede verse aquí.

Efraín Bartolomé y el canto sagrado



Por Heber Quijano

Al leer Ojo de jaguar de Efraín Bartolomé (1950), la fuerza expresiva con que el poeta de Ocosingo habla de la selva y del ambiente monzónico genera un impacto intenso, un rugido destellante. Quién puede pararse en medio de la selva sin sentirse pequeño ante su majestuosidad. Minúsculos roedores cibernéticos como somos quienes ya vivimos con un ratón en la mano, que es casi un apéndice de nuestro cuerpo, poco podremos entender de la importancia vital y metafísica de los espacios abiertos, verdes y sin luz eléctrica.

Sin embargo, la selva de Bartolomé no es la selva lacandona de hoy, que vive en una intensa depredación matricida. No, la selva de Bartolomé no es solamente la selva tupida, indómita, que siempre ofrece su venas a los animales o a los peregrinos, sino “el oro real: el privilegio de vivir en el Edén, en el Paraíso, en el Galaad”. De esa manera, podemos ver cómo confluyen dos fuerzas ineludibles: Ojo de jaguar “es […] un intento por recuperar el Paraíso perdido de la infancia, que ha sido incinerado en los altares del progreso”. Ese Paraíso es ambas cosas a la vez: la selva y la infancia, y ambas han sido pervertidas por las fuerzas destructoras de la máquina, la ciudad y el consumo.

Para Efraín Bartolomé, la poesía se convierte en una forma de regresar a la región fantástica y uterina que es la selva y, al mismo tiempo, a la vida, aunque también lleva consigo una militancia mítica y un grito de guerra, con la palabra por delante. Así, en la entrevista que le hizo Juan Domingo Argüelles, podemos percibir por qué Bartolomé entiende la poesía como “la invocación de la Gran Diosa desde lo más profundo del corazón humano. Hundir el lápiz afilado hasta el fondo del corazón sombrío y escribir con sangre o luz lo que tengas que decir a la Diosa”.

Su poesía es un canto que crea, de la nada, el cosmos; un canto capaz de aprehenderlo y entenderlo, como lectores y como habitantes de su propia inmensidad: “¡arrodíllate Sol, te estoy nombrando!”. Un verso de tal magnitud puede hacernos pensar en la sentencia en la cual Huidobro equipara al poeta con un pequeño dios y orillarnos a percibir el universo de dos formas: la vital y la verbal. Ya Julio Cortázar hacía decir a sus extravagantes personajes del Club de la Serpiente, en Rayuela, que “lenguaje quiere decir residencia en una realidad”, ello podría develarnos el afán estético de Ojo de jaguar y quizás un poco del espíritu poético de Efraín Bartolomé. Sin embargo, lo mejor es estar inmiscuidos entre sus versos y su aliteraciones, quizá acechados por un jaguar diurno o por una acacia húmeda.

Efraín Bartolomé (1994), Agua lustral. Poesía 1982-1987, Conaculta, México.

Juan Domingo Argüelles (1997), Diálogo con la poesía de Efraín Bartolomé, Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca.



* Texto correspondiente a la plana cultural del mes de julio.

30 de junio de 2008

Más de Grandes hits



Aunque hace poco escribimos el epílogo de esta discusión, el mismo suplemento Laberinto que publicó las crónicas de Machado sacó a la luz esta entrevista con Tryno Maldonado. Y ya tenemos el libro en las manos.

Tryno Maldonado: “Somos la primera generación sin patriarca”

Por Héctor González

Diecinueve autores nacidos en los setenta han sido reunidos en un libro publicado por Almadía, que muestra que éste es un grupo de individualidades con búsquedas diversas, según el antologador.

“La cosa se va a poner buena”, dice Tryno Maldonado (Zacatecas, 1977). Autoasumido como el dj de este compilado llamado Grandes Hits. Vol 1. Nueva generación de narradores mexicanos (Almadía), donde se reúne a 19 escritores, que bien podrían considerarse los más promisorios entre quienes nacieron de 1970 a 1979. Como todo ejercicio que implica criterios de selección –y si no que le pregunten a Christopher Domínguez Michael–, éste ha generado polémica, críticas y descalificaciones, a las cuales responde el editor en entrevista.

