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3 de octubre de 2007

Brujería y fantásticas criaturas


Hace un par de meses escribimos acerca de la exposición Brujería: insólitos objetos y fantásticas criaturas (que, por cierto, está a un mes escaso de su cierre). Al parecer, la euforia todavía no se nos ha pasado… lo interesante es incorporar la cultura adquirida en los museos (comercial y todo, como siempre. Tampoco esperemos milagros) con nuestra vida cotidiana.

Así debería de ser (lo hemos dicho ya).



* Caricatura obtenida de Poder Edomex (http://poderedomex.com)

2 de octubre de 2007

El duro trabajo de vestirte de pordiosera




por José Antonio Romero Reyes

Las ciudades rara vez terminan siendo lo que se planeó. Toluca y su centro histórico –que existe, aún cuando carece de obras majestuosas y grandilocuentes: su única muestra, la Catedral, permanece inconclusa– conservan algo más que el desdeñoso comentario de Guillermo Prieto, quien afirmaba que en este lugar, que siempre olía a marrano, sólo se hacían buenos quesos y longanizas. En efecto, los tranquilos callejones de Toluca, esquivando los horrendos e improvisados edificios que albergan la burocracia de la ciudad, guardan un tono estrecho y provinciano, con casas de adobe o de estilo colonial, con hogares amontonados a la usanza de las vecindades. Usted, lector, puede vivir una de esas solitarias calles si camina desde Felipe Villanueva, entra a Plutarco González y llega a la Alameda. Esa calle deja imaginar cómo era nuestra urbe provinciana; en ella, también, nació, creció y vivió unos de nuestros más ilustres tolucenses: Enrique Carniado. Hoy, va dejando de existir.

Continuemos con el paseo. Hay otra Toluca que no está exenta de ironía: el núcleo urbano lleno de letreros que anuncian la renta o venta de casas que hace pocas décadas se soñaron mansiones, edificios que evidencian la falta de paciencia ante una ciudad que se anunciaba capital y no fue el negocio imaginado por los señores del dinero. Disimuladamente, –¡no vaya a ofender a nuestra provincianita!–, levante la vista y observe lo que sucede en avenidas como Juárez, Lerdo e Hidalgo. Lo que ve son proyectos abandonados, fábricas que dejaron de funcionar, oficinas vacías. Toluca no puede evitarlo: siempre será discreta.

Los años son ineludibles hasta para las ciudades, y en el rostro lozano de la bella han brotado hongos y cráteres: Toluca se llena de Oxxos y estacionamientos, muchos estacionamientos, excelente negocio. Dado que el centro está lleno y falta planeación, en Toluca hacer un estacionamiento equivale a derruir el edificio elegido por la veleidosa voluntad del ayuntamiento. De hecho, Toluca puede verse a través de la historia de sus estacionamientos: aquel parque que estaba hace más de una década frente a la Casa de Cultura y que aún luce sus ruinas; la plaza González Arratia, que funcionó como estacionamiento, oficinas y centro comercial. En resumen, los estacionamientos –como los Oxxos– obedecen a extrañas razones justificadas en un aparentemente bien intencionado afán de progreso, que reporta beneficios a una persona, sin respetar trascendencia histórica alguna. Qué más da si en la pared de enfrente está un mural de Diego Rivera o una obra artística de Leopoldo Flores. Si es mi pared, puedo hacer con ella lo que quiera, estas son las razones del buen burgués. ¿Qué me importa a mí si México pertenece a la UNESCO, si ha participado en todas sus convenciones y se ha comprometido a preservar, valorar y mantener los inmuebles históricos?

Tenemos un marco legal ideal. México, gracias a diversos acuerdos suscritos en 1954, 1970 y 1972, pertenece al Consejo Internacional de Museos, al Consejo Internacional de Monumentos y Sitios y al Centro Internacional de Estudios para la Conservación y Restauración de los Bienes Culturales, instancia intergubernamental que –se supone– recibe recursos del Estado para la protección del patrimonio cultural. Estos organismos dependientes de la UNESCO aspiran a resguardar cada edificio valioso aún en tiempos de guerra, a no importar, exportar, transferir o descuidar los sitios históricos. Pero dichos convenios sólo se aplican a alguna patria lejana de corrección moral. En la realidad, resulta más importante inaugurar un estacionamiento que atesorar una casa vieja, deshabitada, en la que, hace mucho tiempo, vivió un poeta.

Pese a todo, no podemos tildar de insensibles a los dueños del estacionamiento: tuvieron la gentileza de dejar un trozo de muro en el que se especifica que ahí nació y vivió Enrique Carniado. Eso sí, como la placa ya estaba un poco desgastada, los responsables de este negocio –ojalá hayan sido ellos– le dieron una retocadita con pintura de lo más comercial.

