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24 de agosto de 2007

Andanzas en la Biblioteca Pública Central

Por Margarita Hernández Martínez

Con una constancia avasalladora, los medios de comunicación, los organismos de difusión cultural y toda una variedad de instituciones educativas nos asedian con la urgencia de forjar hábitos de lectura entre los mexicanos –o, concretamente, entre los mexiquenses–, en especial entre los niños y adolescentes, pues en sus manos recae el futuro del país, y éste requiere ciudadanos conscientes y propositivos. En efecto, tales cualidades pueden originarse desde la lectura –que, por lo demás, en condiciones ideales, debe trascender el mero desciframiento de signos escritos y encaminarse hacia la reflexión–; con ello, la sociedad ha conseguido reconocer las grandes ventajas que ofrece dicha actividad. Esta primera noción resulta un paso importante en la reivindicación de las labores intelectuales; sin embargo, plantea dos preguntas fundamentales: ¿qué leer? ¿Por dónde empezar?

El Instituto Mexiquense de Cultura, mediante el área infantil de la Biblioteca Pública Central Estatal, ubicada en el Centro Cultural Mexiquense, propone un maravilloso punto de partida. Un rápido vistazo al contenido de sus anaqueles permite advertir que en su acervo se reúnen libros para todos los gustos, inquietudes y propósitos –que, por otro lado, no se limitan al público más joven: cualquier adulto puede despertar, con el decurso de las páginas, al niño que habita en su interior–; además, éstos responden a las necesidades planteadas por los programas de fomento a la lectura.

En primer término, la llamada lectura informativa se encuentra representada en esta biblioteca gracias a una vasta colección de enciclopedias y volúmenes de información general, la cual engloba el periodo comprendido entre los años sesenta y mediados de la década de los noventa. Estos libros no se limitan a dar cuenta de los variados conocimientos que constituyen el mundo –desde los animales y las plantas hasta las profesiones y la intrincada división política que rige a nuestro planeta–, sino que ayudan a comprender cómo ha cambiado a lo largo de las décadas. De esta manera, los jóvenes lectores pueden comprobar que la cultura es una vivencia que se incluye y se transforma con los sucesos de todos los días; una combinación entre las generalidades que siempre ha sido necesario saber y las innovaciones que se gestan a diario. Paralelamente, la lectura les ayuda a enriquecer el sentido de su propia biblioteca: la experiencia que guardan en sus cabezas y, por qué no decirlo, también en sus corazones.

En segundo lugar, el área infantil da cobijo a una enorme cantidad de poemas, cuentos y novelas cortas; es decir, alberga un cúmulo de textos literarios que, comúnmente, se conocen como lectura recreativa. Éstos ocupan poco más de la mitad de la totalidad del acervo y manifiestan una gran variedad; un tesoro en el cual abundan las joyas dignas de mencionarse.

En primer lugar, destaca la multiplicidad de libros contemporáneos, la mayoría escritos por autores latinoamericanos. Entre ellos sobresalen Un asalto mayúsculo, de Vicky Nizri, en el cual el abecedario entero cobra vida y se disputa su lugar en la dudosa hoja en blanco; Las golosinas secretas, de Juan Villoro, cuya trama gira en torno a un lápiz labial que confiere invisibilidad a un grupo de niñas traviesas; El Manchas, de Marinés Medaro y María Figueroa, en el que los versos y la prosa se combinan y confunden; El misterio de la cajita de ópalo iridiscente y La clave del espejo, de Gilberto Rendón, a lo largo de los cuales el autor propone una travesía en el tiempo y el espacio que invita a ahondar en nuestra historia prehispánica; Cuentario, de Luis Arturo Ramos, en el que el humor y la risa defienden al mundo de los pequeños de las preocupaciones de los adultos; Los tenis acatarrados, de María Luisa Puga y Rosario Valderrama, el cual, basado en diálogos ágiles y divertidos, critica las enfermedades generadas por el exceso de limpieza, y, por último, Súper Gel, de Gabriela Peyrón, en cuyas páginas los personajes convocan los poderes mágicos de las cosas de diario. Todos estos textos se unen mediante un rasgo común: la capacidad de metamorfosear la cotidianidad y la rutina en poesía e imaginación.

En segundo término, el área infantil también abunda en libros clásicos, como Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez; Heidi, de Juana Spyri; Mujercitas, de Louise May Alcott; diversos volúmenes de cuentos de Perrault y Andersen, así como las numerosas adaptaciones de El Quijote, de Miguel de Cervantes; Martín Fierro, de José Hernández, y Cuentos de la selva, de Horacio de Quiroga, entre muchos otros. Su valor –que ha sobrevivido, inmutable, al paso del tiempo– resulta indiscutible; sin embargo, es posible aproximarse a ellos desde un punto de vista renovado gracias a la adecuación del lenguaje –los editores, en efecto, se esfuerzan por ofrecer los textos en un registro más moderno– y las ilustraciones, las cuales, además, ofrecen un nuevo motivo de fantasía y goce a los pequeños lectores.

Para finalizar, el área infantil abriga un tercer sector de libros que, sin exagerar, constituyen las agujas en el pajar de la literatura moderna, pues armonizan la hermosura de su apariencia con la de su contenido, y son una auténtica invitación al deleite de la lectura. Entre ellos destacan varios volúmenes de cuentos de Gabriel García Márquez –como Un señor muy viejo con unas alas enormes, El último viaje del buque fantasma y La luz es como el agua–, extraídos de algunos de sus libros más conocidos; El príncipe cangrejo, de Italo Calvino, y La rama, una colección bellamente ilustrada de haikús escritos por Octavio Paz y Tetsuo Kitara.

Regresando al comienzo de estos apuntes, para el gusto de algunos escépticos, la Biblioteca Pública Central Estatal resguarda un acervo más o menos anacrónico, sobre todo en cuanto al contenido informativo. No obstante, como subrayamos antes, se trata de un punto de partida hacia otros rumbos: para cultivar una biblioteca semejante a la de Jorge Luis Borges, es necesario desarrollar, primero, cierta sensibilidad y curiosidad; de este modo, un buen lector consigue procurarse sus propios libros y disfrutar con ellos. Al final, lo más importante es reconocer que el área infantil de dicha biblioteca provee suficientes herramientas para combinar la actividad lectora informativa y recreativa, de tal manera que es posible convertirla en una lectura formativa. Y ello sólo desemboca en innumerables ventajas, tanto en el ámbito personal como social, que se resumen en contribuir a la existencia de personas más libres y más conscientes; en último término, más felices.

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