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4 de diciembre de 2007

Noticias del Centro Toluqueño de Escritores


Por Margarita Hernández Martínez

A punto de cumplir veinticinco años de existencia, el Centro Toluqueño de Escritores tiene razones para ponerse de manteles largos. Por un lado, según informa Felipe González en la página de Internet del diario estatal Portal, Sol Rubí Santillana Espinosa, autora de la columna semanal Hija de la mala vida y de la bitácora en línea Resabio de luz, ganó la Beca de Invierno para Narrativa organizada por esta asociación civil. A continuación, la nota completa:

Sol Rubí Santillana Espinosa, originaria de Temascalcingo, Estado de México, se adjudicó la Beca de Invierno para Narrativa 2008 del Centro Toluqueño de Escritores. Así lo dio a conocer Laura Zúñiga Orta, secretaria de dicha asociación. Sol Rubí Santillana Espinosa es reportera de Portal desde enero de 2007.

Desde 1983, el CTE convoca a los escritores de la entidad a participar en el que se ha consolidado como el certamen literario más importante del Estado de México, ya que año con año ha permitido la identificación e impulso de nuevos valores literarios en la región.

En esta edición, el jurado, integrado por los escritores Doris Camarena, Ricardo Becerril -miembros del Consejo Editorial de la revista La Mandrágora- y el poeta José Falconi -de la editorial Pestañeo Oscuro-, consideró por unanimidad que, de los 29 proyectos remitidos, El año de las larvas, amparado bajo el pseudónimo Sabina Luz, es el más viable para desarrollarse debido a la coherencia de la propuesta y la calidad del material inédito presentado.

La plica de identificación fue abierta el pasado sábado 1 de diciembre por Eduardo Osorio y Laura Zúñiga Orta, presidente y secretaria del CTE, respectivamente, y en presencia de la asamblea de asociados. La ganadora, Sol Rubí Santillana Espinosa, recibirá durante 10 meses un apoyo económico de cuatro mil pesos mensuales para escribir El año de las larvas, además, será asesorada por un tutor establecido por el CTE. Al término de la beca se publicará un libro con tiraje mínimo de mil ejemplares.



Por otra parte, el escritor Porfirio Hernández –beneficiado, hace algunos años ya, con una de las becas anuales del Centro Toluqueño de Escritores–, refiere, en su bitácora Hormigas, un breve adelanto de los festejos del primer cuarto de siglo de esta organización:

En mayo de 2008, el Centro Toluqueño de Escritores habrá de cumplir 25 años. Nacido en 1983 bajo el patrocinio del Ayuntamiento de Toluca, hoy está convertido en una asociación civil que publica libros de literatura y que imparte talleres que contribuyen a la preparación de nuevos escritores.

Fundado por el escritor Alejandro Ariceaga (1949-2004), el Centro ha publicado la obra de escritores que luego fueron galardonados con premios nacionales, o que gozan de fama internacional. Sin embargo, su mayor aportación al movimiento literario de la región es la persistente iniciativa de mantener un espacio ajeno a las instituciones públicas.

Prosigue con esa tarea. En ocasión del vigésimo quinto aniversario del Centro, el coordinador actual, Eduardo Osorio García (1957), adelanta que los integrantes del Centro Toluqueño de Escritores preparan ya un ambicioso programa de actividades que pronto darán a conocer.

El bullicio cultural: hacia el descubrimiento de sor Juana








Por Margarita Hernández Martínez

Aunque el pasado 12 de noviembre cumplió 359 años, sor Juana Inés de la Cruz no luce vieja: nos sigue mirando, desde el lienzo de Miguel Cabrera, con gesto resuelto, ojos serenos y sonrisa satisfecha. En una actitud que duda entre la sabiduría y la devoción –una mano reposa en un libro, la otra sostiene un rosario–, parece recordarnos que la discusión tejida en torno a su figura no se encuentra zanjada, no obstante los ríos de tinta que circulan a su alrededor.