¿Cuál es la idea de esta antología: un divertimento o la intención de formar un grupo?

Es justo lo contrario. No pretendíamos hacer un canon, un establishment o incluso una propia generación literaria. La idea surgió por iniciativa de Leonardo da Jandra, quien me propuso hacer una antología de nuevos narradores mexicanos. Al principio me mostré muy escéptico, pero después, cuando rastreé a la gente de mi generación, me di cuenta de que ya era buen tiempo para un ejercicio de este tipo, porque varios de los autores ya estaban entregando obras maduras y algunos otros ya tenían proyectos muy definidos. La dinámica de selección estuvo marcada por lo que hace la revista Granta en Inglaterra. Primero formé un consejo consultivo, que en mi caso estuvo integrado por Sergio Pitol, Margo Glantz, Juan Villoro, Guillermo Fadanelli, Cristina Rivera Garza, Rafael Lemus, entre otros. A cada uno le pedí cinco recomendaciones de narradores que hubieran nacido entre el 70 y el 79, y al menos con una obra publicada. A partir de ahí me quedé con una lista de casi 50 autores y luego entró mi criterio como editor y antologador.

¿Cuál fue ese criterio?

Quedarme con las voces más interesantes. Fue una dinámica tipo el top ten de MTV, tenían su lugar asegurado los autores con más recomendaciones. Finalmente ésta es la apuesta que Almadía decidió emprender.

Algunos han dicho que es muy prematuro hacer un libro de este tipo…

Para mí es muy buen tiempo, de hecho ya nos habíamos tardado, algunos de los antologados tienen 37 o 38 años. La mayoría de los autores que incluimos han entregado por lo menos una obra madura e interesante. Creo que el corte de caja quedó muy a tiempo. Aparte es un riesgo que decidimos correr yo como antologador y Almadía como editorial.

Jaime Mesa, autor de su generación mas no incluido en la antología, escribió que esta generación no ha hecho nada para demostrar su valía, ¿qué piensa de esto?

Pues… es muy pronto para emitir esta clase de juicios contundentes. Es complicado exigir a autores que apenas entran en los treinta que entreguen obras maestras. Pero eso es lo interesante del ejercicio de ser editor y de tener la libertad de trabajar en una editorial independiente. Nosotros, en vez de esperar a que un autor madure y entregue obras maestras, salimos a la calle, hablamos con ellos, los rastreamos y leímos completos.

A nivel mercadológico es más fácil colocar a un grupo o a una generación de autores a través de una etiqueta que de manera individual. Así pasó con el boom y el crack. ¿Con ustedes pasará lo mismo?

No lo concebimos así en ningún momento. Una de las características más fuertes de esta generación es que no se reconocen como parte de un grupo o de una tendencia estética o temática. No están buscando agruparse, al contrario. Hay un cúmulo de individualidades interesantes que emprenden búsquedas diversas. Al momento de ponerlos juntos, fue más por interés literario y no mercadológico.

Pero estará de acuerdo que, aunque no lo hayan buscado, se puede prestar para esto. Por ejemplo, en distintos foros ya se habla de la “generación inexistente”…

No sé, me parece más una entelequia producida por la paranoia a la que el patriarcado cultural nos tenía acostumbrado. Lo que no conoces tiendes a ponerlo en un solo cajón, pero espero que por el bien de esta generación no la encasillemos, sería una pena. Tenemos la fortuna de ser la primera generación que empezó a escribir sin la sombra de un patriarca literario, sin un poder hegemónico.

En las generaciones anteriores los autores se disputaban el aval de Fuentes o Pitol, ¿ustedes no tienen esta necesidad?

No sentimos la injerencia de ningún patriarca, esa figura se ha difuminado. También creo que el peso específico o la gravedad del centro se ha desperdigado un poco. Ahora puedes escribir, ser visible y publicable en las editoriales comerciales sin salir de tu ciudad. Yépez escribe desde Tijuana, Montagner lo hace desde Puebla, Pablo Raphael y Guadalupe Nettel trabajan en Barcelona. No tienen la necesidad de vivir en el centro. Gracias a internet estas vías ganan fuerza y los grandes caciques pierden poder.