Resulta inevitable, al hablar de los tolucenses distinguidos, mentar a un tal Enrique Carniado, así que, adelantándome a los hechos, parafraseo el contenido del sitio de Internet del Gobierno del Estado de México (http://www.edomexico.com.mx/):

Nació en Toluca en diciembre de 1895. Estudió, entre 1913 y 1916, en el Instituto del Estado. Obtuvo el Premio Nacional de la Dirección de Bellas Artes con su poema “Quetzalcóatl”. Ganó el primer lugar de los Juegos Florales de Toluca con su “Canto a Hidalgo”. En junio de 1922, gracias a una beca de la Fundación Torres Adalid y el Gobierno del Estado, obtuvo su título de abogado. En 1923, fue Procurador General de Justicia en Morelos; en 1924, Secretario de la Comisión Nacional de Reclamaciones y, de 1925 a 1928, Director del Instituto Científico y Literario del Estado de México. En 1931, presidió la Junta Central de Conciliación y Arbitraje en el Distrito Federal, cuyo reglamento formuló. En 1948, asistió como observador a la Convención Internacional de Radiodifusión por Altas Frecuencias. En 1951, representó a México en el Congreso Interamericano de Carreteras. Escribió los poemarios Canicas, Alma párvula y Flama; las novelas Fauces de luz, Salamandra y Hitler en el Infierno, y los dramas El muchacho pajarero y Tres comedias blancas. Murió en 1957.

Y cabría agregar: su casa fue derribada. Sus ruinas funcionan como estacionamiento.


* Publicado originalmente en la plana cultural del mes de octubre.
* La imagen de Enrique Carniado corresponde a un óleo elaborado por Escamilla Guzmán, alojado en la Galería Universitaria.

La palabra en el Olvido



por Margarita Hernández Martínez

Como cada año, la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México celebró la transición entre el final del verano y el comienzo de sus actividades académicas con una semana cultural salpimentada de conversaciones, sorpresas y reencuentros; presentaciones de libros, conferencias y talleres. Destacó, como lo más relevante, la inauguración de la primera fase del Departamento de Filología “Dr. Luis Mario Schneider”, verificada el pasado 17 de septiembre en la Finca del Olvido, inmueble que cedió su denominación de Centro Cultural Universitario consagrado al recuerdo de este escritor argentino-mexicano.

Localizado en la carretera Malinalco-Chalma, en el Barrio de San Juan –para mayor referencia, a la izquierda de los arcos que anuncian la cabecera municipal–, este hermoso edificio construido al estilo de las capillas catalanas del siglo XII alberga una colección vasta y variada de objetos artísticos. En primer término, resguarda poco más de 17 mil volúmenes que, por un lado, manifiestan –al calor de las dedicatorias autógrafas al poeta, profesor, editor y, sobre todo, investigador– los vaivenes propios de su larga y sinuosa trayectoria personal; por otro, configuran un panorama preciso e incluyente de la literatura latinoamericana del siglo XX, que lo mismo se aproxima a la generación de los Contemporáneos que al movimiento estridentista.

En segundo lugar, acoge alrededor de 250 cajas repletas de valiosos documentos –la mayoría de los cuales representan hallazgos únicos, resultado de pacientes pesquisas en archivos, bibliotecas, hemerotecas, oficinas del registro civil y parroquias– relacionados con las indagaciones literarias conducidas, durante más de cuarenta años, por el autor de Refugio, Cuentos del amor infinito, Memoria de la piel y Ruptura y continuidad. Finalmente, cobija un repertorio conformado por poco más de 290 pinturas, grabados, fotografías y esculturas provenientes de diversas regiones del mundo.

La nueva designación de la Finca del Olvido no sólo obedece a razones académicas –enfocadas al fomento de la investigación y la creación literaria dentro de los programas de licenciatura y posgrado impartidos en dicha Facultad, además del fortalecimiento de sus lazos con el Instituto de Investigaciones Filológicas, el Colegio de Michoacán y la Universidad Autónoma de Morelos–; también procura conservar, mediante las resonancias del espíritu inquisitivo y riguroso característico de Schneider, el sentido primigenio de la ciencia filológica. Situada en el cruce entre philos y logos, su práctica requiere amar con humildad, más allá de la literatura, las distintas expresiones del lenguaje, para, en último término, reconstruir, criticar y valorar –sin perseguir verdades absolutas– el patrimonio vivo depositado en las palabras.