Pese a que ocupa un lugar sólido en la literatura novohispana –lo cual, al mismo tiempo que la arriesga a la petrificación, le garantiza cierto reconocimiento institucional–, la vasta obra artística producida por Juana Inés de Asuaje y Ramírez de Santillana (que no Asbaje, según indican algunos análisis paleográficos recientes) ejemplifica, con una viveza que se ha prolongado por centurias, el salto del silencio de la celda al bullicio de la cultura popular. A semejanza de la figura de Frida Kahlo –quien, con motivo del primer centenario de su nacimiento, ha tolerado, con la trivialización que ello implica, homenajes, exposiciones, zapatos deportivos y desfiles de moda–, la imagen de la autora de Inundación castálida ha recorrido distintos ámbitos de la vida nacional y se ha instalado en la memoria colectiva mexicana. Desde el papel moneda –¿quién no recuerda los billetes de 1000 pesos que, debido a la inflación, se transformaron en piezas metálicas de valor escaso?– hasta los pliegos que constituyen uno de los textos mayores, tanto en extensión como en profundidad, de Octavio Paz –Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, editado en 1982 por el Fondo de Cultura Económica–, el nombre y el rostro de la monja jerónima han vencido los años y reencarnado en calles, parques, universidades, centros culturales y asociaciones civiles tan distantes a la realidad de su época como El clóset de sor Juana, organización lésbica afincada en México desde 1992. Incluso, han inspirado innumerables actividades artísticas, como el recientemente anunciado Festival Internacional “sor Juana, Musa de los Volcanes”, organizado por el Instituto Mexiquense de Cultura y el Consejo de la Cultura de Tepetlixpa, el cual servirá para recordar, el próximo mes de abril, su 342 aniversario luctuoso.

Sin embargo, esta presencia constante en las expresiones culturales oficiales se traduce en un arma de doble filo: si bien contribuye a afianzarla en el recuerdo popular, también la sumerge en una confusión de mitos y estereotipos en la que profundiza, en una interesante colección de ensayos, Alejandro Soriano Vallès. Estas circunstancias han impedido el discernimiento y la evaluación de los rasgos de una mujer que vivió intensamente su tiempo y cuya trayectoria intelectual sólo puede comprenderse desde una rigurosa revisión de su contexto –tarea que, premios y distinciones aparte, nadie ha emprendido–. Mientras esto ocurre, quienes usamos los billetes impresos con su efigie nos descubrimos ante una obra que ni siquiera ha comenzado a apreciarse: quizás en esa falta de crítica radique la perpetua juventud de Juana Inés. Por estas razones, querido lector, más que provocarlo para que asista a cualquier actividad conmemorativa, lo invitamos a visitar las librerías de Toluca –increíblemente, los libros de sor Juana aún pueblan sus catálogos– o, si lo prefiere, la Biblioteca Cervantes, donde encontrará una selección de poemas y textos dramáticos.


* Texto correspondiente a la plana cultural de diciembre.


** Las imágenes corresponden a un billete de 1 000 pesos emitido hace unos quince años y al retrato de sor Juana pintado por Miguel Cabrera.

La máquina de los deseos o cuando navegar es naufragar




Por José Antonio Romero Reyes


“Sólo existe la lucha por recobrar lo que se ha perdido”
T. S. Elliot.


Thomas Stearns Eliot hoy podría ser nuestro bisabuelo: nació en l888 y se extinguió en l965, dejando problemas pendientes para esa máquina de deseos que es la humanidad. A pesar de los años, Eliot resulta más vigente que nunca; desde entonces se vivía la maquinización del individuo, el hombre masa, el prototipo del vacío y prepotente hombre americano. El abuelo Eliot, hombre conservador mas no gazmoño, deja en su poesía la evidencia de la sinrazón y la soledad humana, del sinsentido del hombre moderno en busca de más placeres de los que puede disfrutar y de falta de honestidad ante nuestra propia realidad.

El que redacta estas tímidas líneas podría salir de su ensimismamiento citando versos y anécdotas del abuelo que aparece en el epígrafe, y con ello tendría la plena seguridad de no impacientar o aburrir a sus lectores; sin embargo, me acompaño de él para presentarle una nueva máquina de los deseos, un juguetito bastante entretenido y tan vasto que nunca pierde su novedad, pues todos los días nos deja la promesa de conocer una nueva función o truco del famoso muñequito cumplidor de deseos. Sí, estoy hablando de la Red, el Internet, la Web, o como mejor le conozca.

El Internet, es bien sabido, cubre una necesidad de comunicación y de información. A diferencia de los mass media, la Red se nos ofrece como la self media; el espacio que forma en gran medida el propio usuario, el rincón de libertad donde nuestros deseos se cumplen ante nuestros ojos con tan sólo teclear las palabras mágicas en el ordenador y (¡cataplum-cataplam, chum, cham!) ¡aparece lo que buscamos! En su intento de adaptarse a nuestras necesidades particulares, la Red ofrece la enciclopedia electrónica o Wikipedia (bien usada, no hay ningún delito en darle crédito de fuente de consulta. Lo malo, como en todo, es depender totalmente de ella), o bien, los blogs o bitácoras electrónicas; una forma más se encuentra en las listas de correos. El genio de la Red nos ha concedido tres deseos para no perdernos en el mar de la información; sin embargo, cada deseo se termina pronto y nos muestra que a cada maravilla del juguetito siempre le hace falta más.