En la introducción de la antología habla de que no existe un “gran tema”, existe la búsqueda y quizá éste no atraviesa por lo mexicano…

Durante un tiempo la novela y el cuento fueron los encargados de crear la identidad mexicana. Todavía en el siglo XX desde la novela de la Revolución hasta Fuentes, existía esta exigencia. Afortunadamente ya no estamos obligados a devolver las señas de identidad como escritores. En este sentido se han desperdigado los intereses y disciplinas a las que están volteando los nuevos narradores mexicanos. Incluso en varias de las obras de los autores de los setenta existe un afán por boicotear los grandes tópicos mexicanos que se han convertido en clichés. Hay una vuelta a México como tema, pero visto con soslayo, cinismo y sobre todo con desconfianza. Creo que este regreso será muy sano y nos entregará respuestas muy interesantes.

Carlos Fuentes publica La región más transparente a los treinta años; José Agustín ya era un escritor pujante a los veintitantos; ¿ubica en esta generación casos similares?

Tienes razón, ellos eran autores de fuelle con obras maduras a edades muy tempranas. Pero esta generación es más lenta, vive su proceso creativo con más calma. Algunos entregan sus primeras obras a los treinta o a finales de los veinte. Me parece que más que estar atrasados o ser una generación lenta, tiene su propia dinámica y procesos. Todavía no sé a qué respondan estos factores, creo que el mercado editorial está más abierto. Hoy es más fácil publicar que en la época de Fuentes o José Agustín. No sé, quizá tengan desconfianza hacia el mercado que está publicando mucho.

En este sentido, los blogs serían una válvula de escape…

Sí, están siendo las alternativas más viables para la estrechez del mainstream editorial. La mayoría de los autores de esta generación escriben en blogs cosas que de otra forma, a lo mejor por el tema o la inmediatez, no tendrían cabida en un libro o en alguna revista. Somos la generación a la que le tocó la transición de la máquina de escribir a la computadora y al internet.

¿A qué suenan estos Grandes Hits?

Hace poco les pregunté algo parecido a los autores de la antología. Y la respuesta más interesante me la dio Luis Felipe Lomelí, quien me dijo que suena a un estadio vacío, cuando apenas va llegando la gente pero a presenciar un clásico. Así que la cosa todavía se va a poner buena.

Como en todas las antologías, en Grandes Hits. Vol 1. Nueva generación de narradores mexicanos son tan notables las presencias como las ausencias. La siguiente es la lista de escritores incluidos y algunos de los más destacados entre los relegados.

Presentes

Alberto Chimal (1970), Bernardo Esquinca (1972), Bernardo Fernández (1972), Julieta García González (1970), Jorge Harmodio (1972), Luis Felipe Lomelí (1975), Mayra Luna (1974), Alejandra Maldonado (1975), Alain-Paul Mallard (1970), David Miklos (1970), Eduardo Montagner (1975), Guadalupe Nettel (1973), Antonio Ortuño (1976), Antonio Ramos (1977), Pablo Raphael (1970), Juan José Rodríguez (1970), Ximena Sánchez Echenique (1979), Martín Solares (1970) y Heriberto Yépez (1974).

Ausentes

Gonzalo Soltero (1973), Vivian Abenshushan (1972), Ernesto Murguía (1972), Emiliano Monge (1978), Rafael Lemus (1977), Federico Vite (1975), Mariño González (1975), Jaime Mesa (1977), Gabriel Wolfson (1976), Will Rodríguez (1970), Julián Herbert (1971), Fernando de León (1971) y Luis Jorge Boone (1977).

Crónicas escogidas (y también robadas)

El pasado 28 de junio, el suplemento Laberinto publicó este conjunto de divertidas crónicas que me recuerda lo que alguien me dijo un buen día: las crónicas son los cuentos que cuenta la realidad. Las copio aquí, aunque la versión original está disponible acá.

Crónicas escogidas

Por Joaquim Maria Machado de Assis

(Traducción de Alfredo Coello)

De uno de los mayores escritores brasileños, la editorial Sexto Piso ha reunido en un volumen parte de su trabajo periodístico, en el que da cuenta de cosas aparentemente triviales y de la vida cotidiana de su país en el siglo XIX.