Por estos motivos, la puesta en marcha del Departamento de Filología invita, tanto a los estudiantes como al público en general, a sustraer la cultura de los lugares comunes, según los cuales se yergue, inmóvil e incuestionable, en las vitrinas y los museos. El propio Schneider, más preocupado por escribir breves introducciones que grandes estudios, aprendió a vislumbrar en su biblioteca la entrada hacia un mundo dinámico. Por tanto, la opinión de Octavio Paz resulta acertada: “Schneider ni es pájaro ni vuela: excava, descubre, resucita. Con tacto, con inteligencia y perseverancia, frente a nuestra funesta manía de enterradores, exhuma, revela, revive. En México amamos a nuestros escritores a condición de que estén muertos; los sepultamos, a veces en vida, bajo montañas de elogios vacuos (otras bajo carretadas de vituperios) y construimos con sus obras suntuosos mausoleos que después nadie visita. Pero Schneider, explorador de los valles infernales y de las ruinas abandonadas de nuestra literatura, regresa de cada una de sus expediciones con un texto desconocido, un poema olvidado, un cuento rescatado, unas cartas perdidas. Nos devuelve la memoria, trabaja a favor de la vida”.

Así, mientras asistimos a la oportunidad de sondear la vitalidad del arte en el Olvido, sólo resta esperar la inauguración, en noviembre próximo, de la segunda fase, constituida por un área adecuada para el trabajo de futuros becarios e investigadores.

El Departamento de Filología funcionará de lunes a viernes, de 10:00 a 18:00 horas, y el sábado, de 10:00 a 14:00 horas. Para aprovechar la travesía por el sur mexiquense, es recomendable visitar, en horario de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas, el Museo Universitario “Dr. Luis Mario Schneider”, localizado en Amajac esquina con Agustín Melgar, Barrio de Santa Mónica, a unos pasos de la zona arqueológica de Malinalco.



* Publicado originalmente en la plana cultura del mes de octubre.
* La fotografía corresponde al Museo Universitario Luis Mario Schneider.

24 de septiembre de 2007

Imagen profesional

Una caricatura de Trino para reírnos un poco de nosotros mismos, enfrascados como estamos en la defensa de la lengua española (se supone).
(Den clic en la imagen para poder leerla mejor)

11 de septiembre de 2007

Allá donde caga el diablo


Por José Antonio Romero Reyes

Querido lector, celebre conmigo el nacimiento de El cagadero del diablo (cagaderodiablo.webcindario.com), una travesura gracias a la cual puede descargar, directamente de la red, los textos que mamá jamás hubiera querido para sus lindos retoños; sí, por el desagüe virtual viaja el feto mutante que hará crecer su cabeza hasta reventarla de sustancias grises.

Este escasamente aséptico proyecto comenzó como una biblioteca virtual que ofrecía la posibilidad de obtener libros electrónicos sin necesidad de registrarse; es decir, constituía una comunidad que todos debían luchar por mantener y no suscribirse a una biblioteca y dejarla en santa paz (sería el equivalente intelectualoide del que tiene Sky para sólo ver El canal de las estrellas). En efecto, su sustento esencial radicaba en la efervescencia de la participación, con la conciencia de estar haciendo algo indebido –burlarse del sacrosanto copyright–, pero divertido. Esto, en términos agradables para los oídos de la gente seria, se llama autogestión cultural.

Se me preguntará qué ocurrió con la susodicha biblioteca: fue detectada y, como resultado, alguien arrojó blanqueador al inodoro; así, fue suspendida por respeto a los derechos de autor. Sin embargo, los iniciadores del proyecto se vengaron mediante la creación de una revista electrónica, irreverente pero no pueril; sabiamente anónima, al margen de las academias y las ambiciones por engrosar el currículo en las huestes de la política cultural; no comprometida a nada pero capaz de recuperar –sin aspavientos y sin rasgarse las vestiduras– el ambiente de crisis, el nihilismo concentrado en el sarcasmo.

El hombre invitado a esta tertulia electrónica es Ezio Flavio Bazzo, protagonista de la llamada Guerra Fría y la inminente guerra nuclear, hacedor de manifiestos, visionario de vanguardias y autor del Manifiesto abierto a la estupidez humana. Asimismo, resulta altamente recomendable el bien documentado ensayo bautizado con el filosófico y haragán título de Metafísica del pedo, hijo de las ideas vertidas por grandes escritores, como Francisco de Quevedo, Juan Goytisolo y Baltasar Gracián. En resumen, la revista procura transmitir que la escatología no tiene que ver con parámetros tan hipócritas como el buen o el mal gusto; más bien, se trata de una posición que manifiesta nuestro lado miserablemente humano; implica también una actitud más vital frente a la literatura y alejada de la idea de estar produciendo obras inmortales. A riesgo de concluir con una gedeónica frase, puede decirse que la cultura y la literatura son armas que sólo ejercen su efecto en sociedades vivas, no en las bibliotecas; más en estos tiempos en que, al decir de Lalo Galeano, los libros no los prohíbe la policía ni la Inquisición, sino los precios.