Doy un giro a la nostalgia y pienso, junto al abuelo Eliot, en Séneca, en los moralistas castellanos, en el mismo Gabriel Zaid y hasta en aquella rara avis de mi amigo sacerdote, cuya dote principal era ser un osado crítico y gran pensador; todos recordarían: “tenemos más de los que podemos disfrutar”. La máquina de los deseos, el Internet, nos muestra la gran paradoja: nunca se había tenido tantos satisfactores, tanta información, acceso a mundos tan lejanos, compañías cada vez más afines a nosotros y, sin embargo, como en el principio de los tiempos, no somos felices; el conocimiento se ha trivializado, todo está al alcance de un clic.

Quizá el mayor desencanto ocurre cuando la pitonisa Google nos avasalla con una cantidad enorme de datos, de los cuales descubrimos que muchos son basura y que no tenemos toda la semana para abundar en toda la información ni la valentía para arriesgarse a recibir a un extraño visitante llamado virus. Bien hacía Eliot al cuestionarse acerca del conocimiento que perdemos en la información, de la sabiduría que se pierde entre el mar de novedades y datos; nos une la esperanza de que la gran falacia de la Red nos saque del miedo de existir. Un esfuerzo más para poner un poco de orden a ese lío que se ha vuelto buscar información en Internet, aparece con el buscador kratia.com, el cual promete estar sostenido por los usuarios, que elimina sitios spam, ilegales o de poca calidad; así, si usted busca “revistas literarias electrónicas” obtiene la modesta cantidad de cincuenta páginas, algunas de ellas nos llevan a nuevos enlaces; de esta forma, se obtiene una selección más cuidadosa que en otros buscadores, navegar ya no se vuelve un naufragio entre informaciones.

Los buscadores tradicionales, al igual que cualquier empresa, tienen sus bemoles. Lo que aparece en los resultados después de que se escribe una palabra en el buscador, se supone que son las páginas que más han sido consultadas por los usuarios (popularidad que de ninguna manera es respaldo de calidad), pero también hay quien paga porque sus contenidos o sus páginas aparezcan en los primeros resultados y tengan mayores posibilidades de ser visitadas; otros ocultos cerebros pudientes, sencillamente, censuran información que consideran inconveniente. Al final, la gran Red, la máquina de deseos, sólo nos ofrece una lista preparada por una máquina cuyos resultados están determinados, o al menos influidos, por las recomendaciones de la gente con mayores recursos económicos. Kratia.com pretende, tal como su nombre promete, paliar un poco esta problemática de medios que ya se presenta con visos de competencia desleal, sólo que el gran prestidigitador dejaría de serlo si nos mostrara las argucias de sus mejores trucos. Sería un suicidio y un mal negocio.

Y, por salud mental, matemos a todos los ídolos aunque cueste vivir sin certezas. Quiero decir, así como en los primeros años de la tele se pedía que la apagáramos una temporada, lo mismo puede decirse del Internet; quizá algo primordial en estos tiempos sea reflexionar un poco sobre lo que se ve. Ya lo advertía el invitado de hoy, T. S. Eliot:

¿Cuáles son las raíces que prenden, qué ramas
brotan de este cascajo?
Hijo de hombre,
tú no puedes decirlo, ni imaginarlo, pues sólo conoces
un cúmulo de imágenes donde reverbera el sol.


* Texto correspondiente a la plana cultural de diciembre.


** La imagen, extraída de la Paleta gráfica de Agustín Espina, se llama Navegar.

21 de noviembre de 2007

Gracias, Blanca

El día de ayer envié por correo electrónico una invitación de esas masivas, que suelen caer, después de extraños vericuetos en la Red, en manos de gente con la que apenas hemos cruzado palabra. Así llegaron mis palabras a los ojos de Blanca Álvarez Caballero, a quien conocí, de lejos, durante el Coloquio de Literatura Mexiquense organizado por la Facultad de Humanidades hace ya medio año, y que aparece reseñado en este blog.

Blanca, te agradezco mucho tu colaboración en este espacio. Eres la primera persona que me manda un texto para publicar, en lugar de un sencillo comentario. De verdad, tu aportación es importante. Espero (esperamos) que sigas visitándonos en otras ocasiones.

20 de noviembre, una mañana poco mexicana




Por Blanca Álvarez Caballero*

9:00 a.m. Llegué a la escuela para dar clase de morfología del español, pero no hubo asistencia de los alumnos. Hicieron puente. Poco después me enteré de que veían Bob esponja desde su cama, entre otras historietas televisivas.