El origen de la crónica

Existe un camino más o menos seguro para comenzar la crónica por una trivialidad. Simplemente decir: “¡Qué calor!, ¡qué desatado calor!”. Se dice esto agitando las puntas del pañuelo, resoplando como un toro, o simplemente sacudiéndose el abrigo. Se culpa del calor a los fenómenos atmosféricos, se hacen algunas conjeturas acerca del sol y la luna, otras sobre la fiebre amarilla, se le dedica un suspiro a la ciudad de Petrópolis, y la glace est rompue; ha dado inicio la crónica.

Aunque, lector amigo, ese medio es todavía más viejo que las crónicas, las cuales apenas datan de Esdras. Antes de Esdras, antes de Moisés, antes de Abraham, Isaac y Jacob, incluso antes de Noé, había calor y crónicas. En el paraíso es probable; es cierto que el calor era mediano, y no es una prueba de lo contrario el hecho de que Adán anduviese desnudo. Adán andaba desnudo por dos razones, una capital y otra provincial. La primera es que no había sastres, no existían siquiera los casimires; la segunda es que, aun habiéndolos, Adán andaba suelto al azar. Digo que esta razón es provincial porque nuestras provincias están en las circunstancias del primer hombre.

Cuando la fatal curiosidad de Eva le hizo perder el paraíso, acabó, con esa degradación, la ventaja de una temperatura igual y agradable. Nació el calor y el invierno; vinieron las nieves, los tifones, las sequías, todo el cortejo de males, distribuidos en los 12 meses del año.

No puedo decir con certeza en qué año nació la crónica; sin embargo, existe la probabilidad de creer que fue coetánea de las primeras dos vecinas. Estas vecinas, entre el almuerzo y la cena, se sentaban a la puerta para desmenuzar los sucesos del día. Es muy probable que empezaran a quejarse del calor. Una decía que no podía comer o cenar, otra que tenía la camisa más ensopada que las hierbas que había comido. Pasar de las hierbas a las plantaciones del vecino próximo, y después a las vicisitudes amorosas de dicho vecino y al resto, era la cosa más fácil, natural y posible del mundo. He aquí el origen de la crónica.

Que yo, sabedor o en la conjetura de tan alta prosapia, quiera repetir el medio por el cual las dos abuelas alcanzaron la crónica, es realmente cometer una trivialidad; y aun así, lector, sería difícil hablar de esta quincena sin concederle a la canícula el lugar de honra que le compete. Sería, aunque dispensaré ese medio casi tan viejo como el mundo, únicamente para decir que la verdad más incontestable que he encontrado bajo el sol, es que nadie se debe quejar porque cada persona sea siempre más feliz que la otra.

No afirmo sin prueba.

Hace días fui a un cementerio, a un entierro, por la mañana, en un día ardiente como todos los infiernos y sus respectivas habitaciones. A mi alrededor escuchaba el estribillo general: ¡Qué calor! ¡Qué sol! ¡Es para matar a cualquiera! ¡Es para volverse loco!

¡Íbamos en carros! Nos bajamos a la puerta del cementerio y caminamos un largo trecho. El sol de las 11 de la mañana nos pegaba de frente, sin quitarnos los sombreros, abrimos las sombrillas para guarecernos de sol y continuamos sudando hasta el lugar donde debía verificarse el entierro. En este lugar nos topamos con seis u ocho hombres ocupados en abrir la tumba; estaban con la cabeza descubierta al levantar y hacer caer el pico y la pala. Nosotros enterramos al muerto, regresamos en los carros a nuestras casas o reparticiones. ¿Y ellos? Allí los encontramos, allí los dejamos, al sol, con la cabeza descubierta, trabajando a pico y pala. ¿Si el sol nos hacía mal, qué no les ocasionaría a aquellos pobres diablos durante todas las horas calientes del día?

1 de noviembre de 1887

Cómo comportarse en el tranvía

Se me ocurrió inventar algunas reglas para el uso de quienes frecuentan los bonds. El desarrollo que ha tenido entre nosotros este medio de locomoción esencialmente democrático exige que no sea dejado al puro capricho de los pasajeros. Lo que puedo ofrecer aquí son algunos extractos de mi trabajo; basta decir que está compuesto por nada menos que setenta artículos. Van apenas nueve.