* Texto aparecido originalmente en la plana cultural correspondiente al mes de septiembre.

3 de septiembre de 2007

Multiplicación de los espacios





Por Aeri Marín

Construido con la finalidad de promover e investigar múltiples cosmovisiones desde una perspectiva ajena a toda convención, el Museo Universitario Leopoldo Flores conforma un auténtico bastión para la variedad de manifestaciones culturales gestadas durante el último lustro. Inicialmente destinado para la exhibición de algunas series iconográficas del afamado pintor mexiquense cuyo apelativo ostenta –El hilo de Ariadna y El rojo brota desde fuera, entre otras–, sus espacios trascienden su consigna primigenia y logran conjugar los sobresaltos del asombro con la excitación del reto.

Esta afortunada conjunción resulta perceptible desde su exterior: el Museo se ubica en la cima del Cerro de Coatepec, al costado de La liberación del hombre contemporáneo, un vasto mural atmosférico constituido por una inconmensurable cantidad de pintura aplicada en alrededor de diez mil metros cuadrados de roca y en la totalidad de las gradas del estadio deportivo de la Universidad Autónoma del Estado de México. Dichos aspectos, además, confluyen en su disposición interna: el concepto museográfico aprovecha las sinuosidades topográficas circundantes para producir un recorrido impredecible –pleno de espirales descendentes y ventanas que juguetean con la luz–, acorde con las atrevidas propuestas estéticas del artista oriundo de Tenancingo.

El año pasado, como reconocimiento a estas singularidades, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y la Secretaría de Educación Pública concedieron al Museo la oportunidad de acceder al Programa de Apoyo a la Infraestructura Cultural de los Estados. Esta colaboración posibilitó la inauguración, durante la primera quincena de agosto, de tres espacios esenciales para el desempeño de este joven recinto: un centro de documentación –que conservará los numerosos repertorios bibliográficos, hemerográficos y visuales relacionados con las obras artísticas depositadas en el Museo, el cual podrá consultarse a través de la red de bibliotecas de la Universidad–, una bodega de acervo –que cobijará, bajo un estricto control de las condiciones de humedad, temperatura e iluminación, los trabajos donados por Leopoldo Flores– y un taller de restauración –que funcionará como centro de diagnóstico y preservación de los objetos culturales pertenecientes a la Universidad–. El resultado de estas labores ha añadido 357 metros cuadrados al edificio original y ha contribuido a completar un ciclo de transformaciones iniciado hace poco más de un año, con la instalación de seis kioscos interactivos que permiten profundizar en la vida y los procesos creativos de Leopoldo Flores.

Estas herramientas facilitarán el cuidado de este reducto para las artes y, por tanto, ayudarán a resguardar y difundir uno de sus propósitos centrales: conducir a los visitantes del Museo (quienes pueden asistir de viernes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas, por una módica suma de $10) por una experiencia estética y cognitiva concordante con las aspiraciones del pintor que le da nombre, encaminadas a contemplar y comprender el arte –por extensión, el mundo– no como un objeto decorativo ni didáctico, sino como una entidad ligada a los conflictos existenciales que fundan la humanidad.



* Artículo originalmente aparecido en la página cultural correspondiente al mes de septiembre.

Chichén Itzá: ¿sesenta días maravillosos?


Por Margarita Hernández Martínez

Desde la cabalística conjunción del séptimo día, mes y año, Chichén Itzá, cual joven celebridad hollywoodense, ha enfrentado un asedio mediático inusitado: en sus poco más de mil años de existencia, jamás se había encontrado rodeada de tal cantidad de fotógrafos, turistas, políticos, empresarios y vendedores ambulantes, todos unidos con el propósito de favorecer u obstaculizar su candidatura y posterior certificación como una de las siete maravillas del mundo moderno.