9:30. Me asomé al salón contiguo, en el cual impartiría clase a las once. Pregunté a un alumno qué materia cursaban. Me contestó: “Inglés 4”. Me trasladé al centro del pueblo para desayunar en la fonda de siempre.

10:00. El plato de huevos divorciados iba a la mitad, lo mismo que el café. El lugar estaba casi repleto de comensales. Llegaron cuatro gringos, tal vez turistas admiradores de volcanes, tal vez empresarios medianos, con su escándalo USA. De inmediato corrió la mesera llenita, güerita ranchera, ojos verde-azul, con pose de empleada de restaurante finolis, desbordantemente alegre: “Good morning. It’s nice to me…I have for breakfast…” ¡All in english, of course! Con el alarde del volumen alto para que los presentes notáramos que no por ser una waiter regordeta y de pueblito no sabría hablar inglés. ¡Yeah! Cuando la mujer terminó su discurso, uno de los american-way-of-life le contestó desafiante y con mucha ironía: “Quiero café con leche, chilaquiles”.

Ella lo miró atónita un momento y huyó a la cocina. Los gringos soltaron la carcajada. Uno se dio el lujo de gritar desde su asiento: “¡Señorita, me too café con leche! Ja, ja”. Acto seguido, tres preparatorianas cambiaron de mesa para estar cerca de ellos. Pasaron y pasaron por su mesa con el pretexto de ir al baño. Por sus miradas, los extranjeros las hallaron feas: ¿cómo se iban a fijar en unas morenas de rasgos toscos y clase media baja? Regresó la mesera. Volvió a hablar en inglés, pero más fuerte y con más empeño. Los gringos respondieron con unas palabras en español y otras en su lengua por diversión. Ella fingió no notarlo. Continuó desviviéndose por ellos, aunque con incómodas sonrisas. Al fondo Zapata e Hidalgo miraban impertérritos la escena desde sus fotos más conocidas.

10:40. Caminé dos cuadras a mi casa para recoger unos documentos. Debí atravesar el desfile. Subí a mi departamento. De nuevo veía el desfile, pero ahora por la ventana. Comerciantes y bicitaxistas se congraciaban con posturas acrobáticas de estudiantes que lucían minifalda, mientras cantaban: “Las porristas-las porristas/ de la escuela-de la escuela…”, así como al contemplar las danzas hawaianas de otras chicas, con atuendo y todo; tampoco pudieron faltar los brincos de unas más con fondo de Madonna: “Like a virgen, ¡hu!” y hasta un pequeño grupo de niños de pre-escolar en una camioneta se sincronizaron al ritmo de un viejo rock and roll. También la prepa de mi universidad contribuyó a tan infame festividad, si bien con pants oficiales de la institución y con movimientos menos llamativos, en tanto una endeble mexicanidad nos miraba al fondo, simbolizada en muñecas de tela y cartón, rígidas y con cara de palo, como el material del que estaban hechas, sostenidas por adolescentes que reían. Sólo faltó que las quemaran o las tiraran a la basura; quizá después lo hicieron.

11:15. Regresé a la escuela. Debía impartir clase de semiótica. Revisaría con mis alumnos una tesis consistente en un análisis semiótico estructural de Peanuts visto como una forma de sociedad ideal norteamericana. Sí, un texto pro gringolandia. Mi consuelo fue que criticamos la postura exageradamente globalizada del tesista, la maniquea forma de justificar el comportamiento norteamericano avasallador por parte del sustentante de esa tesis. Le dimos de piñatazos al texto y reconocimos diversas carencias de ese modo de titulación, así como de múltiples “aplicaciones” mal hechas (uso de la técnica de cortar y pegar citas) de recetas semióticas a la estrecha dimensión universitaria que va desde estructuralistas rancios hasta teorías contemporáneas exquisitas. Concluí con mis alumnos en cerrar ya el curso de semiótica (¡focking!) y leer, mejor, en el poco tiempo que nos queda, algunos artículos de México hoy, de don Pablo González Casanova y Ensayo de mi dulce gozo, de mi amigo Enrique Villada.