Art. I– De los que tienen catarro

Los que tengan catarro pueden entrar en los bonds con la condición de no toser más de tres veces en el lapso de una hora, y en caso de estornudar, cuatro.

Cuando la tos sea repetitiva hasta el punto de no respetar el límite impuesto, los acatarrados tienen dos alternativas: o viajan de pie, que es un buen ejercicio, o se meten en la cama. También pueden ir a toser a donde se los lleve el diablo.

Los acatarrados que estuvieren en los extremos de los asientos, deben estornudar para el lado de la calle, en vez de hacerlo en el interior del bond, salvo caso de apuesta, mandato religioso o masónico, vocación, etc., etc.

Art. II– De la posición de las piernas

Las piernas deben ir adaptadas de tal forma que no incomoden a los pasajeros del mismo asiento. No se prohíben formalmente las piernas abiertas, con la condición de pagar los otros sitios y cederlos a niñas pobres o viudas desamparadas, mediante una pequeña gratificación.

Art. III– De la lectura de periódicos

Cada vez que el pasajero abra la hoja que está leyendo, tendrá el cuidado de no rozar las aletas de la nariz de los vecinos, ni levantarles los sombreros. Tampoco es agradable apoyarlo en el pasajero de enfrente.

Art. IV– De los cigarrillos

Está permitido el uso de los cigarrillos en dos circunstancias: la primera cuando no haya nadie en el bond, y la segunda al bajarse.

Art. V– De los que todo lo echan a perder

Toda persona que sienta necesidad de contar sus asuntos íntimos, sin interés para nadie, debe primero indagar sobre el pasajero escogido para tal confidencia si él es asaz cristiano y resignado. En caso de que lo sea, preguntarle si prefiere la narración o una descarga de puntapiés. Siendo probable que él prefiera las patadas, la persona debe inmediatamente propinárselas. En el caso, además extraordinario y casi absurdo, de que el pasajero prefiera la narración, el de la propuesta debe hacerlo minuciosamente, enfatizando en las circunstancias más triviales, impugnando los dichos, subrayando y señalando las cosas, de modo que el paciente jure a sus dioses no reincidir.

Art. VI– De los escupitajos

Se reserva el asiento de enfrente para la emisión de los escupitajos, salvo en las ocasiones en que la lluvia obligue a cambiar de posición el asiento. También se pueden emitir en la plataforma de atrás, yendo el pasajero al pie del conductor y de cara a la calle.

Art. VII– De las conversaciones

Cuando dos personas, sentadas a distancia, quieran decir alguna cosa en voz alta, tendrán cuidado de no gastar más de 15 o 20 palabras y, en todo caso, sin alusiones maliciosas, sobre todo si hubiera señoras.

Art. VIII– De las personas con modorra

Las personas con modorra pueden participar de los bonds indirectamente: quedándose en la acera y viéndolos pasar de un lado a otro. Será mejor que vivan en la calle por donde pasan, porque entonces podrán verlos desde su propia ventana.

Art. IX– De los asientos para las señoras

Cuando alguna señora entre, el pasajero de enfrente deberá levantarse y cederle el asiento, no sólo porque es incómodo para él continuar sentado, apretando las piernas, sino también porque es un gran malcriado.

4 de julio de 1883

Reflexiones de un burro

Un jueves, pasadas las tres de la tarde, vi una cosa tan interesante que decidí empezar por ahí esta crónica. Ahora, sin embargo, en el momento de agarrar la pluma, recelo de encontrar en el lector menor gusto que yo para este espectáculo, que le parecerá vulgar y acaso torpe. Perdonen la impertinencia; no todos los gustos son iguales.

Entre la cerca del jardín de la plaza Quinze de Novembro y el lugar donde estaba el antiguo pasadizo, al pie de las vías de los bonds, un burro yacía acostado. El lugar no era propio para el remanso de burros, por lo que mi conclusión fue que no estaba acostado, sino que se había caído. Instantes después, vimos (yo iba con un amigo) al burro levantar la cabeza y medio cuerpo. Los huesos le taladraban la piel, los ojos medio muertos se entrecerraban de vez en cuando. Cabeceaba el infeliz, tan desganado, que parecía estar rondando su muerte.