Pese al carácter reciente de este inconcebible acoso –más adecuado a los romances estivales de las cantantes en boga que a uno de los monumentos culturales más representativos de la antigua cultura maya–, esta densa vorágine de revelaciones, debates y tentativas de expropiación ha desencadenado, en este país tan propenso al olvido, la oportunidad de reconstruir los acontecimientos precedentes a estos sesenta días –presuntamente– maravillosos: en efecto, pocos recordamos que, ya desde septiembre del año pasado, el entonces presidente, Vicente Fox, emprendió una discreta campaña encaminada a impulsar la nominación de Chichén Itzá como una de las nuevas maravillas del mundo. Desde entonces, asimismo, emergieron a la luz pública dos escollos fundamentales: en primer término, la incapacidad de los distintos ámbitos gubernamentales para abatir las diversas manifestaciones del rezago que acechan esta zona arqueológica, oscilantes entre las dudas en torno a la propiedad legal del terreno en el cual se encuentra afincada y la carencia de un aparato infraestructural que combata de manera eficiente el daño provocado por los impredecibles fenómenos ambientales y la constante afluencia de visitantes. Por otra parte, pocos nos hemos detenido a recordar la incesante intervención de numerosos empresarios –que, para ciertos sectores, resultó francamente controversial–, quienes, valiéndose de latas de refresco y tarjetas telefónicas, se encargaron de reproducir hasta la saciedad la imagen del Castillo de Kukulcán –a semejanza de la película más popular del verano–, para que, según sus declaraciones, “la gente lo conozca” y “se llene de orgullo al emitir su voto por Chichén Itzá”.

Lo cierto es que estas breves observaciones demuestran, mal que nos pese, la ignorancia histórica que, desde hace décadas, anida sobre nuestros hombros –después de todo, ¿alguien se ha preguntado por las repercusiones que ejercerá el nuevo estatuto de Chichén Itzá en el destino de la comunidad maya contemporánea?–; en consecuencia, nos obliga a admitir que el furor desatado en torno a la votación electrónica concluida en tan cabalística fecha obedeció más a la confluencia de una mercadotecnia insistente y un cúmulo de falso patriotismo –parecido al que ronda cada quince de septiembre– que a la auténtica intención de revalorar nuestro mellado patrimonio cultural. En último término, cabría preguntarse si Chichén Itzá, al igual que sus maravillosas compañeras –la Muralla China, la ciudad de Petra, el Cristo de Corcovado, Machu Picchu, el Coliseo Romano y el Taj Mahal–, necesita alguna certificación aparentemente internacional y democrática para validar su naturaleza fascinante; empero, sin lugar a dudas, sí requiere ayuda urgente: no obstante el bullicio de los festejos, entre los cuales destaca la cancelación de un sello postal con su imagen –el cual le permitirá volar alrededor del orbe, cual novísima estrella pop–, ya encara problemas serios, como la duplicación de la cantidad habitual de turistas, con el impacto social y ambiental que ello implica.



* Artículo originalmente aparecido en la plana cultural correspondiente al mes de septiembre.

24 de agosto de 2007

Aprendizajes estivales

por Margarita Hernández Martínez

Pese al cielo nublado y sus insinuaciones de lluvia, la inevitable exfoliación del calendario señala, desde hace ya un mes, la llegada del verano; es decir, la feliz aparición de una temporada de tregua con la rutina, en especial aquélla que gira en torno a la vida académica de los millones de estudiantes mexiquenses, quienes, por única vez a lo largo del año, disfrutan de siete semanas fuera de las aulas, generalmente destinadas al esparcimiento, a la diversión e, incluso, a formas alternativas de aprendizaje.

De manera paralela, el verano también constituye una gozosa época de tregua para el Museo de Antropología e Historia del Estado de México, ubicado en el Centro Cultural Mexiquense. Con la apertura de los talleres infantiles de verano –que comenzaron el pasado 16 de julio y concluirán el próximo 3 de agosto–, sus galerías blancas y grises, habituadas a los pasos presurosos característicos de los días laborales y al bullicio familiar propio de los domingos, aprovechan la oportunidad para dar cobijo a los movimientos espontáneos e interrogativos de un grupo de niños, cuya creatividad se dispara más allá de sus fronteras, pese a sólo contar con edades oscilantes entre los 7 y los 12 años.

Primer vistazo: los organizadores

Mientras la mañana de verano desafía la llovizna, un rápido vistazo por las inmediaciones del Museo revela, entre las mesas rodeadas de chiquillos, a un equipo de atareados instructores, pertenecientes a múltiples campos profesionales, desde la arqueología hasta las ciencias sociales. Tras abandonar la cotidianidad de la oficina, más cercanos a la guerra que a la tregua –puesto que los avatares englobados en la convivencia con los niños ponen a prueba sus competencias pedagógicas e, incluso, transforman su postura ante la vida–, se aprestan a compartir una mínima fracción de sus conocimientos con los pequeños, pues, desde su óptica, en una aldea global cercana a la automatización y el empobrecimiento humano, resulta necesario fortalecer las capacidades creativas características de la infancia y los rasgos esenciales de la rica identidad mexiquense; de este modo, los niños se hallan en posibilidades de replantear su concepto del arte –en especial, aquél de raigambre popular– y vislumbrar la naturaleza dinámica de la cultura.