Ese día entendí que muchas formas de racismo extranjero en nuestro propio país provienen de degradante complacencia mexicana hacia los rubios, especialmente hacia los estadounidenses. Nos ponemos de tapete para ellos por un alarde que esconde nuestra inseguridad, como la mesera de aquel restaurante. Ella no necesitaba hacer eso, ni siquiera por dinero, pues su negocio siempre está lleno. Pero cayó en una conducta indigna, como lo hicieron los estudiantes en el desfile de este pueblo (all of them) y seguramente de otros más, así como de diversas ciudades mexicanas, al denigrar y deculturar el sentido de la Revolución Mexicana y de la mexicanidad con canciones vacuas y baile estilo York. Pero acaso el comportamiento más indigno proviene de maestros, padres de familia y autoridades –incluso las de izquierda, pues esto ocurrió en un pueblo mexiquense gobernado por un partido de izquierda- que nos hacen no distinguir entre los diversos héroes mexicanos, rebajarnos ante el extranjero burlón en nuestra propia tierra y realizar desfiles con Madonna para celebrar las hazañas y locuras no de Pancho Villa, sino de los participantes del desfile.

¿De qué nos sirve leer en secundaria, prepa y licenciatura En torno a la cultura mexicana, El perfil del hombre y escuchar a Lila Downs? ¿De qué nos sirve, entonces, saber por las noticias que el gobierno de Texas pretende construir paredes virtuales antiinmigrantes si nuestra actitud ante el agresor imperialista es la ser-vil de siempre? ¿De qué nos sirve saber que a diario mueren soldados de origen mexicano en diversos y lejanos países enviados absurdamente y por tiempo indefinido por dirigentes estadounidenses que beben café en cómodas oficinas? ¿De qué nos sirve saber que cada vez más el país “vecino” busca nuevas formas y excusas para deportar mexicanos?

Hace poco conocí en un congreso sobre literatura hispanoamericana a una pareja de profesores de origen mexicano que trabajan en Idaho, un condado estadounidense fronterizo con Canadá, los cuales me platicaron diversas expresiones de discriminación que han padecido en Estados Unidos no sólo por parte de güeritos gringos, sino también de residentes mexicanos blanquitos que niegan la original cruz de su parroquia en cuanto pueden, de residentes sudamericanos de ojo azul, especialmente argentinos, así como de orientales de procedencia japonesa. Me platicaron diversas historias kafkianas sobre deportaciones que ocurren a diario, como el caso de un chico hijo de padres mexicanos campesinos, pero ya ciudadanos estadounidenses. El muchacho, quien por cierto contaba con buenas calificaciones, solicitó aplicar examen para ingresar a la universidad donde trabajan mis colegas. En ese momento ciertas autoridades se enteraron de que el estudiante no contaba con papeles que lo avalaran como ciudadano de ese país, aun cuando toda su vida había vivido allá, por lo que iniciaron trámites para deportarlo a México. ¿Qué podría hacer un adolescente en nuestro país sin conocer la cultura mexicana, el idioma y sin tener un solo familiar aquí?

¿Cuándo cambiaremos? Cuando las autoridades gubernamentales de nuestro país sustituyan esos superfluos desfiles de piernas y ojos voyeristas por actividades históricas, científicas y artísticas que nos hagan comprender el proceso de la Revolución Mexicana. Cuando las autoridades universitarias nacionales acepten que los cada vez más severos modelos educativos globalizados atrofian la creatividad artística y el bagaje identitario tanto personales como colectivos. Cuando los padres de familia vean menos taranovelas mexicanas y teleseries bobas gringas y en cambio lean más sobre cultura mexicana y universal. Cuando los empleados mexicanos, todos, tratemos bien primero a los compatriotas y después a los vecinos inmediatos. Cuando los mexicanos nos aferremos a fomentar una vida digna, sustentada en valores benéficos para nuestra sociedad (respeto, responsabilidad, tolerancia, etc.) y en una identidad cultural no folclorista. Cuando los chicanos no traten mal a los ilegales y a los turistas mexicanos; cuando no nieguen su origen y ni el idioma español. Cuando no olvidemos nuestro compromiso como mexicanos desde lo cotidiano hasta lo más científico.



* Universitaria, profesora de literatura, poeta, correctora de estilo y periodista cultural. Becaria por el FOCAEM en 2004 y 2007. Tiene publicados los poemarios Amanecer incierto y solitario (IMC, 2001) y Ausencia del marino (IMC, 2004).


** La imagen corresponde al segmento “México folclórico y turístico”, del mural Carnaval de la vida mexicana, pintado por Diego Rivera en 1936.