Frente al animal había algo de hierba desparramada y una lata con agua. Luego, no fue abandonado a su suerte; alguna bondad tuvo el dueño o quien fuese que lo dejó en la plaza, con ese último tentempié a la vista. No fue una acción disminuida. Si el autor de esta acción es alguien que lee las crónicas, y por casualidad lee ésta, reciba desde aquí un apretón de manos. El burro no comió la hierba, ni bebió el agua; estaba para otros pastos y otras aguas, en campos más prolongados y eternos.

Media docena de curiosos estaban detenidos a los pies del animal. Uno de ellos, un niño de diez años, empuñaba una vara, y si no sentía el deseo de golpear con ella el anca del burro, entonces no sé nada de los niños, porque no estaba el niño al lado del pescuezo, y sí justamente al lado de su anca. En honor a la verdad no lo hizo mientras yo estuve allí, que fueron pocos minutos. Esos pocos minutos valieron por una hora o dos. Y si hubiera justicia en la tierra, sería por un siglo. Tal fue el descubrimiento que me tocó desvelar. Y dejo aquí la recomendación a los estudiosos.

A mi parecer, el burro hacía un examen de conciencia. Indiferente a los curiosos, tanto a la hierba como al agua, tenía en su mirar la expresión de los que meditan. Era un trabajo profundo e interior. Esta picardía popular, “por pensar murió un burro”, demuestra que el fenómeno fue mal entendido por los que en un principio lo observaron: el pensamiento no es la causa de la muerte, la muerte es la que lo vuelve necesario. En cuanto a la materia del pensamiento, no dudo de que haya sido el examen de conciencia. Ahora, cuál fue el examen de conciencia de aquel burro, es lo que presumo haber leído en el escaso tiempo que allí gasté. Soy otro Champollion, quizá más grande: no descifré palabras escritas, y sí otras ideas íntimas de la criatura que no podría exprimirlas verbalmente.

Y se diría el burro a sí mismo:

“Por más que revuelva mi conciencia, no encuentro pecado que merezca mi remordimiento. No profané, no mentí, no maté, no calumnié, no ofendí a ninguna persona. En toda mi vida, he dado tres coces como mucho, y eso antes de aprender las maneras de la ciudad y saber el destino del verdadero burro, que es el de ver y callar. De los rebuznos aprendí su lenguaje. A final, me he dado cuenta de que no me entendían y, por vieja costumbre, continúo dando rebuznos con la idea de no agraviar a nadie. Nunca quise menospreciar al hombre. Cuando pasé del tílburi al bond, hubo algunos atropellados y hasta muertos en la calle, prueba de que yo no tenía la culpa y de que nunca perseguía al cochero que se fugaba; siempre me quedé esperando a que llegase la autoridad.

“Recurriendo a la orden más elevada de las acciones, no encuentro en mí el menor recuerdo de haber pensado siquiera en la perturbación de la paz pública. Aparte de que mi índole es contraria a los escándalos, la reflexión me indica que, en tanto no exista ninguna revolución que declare los derechos de los burros, tales derechos no existen. Ningún golpe de Estado existe a favor de éstos; ninguna corona le da abrigo; monarquía, democracia, oligarquía, ninguna forma de gobierno tuvo en cuenta los intereses de mi especie. Cualquiera que sea el régimen, zumba el palo. El palo es mi institución un poco aderezada por la terquedad, que es, a fin de cuentas, mi único defecto. Cuando no me empecinaba, mordía el freno, dando así un bonito ejemplo de sumisión y conformidad. Nunca pregunté por soles o lluvias, bastaba sentir al pasajero en el tílburi o el silbato del bond para inmediatamente arrancar. Hasta aquí los males que no hice: veamos los bienes que practiqué.

“A más de una aventura amorosa habré servido, conduciendo deprisa en el tílburi al novio a la casa de su novia o, simplemente, transitando por lugares desde donde el joven podía mirar a la muchacha que estaba en la ventana. No pocos deudores habré llevado lejos de un acreedor inoportuno. Le enseñé filosofía a mucha gente, esa filosofía que consiste en la levedad del porte y en el reposo de los sentidos. Cuando algún hombre, de estos que llaman juguetones, quería hacer reír a los amigos, siempre acudí en su auxilio, dejando que me diera coscorrones y tirara de mis orejas. En fin…”.