Mas, ¿cómo concretar este objetivo en el lapso de un solo verano? Estos talleres proponen un ecléctico conglomerado de actividades que viajan desde la confección de diversos tipos de manualidades, la enseñanza de escritura braille y el cálculo individual de la fecha de nacimiento según el calendario azteca, hasta un par de visitas al Museo, una caminata por el parque Alameda 2000 y un torneo de futbol. De esta manera, los organizadores buscan despertar todos los sentidos de los pequeños y, así, invitarlos a mantener vivo el interés por los sucesos culturales de su entorno, además de alimentar su deseo de volver al Museo el próximo año, dispuestos a vivir un nuevo tiempo de tregua estival.

Segundo vistazo: los niños

En el curso de la mañana inaugural, un primer vistazo desvela un grupo de pequeños muy distinto al observable en cualquier ámbito escolar: vestidos con ropa cómoda y sentados ante mesas rebosantes de materiales cotidianos –como pegamento blanco, láminas de madera y madejas de colorido estambre–, entre pláticas truncas y risas abiertas, concentran sus ojos y sus manos en el bordado de glifos de estilo prehispánico que representan objetos domésticos, animales, caballeros y divinidades. A unos pasos de distancia, algunos más humedecen un puñado de barro y, tras descubrir los matices de su textura –“creo que tiene mucha agua”, afirma, preocupado, un niño de playera verde; “parece plasti”, comenta, alegre, una niña con barro hasta los codos– lo amasan contra una tablilla e intentan moldear vasijas “como las que hay en el Museo”.

Para muchos pequeños, su asistencia a los talleres de verano supone una oportunidad para la interacción y la diversión, “porque así no me quedo yo sola a aburrirme en mi casa, mejor conozco a otros niños”, explica una chica ataviada con un delantal rosa. Por otra parte, algunos la conciben como una experiencia de colaboración y ayuda mutua: ante las dificultades para continuar con su bordado, un pequeño pregunta, desesperado, “¿cómo se hace el nudo?”; su compañero de mesa, con la paciencia en la voz, le responde, sin despegar los ojos de su trabajo, “es más fácil si pones en la aguja dos estambres al mismo tiempo”. Finalmente, otro sector de chiquillos, más curiosos, introspectivos y preocupados por el desarrollo de sus habilidades estéticas, aprovechan la ocasión para preguntar, con una sonrisa vacilante entre la simpatía y la satisfacción, “¿me está quedando bonito?”. La capacidad de forjar un concepto personal de la belleza es, quizá, uno de los resultados más relevantes de estos breves talleres.

Asimismo, al hablar sobre sus actividades favoritas, la mayoría coincide con la elaboración de manualidades, pues “se parecen a lo que hacen los artesanos y a lo que guardan en el Museo” y, al mismo tiempo, representan el producto tangible de verano, ya que “pueden llevarse un recuerdito a casa”; además, demuestran una gran expectación por el torneo de futbol y el paseo por el parque Alameda 2000. Y al final, de forma un tanto sorprendente –dado que encaja a la perfección con las esperanzas de los organizadores–, expresaron con entusiasmo su anhelo por regresar en la tregua vacacional del próximo verano y, de este modo, llenar de calor el nuevo aprendizaje.

La fugacidad de los instantes

por Margarita Hernández Martínez

Las luces se encienden y asalta una pregunta: ¿cuántas imágenes se requieren para contar la historia? En general, éste es el primer pensamiento que desata la observación del resplandeciente panel fotográfico instalado en el vestíbulo del Museo de Antropología e Historia del Estado de México, ubicado en el Centro Cultural Mexiquense.

Se trata de una composición de 120 fotografías montadas sobre una pared curva que, mediante sus contrastantes colores, sugiere 240 historias: el instante capturado en cada imagen y las necesarias andanzas para su obtención, emprendidas por el equipo encargado de la remodelación y puesta en marcha de este espacio. En efecto, durante el año 2005, un grupo de especialistas se encargó de visitar, tras recorrer polvosas carreteras y arduas turbulencias, los municipios de Donato Guerra, Ixtlahuaca, Temascalcingo, Tepotzotlán y Xalatlaco, entre otros. Asimismo, para desarrollar este trabajo, se ciñeron a un calendario regido por la verificación de numerosas fiestas populares e indígenas, pues éstas constituyen el punto culminante de la vivificación de las tradiciones y permiten aprehender el fascinante esplendor de los poblados mexiquenses.