6 de noviembre de 2007

Las artes en vendimia: los festivales culturales en México



Por Paloma Moreto

Dadas las precarias condiciones en que se desarrolla el arte contemporáneo, siempre hay mucho por discutir en torno a los festivales culturales mexicanos. Desde su justificación –¿constituyen una oportunidad para llevar las expresiones artísticas del mundo a distintos rincones del país?, ¿son, más bien, cercos institucionales para apacentar y controlar la inquietud de los intelectuales y su público?– hasta su utilidad –¿contribuyen a difundir entre la gente un genuino interés por la cultura o representan una necesidad burocrática?–, sin olvidar el presupuesto que se les destina y la cantidad y calidad de sus participantes, conforman un mosaico de dudas, certezas y debates que –no obstante la dificultad de las circunstancias y el desánimo predominante en un ámbito considerado inútil o prescindible– se renuevan cada año, independientemente de sus orígenes y enfoques.

Por tales razones, este tipo de festivales se ha convertido en una tradición duradera –forzada, si se quiere, puesto que la mayoría ha emanado, más que de las aspiraciones de la audiencia o de los artistas, de la iniciativa, plena de matices, de diversas instancias gubernamentales–, que consigue despertar, si no una arrobada pasión por las manifestaciones culturales en ellos contenidas, la curiosidad y las expectativas del público. De este modo, no es extraño atestiguar el nacimiento de nuevos festivales –como el de las Almas, cuya emisión número cinco, efectuada en territorio vallesano, concluyó el pasado 3 de noviembre– y el fortalecimiento de los ya existentes –como el Internacional Cervantino, el cual acaba de celebrarse, en Guanajuato, por trigésimo quinta ocasión–. De manera paralela, resulta interesante observar la creciente convivencia entre aquéllos que poseen un corte esencialmente institucional, como el del Alfeñique, llevado a cabo en el centro de Toluca, con algunas proposiciones autónomas –contrapuestas, además, al canon instaurado por la visión oficial; por lo tanto, enfrentadas a sus propios problemas, que no abordaré aquí–, como la Otra Quimera, verificada, en distintos foros ubicados en Metepec, el 27 y 28 de octubre.

No obstante, abandonando el terreno de las disparidades, los festivales artísticos vienen encadenados a lo largo de una misma temporada y se encuentran hermanados, más allá de sus intenciones explícitas, por un simbolismo –probablemente– involuntario. Un rápido vistazo entre sus fechas indica que la mayoría comienza con la entrada del otoño, estación durante la cual, en épocas más próximas a los ciclos naturales de la tierra que al acoso del calendario, se alcanza la madurez y se desenvuelven la cosecha, la siega y la vendimia. No se trata de una simple casualidad: los festivales, en efecto, sirven para recolectar, por un lado –tanto en los casos gubernamentales como en los independientes–, los aciertos y los errores de las políticas culturales gestadas durante el año; por otro, los logros y las fallas del trabajo de los artistas, especialmente en el momento de enfrentarse a un público variado y multiforme, pero siempre exigente; asimismo, facilitan las condiciones para sondear, de forma directa, los intereses –e, incluso, las concepciones de estética y de belleza– del auditorio. En último término, producen un delicioso alimento momentáneo, pues, si bien un acontecimiento anual no basta para estimular un interés permanente por la cultura –del mismo modo que una golondrina no hace verano–, puede significar la construcción de un punto de partida, siempre y cuando se siga trabajando. Que no es tarea sencilla, visto el desorden en el que marcha, a trompicones y con hambruna, nuestro país.


* Texto correspondiente a la plana cultural del mes de noviembre.

5 de noviembre de 2007

Quien no se atreva a tener más sueños, dispóngase a tener dueños



Por José Antonio Romero Reyes

Es trabajo difícil volver de una esperanza: como la palabra insinúa, uno espera que sigan pasando cosas. Valga este alto en el camino para reunir algunas observaciones generales en torno a la experiencia en el Festival Internacional Quimera 2007.

Hay puntos de comparación con respecto a sus emisiones anteriores: antaño, se procuraba mayor difusión; ahora, los programas estuvieron o muy cotizados o subvencionados por las actividades que –se supone– no atraen la atención del público, como los eventos musicales, teatrales o literarios sostenidos en el Bar 2 de abril. Sin embargo, hubo, también, grandes aciertos en la calidad, la pluralidad y la importancia de lo que constituyó un proyecto rico y variado: música cubana, peruana, africana y clásica; ritmos como el rock, el tango, el jazz, el son, el huapango y la trova, todos ellos entrelazados mediante la presencia de Oscar Chávez –quien se encargó, el 19 de octubre, de inaugurar las actividades nocturnas del festival–, Carmina Cannavino, Tania Libertad, Gabino Palomares, Celso Piña, Congal Tijuana, Regina Orozco y Luis Eduardo Aute –cuya actuación, verificada el 30 de octubre y correspondiente a la clausura de la Quimera, merece un párrafo aparte–.