Sin tomar en cuenta a los demás, fui caminando, sin abandonar mi inquietud y desasosiego. Contento por el hallazgo, no podía abstraerme a la tristeza de ver que un burro de tan agraciado pensar fuera a morir. La consideración, mientras tanto, de que todos los burros deben tener las mismas dotes de su especie, me reveló que los que se quedaban no serían menos ejemplares que éste. ¿Por qué no se investigará con más empeño la moral del burro? De la abeja ya se escribió que es superior al hombre, y de la hormiga también, colectivamente hablando. Quiere decir, que sus instituciones políticas son superiores a las nuestras, más racionales. ¿Por qué no pasa lo mismo con el burro, que es más grande?

El viernes, recorriendo la plaza Quinze de Novembro, encontré al animal muerto.

Dos niños, parados, contemplaban el cadáver, un espectáculo repugnante; la infancia, como la ciencia, es curiosa sin asco. Por la tarde ya no había cadáver ni nada. Es así como pasan los trabajos en este mundo. Sin exagerar el mérito del finado, tengo que decir que, si él no inventó la pólvora, tampoco inventó la dinamita. Ya es algo en este final de siglo. Requiescat in pace.

8 de abril de 1894

29 de junio de 2008

Periodismo epistolar (y robado)



El pasado 27 de junio, nuestro ocasional colaborador, José Luis Herrera Arciniega, publicó en la edición electrónica de Portal esta hermosa carta-columna, que representa una manera distinta de recordar uno de los mayores íconos de la historia latinoamericana del siglo XX.

Cien años de Salvador Allende: Carta a Santiago

Por José Luis Herrera Arciniega

Querida, entrañable Paula:

Dentro de dos semanas tendremos fiesta en mi pueblo, Tasquillo, Hidalgo. El motivo será el cumpleaños 100 de mi abuela Margarita. Mira que ella ha sobrevivido ya 24 años a su esposo Efraín, mi abuelo, a quien sigo recordando. El nació en 1910; mi abuela, como es obvio, en 1908. Mira, Paula, que hasta ahora noto este detalle: Margarita es coetánea de Salvador. Salvador Allende, por supuesto. Ella es mexiquense: nació hace cien años en Papalotla, el municipio más pequeño del Estado de México. Salvador Allende nació en Valparaíso, hace cien años. También. A Margarita le haremos su fiesta dentro de dos fines de semana –estoy obligado a ir–. A Salvador Allende le estamos haciendo su fiesta ahora, que es jueves 26 de junio. Igualmente lo recuerdo. Buenas viñas tuvo la raza humana en ese en apariencia distante inicio del siglo XX. Vieras, Paula Calderón, que si se tratara de poner en el recuerdo íconos latinoamericanos, yo no elegiría al típico del Che Guevara y, en contraste, colocaría en primer término la imagen de Salvador Allende. Hace casi seis años tuve el privilegio de apostarme frente a su sólida estatua ahí frente al palacio de La Moneda. Momento, para mí, mágico; ajuste de cuentas luego de los cruentos episodios de septiembre de 1973. Miles de kilómetros recorridos y casi tres décadas para que yo pudiera rendir mi homenaje particular hacia su figura, pues saliendo de mi niñez alcancé a captar que Allende, su trayectoria, tenía un significado peculiar dentro de la historia de lo que, tal vez, yo no sabía aún que existía bajo los términos de la América Latina. Pero que ahora, mediando además los seis años que tú y yo llevamos carteándonos electrónicamente, sé que existe. No era un guerrero. Era un médico y fue alguien que inventó un nuevo camino para la humanidad: el arribo de una propuesta socialista al poder a través de medios democráticos. ¿Te he contado, Paula, que una vez me expulsaron de una clase de matemáticas en la secundaria, porque me atraparon leyendo un panfleto sobre la vía chilena al socialismo? Creo que no, pero la anécdota no importa, sino lo que se concluía en el panfletillo: que la experiencia allendista era la mejor prueba de que la única vía para que el socialismo llegara al poder, era la vía armada. Sigue siendo asunto para teóricos, que en la práctica, creería que aun con lo difícil y costosa que es, la mejor vía para que eso suceda –a contracorriente de la derechización que continúa dándose en diversas partes del mundo, empezando por México–, lo continúa siendo la democrática y vilipendiada experiencia electoral. Con todos sus defectos, y con todo lo que podamos reclamar a los partidos de izquierda que, barro humano, suelen también cometer grandes errores. Estén finalmente en el poder o en plan de oposicionistas. En fin. Con esta carta te comparto que estoy a punto de tener una abuela centenaria, del mismo modo en que tengo ya una figura centenaria a la que admiro y respeto, en ese médico Salvador Allende que es de tu tierra, y en muchos sentidos, de nuestra tierra. Un abrazo, Paula. Que vengan otros centenarios, en esta coetaneidad entre Margarita y Salvador. Un beso y un abrazo, otra vez, nuevamente. En las Alamedas –o la Alameda– de Santiago de Chile… y en Tasquillo, Hidalgo. Vale.