Por tanto, la simple evocación de esta suma de circunstancias pone de manifiesto la riqueza de las fotografías, gracias a la cual vale la pena concentrarse en su contemplación:

La curandera

En el cuartito de adobe moreno, la luz se filtra por las rendijas del tejado. Con sus reflejos, aparece una mesa ennegrecida por la edad, que contiene a duras penas cazuelas, cucharas y otros utensilios. Debajo de ella, varias botellas de refresco vacías y desmayadas buscan abrigo; a su costado, un comal y algunas ollas de peltre guardan reposo. De pie, una mujer vestida según la tradición –blusa con adornos amarillos y falda con grecas en el ruedo– atisba con benevolencia el desorden de su cocina, el corazón de su vida social y afectiva. No obstante, unas fotos más allá, la misma figura femenina, una curandera sentada en actitud satisfecha, se apropia de su lugar de trabajo: una pared blanca y lisa como la eternidad se quiebra en un sembradío de santos y tenues veladoras. Así, la mujer permite que la mirada ajena penetre en los lugares a los que concede mayor importancia: la cocina, donde a diario amasa el maíz de la tierra; la habitación blanca, donde, con su auxilio, dialogan los hombres y los dioses.

La diosa

Una primera mirada, aún distraída, sólo advierte lo sinuoso del paisaje: bajo un cielo impasible, la tierra se desgaja hasta volverse cuenco donde habita un claro de agua. Arrodillada entre las piedras, una anciana indígena se inclina –combada, quizá, bajo el peso de los años– y exprime una confusa prenda de vestir. Sin embargo, una segunda mirada, ya reflexiva, descubre que su identidad sobrepasa su perfecta fusión con la naturaleza, los singulares rasgos de su indumentaria y la humildad de su tarea: en el agua, su tembloroso reflejo perfila una hermosa deidad guerrera que, con la alta cabeza coronada de plumas, extiende los brazos hacia el abismo.

El futuro

Al calor de un mediodía de azul relumbrante, un grupo de niños indígenas de edad indefinible –conservan las mejillas encendidas y las sonrisas inocentes, mas poseen un destello maduro en la mirada–, vestidos con una curiosa mezcla de prendas urbanas y atavíos indígenas, se abrazan en las cercanías de la escuela local. Impulsados por sus profesores, quienes procuran comprender su mutable identidad, siguen a diario una enseñanza trilingüe: con la esperanza de acallar el mutismo que podría desprenderlos de sus raíces, aprenden tlahuica; con la inexorable consciencia de habitar un país signado por el mestizaje, estudian español; con la desconsoladora certeza de convertirse, tarde o temprano, en inmigrantes, aprenden inglés. De este modo, desde su juventud, estos pequeños conforman una generación distinta, aunque, como sugieren otras fotografías, la apertura cultural les viene por herencia.

En efecto, la observación atenta de esta suma fotográfica arroja una conclusión sorprendente: pese a la aparente parálisis de sus costumbres, tras cerca de 500 años de frecuente contacto con diversas cosmovisiones, las comunidades indígenas han conseguido adaptarse con éxito a toda coyuntura y, en consecuencia, han evitado su disolución. De esta manera, marchan a un ritmo similar al del resto del mundo e, incluso, enfrentan conflictos semejantes; por tanto, no pueden resultarnos tan distantes.

Y, por otra parte, mientras la sucesiva aprehensión de estos breves momentos estrecha a la eternidad entera, cada una de estas fotografías desvela un poco de nosotros. Un árbol de la vida, una figurilla de barro con el rostro de la muerte, una serie de esculturas provenientes del sur del Estado y numerosos paisajes oscilantes entre el colorido de la naturaleza y el caos de la urbanización, traspasan sus gráficas fronteras y discurren sobre la inevitable fugacidad que nos conforma; es decir, sobre las cosas que no percibimos hasta que, de pronto, nos topamos con ellas en la entrada del Museo, dispuestas a contarnos la historia.

La escultura y su intriga


por Margarita Hernández Martínez

Independientemente de los modelos educativos y los programas académicos en los que hayamos sido instruidos, nuestro primer contacto con la historia se afinca en libros gruesos y páginas abstractas, repletas de personajes distantes, fechas inimaginables y alusiones a lugares desconocidos o, en el peor de los casos, desaparecidos. En este marco, resulta difícil creer que la historia no es más que el resultado de la metamorfosis de los actos de la vida cotidiana en la impresión viva de nuestros pasos por la tierra. Desde esta perspectiva, nacer, morir, comer, vestirse y celebrar, entre las múltiples acciones que moldean, de manera paralela, la rutina, las costumbres y la tradición, adquieren un nuevo significado, más trascendente e incluyente, pues no sólo se circunscriben a los sucesos relevantes, sino que engloban la totalidad de nuestra existencia.