De igual forma, el teatro agotó por completo sus localidades, incluso en fechas tan complicadas como lunes o martes, cuando en otros foros se presentaban eventos relevantes. No obstante, este interés valió la pena: diversas compañías teatrales –entre ellas, algunas conformadas por estudiantes y egresados de la licenciatura en Arte Dramático, impartida en la Universidad Autónoma del Estado de México– presentaron montajes contemporáneos con cierta dificultad en su argumento, lo que lleva a pensar que, efectivamente, al teatro no se le ha dado la oportunidad que se merece. Empero, no es posible decir lo mismo de la danza, que careció de propuestas interesantes y, por momentos, se asemejaba más a un bailable escolar que a una presentación digna de un espectáculo internacional.

Por su parte, los eventos literarios estuvieron un poco deslucidos y no consiguieron enganchar a la audiencia, pues la atmósfera respirable fue la de la mayoría de las lecturas de obra: un montón de desocupados que quieren pasar la tarde y pasar una garañona. Sin embargo, los organizadores de la Quimera no se limitaron a desempolvar las viejas y no tan viejas glorias locales: fieles a lo que debe ser un festival –un espacio para la multiplicidad y la confluencia– invitaron a escritores dominicanos y cubanos; a creadores catalogados dentro de las corrientes de “izquierda”, como el caricaturista Rafael Barajas “el Fisgón” y la activista Rosario Ibarra de Piedra, y a algunos académicos de la Facultad de Humanidades de la UAEM, quienes expusieron una breve muestra de los resultados del estudio profesional de las letras.

Por otro lado, la logística se desenvolvió de manera adecuada. La mayoría de las actividades transcurrió de manera puntual y ordenada, aunque no faltaron las quejas por el robo de tiempos o espacios ni las huidas intempestivas de algunos grupos, pues ya estaban sobre el escenario los instrumentos de quienes actuarían después de ellos. Asimismo, la gente se reveló impresionantemente participativa y, al parecer, dispuesta a disfrutar de tan vasta oferta cultural.

El cierre del festival –que se prolongó durante tres horas– corrió a cargo de Luis Eduardo Aute, verdadero forjador de quimeras y diseminador de giralunas, razones por las cuales resultó una buena elección para clausurar una celebración como esta. El artista español, quien cuenta ya con 40 años de trayectoria y posee una curiosidad infinita que lo ha llevado a la poesía, a la pintura, al cine y quién sabe a cuáles fértiles lugares, se encuentra presentando su disco Al día de hoy, el cual contiene, entre otras curiosidades, textos en varios idiomas y un himno al onanismo. Finalmente, queda la invitación para visitar su portal en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en donde se hallan los poemas del cantautor, que no son malos o, por lo menos, no son nada aburridos.


* Texto correspondiente a la plana cultural de mes de noviembre.

2 de noviembre de 2007

Sensibilidades

Valle de Bravo, Estado de México.- En medio de una atmósfera íntima y bohemia, como parte de las actividades correspondientes al 5º Festival de las Almas –que continuará celebrándose, en once distintos foros, hasta el próximo 3 de noviembre–, el cantautor quintanarroense Víctor Mayer se presentó el pasado jueves 1º de noviembre, en punto de las 18:00 horas, en la Casa Abierta.

Durante poco más de una hora, Mayer deleitó a la audiencia –que prácticamente abarrotó el pequeño recinto– con un repertorio constituido por canciones ya clásicas de la corriente de la nueva trova cubana, como El breve espacio, de Pablo Milanés; Ojalá, Quién fuera y Unicornio azul, de Silvio Rodríguez, y Sin tu latido, del español Luis Eduardo Aute. Asimismo, interpretó algunas de sus composiciones, como A dónde irán, Vida a cuestas y Del mar y de ti, tema que da nombre a la producción discográfica que recoge este conjunto de temas.

Enmarcado por un escenario a media luz y únicamente acompañado por su guitarra, el cantautor consiguió despertar, a través de su voz y los acordes, la pasión, la emotividad y la nostalgia de la concurrencia –que no dudó, en ningún momento, en formular diversas peticiones y en corear gran parte de las melodías incluidas en el programa–; así, envolvió al atardecer vallesano en un ambiente propicio para el amor, la memoria y la reflexión. De esta manera, recordó que, a pesar de las diferencias culturales que existen entre las naciones hispanoamericanas, la sensibilidad frente a las manifestaciones artísticas proviene de la misma raíz y contribuye a nutrirla; en consecuencia, nos acerca más a nuestra esencia humana. Este punto de vista, además, se entrelaza con uno de los objetivos centrales de este Festival: propiciar la reunión de las expresiones artísticas y culturales de la humanidad, con la finalidad de promover la reflexión alrededor de los valores propios de la civilización contemporánea.