16 de junio de 2008

¿Quién es el corrector de estilo?



El pasado 13 de junio, Heriberto Yépez publicó en Laberinto este interesante comentario acerca de la corrección de estilo, esa labor ingrata y minuciosa que se practica a riesgo de la cordura y la naturalidad. Lo copiamos aquí, aunque la versión original puede consultarse acá.

¿Quién es el corrector de estilo?

Por Heriberto Yépez

Eslabón clandestino en la cadena del libro. Firma invisible. E indeleble. Control freak que se esconde y ríe. El corrector de estilo, supremo perverso.

Primo malvado del traductor, él no traduce de una lengua a otra, sino del idioma errático al idioma cierto. Su título lo indica: él es el arca de lo correcto. Y si la verdad es temible, lo correcto es siniestro.

Hay autores que no desean conocer a sus correctores, ¡los únicos que saben de sus deleznables defectos!

El corrector posee labor ingrata o, en el mejor de los casos, honor sin crédito. Si cumple, nadie lo aplaudirá (el éxito será del autor) y si hay fallas, todas le serán achacadas.

Al estrenarse, el corrector está obsesionado con lo feo y sobrante, lapsus y gazapos, horrores ortográficos y alreveses sintácticos, repeticiones y libertinajes, barbarismos y falacias, neologismos sospechosos de no serlo y vocablos que no saben su sexo.

(Es la única persona en el mundo para quien la palabra anfibología es sumamente importante).

Además de filósofo de lo ajeno, es un crítico literario severo. Pero al contrario del que apenas opina ¡el corrector tiene poder sobre cada detalle del texto!

Detrás de muchos correctores hay un escritor ultraperfeccionista que ha renunciado a la autoría, oficio egocéntrico y falible en extremo.

Otros han enloquecido. Para ellos corregir significa rastrear ruidos. Dar con la cacofonía delatora o la rara rima; ratas verbales que de inmediato exterminan.

Según otros, corregir es cambiar una palabra por otra. (Alegan que hay palabras que, en realidad, no existen.) Y a la palabra que no es real (o está mal) la cambia por otra.

Está persuadido de que corregir es sinónimo de sinonimia.

(Si la expresión “sinónimo de sinonimia” te molesta eres parte de tal estirpe.)

El corrector puede trascender la labor de sucedáneo policía, no obstante, cuando después de lustros de corrección diaria se percata de que en verdad da lo mismo un orden verbal que otro.

Deja la superchería de Lo Exacto a los puritanos. Cada vez corrige menos.

¡Para sentirse vivo ya no necesita enderezar comas!

Si en su mocedad tachaba y enmendaba sin piedad, hoy ha abandonado toda beatería gramatical.

Para este momento se ha vuelto, como Lao Tse, un sagrado holgazán. Su aportación al mundo es la no-corrección.

¡Las manías ajenas ya no le molestan! Iluminado, se limita a pincelar unas pocas tildes faltantes.

Y aunque se le exija volver a su antigua vigilancia sobre el lenguaje, ahora él afirma que tal cual es todo es perfecto. E intachable.

Incluso celebra los méritos de lo errático.

Es, entonces, que el corrector comprende que ningún estilo es superior y que todo texto podría ser infinitamente otro. O ser respetado como ya es. Y es que para esta etapa, el corrector de estilo se ha vuelto un sabio zen.

* La ilustración, como en otras ocasiones, proviene de Flickr. La versión para descargar se encuentra aquí.