Así, es necesario tener en mente este punto de vista en el momento de sumergirse en la contemplación de una pequeña escultura de origen olmeca que, de modo sorprendente, rompe con el conjunto conformado por las 7 000 piezas que componen el acervo del Museo de Antropología e Historia del Estado de México, ubicado en el Centro Cultural Mexiquense. Resguardada tras una vitrina transparente, bañada por los rayos del sol que penetran por la ventana, desprovista de todo adorno o atavío, sentada con las piernas cruzadas y los brazos en actitud serena, su delicada figura despliega sus rasgos característicos –al mismo tiempo, sus filiaciones culturales–: cabeza deforme coronada con un sólo mechón de cabello; boca atigrada, figurada por labios gruesos con las comisuras dirigidas hacia abajo, y ojos rasgados en forma de almendra. Este rostro se asemeja al de otras esculturas olmecas halladas en distintas zonas de la República Mexicana –en Puebla, por ejemplo–, empero, luce más benévolo y delicado, lo cual intensifica su naturaleza irrepetible; no obstante, también obstaculiza la clarificación de su identidad y sus funciones: nadie sabe con exactitud si se trata de la representación de un dios, un gobernante o un ciudadano común; aún más, podría tratarse de un juguete o un utensilio ceremonial u ornamental.

Pese a ello, en el terreno de las certezas, la existencia de esta escultura, hallada en Lomas Altas, en el centro del Valle de Toluca, atestigua que, entre 1200 y 800 antes de Cristo, por razones aún desconocidas, las artesanías elaboradas por las comunidades instaladas a lo largo de territorios tan variados como Guatemala, Oaxaca, Veracruz, Morelos y el Valle de México se sometieron a un proceso de unificación, generalmente atribuido a la influencia de la cultura olmeca –por estas razones apellidada, en los libros de historia, cultura madre–. Sin embargo, esta explicación no parece por completo convincente, en especial frente a esculturas como ésta. Ante el impreciso panorama, los antropólogos no cesan de interrogarse a qué se debió esta transformación; asimismo, la pregunta se ramifica en otras: ¿Es posible que, en un mismo instante, tantas civilizaciones diferentes hayan alcanzado idénticas condiciones de madurez? ¿Fueron estos cambios producto de una conquista militar o religiosa? La historia se torna variable y escurridiza, apenas una misteriosa insinuación de la vida en otras épocas.

En estas circunstancias, resulta relevante hablar de la azarosa historia que permitió el segundo descubrimiento y la posterior valoración de esta escultura, pues llegó al Museo por casualidad, debido al curso de un conjunto de actos cotidianos. Para comenzar, durante alguna tarde toluqueña, mientras se encontraban sentados alrededor de una mesa de café, el arquitecto Pedro Macedo platicó, sin mayores consecuencias, con el arqueólogo Víctor Osorio, actual director del Museo de Antropología e Historia, sobre una pieza indescriptible –dado su pésimo estado de conservación– que acababa de arribar a sus manos. La charla quedó en el aire; sin embargo, varios meses después, mientras el antropólogo caminaba apresuradamente por los Portales, se topó con el arquitecto, quien le entregó una bolsa de plástico llena de fragmentos de barro. De esta manera, la escultura recuperó su poder de paralizar el tiempo: Víctor Osorio olvidó sus ocupaciones y se absorbió en la rápida reconstrucción de su figura. El hallazgo fue tan deslumbrante que suplicó a su amigo que la cediera al Museo. Éste, tras muchos titubeos, decidió donarla bajo tres condiciones: en primer término, una restauración completa y cuidadosa; en segundo, su exhibición permanente y, en tercero, la redacción de un artículo especializado. El arqueólogo se ocupó de cumplir con estas especificaciones y, gracias a ello, el día de hoy, todos los visitantes del Museo pueden disfrutar de esta pequeña escultura.

Al final, a través de estas historias paralelas, el pasado y el presente se entrelazan en un solo momento: la apreciación. Detrás de su baluarte cristalino, la escultura acoge cada mirada fija en la sala silenciosa del Museo. Y así, uno no puede evitar formularle las necesarias preguntas existenciales: “¿Quién eres? ¿De dónde vienes?”. La figura no responde, impasible, con su sonrisa enigmática y su mirada inquietante. No obstante, una variación de la luz solar sobre su piel de barro proyecta una sombra oscilante entre la nostalgia y la tristeza. Con seguridad, si uno la observa durante un rato, dejándola entrar en la propia historia cotidiana, su boca milenaria ofrecerá una respuesta.