Risas y alegría

Valle de Bravo, Estado de México.- En el marco de las actividades correspondientes al 5° Festival de las Almas –que continuará celebrándose, en once foros diferentes, hasta el próximo 3 de noviembre–, el pasado miércoles 31 de octubre, a las 19:00 horas, una repleta Alameda del Bicentenario estalló en alegría y carcajadas con la presentación del espectáculo Réquiem por un payacho, que corrió a cargo de la Comparsa la Bulla.

Fundada en 2001 y conformada por nueve jóvenes mexicanos provenientes de diversas disciplinas artísticas, esta compañía busca sustraer al teatro de los espacios convencionales y devolverlo a su origen público; por tales razones, el objetivo de sus montajes radica en brindar al público la posibilidad de participar en la concepción y la creación del hecho teatral. En esta ocasión, en medio de un ambiente lúdico y festivo –provisto, también, de tonos fársicos–, los integrantes de la comparsa ofrecieron una divertida función en honor al fallecido payaso Roberto. Durante su curso, ejecutaron toda clase de vistosas suertes con diversos elementos arraigados en la tradición circense, como navajas, bolos y antorchas; además, convocaron, en numerosas oportunidades, tanto en el escenario como entre los asientos y las gradas, la participación del público –quien se mostró gustoso de colaborar con la Bulla e incluso bromeó con sus integrantes–. Ésta se tornó especialmente intensa hacia el final de la representación, cuando, acompañados por un animado fondo de música en vivo, los espectadores subieron al foro para colocar flores en el féretro del payaso muerto y celebrar, con un jubiloso baile, la fortuna de estar vivos y tener la oportunidad de sonreír.

De esta manera, con múltiples recursos técnicos, escénicos y actorales, los miembros de Comparsa La Bulla –quienes también han participado en el 1° Encuentro Académico de Clown y Humor Escénico (2005) y en el Festinarte (2007)– demostraron que el arte circense y el teatro callejero pueden alcanzar altos niveles de calidad y cautivar a la audiencia, quien quedó absolutamente fascinada por esta función, que calificó de “hermosa”, “muy bien lograda” y “simplemente espectacular”.

La exploración de la angustia

Valle de Bravo, Estado de México.- En el marco de las actividades correspondientes al 5° Festival de las Almas –cuya celebración se prolongará hasta el próximo 3 de noviembre, en once foros diferentes–, el pasado miércoles 31 de octubre, Perla Quintero presentó, en el auditorio del Centro Regional de Cultura de Valle de Bravo “Joaquín Arcadio Pagaza”, un provocativo recital de danza contemporánea denominado Alma desnuda.

En punto de las 17:00 horas, la bailarina emergió de entre los espectadores y, ataviada con un vestido rojo y un saco del mismo color, subió al escenario, el cual, de acuerdo con su propuesta artística, lucía lóbrego y despojado de cualquier tipo de adorno. Tras ejecutar algunos pasos dubitativos, comenzó a danzar, mientras sujetaba un maltratado portafolio, al ritmo de Al fin me armé de valor, tema interpretado por el popular grupo de pop Elefante. Minutos después, en medio de movimientos tensos y acelerados, arrojó el portafolio en una clara de señal de cansancio por la vida cotidiana. A partir de ese momento, el primer acto del espectáculo se convirtió en una exploración alrededor las razones que generan angustia en el ser humano, como la soledad, la culpa y la incapacidad de comunicarse consigo mismo; además, reflexionó en torno los elementos a los que recurre la sociedad moderna en su tentativa por mitigar –y evadir– sus conflictos espirituales, como las drogas y las bebidas alcohólicas.

Después de un breve intermedio, Quintero apareció en el escenario para dar inicio al segundo segmento del recital. Únicamente cubierta por una densa capa de pintura dorada, roja y azul y acompañada por un conjunto de melodías suaves y pausadas, hizo gala de su expresividad corporal con una coreografía llena de matices, fluctuante entre el estremecimiento y la sensualidad. Al final, envuelta en un largo manto verde semejante a una crisálida, destacó la importancia –como prefigura el nombre de su espectáculo– de desnudar la propia alma y ahondar en uno mismo para superar la intranquilidad y el desconsuelo. De esta manera, Perla Quintero demostró que la danza contemporánea, más allá de sus implicaciones estéticas, se encuentra llena de proposiciones ligadas a su contexto social y cultural.